viernes, 23 de junio de 2017

'No llegarás a Cascamorras', asesinato en Baza


Lo importante que es tener buenos editores... Y buenos consejeros y lectores número cero que le digan a un autor, con cariño, lo que realmente les ha parecido una novela. Y qué pena da cuando una novela que podría ser medianamente decente queda arruinada por detalles que, fácilmente, podrían haberse cambiado, suprimido o mejorado. Creo que es lo que le ocurre a 'No llegarás a Cascamorras', de Antonio Francisco Martínez, una novela negra ambientada en Baza (Granada), el pueblo natal del autor, en cuya principal fiesta, el Cascamorras, aparece un cadáver envuelto en una tela manchada con pintadas de manos y con la leyenda que da título al libro. Precisamente que esté ambientado en su pueblo, un lugar que conoce a la perfección, es el principal problema. Hay demasiados datos y comentarios que no vienen a cuento y a los que no le veo más sentido que conseguir que esbocen una sonrisa propietarios de bares y restaurantes, de compañías de baile, de personajes de la localidad cuando se lean al pasar las páginas. Quizás a ellos les haga gracia, pero a mí, lectora ajena al pueblo, me han sobrado y me han interrumpido constantemente la lectura del libro. No es lo único que me ha molestado. Hay otra cosa, pero supongo que eso es algo en lo que pocos lectores se fijarán: las referencias a la prensa. Leía titulares y textos de supuestas informaciones periodísticas y mi mano derecha buscaba inconscientemente el bolígrafo rojo de las correcciones. No porque hubiera faltas de ortografía, sino por la redacción de esas piezas, a las que les hubiera dado la vuelta. Pero bueno, ya digo que eso es algo muy mío.

Por lo demás, la novela no está mal. No es un novelón, pero entretiene y uno de los personajes, una criminalista de la Guardia Civil que es la que finalmente descubre quién es el asesino (algo fácil de adivinar para el lector, ya que no hay muchos personajes en la historia), está bastante bien construido.

"En plena vorágine fiestera, junto a los emblemáticos Caños Dorados, la negra marea se paró, los gritos callaron, los relojes se detuvieron, los corazones dejaron de latir, el viento dejó de soplar, incluso la lluvia pareció dejar de caer. Fue como la imagen congelada de una película muda en blanco y negro. El trueno más estruendoso que recuerdan los viejos del lugar no pudo callar los gritos de pánico que siguieron cuando apareció el cuerpo".

Título: 'No llegarás a Cascamorras'
Autor: Antonio Francisco Martínez
Editorial: SoldeSol
Páginas: 232
Precio: 12€
Procedencia: regalo mamá

lunes, 19 de junio de 2017

'La biblioteca de los libros rechazados', vuelta atrás con Foenkinos


Definitivamente, mi relación con David Foenkinos está condenada a dar pasos adelante y pasos atrás. Me cuesta creer que el escritor de 'La delicadeza', que me gustó en un primer momento y que con el paso del tiempo dejó de hacerlo (por más premios y críticas buenísimas que consiguió), fuera el autor de 'Charlotte', un libro que me destrozó y me emocionó y me admiró, y ahora sea el padre de 'La biblioteca de los libros rechazados', que estaría más cerca de la primera que de la segunda. No me ha parecido un horror, ni mucho menos, es un libro divertido, de esos que se leen rápido (me duró poco más de un trayecto Liverpool-Ibiza), bien escrito y bastante previsible. Seguramente entraría en la categoría que mi amiga lectora Montse (prometo solemnemente no volver a recomendarte un libro de Pamuk) y yo definimos como "libros felices", aunque muy por los pelos, todo hay que decirlo. El principal problema que le he encontrado es el mismo por el que no me gustó 'La delicadeza': me caen mal, pero que muy mal, los protagonistas. Y no sólo ellos, también otros de los personajes. Empiezo a pensar que al escritor parisiense se le dan bien las historias, pero le cuesta dar vida a personajes con los que, al menos yo, pueda empatizar.

La idea de partida es divertida: una biblioteca en la que los escritores depositan los manuscritos que les han rechazado las editoriales y en la que una editora que parece tener olfato, Delphine, y su novio, Frédéric, un escritor fracasado, encuentran una novela fabulosa, 'Las últimas horas de una historia de amor', que ella decide publicar arropada en la singular historia de su descubrimiento. "Thriller literario", se autodefine esta novela en su propia contraportada. Algo grande le queda lo de thriller, creo. Porque sí, hay un misterio, toda una historia que descubrir. La historia del autor de esa novela, Henri, un pizzero fallecido que jamás había mostrado interés alguno por los libros, mucho menos por escribir, según aseguran su viuda y su hija. Y es ahí, casi al principio del libro, cuando cualquier lector un tanto avispado puede ya deducir el desenlace final de la novela, que se hace aún más evidente cuando un crítico literario caído en desgracia, que tiene la mosca detrás de la oreja con la rocambolesca historia de la novela (que es un bombazo editorial), decide investigar de verdad qué hay de verdad detrás del hallazgo del manuscrito. Y ahí tengo que romper una lanza por uno de los personajes de Foenkinos: el crítico, Jean-Michel, me gusta. Está bien trazado, lo ves, lo imaginas, y a pesar de que se supone que debería caer mal, curiosamente es el único que de verdad me gusta y me convence. En fin: un libro perfecto para una mañana de playa o piscina o un trayecto en avión. Entretiene, no te obliga a pensar, la trama es graciosa y el karma (yo prefiero llamarlo justicia poética) acaba haciendo acto de presencia, lo que es muy de agradecer y lo que me ha hecho darle vueltas a que, quizás, a Foenkinos tampoco le caen muy bien sus protagonistas.

"Jean-Pierre Gourvec estaba orgulloso del letrerito que podía leerse en la entrada de su biblioteca. Un aforismo de Coiran, irónico para un hombre que no había salido nunca, como quien dice, de su Bretaña natal: 'París es el lugar ideal para fracasar en la vida'."

Título: 'La biblioteca de los libros rechazados'
Autor: David Foenkinos
Traductoras: María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego
Editorial: Alfaguara
Páginas: 296
Precio: 18,90€
Procedencia: regalo familiar

miércoles, 14 de junio de 2017

Una Osa Mayor imperfecta


@Martatorresmol

Por las noches, cuando sopla viento del norte y mira al cielo, se acuerda de él. Él. El astrónomo aficionado. El hombre que de noche buscaba historias en la cúpula celeste y por las tardes, constelaciones en su piel. “Búscame a tauro”, le pedía ella, ofreciéndose sobre la cama. Y él, bizco de concentración, repasaba una y otra vez sus lunares. Los rozaba con la yema del índice derecho. “Alcíone, Aldebarán, Elnath...”. Llamaba a las estrellas. Sin éxito. “He encontrado la Osa Mayor”, la consolaba él, besando uno a uno aquellos seis lunares en la caída de su hombro. Una estrella. Un beso. “Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Alioth... Alkaid”. Gruñía. Volvía a intentarlo. “Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Alioth...”. Buscaba con los ojos. Con los besos. Con la yema del dedo. “Te falta Mizar”, susurraba. Y ella lo sabía. Sabía que, una vez más, él se perdería en la noche. Rumbo al norte. Buscando la constelación perfecta.

lunes, 12 de junio de 2017

'Ibiza, la isla de los ricos', esloras de infarto y champán de 1,7 millones de euros


Hubo una Ibiza (Eivissa, para mí) en cuyo puerto reinaban pailebotes del siglo XIX que los niños conocíamos como si fueran nuestra casa y silenciosos pescadores de mirada adusta que cosían sus redes. Es la Ibiza de mi yo niña. De cuando la felicidad era corretear por el muelle las soleadas mañanas de domingo con un helado de chocolate y limón en verano y un pastel en invierno. La llegada a la isla en barco, presidida por la estampa de la ciudad amurallada, era un momento casi sagrado. Hubo una Ibiza en la que lo único que se escuchaba en las playas era el mar, los gritos de los juegos infantiles y los graznidos de las gaviotas. Donde pedías, con los pies llenos de arena y el agua salada goteándote por la espalda, un frigurón en el chiringuito. Hubo una Ibiza (la hay, aún, pero los aborígenes guardamos esos rincones con celo) que nada tiene que ver con la del lujo, la de los ricos, la de los millonarios que la llenan durante los meses. Ésa es, precisamente, la Eivissa en la que se centra Joan Lluís Ferrer en 'Ibiza, la isla de los ricos', un reportaje extenso que se lee, se devora, más bien, en poco más de una hora después de la cual es imposible no quedarse ojiplática y con la cara congelada. Me ha pasado a mí, y eso que conozco bien la situación y las historias reales que explica Ferrer (ya os hablé aquí de 'Viaje al turismo basura', otro de sus libros), así que imagino cómo se quedarán aquellos que tenga sólo una ligera idea de esa Ibiza de lujo que últimamente tanto se ve en los programas de televisión. Lo mejor de este libro es, sin duda, que huye de todo sensacionalismo. Quizás alguno crea que el autor exagera, pero doy fe de que no es así. Podría haber exagerado, pero es que no hace falta.

Por el libro, estructurado en seis capítulos (Esloras de infarto: los yates; Lujo por los aires: los jets; Comer a cuerpo de rey: los restaurantes; De suite en suite: los hoteles; Exhibirse al sol: las playas, y La fiesta: discotecas y casas), desfilan todo tipo de personajes famosos: Paris Hilton y su desmedido sueldo como discjockey; la baronesa Thyssen, que recibió a bordo del 'Mata Mua' a los inspectores de Hacienda; Puff Daddy, que se quedó colgado en tierra con sus amigos después de que destrozaran el interior del megayate de lujo que habían alquilado para sus vacaciones; Naomi Campbell y su fiesta de cumpleaños con miles de invitados; Stefano Gabbana y su afición de vestir a la tripulación con los disfraces más absurdos... Además de millonarios anónimos que no dudan en pagar decenas de miles de euros por una botella de champán, por una cama balinesa para una mañana de playa o que no tienen reparos en utilizar su jet privado para, por ejemplo, que uno de sus empelados se desplace a cualquier punto del planeta para recoger un vestido que tienen el capricho de ponerse, la laca del pelo que olvidaron en casa o para que vuele hasta ellos su adorada mascota, a la que echan de menos. Parte importante del libro lo ocupan los jeques árabes, algunos de ellos bien conocidos por los lugareños, con los que les gusta mezclarse. Esa afición por pasar desapercibidos que les lleva a tomarse un helado en el negocio familiar que ha congregado a generaciones de ibicencos contrasta con la ostentación de la que hacen gala en otros aspectos: 67 coches de alta gama para su séquito que se lavan cada día aunque no los hayan utilizado o yates de cien metros de eslora que utilizan sólo para llevar a las jóvenes que renuevan cada semana y que sólo llaman a su barco cuando sienten la necesidad de desahogarse, entre otras excentricidades. Una isla que presume de acoger el restaurante más caro del mundo (1.502 euros por menú y persona), no el mejor, sino el más caro, o donde se ha vendido la botella de champán más cara del planeta: 1,7 millones de euros.

Como bien recuerda Joan Lluís Ferrer en el epílogo, en esta misma isla Cáritas da de comer cada día a más de cien personas sin recursos en un comedor que se encuentra a escasos 200 metros del lugar en el que atracan los megayates.

"El puerto de Ibiza ha dejado de ser un puerto para convertirse en un show. En los muelles ya no hay pasajeros normales, ni se ven familias reencontrándose al descargar las maletas, ni abrazos tras el regreso. Hoy, los andenes se han convertido en un escaparate de ostentación para millonarios, en una exhibición permanente de lujo exagerado, en la que magnates, artistas y también delincuentes de alto nivel compiten por ver quién tiene el yate más descomunal, más caro y más recargado de riquezas."

Título: 'Ibiza, la isla de los ricos'
Autor: Joan lluís Ferrer
Editorial: UOC
Colección: Reportajes 360º
Páginas: 136
Precio: 12€
Procedencia: comprado

miércoles, 7 de junio de 2017

'Voces de Chernóbil', si duele leerlo...


No sé si habrá alguien que sea capaz de leer de un tirón, sin pararse a respirar, 'Voces de Chernóbil', de la Premio Nobel de Literatura de 2015 Svetlana Alexiévich. De hecho, si hay alguien capaz de leer este libro (por qué me parece que esa palabra se le queda pequeña...) de un tirón seguramente pensaría que lo ha leído sin entender o que no tiene empatía ni sentimientos. Y no tengo claro cuál de las opciones me gusta menos. Yo he tenido que parar en tres ocasiones, dejar mi edición de bolsillo reposando unos días sobre la mesilla de noche y volver después de lecturas menos contundentes. Si duele leerlo no quiero ni pensar en lo que le tuvo que doler a la periodista escribirlo.

'Voces de Chernóbil' es, precisamente, eso: voces de Chernóbil. Los relatos de los supervivientes. Las historias de aquellos a los que el gobierno silenció. Los recuerdos y sensaciones de los que tuvieron la suerte o la desgracia de que el accidente en la central nuclear de esta localidad bielorrusa  el 26 de abril de 1986 no se los llevara por delante. Más de 40 monólogos (porque eso es lo que hace Alexiévich, meterse en la cabeza de sus entrevistados y hablar por sus bocas) en los que hablan las mujeres de los primeros bomberos que acudieron a la zona cero, niños con malformaciones nacidos décadas después, científicos que acudieron a estudiar la zona y a sus habitantes, personas que se negaron a abandonar su pueblo contaminado, padres que vieron morir a sus hijos, pequeños a los que trataban como apestados cuando conseguían escapar de la contaminación, familias que huyeron de allí con más miedo del que le habían tenido a la guerra, soldados a los que el gobierno engañó para que fueran a Chernóbil, operarios que limpiaron la central soñando en todo lo que comprarían con el sueldo desorbitado que les ofrecían mientras ignoraban que se estaban matando, mujeres que muchos años después siguen temiendo quedarse embarazadas, profesores que describieron el paisaje de Chernóbil como el de una pesadilla, fotógrafos que fueron incapaces de captar imágenes en color de un paisaje tan gris, cazadores y pescadores que tuvieron que acabar con todo animal que encontraron en la zona, médicos rurales incapaces de olvidar los datos exactos de la radiación de sus pacientes...

Sin la primera persona leer este libro no sería lo mismo. Consigue que puedas oír a esas personas. Tener la sensación de que te están hablando a ti. Que te están contando sus historias. Sus recuerdos. Sus miedos. Sus pequeñas ilusiones. Sus vidas. Sus casas. Sus vergüenzas. Sus vivos. Y sus muertos. Cada monólogo tiene su propio tono. Su propia voz. Su propia personalidad. Ése es el gran mérito de la periodista bielorrusa. Que siendo ella la artífice de todo (de las conversaciones, de las preguntas, de los años de investigación...) no la oigas más allá del prólogo, en el que explica de forma breve y concisa qué ocurrió el 26 de abril de 1986 en la central nuclear y sus consecuencias, y del epílogo, en el que habla de cómo el reactor sellado, el sarcófago, se ha convertido en un atractivo turístico. un epílogo que consigue que el libro (insisto, qué pequeña se le queda esta palabra a pesar de ser tan grande) te golpee de nuevo. Con la misma fuerza que en las primeras páginas, ésas en las que Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko, recuerda el ruido en mitad de la noche, los gritos, y cómo su marido, antes de salir de casa por última vez, le dijo que cerrara las ventanas y se acostara, que él volvería pronto. Recuerda que no volvió, que se lo llevaron a un hospital de Moscú, a donde fue a buscar al hombre con el que acababa de casarse y donde ocultó su embarazo para que la dejaran pasar a verle. Recuerda la agonía. Cómo se fue desintegrando. Cómo se iban muriendo sus compañeros. Cómo en quince días se fueron todos. Cómo enterró a su marido... Es sólo el primer monólogo. Hay 42 más.

"No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. el hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal."

Título: 'Voces de Chernóbil. Crónica del futuro'
Autora: svetlana Alexiévich
Traductor: Ricardo San Vicente
Editorial: DeBolsillo
Páginas: 408
Precio: 11,95€
Procedencia: regalo mamá

jueves, 25 de mayo de 2017

'Heridas abiertas', una novela negra más


Cuando a Camille, reportera de sucesos de un diario con pocos lectores de Chicago, su jefe le propone viajar a Wind Gap para investigar el asesinato de dos adolescentes, no es consciente de lo que le está pidiendo. Camille se pone en tensión. No quiere hacerlo. No quiere volver a Wind Gap, su pueblo, el lugar en el que vive aún su madre, una mujer fría de la que huyó poco después de que su hermana Marian falleciera tras una larga e intermitente enfermedad. No quiere hacerlo, pero lo hace. Es su jefe. Es su historia. Es su trabajo. (Salvando las distancias, cuántas veces los periodistas tenemos que tragarnos los miedos, las vergüenzas, las emociones y todo lo que sentimos cuando el jefe nos envía a cubrir algunos temas). Es curioso. Precisamente este libro llegó a mis manos en un momento de esos. Después de un trabajo de los que te dan más dolores de cabeza que compensaciones. Me apasiona mi oficio, lo amo, lo disfruto, pero como todo amor verdadero tiene sus días. Así que en plena huida a Formentera (isleña refugiándome en otra isla) una buena amiga me lo plantó en las manos. Lectura rápida con suficientes páginas para pasarme día y medio sin pensar mucho. Y sí. Ahí, en el momento exacto en el que Camille llega a Wind Gap (con una noche de motel de por medio, para hacerse a la idea), empieza el angustiante thriller 'Heridas abiertas', de Gillian Flynn. A partir de ese momento es imposible parar de leer (bueno, sí, para lanzarse de cabeza desde el barco a las aguas turquesas de Cala Saona) porque quieres, necesitas, saber más. No sólo de los asesinatos de las pequeñas Ann y Nathalie, sino sobre todo de la relación de Camille con su madre, Adora, y su hermanastra adolescente, Amma. Una relación viciada, difícil, nociva, que hace que afloren de nuevo en Camille todos los problemas y traumas del pasado, heridas marcadas en su piel. Mientras la periodista intenta descubrir quién se llevó a las adolescentes asesinadas, las cuidó como muñecas y las mató luego para arrancarles los dientes uno a uno, el pueblo se la va comiendo. El regreso a Wind Gap implicará mucho más que descubrir al asesino de Ann y Nathalie. Implicará descubrir verdades de su pasado, el origen de esas heridas que chillan palabras desde su piel. Un regreso del que es imposible apartarse hasta llegar a la última palabra. Y a pesar de eso, de que se lee fácil y atrapa como corresponde a toda novela negra, no entiendo el éxito de Flynn, como tampoco entendí el del best seller 'La chica del tren'.

"Mi madre asistió a un funeral vestida de azul. El negro era desolador y cualquier otro color era indecente. También vistió de azul en el entierro de Marian, al igual que la propia Marian. Le sorprendió mucho que no me acordara de eso. Yo recordaba que habían enterrado a Marian con  un vestido color rosa claro. Pero no era ninguna sorpresa: mi madre y yo no solemos coincidor en nada que tenga que ver con mi hermana muerta".

Título: 'Heridas abiertas'
Autora: Gillian Flynn
Editorial: Penguin Random House Mondadori
Páginas: 312
Precio: gratis con una revista
Procedencia: préstamo amiga

martes, 23 de mayo de 2017

Maya Hansen: "Ponerse un corsé depende de la actitud de la mujer, no de su cuerpo"





Quienes me conocen bien saben que uno de mis pequeños sueños factibles es tener, algún día, un corsé de Maya Hansen. Me enamoré de ellos desde la primera vez que los vi. Me gustó su delicadeza, su estilo clásico, los materiales nobles... Y me gustó aún más saber que todos ellos se realizan en un taller, de forma artesanal. Un espacio al que vas, escoges, te toman las medidas... Me encandiló pensar en que antes de la liturgia de ponerte ese corsé (porque sí, abrocharse los corchetes y ajustar luego las cintas es toda una liturgia)  había otra liturgia: la de su confección. Hace unos días este amado oficio mío me brindó la posibilidad de entrevistar a la diseñadora. Sólo lamento que, cosas del tiempo, se quedaran algunas buenas preguntas en el tintero.

(Hay quien denosta el corsé. Que lo considera una prenda machista o que cosifica a la mujer. No creo que sea así. Toda mujer es libre de vestir como quiera y como le guste sin tener que darle vueltas a lo que van a pensar los demás. Es una prenda muy especial. Cada mujer tendrá sus propias sensaciones. A mí, entre otras cosas, me hace sentir Wonder Woman).

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

Maya Hansen no ha olvidado la sensación de la primera vez que se probó un corsé. Fue en una tienda de «corsés de verdad» en Berlín. Está convencida de que ese momento marcó su posterior carrera. Hansen se graduó con matrícula de honor en el Centro Superior de Diseño de Moda de Madrid. Mostró sus colecciones durante tres años en EGO, la hermana pequeña de la pasarela Cibeles, donde debutó en 2011. Su popularidad, desde entonces, no ha dejado de crecer. A pesar de esto, la diseñadora tiene algunas cosas muy claras: que no va a pasarse al p rêt-à-porter y que quiere seguir mimando cada detalle de sus prendas.

Hace unos años dijo: «Si no hay corsé no hay Maya Hansen». ¿Lo mantiene?
Creo que sí. Lo estoy demostrando. A pesar de que en las últimas colecciones incluyo vestidos lápiz, vestidos muy estructurados y otro tipo de prendas, siempre mantengo, entre los 20 ó 25 looks de cada desfile, varios corsés. Lo hago porque pienso que abandonar nuestra seña de identidad, que es lo que ha hecho que la gente nos conozca, no sería muy inteligente. Por otra parte, lógicamente, cualquier diseñador evoluciona partiendo de la base, de las estructuras. Puede haber prendas que no son corsés, pero los patrones están muy trabajados, tienen formas arquitectónicas, con muchos cortes y con un patronaje similar. Así que sí, mantengo esa afirmación de que si no hay corsé no hay Maya Hansen.

Con lo de las formas arquitectónicas se me ha adelantado a la pregunta: ¿Cuánto hay de arquitectura a la hora de concebir el patrón de un corsé?
Los corsés son de las prendas más complejas que hay dentro del mundo de la confección debido a la cantidad de piezas que llevan por dentro y a su construcción... Precisamente, en mi última colección, para la que me he basado en el constructivismo ruso, he trabajado junto a tres arquitectos: Jesús San Vicente, que es quien hizo la instalación de la pasarela en la Mercedes Benz de Madrid, y luego he tenido dos ayudantes que son arquitectas. Con ellas hemos pasado mis dibujos a un programa que se usa normalmente en arquitectura para el diseño de piezas. Hemos cortado las piezas que forman las prendas con corte láser. He estado buscando muchísima gente para trabajar. Soy bastante exigente con mi equipo porque me gusta que las prendas sean impecables. Para mi sorpresa, la conexión con las arquitectas ha sido inmediata y, sin embargo, gente que se dedica a la confección o a la costura desde hace más de veinte años no me entiende o no comprende mis patrones como lo hace un arquitecto. Eso me ha dejado un poco descolocada, la verdad. Pero bueno, si lo que tengo que hacer es trabajar con gente de fuera del mundo de la moda, mientras la encuentre, encantada.

Se hizo famosa con los corsés, pero cada vez en sus colecciones hay muchas otras prendas. ¿Era un paso lógico al participar en pasarelas importantes?
Claro. Nosotros somos diseñadores, no somos gente que hace vestuario histórico. El corsé es una pieza de los siglos XVII y XVIII que, queramos o no, tiene unas connotaciones. Se ha utilizado en teatro y en cine. Siempre estás investigando el patronaje de la época, pero lógicamente así como avanzas en las colecciones vas evolucionando. También vas creciendo, madurando. Tanto tú como diseñadora como tus clientas, las que empezaron contigo. Van cumpliendo años, las ves evolucionar y te piden otro tipo de prendas. La moda se renueva cada mes, prácticamente, y tenemos que estar atentos a eso. Independientemente del ADN que tengamos tenemos que estar muy bien informados del sector al que pertenecemos. Puedes ir por libre y decir «yo hago este tipo de prendas que es lo que más vendo», pero a la hora de desfilar en una pasarela tienes una responsabilidad muy grande, debes aportar algo nuevo, una visión diferente. Hay mucha gente que querría estar en tu lugar y sólo somos 35, creo, los privilegiados que estamos ahí. Es un honor y si no aportas nada nuevo la gente, que es exigente, lo nota. Intentamos que en cada colección se aprecie que hay una nueva visión. Ahora, por ejemplo, estoy haciendo lo que llamo comfy corsets [corsés cómodos], suaves, con cremallera...
¿Cremallera?
Sí. Si me hubieras hecho esta entrevista hace unos años y me hubieras preguntado si he añadido alguna vez una cremallera a un corsé, te hubiera dicho que eso sería estar en la antítesis de lo que hago.
¿Entonces?
Hoy por hoy tengo muchas clientas de Arabia Saudí y de otros países árabes que me dicen que les parece muy bonito el tema del corsé, pero muchas de ellas se quieren vestir solas o no tienen tiempo. Quieren vestirse en cinco minutos sin estar pendientes de sus maridos o de alguien que les ayude a abrocharse el corsé. Las escuchas y al final valoras lo que te sugieren. (seguir leyendo)

sábado, 20 de mayo de 2017

Así empieza la manada (trece energúmenos)


 
@Martatorresmol
Las diez de la mañana del sábado. Zombi. Salí de la redacción pasadas las dos de la madrugada y enfilo de nuevo el camino hacia allí. Sólo quiero un café. En mi bar de las mañanas. Un bar de parroquia básicamente masculina. Trabajadores. De todas las edades y condición. De veinteañeros a octogenarios. De pantalón manchado de mil tonos de pintura a traje caro y corbata de seda . Todos educados. Respetuosos. Siempre. Nunca me he sentido atacada. Nunca he tenido la sensación de ser un trozo de carne. De vez en cuando hay alguna mirada que va más allá, pero nada que me haga sentir molesta. Me tratan como a una reina. Es casi mi casa. Hasta hoy.

Trece energúmenos (me niego a llamarles hombres) sentados en al terraza me jalean al pasar. Gritan. Aplauden. Hacen sonar la bocina de un megáfono. Despliegan verbalmente todo un catálogo de obscenidades. Son trece y están de despedida de soltero, según deduzco por sus camisetas. En la mesa hay varias botellas (hierbas y whisky) ya vacías y un número incontable de vasos de tubo. Me enciendo (en el peor sentido del verbo), me quito las gafas de sol y les miro, seria, antes de seguir hacia el interior del bar. Se callan. Pero sólo dura unos segundos, luego siguen con los gritos, los jaleos y la bocina. Conmigo. Y con todas las mujeres que pasan por la calle. Algún cafre aún dirá que deberíamos sentirnos halagadas. ¡Trece hombres jaleándonos! ¡Trece hombres jóvenes piropeándonos! ¡Trece hombres deseándonos! Quien diga eso no entiende absolutamente nada. Da igual si somos Beyoncé o la hermana fea de los Calatrava. Eso no importa. Somos mujeres y sólo por eso trece bestias hasta arriba de alcohol se sienten con derecho sobre nosotras. Sienten que tienen derecho a pensar en nuestro cuerpo como si fuera suyo. De cada uno de ellos y de todos a la vez. Un juguete. Una diversión. No se les pasa por la cabeza que no lo queramos, que nos ofenda, que nos haga pasar vergüenza o sentirnos, en cierta manera, violadas. Se sienten arropados. Protegidos en su nube de testosterona desatada. Nos jalean. Y, lo que es peor y más peligroso, se jalean. En ese momento, si a alguno se le ocurre ir más allá, dejar el megáfono y los gritos para pasar a las manos, hay muchas probabilidades de que los demás le sigan. Que no acepten un no por respuesta. Y si es de noche, no hay nadie cerca y estás sola contra trece armarios... Así empieza la manada.



martes, 16 de mayo de 2017

Me criaron en una redacción de las que ya no existen


@Martatorresmol

Me criaron, (sí, porque en este oficio, cuando las cosas se hacen bien, te crían) en una redacción de las que ya han desaparecido. En la que las cabezas de los periodistas sobresalían en la eterna niebla de tabaco. Donde los teléfonos sonaban sin descanso hasta bien entrada la noche. En la que todos sabíamos en qué armario había siempre una botella de whisky. Y otra de ginebra. Para madrugadas largas, momentos difíciles, esperas en compañía. Una redacción en la que, temerariamente confiados, me arrojaron a la calle, a la gente, a los políticos, a las personas desesperadas, a kilómetros de carretera, a un sinfín de pasos, a pleno sol y a lluvias inclementes, a niños traviesos, a puertas cerradas y a gorilas. Una redacción en la que la libreta y el bolígrafo (pierdo la cuenta de los que llevo en el bolso) eran imprescindibles y la grabadora, si se utilizaba, era un simple apoyo; donde captar la esencia era más importante que la literalidad; donde los políticos se te enfrentaban, no se escondían detrás de responsables de comunicación. Una readacción en la que vivíamos pendientes de la información, de los temas, de la forma de contarlos, no de los clicks. Incluso de la palabra exacta, no de la más SEO. Ahogados, pero con tiempo. Tiempo para reflexionar. Tiempo para escribir. Tiempo para ir al bar a tomar un café.

Una redacción en la que aprendías de los que estaban a punto de jubilarse. Aprendías maneras. Aprendías que el 'off the record' es sagrado. Aprendías que, si era necesario, habías de esperar en el portal de casa de un político cuando éste no te contestaba al teléfono. Aprendías la importancia de llevarte bien con las secretarias. Que invertir tiempo personal con las fuentes ahorra luego horas laborales y facilita las llamadas a deshoras para temas nada agradables. Que a los cargos públicos hay que buscarles las cosquillas y no dorarles la píldora, porque para eso ya les sobra gente y porque te debes a quienes te leen. Aprendías que un café se le acepta a cualquiera, pero que hay que decir que no a ciertas cenas, regalos e, incluso, ofrecimientos aparentemente inocentes. Aprendías a no aceptar un no por respuesta, a no contentarte con una declaración complaciente, a entender entre líneas para hacer después la pregunta justa. A desentrañar silencios. A que hay que estar más pendiente de lo que no se dice que de lo que se dice. Aprendías a leer. A periodistas viejos. Y muertos. A los grandes. A los de cada día. A los pequeños. A los famosos. A los desconocidos. Aprendías que al poder hay que serle siempre incómodo y que el cariño y la dulzura hay que reservarlos para aquellos que vienen a contarte historias valiosas: para las señoras centenarias que te abren su vida, para los padres que sollozan porque a su hijo discapacitado no le facilitan los recursos a los que tiene derecho, para los enfermos que gastan sus últimas energías en denunciar carencias... Aprendías que el halago de un político debe sentarte siempre como una patada en el estómago y que las cosas que consiguieras cambiar con tu insistencia y tus páginas serían tus únicos galones. Que la honestidad era un valor que debías tatuarte cada día y que por muchas caras que tenga la verdad debes intentar dar voz a todas ellas. Intento transmitir eso a las nuevas generaciones que, de vez en cuando, asoman la nariz por la redacción. Lo intento aunque sé que es una batalla perdida. La mayoría prefieren estar delante de Facebook y Twitter que salir a la calle. Dicen que sí encantados a entrevistas por correo electrónico (ni siquiera por teléfono) porque entonces sólo tienen que cortar y pegar. Están tan pendientes de la grabadora que se pierden los detalles. No redactan, enlazan declaraciones. Se fían más de wikipedia que de lo que han visto con sus propios ojos. Una batalla perdida que vale la pena mantener por las escasas excepciones con las que te topas.

Me crié en una redacción que a ratos, cuando me pongo a pensar, echo de menos. Una redacción caótica. Sin móviles. Sin redes sociales. Una redacción en la que valían las notas de la libreta, no las grabaciones. Una redacción en la que todos tenían claro lo que eran: periodistas. Y que estaban allí por un único motivo: hacer periodismo.


viernes, 12 de mayo de 2017

'Hombres buenos', regreso a las tardes de uniforme y libros de aventuras


@Martatorresmol

He vuelto. He regresado de París. De la España de fines del XVIII. De un viaje, más bien una misión, lleno de peripecias y peligros. He regresado de todos ellos. Pero sobre todo he vuelto de un lugar y un tiempo mucho más lejano. He vuelto de las lecturas de infancia. De aquellos libros de aventuras en los que me sumergía algunas tardes, aún con el uniforme del colegio pero descalza, para creerme por un rato viajera, pirata, científica, diosa griega, marinera, reina, guerrera, espadachina, mosquetera, princesa, niña demasiado curiosa, heroína, hada, hechicera... Porque eso es 'Hombres buenos', de Arturo Pérez-Reverte, una auténtica novela de aventuras. Como las que leí de niña y de adolescente. Una novela gustosa. Trepidante. De ésas que hacen que te sorprendas hablando con los personajes, alertándoles de lo que se le viene encima, rogándoles que no se adentren en ese paraje, que no confíen en esa persona o maldiciendo su ingenuidad. Porque sí, por mucho que me gusten los personajes turbios, por muy interesantes que me parezcan en la mayoría de los libros, por muchas vueltas que les dé después de haber cerrado el libro, en uno como éste sólo puedo estar con los buenos. Es lo que tienen los libros de aventuras clásicos, que te obligan a tomar partido. Y mi bando en esta lectura es, sin ninguna duda, el formado por el buenazo de don Hermógenes Molina (bibliotecario) y el reservado Pedro Zárate (almirante), integrantes de la Real Academia de la Lengua que deben viajar a París para hacerse, por encargo de la institución, de los 28 volúmenes de la 'Encyclopédie' francesa, prohibida en España. Una misión a la que los amantes de los libros que perdemos la noción del tiempo en las librerías de viejo no podemos resistirnos.

Aventuras y libros... Y tiempo. Por rápido que leas, las 600 páginas no se acaban en un par de horas. La historia da espacio para mascar y digerir la trama. Para ver con detalle los escenarios. Para conocer bien a los personajes, hasta el punto de intuir, pasados los primeros sustos y peripecias, sus reacciones. Espacio (páginas, detalles y profundidad) para saber cómo se mueven, cómo respiran, cómo sienten, con qué ríen, qué les atormenta, cuáles son sus debilidades... Un espacio que últimamente echo de menos en buena parte de los libros caen en mis manos, más centrados en la historia y en la forma que en los personajes. Si tienes un buen personaje, da igual lo que haga o lo que le pase, aunque sólo contemple el horizonte seguirás leyendo. En 'Hombres buenos' no hay sólo uno. Tengo debilidad (es una cuestión muy personal) por el brigadier Zárate. Su porte, su caballerosidad, su inteligencia, su afición a la lectura, su elevado concepto del honor... Pero reconozco que el sicario Pascual Raposo, que intenta frustrar su misión pagado por dos académicos que no tienen los redaños de hacerlo ellos mismos, y el abate Bringas, la singular 'ayuda' que les presta el conde de Aranda en París, son también dos caramelos. Un tanto envenenados o indigestos en algunos momentos si estamos de parte de don Hermógenes y don Pedro, pero caramelos.

He disfrutado como lo hice de niña (fui lectora muy precoz) con Verne o Dumas. De hecho, no sé si es por esa sensación de regreso a aquellas tardes o porque realmente es así, pero me ha parecido ver el espíritu de ambos escondido entre las líneas de 'Hombres buenos'. Hay quien cree que el final es demasiado abierto. A mí no me lo parece. El resultado de la misión queda claro desde las primeras páginas. Esas que no he querido ni mirar ahora (leí el libro en 2015, durante varias mañanas de sol junto a la piscina, en un largo parón del blog) para no volver a quedarme atrapada en esa aventura plagada de peligros. Como toca.

"Los descubrí al fondo de la biblioteca, sin buscarlos: veintiocho volúmenes en cuerpo grande, encuadernados en piel de color castaño claro desvaída por el tiempo, maltratada por dos siglos y medio de uso. No sabía que estaban allí -buscaba otra cosa y había estado curioseando en los estantes-, y me sorprendió leer en su lomo: Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné. Se trataba de la primera edición."

Título: 'Hombres buenos'
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Páginas: 592
Precio: 22,90€
Procedencia: comprado

lunes, 8 de mayo de 2017

'La tienda de los recuerdos perdidos', huir, a veces, sirve


Huir, a veces, sirve. Salir corriendo. Olvidarse de todo y de todos. Refugiarse. Sin que nadie te consuele. Sin que nadie te haga sentir débil. Sin nadie que te recuerde lo que dejas atrás, lo que perdiste, a quien se olvidó de ti, lo que dejaste de ser, lo que querías... Huir a veces sirve. Algunos dirán que es cobarde. Pero no. No lo es si tienes claro que a quien debes enfrentarte, tu único enemigo en ese momento, eres tú. Huir a veces es simplemente decirle a los demás que te dejen, que esa pelea es cuerpo a cuerpo y no necesitas (ni quieres) padrinos. Y eso es precisamente lo que hace Lily, la protagonista de 'La tienda de los recuerdos perdidos', una novelita de Anjali Banerjee que se lee antes de que se te enfríe el chai fuerte con leche que te has preparado. Lily huye. Del dolor. De la muerte de su marido en un accidente de coche. Del vacío de su casa. De las miradas de pena de los demás. De los recuerdos. Huye, incluso, de sus propias lágrimas. Huye sin rumbo y llega a la pequeña localidad de Fairport, en la isla de Shelter (qué tendrán las islas que son al mismo tiempo refugio, paraíso y cárcel), donde descubre una pequeña casa amarilla en cuya planta baja hay sitio para una pequeña tienda. Y una gata. Una gata ya viejita. Y, no sabe muy bien por qué, se queda. Y monta su negocio de ropa y complementos vintage (por ahí me pilló este libro a mí...). Sabe que el negocio no va a tener mucho éxito, pero le sirve para seguir huyendo, para reconstruir su vida.

'La tienda de los recuerdos perdidos' no es una gran novela. Y es algo que sabes desde el principio. Pero es una de esas novelas agradables, que se leen rápido, sin complicaciones, y con las que sabes que, a pesar de que todo empiece fatal todo acabará bien. Y a veces eso, la certeza de que todo acabará bien, es lo único que buscas. Un libro refugio (como esa isla) al que huir por unas horas. Una historia que no te hace pensar, que simplemente pasa, y que, eso sí, te devuelve a esos días de dolor soledad cotidiana, no deseada, a la que te enfrentas cuando alguien desaparece. Pasado el shock y las lágrimas constantes queda el día a día. Lo más difícil. Y huir, a veces, sirve.

"Esta mañana voy por el camino de costumbre a desayunar al bar de Fairport disfrutando de los dulces aromas de las hojas de otoño, del agua salobre del mar y del exquisito salmón salvaje. El día empieza a bullir en nuestra brumosa isla. Las pintorescas tiendas abren las puertas y sus propietarios colocan letreros pintados a mano en las aceras. Herrerillos y pinzones revolotean en los árboles de los alrededores. Como de costumbre, atajo por el descuidado jardín de una casa amarilla que está deshabitada y tiene un cartel en la fachada, pero esta vez me paro a mirarla con detenimiento".

Título: 'La tienda de los recuerdos perdidos'
Autora: Anjali Banerjee
Traductora: Flora Casas
Editorial: Lumen
Páginas: 254
Precio: 17€
Procedencia: biblioteca mamá

viernes, 5 de mayo de 2017

Pilar Bonet: "A veces debes elegir entre una gran noticia y ser persona"





Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Pilar Bonet (Ibiza, 1952) es corresponsal de El País en Rusia, donde ha sido testigo del final de la URSS, el golpe de estado a Gorbachov, la caída del comunismo y la anexión de Crimea, entre otros momentos históricos. Habla con pasión de su oficio, el periodismo, que defiende en su contepto más clásico: un profesional que ve lo que ocurre, que está pegado a la calle y que interpreta la realidad. Es su manera de trabajar en Rusia, donde lleva desde 1984 como corresponsal de El País (exceptuando un parón entre 1997 y 2001, cuando estuvo destinada en Alemania). Ganadora de varios premios periodísticos, entre ellos el prestigioso Cirilo Rodríguez, confiesa que escribir el discurso para la Medalla de Oro que recibió el viernes le costó más que cualquier crónica.

Después de tanto tiempo, ¿se siente un poco rusa?
No... [Piensa] Soy ciudadana del mundo, pero eso no significa que no tenga unas raíces. Y en Rusia tengo relaciones especiales porque he vivido no sólo muchos años, sino también experiencias históricas, cosas muy intensas que marcan y te hacen sentir de ese lugar. Tengo relaciones afectivas con gente que está viva y con gente que está muerta. Los muertos te ligan a los sitios.


Ha vivido la URSS, el golpe de Estado a Gorbachov, Yeltsin, la caída del comunismo, la Rusia de Putin... ¿Qué momento ha sido más intenso?
Como periodista, el final de la URSS, fue muy intenso, pero también el intento de golpe de Estado de agosto del 91, cuando un grupo de altos funcionarios del entorno de Gorbachov intentó echarlo del gobierno. Eso fue importante, la señal que desencadenó el proceso del final de la URSS. Pero profesional y personalmente viví más intensamente, en 2014, la anexión de Crimea, la crisis en Ucrania, potencia reivindicaciones independentistas y abre un conflicto que aún está abierto. Una situación de guerra de la que no escribimos cada día, pero que es un conflicto grave abierto en el centro de Europa.

¿No se puede escribir cada día de todo lo que pasa?
No. La capacidad de informar que tenemos es limitada. Aunque Internet da la impresión de que podemos estar en todos sitios, no es cierto, y el periodista como transmisor de lo que ve hace lo que puede.

Transmisor de lo que ve... ¿Cada vez se escribe más sin ver?
Sí. Es una interpretación clásica y básica de lo que es el periodismo. La idea de que un periodista sentado en una mesa llega a todos sitios porque hay redes sociales que lo cuentan es ficticia. Nada puede suplir la experiencia personal, pero parece que eso hoy es un lujo porque una red de corresponsales propios es muy cara. Las exigencias de los medios cada vez son más grandes: tienes que hacerlo rápido, en varios formatos, volver a redactarlo de otra forma porque hay que actualizar... Se produce un dilema: salir a ver qué pasa o escribir sobre lo que pasa sin verlo. Nuestra profesión está en crisis, pero confío en que haya una demanda de información honesta, nadie puede hacerlo todo, pero puedes ser honesto y tratar de reflejar lo que ves. No puedes pretender tener la verdad absoluta, pero sí decir «he visto esto». Por eso lo de Crimea y Ucrania fue muy importante, porque encontré gente vetarana como yo que estaba escribiendo editoriales y la volvieron a poner en la calle porque era necesario conocer el trasfondo, la historia. En momentos clave se busca a gente que sabe de qué van las cosas porque la experiencia cuenta mucho. Ahí lo vi. En 2008 también me pasó, cuando la crisis de Georgia y Osetia del Sur. La mayoría de gente no sabía dónde estaba. En el 2004 enviaba cosas de Osetia y me preguntaban dónde estaba. Cuando se produce la crisis hay una demanda de información verídica.

¿Para conocer un país como Rusia hace falta mucho tiempo?
No tanto. El tiempo puede ser una ventaja o un inconveniente. Si es para una descripción superficial el que llega nuevo lo ve con ojos más frescos, pero para un periodismo analítico, cuanta más experiencia tengas, mejor.

Al leerla se nota que le gusta la crónica pura, la descripción con detalles. ¿A veces los detalles dan la medida de lo que está pasando?
Sí, pero debes encontrar esos detalles, porque no todos son iguales. Lo más peligroso en esta profesión es el grafómano, el que escribe por escribir, porque quiere escribir, sin importarle sobre qué. Son peligrosísimos. El secreto es ser selectivo con los detalles, saber cuáles tienen un valor universal y cuáles son accidentales. Ante cualquier realidad debes saber qué es esencial y qué no. Es importantísimo. Por ejemplo, en el secuestro de la escuela de Beslán, en 2004, donde murieron más de 300 personas, iba por la escuela, que estaba llena de sangre y libros deshechos. Podía hablar de la sangre y del olor a cadáver, pero lo que me emocionó fue entrar en una clase y ver el teorema de Pitágoras, el seno y el coseno. Y lo escribí. Aquel detalle era el que acercaba aquella gente a nosotros porque todos en nuestra infancia aprendimos eso. Podía escribir cualquier cosa de cadáveres, pero... (seguir leyendo)




lunes, 1 de mayo de 2017

Carta a los libros de mi vida*


@Martatorresmol
Llegaste a mí por el título: 'Nacida en domingo'. "Como nuestra hija nacida en domingo que va camino de arruinarnos a base de cuentos", creo que pensaron mis padres al toparse con él en la librería. Porque en casa, por suerte, hubo un no para muchas cosas, pero nunca para un cuento. Ni para dos. Ni para tres. Como nunca hubo un no después para un libro. Ni para dos. Ni para tres. Y así, con siete años, con aquella niña en aquel internado que sueña con una madre de cálidos ojos dorados que la adopte, descubrí que los libros sin dibujos pueden estar llenos de colores. Te leí decenas de veces. Una tras otra. Te llenaste de arrugas. Te protegí con celo. De vez en cuando aún te busco en una de las estanterías bajas de la biblioteca de mis padres. Seco, amarillento y ajado crujes (déjame pensar que es de placer) con cada caricia a tus viejas páginas.
Otros llegasteis después. Todos juntos. En un mismo paquete perfectamente colocado junto a mis zapatos más brillantes una mañana de Reyes. Otros niños quizás se hubieran decepcionado al veros. Para mí aquel paquete fue el cofre del tesoro: 'Viaje al centro de la Tierra', '20.000 leguas de viaje submarino', 'La vuelta al mundo en 80 días', 'Un capitán de quince años', 'La isla del tesoro', 'Las aventuras de Huckleberry Finn', 'Lord Jim', 'Colmillo blanco'. Con vosotros aprendí que puedes viajar sin levantar los ojos de las páginas. Y luchar. Y ver mundos fascinantes. Y conocer gente que te cae mal. Y tener miedo. Y navegar. Y naufragar. Y desesperarte. Y reír. Y avergonzarte. Y correr. Aprendí que se te puede desbocar el corazón sin salir de la biblioteca de casa hasta el punto de tener que parar y tomar aire para seguir.
Fuiste el primer libro que compré con mi dinero. Con mi paga infantil que apenas daba para un cine y una piruleta de corazón. 195 pesetas marcaba un papel bajo aquel título que me hipnotizó: 'La historia interminable'. Fui a la papelería de delante del colegio a comprar pegamento para la clase de trabajos manuales y ahí estabas. Vi tus letras en grana y verde esmeralda y no pude resistirme. Por ti sacrifiqué gustosa mi paga, mi sábado de cine y risas, mi piruleta de corazón. Fui Bastian Baltasar Bux ese sábado. Y otras muchas veces. Y desde entonces lo sigo siendo un poco cada día. Mis libros son ese desván en el que me siento protegida. Son el dragón blanco al que aferrarme y volar. Son los que me protegen del abismo cuando me acerco demasiado a la Nada y los que me salvan de las arenas movedizas que engullen a Ártax, los que hacen que cada noche Fantasía siga creciendo un poco más y los que se comen mis miedos para que pueda enfrentarme a las esfinges.
Inmenso. Mastodóntico. Cuajado de ilustraciones. Durante un primer minuto no te entendí. Lo siento. Fue sólo un minuto tonto. Un minuto estúpido en el que me pregunté cómo a mí, toda una adolescente que devoraba las obras de Shakespeare (ahora volveré a ti), me regalaban un libro aparentemente infantil: 'Cuentos maravillosos del mundo entero'. Todas las veces que mis pestañas se han congelado frente a ti, frente a tus historias y los detalles de tus dibujos, todas las veces que te he colocado con mimo en cajas de mudanzas, todas las veces que me he desesperado al pensar que te había perdido... Espero que todas esas veces puedan compensar aquel primer minuto. Me enseñaste que en el Amazonas la inteligencia de un anciano vence a la soberbia de una serpiente, que en el norte de Europa hay mujeres hermosas escondidas en pieles de foca que abandonan el mar por amor, que la muerte puede ser buena compañera de la vida si eres capaz de entenderla... Me cogiste de la mano y me condujiste a Bettelheim, a la verdad escondida en los cuentos de hadas, a hermanastras que se cortan los pies para que les quepa un zapato, a madastras que envenenan manzanas y mueren bailando, a sirenas que renuncian a su cola de pez y no son felices, a bestias que devoran bellas...
Vuelvo a vosotros. A mis ejemplares de Shakespeare, de quien lo leí todo en poco más de tres años. Todo. Empecé por 'Romeo y Julieta' (el inevitable romanticismo de la adolescencia...), pero desde que la descubrí en 'Mucho ruido y pocas nueces' fui Beatriz. Osada e irónica por fuera, dulce y sentimental por dentro. Siempre dispuesta a un duelo dialéctico, lingüístico. Sobre todo si tiene como rival al hombre que ama. Soy Beatriz. No puedo evitarlo. Prefiero una sonrisa de medio lado decorando una barba acompañada de unos ojos pícaros y encendidos y una conversación que me busca (con cariño) las cosquillas a empalagosas palabras de amor. Es irremediable, fui y soy Beatriz. Como fui y soy Penélope desde aquella surrealista y maravillosa asignatura de la universidad, 'Leyendas medievales', en la que nos tumbábamos en penumbra sobre los bancos que debían ser mesas y escuchábamos y leíamos -"guarden los cuadernos, aquí está prohibido tomar apuntes"- la historia de la dama del unicornio, las aventuras del rey Arturo, la 'Divina Comedia', el amor de Tristán e Isolda... Y en el fondo de todo, los mitos clásicos -"todo, cualquier cosa que se les pase por la cabeza, cualquier cosa que sientan, dulce o depravada, da igual, no lo duden, antes estuvo en la mitología"-, la 'Ilíada', la 'Odisea' y Robert Graves. En aquella penumbra que se imponía al sol de las tres de la tarde te leí a pedazos. Y pensé que si la aventura de Ulises para llegar a casa no era fácil, tampoco lo era la que afronta Penélope durante años en Ítaca. Cada noche frente al telar. Cada día aguantando y resistiendo a quienes quieren sustituir a su marido en el trono. Y en su lecho. Su determinación. Su astucia. Su guerra silenciosa. Su lealtad y fidelidad infranqueables. En aquella penumbra, todos hablaban del héroe Ulises. Yo hablaba de la heroína Penélope.
En un tren descubrí al auténtico Joseph Conrad y a Kurtz. Y en el mismo tren descubrí a Melville, Ahab y 'Moby Dick'. 'El corazón de las tinieblas', qué pequeño eras antes de abrirte y qué grande te fuiste volviendo página a página, mientras nos adentrábamos en ese río que aún hoy, tras más de una decena de relecturas, sigo pensando que no era un río sino la Estigia, el último paso antes del infierno. Te conozco casi palabra por palabra y sé que podría volver a leerte mañana y seguirías sorprendiéndome. Asustándome. Estremeciéndome. "¡Ah, el horror! ¡El horror!". Sin salir de ese mismo tren (nunca he leído tanto, con tanta calma y con tanta fruición, como en aquellos trayectos de más de una hora entre el barrio de Les Corts y la Universitat Autònoma), contigo entre las manos, me enrolé en el Pequod y me puse a las órdenes de Ahab. Creía que entre tus páginas encontraría aventura, no esperaba toparme de bruces con una verdad que aún hoy, cuando pienso en ella, me revuelve: Moby Dick está ahí porque salimos a buscarla, nuestros monstruos están ahí porque los alimentamos, porque los perseguimos, porque los buscamos. Todos tenemos una ballena blanca, todos somos Ahab, todos podemos acabar en las profundidades.
Y por último tú. Tú. Siempre y eternamente tú. Desde los 17 años. Te tengo en un altar. Espiritual y físico. Hindú, pero un altar. "Pon dentro a tu dios, da igual cuál sea", me dijeron. Y ahí estás tú, 'A sangre fría'. "Si vas a ser periodista tienes que leer esto", me dijo mi padre. Y te leí. Y cuando llegué a la última página me temblaban las manos y me temblaba algo más que aún hoy no sé qué era. Sólo sé que sigo acercándome a ti como quien se acerca al Santo Grial, que sigo pasando tus páginas leyendo más allá de la historia de Dick y Perry, los asesinos de los Clutter, que sigo dándole vueltas a cómo Truman Capote consiguió hacer de un reportaje una de las mejores novelas que ha pasado por mis manos. Te tengo ahí, siempre a la vista, en el cielo de mi biblioteca, junto a mi casco de Marte, recordándome todos los días la periodista que quise y quiero ser.

* Gracias, Navegante, por rescatar esta entrada del naufragio.

miércoles, 26 de abril de 2017

'Las últimas palabras', cuando un libro se esculpe


@Martatorresmol
En estas islas, el archiduque Luis Salvador de Austria es bien conocido. Una figura recurrente. Alguien de quien se habla como si fuera un antepasado, con familiaridad, con cercanía, desproveyendo a la palabra archiduque que precede siempre a su nombre de toda grandeza e importancia. Vemos los dibujos que dejó, esos que nos permiten hacernos una idea de cómo eran estas islas entre finales del siglo XIX y principios del XX, como quien mira los retratos descoloridos de los tatarabuelos. Dibujos (un niño le dijo una vez que él llamaba a las montañas y éstas acudían a su cuaderno) que, contemplados miles de veces, conocemos casi al detalle. Hasta el último trazo. Sabemos que estaba emparentado con la emperatriz Sisí, que prestó servicios a la corte de Viena, en la que, a pesar de su pretendida lejanía, era un personaje importante, que jugó un papel en la antesala de la Primera guerra Mundial, que escribió decenas de obras científicas. Y a pesar de eso, no podemos evitar verle, principalmente, como uno de los primeros viajeros que llegó a estas tierras a bordo de su goleta, se enamoró de ellas y decidió instalarse. Un hombre culto que se relacionaba con la gente, curioso y que vestía de forma nada aristocrática.

Un hombre al que da voz la académica Carme Riera en 'Las últimas palabras', un libro en el que la escritora fabula, imagina, intuye, proyecta (escoged el verbo que más os guste) las que, de haberlas escrito, hubieran sido las últimas palabras del archiduque. Una carta, la última, que dicta, en el lecho de muerte, el 30 de septiembre de 1915, a su secretario Erwin. Una carta ficticia en la que el aristócrata recorre su vida, se confiesa, muestra sus debilidades. Una carta que empieza en la página 37 del libro (y que, ¡ay amigos!, no os recomiendo empezar si no tenéis el tiempo suficiente por delante para beberos de un tirón. Porque una vez que leáis la primera frase, una vez que naveguéis con él en la Nixe, que recorráis a su lado la Serra de Tramuntana, que conozcáis su afición por la seducción, que sepáis cómo acabó enamorado sin quererlo de la campesina Catalina Homar (que era su amante) o la rabia que sintió cuando el joven al que se había rendido le confiesa que no le quiere, que visitéis la corte austríaca, que descubráis sus aspectos oscuros... Ya no podréis parar. Una palabra os llevará a la otra. Una anécdota enlazará con un recuerdo y éste a su vez con una confesión que os conducirá a un hecho histórico y... Y sí, os veréis en la misma posición que Erwin, ese último escribiente que escucha y toma notas en silencio mientras el archiduque Luis Salvador de Austria sabe que la muerte le ronda y escupe una frase tras otra, temeroso de no poder acabar a tiempo. Poco más de dos horas (no se tarda mucho más en leer el libro) apasionantes en las que no hay absolutamente nada que te despiste.

Releo algunos párrafos y tengo la sensación de que Carme Riera (que emplea el cervantino recurso del manuscrito descubierto), más que escribir este libro, lo ha esculpido. Ha cogido un bloque de información y de palabras y ha ido desprendiéndose de todo lo que sobraba, de todo lo superfluo, hasta dejar únicamente lo imprescindible, lo necesario, lo justo. Lo que consigue que llegues a las últimas palabras de esa carta ("No es la muerte, es su aviso, el dulce aviso que nos prepara para su llegada.") dándote cuenta de que en esas dos horas apenas has respirado.

"Los calmantes no consiguen aliviar el dolor de mis oxidadas articulaciones, ya ves, Erwin, casi no puedo moverlas. No sé cuánto tiempo podré soportarlo sin recurrir al opio, pero en mis condiciones no creo que sea mucho y sus efectos hipnóticos servirían, a la postre, para invalidar mis últimas voluntades. De manera que debemos darnos prisa, mucha prisa."

Título: 'Las últimas palabras'
Autora: Carme Riera
Editorial: Alfaguara
Páginas: 160
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

sábado, 15 de abril de 2017

'Demonios familiares', la última historia de Ana María Matute


Me enamoré de las palabras de Ana María Matute, de su forma de contar, de la niña que seguía viendo escondida en los márgenes de sus páginas a pesar de que ya entonces era una señora de edad venerable, cuando apenas era una adolescente y la descubrí con 'Olvidado Rey Gudú'. Una novela que me tuvo completamente absorta, apartada del mundo, durante una semana del verano de 1996. Tengo ese libro grande, mastodóntico, gigántico (en sentido literal y espiritual) siempre a la vista, en una vitrina del salón en la que comparte espacio con las obras de mi adorado Terenci Moix y algunas otras novelas inolvidables de aquel verano en el que me adentré definitivamente en la adultez ('Trainspotting', 'Drácula', 'Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros', 'La hoguera de las vanidades'...). Me enamoré aún más de sus frases y sus personajes con cada uno de sus libros que fueron cayendo, como ansiadas gotas de lluvia, en mis manos y en mi alma lectora. A Matute la leo siempre en mi orejero, enrollada en mi propio cuerpo, con menos luz de la que debería. No concibo leerla de otra manera. Ni en público. Ni en la playa. Ni con mucha luz. Ni sentada en un bar con un café con leche tamaño piscina entre mis manos. No. A Matute sólo puedo leerla como la leí aquel primer verano, protegiéndome de aún no sé qué, las rodillas pegadas al pecho, los talones a las nalgas, la oreja derecha a la tapicería, la barbilla a la clavícula...

Hace tiempo que 'Demonios familiares' daba vueltas por casa. Sí, exactamente igual que ese algo que flota siempre en las novelas de Matute y que a veces, sólo a ves, estás a punto de nombrar. Pasaba del montón de libros por leer a la mesa de trabajo, de ahí a la mesilla de noche, al sofá, vuelta al montón, a una estantería cualquiera, de esas que son un maremágnum de libros por leer... Así se ha pasado dos años. Hasta la otra noche. Una noche en la que la primavera echó de menos ser invierno. Y hacía frío. Y soplaba el viento. Y no sé por qué el orejero me reclamó. Y me senté en él huérfana de libro. Y me acurruqué. En su suave y ajada oreja. Abrazada a mis rodillas con una mano. La otra rozando la cumbre de una de las muchas pilas de libros con el mismo placer con el que peino el flequillo del mar cuando tengo ocasión. Y ahí estaba, esperándome, esa historia, la de la nunca novicia Eva, el siempre dispuesto Yago, el Coronel con su eterno rictus de severidad, Madalena y su sabiduría fraguada en cocinas y planchas... Una historia que debía ser una segunda parte de la maravillosa 'Paraíso inhabitado' y que, al final (sí, de verdad era el final), decidió ser algo completamente diferente.

'Demonios familiares' refleja una estampa (bien pensado, no creo que sea una historia), un momento, un cuadro en el que pasan cosas y en el que los personajes cobran vida pero se escapan por el marco, lo atraviesan y no puedes ver qué les ocurre, cómo siguen, qué sienten... El marco, la involuntaria última página, ésa que no debía serlo, ésa tras la que seguía la historia que Ana María Matute no pudo terminar. A la izquierda del cuadro, el Coronel, en su silla de ruedas, ve reflejado en el espejo cómo arde el convento en el que ingresó su hija, Eva, y envía a toda prisa en el tílburi a buscarla. En el centro de la estampa está Eva, feliz de reencontrarse con sus vestidos bonitos y su ropa interior de seda y los guisos y el cariño de Madalena y de retomar su amistad con Jovita, la hija del farmacéutico, con mucho miedo y un gran secreto y enamorada de un piloto desaparecido. A la derecha aparece Eva, feliz por una revelación familiar, enamorándose, en un desván en el que bebe whisky y se esconde un soldado herido. El borde derecho del lienzo está desvaído. Pinceladas largas que desfiguran los personajes, que huyen, que siguen viviendo más allá del marco de un cuadro que Ana María Matute ya había pintado. En su mente. No hubo tiempo para el lienzo.


"Algunas noches el Coronel oía llorar a un niño en la oscuridad. al principio se preguntaba quién sería, puesto que hacía muchos años que en la casa no vivía ningún niño. Solo quedaba, en la mesilla de noche de Madre, una fotografía sepia, una sonrisa transparente y errática -quién sabía ya si de Madre o del niño-, flotando en la noche, como una luciérnaga alada".

Título: 'Demonios familiares'
Autora: Ana María Matute
Editorial: Destino
Páginas: 184
Precio: 19€
Procedencia: regalo

miércoles, 12 de abril de 2017

La rebelión de las camareras de piso



@Martatorresmol

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza (04/12/2016)
Quince camareras de piso, Kellys, como se han autodenominado en la lucha por unas condiciones laborales dignas, aguardan frente al edificio de los sindicatos. En un primer momento, se muestran un tanto cautas a hablar, pero cuando se les garantiza que no se publicarán sus nombres, se relajan. Y se sueltan. Tienen ganas de hablar. De denunciar su día a día, lo que sufren mientras sacan brillo (físicamente) a la hostelería de Ibiza. Son quince, pero la voz es la de una sola, porque las historias, no importa el hotel ni la categoría, son calcadas.

«No nos pagan las horas extras», afirma una, la primera en atreverse a hablar, un comentario que actúa como pistoletazo de salida. Las voces y comentarios se solapan. Están juntas. Unidas en una misma lucha. Por ellas mismas, por sus derechos y por su dignidad como trabajadoras.
Parecen sacudirse los miedos unas a otras. Una apunta: «Nos prohíben dar parte a la mutua cuando tenemos un accidente en el trabajo. Dicen que tenemos que ir al hospital». «Así se ahorran la investigación», continúa otra. «Si estás contratada hasta las tres, no acabas hasta las cinco. El seguro no cubre lo que te ocurra en esas dos horas», continúa una tercera haciéndose oír por encima del barullo que se ha formado mientras esperan la reunión con la eurodiputada de Izquierda Unida Paloma López.

Todas, las quince, aseguran que hacen horas extras que no les pagan ni les devuelven en tiempo. La mayoría están contratadas para menos horas de las que en realidad hacen. Eso sin contar el tiempo extra al que se ven obligadas si quieren mantener sus puestos de trabajo. Ninguna de ellas ha notado los efectos de la buena temporada ni del incremento de las plazas hoteleras de cuatro y cinco estrellas. En el sueldo, porque sí lo han notado en otros aspectos. Han tenido mucho más trabajo. Y más complicado. A lo que los hoteleros llaman habitaciones «premium» algunas las llaman, irónicamente, «bombones».  (Seguir leyendo)


lunes, 3 de abril de 2017

'La mirada de los ángeles', regreso a Fjällbacka


Descubrí Fjällbacka hace un par de años, por un regalo de cumpleaños que no esperaba. Quizás por eso, por los recuerdos que me evocaba (y porque sólo leo novela negra en determinados momentos) me ha costado tiempo volver a una novela de Camilla Läckberg. Y todo para descubrir que la estructura de 'La mirada de los ángeles' es la misma que la de  'El domador de leones', el otro libro suyo que leí durante un viaje a Praga: un suceso que acaba de pasar enlazado con uno o varios crímenes del pasado, el relato actual alternado con páginas que cuentan la historia de hace años o incluso décadas y la relación entre la escritoria Erica Falck y Patrick, su marido policía, en la que se alternan el cariño, las discusiones por el hecho de que Erica siempre anda metiendo las narices más allá de lo que la policía considera apropiado y la preocupación de Patrick porque, en algún momento cercano al final de la trama, la escritora se pone en peligro. Igual hay otros libros de la serie en los que no es así, pero qué casualidad que haya ido a dar con los dos que son calcados. La fórmula funciona, visto lo que se leen sus novelas de la serie 'Los crímenes de Fjällbacka', que lleva ya más de diez entregas publicadas. Pero a mí me ha aburrido. No la historia, que te atrapa y que se lee rápido y te permite especular sobre quién será el asesino (a poco que hayas leído se intuye fácil). Tampoco por los personajes, que tienen entidad y puedes visualizarlos de forma fácil. No por el ambiente, que está bien descrito y te hace meterte de lleno en esas casas de madera en las que siempre hay café caliente y bollos de canela caseros (se me hacía tanto la boca agua que una tarde dejé de leer para preparar rollos de canela). Creo que me aburrió por la estructura. Porque leía esta historia en la que un matrimonio intenta superar la muerte de su hijo volviendo a Fjällbacka, a una casa abandonada en una pequeña isla, en la que hace décadas desapareció toda la familia que regentaba en ella una escuela prácticamente militar, y no podía dejar de pensar en las chicas desaparecidas y convertidas en muñecas vivientes de 'El domador de leones'. Esa sensación de que si cambiara los nombres y alguna cosa más, acabaría topándome con la misma historia... Ha podido conmigo. Me temo que con la novela negra actual -recalco, actual- me pasa lo mismo que con las comedias románticas: me apetece leer alguna de vez en cuando, para desintoxicarme, pero como lea dos más o menos seguidas, o del mismo autor, me parecen todas iguales.

"Habían pensado aliviar el dolor reformando la casa. Ninguno de ellos estaba seguro de que fuese un buen plan, pero era el único que tenían. La otra opción era dejarse consumir."

Título: 'La mirada de los ángeles'
Autora: Camilla Läckberg
Traductora: Carmen Montes Cano
Editorial: Maeva
Páginas: 448
Precio: 20€
Procedencia: biblioteca

viernes, 31 de marzo de 2017

'Moby Dick', todos tenemos nuestra ballena blanca


Hay momentos en los que la cabeza no me da para más. Mi cerebro anda inquieto, huido, desobediente más allá de los límites que marcan las páginas del diario y su incierto horario laboral. Incapaz de concentrarse en la lectura. Paso las páginas y las palabras se escapan por los agujeros de queso emmental de mi cerebro. Da igual las veces que dé la vuelta y emprenda de nuevo el camino de frases. Todas huirán de nuevo. No vale la pena luchar. Sólo releer. Volver a historias ya vividas. Y esperar a que la concentración díscola regrese. Releer... Releer nunca es leer el mismo libro. Él sigue siendo el mismo, cierto. La misma historia. Las mismas palabras. Pero tú, no. Así, en esa especie de naufragio mental, volví de nuevo a 'Moby Dick', de Melville. Volví a embarcarme en el Pequod. A ponerme a las órdenes de Ahab. Secuestrada en su locura de dar caza a Moby Dick. Su leviatán. Su monstruo. El que hace años masticó su pierna. Y es en esa encalladura en mi viejo orejero cuando leo claro. Más allá de la aventura, del mar, de las descripciones de ballenas, de marinos y marineros, del peligro, de la incertidumbre, de los arpones, de los cabos, de las olas, del ambiente opresivo del ballenero, de la persecución...

Soy Ahab. Todos lo somos. Todos tenemos una ballena blanca. Un monstruo que casi nos devoró una vez y que nos empeñamos en que siga ahí, dispuesto a acabar de nuevo con nosotros, quién sabe si de forma definitiva. Moby Dick está ahí sólo porque la perseguimos, porque nos armamos de lo que creemos valor (y de fuerzas y de hombres, y de un arpón templado en sangre de tres arponeros...) y salimos a buscarla. Moby Dick nos mira con su ojo inyectado en sangre y pasea bajo nuestro casco, haciéndonos ver que puede lanzarlo por los aires de un golpe de cola, porque nos hemos plantado frente a ella. Hemos recorrido medio mundo siguiendo su rastro. Hemos, incluso, cruzado el Cabo de Hornos, nuestro propio Cabo de Hornos, para dar con ella. El mar nos ha advertido. Nos lo ha puesto difícil. Nos ha dado señales. Ha hecho todo lo posible para disuadirnos de la caza del monstruo. Pero nosotros, temerarios y cegados, hemos ignorado todos los avisos y así, con más ansia que cabeza, con más obsesión que fuerzas, hemos acabado encontrando al leviatán y hemos iniciado una batalla. Un infierno de tres días. De sólo tres días. De tres larguísimos días. Depende. Una lucha, tu lucha, la que has buscado, la que has perseguido, la que has deseado. Que vuelve a devorarte donde ya lo hizo la otra vez. Ésa a la que el monstruo te dejó sobrevivir, llevándose una parte de ti que sientes, que te duele, que alimenta tu obsesión. Un pedazo que ya forma parte de la ballena, que vuelve a reclamarlo aunque te falte, aunque lo hayas reemplazado por una pieza que creías más dura, casi indestructible. Pero tú, que te creías Ismael, eres Ahab. Tú has buscado al monstruo, a tu monstruo. Tú lo has encontrado. Tú lo has sacado de las profundidades. Tú te has ofrecido a él. Y no siempre se sale bien de la caza de una ballena blanca. Especialmente si es tu ballena blanca.

"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación".

Título: Moby Dick
Autor: Herman Melville
Traductor: José María Valverde
Editorial: Planeta
Páginas: 288/288
Precio: 5€
Procedencia: comprado

martes, 28 de marzo de 2017

Irantzu Varela: "El amor es el gran espacio de desigualdad para las mujeres"



Una de las cosas que más agradezco de este amado oficio mío es la posibilidad que me brinda de conocer a gente con la que hablar de temas apasionantes. Con Irantzu Varela, periodista especializada en feminismo y directora del documental 'Él nunca me pegó', tuve una de esas conversaciones que tienes que cortar porque te tiene que dar tiempo a transcribirla, editarla y, a ser posible, no salir muy tarde de la redacción. A veces cuesta encontrar un titular a una entrevista porque nada te parece contundente. Tengo la costumbre, cuando edito entrevistas, de abrir cajas de texto del titular a la izquierda de la página e ir poniendo frases que me gustan. Ayer tuve que escoger entre muchas: "El sistema nos necesita sumisas", "El machismo es una apuesta política", "El machismo se adapta a los tiempos"... Finalmente escogí "El amor es un espacio de desigualdad", porque sí, porque por mucho que sepamos cómo están las cosas, nos cuesta despegarnos de la idea del amor romántico, que no nos hace ningún bien.


Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

¿Por qué hay que deconstruir el amor romántico?
Porque aún hoy el amor romántico es un espacio de desigualdad para las mujeres. A la mitad de las mujeres asesinadas en el mundo las mata su pareja o expareja hombre. Lo que debería ser un espacio de cuidado y respeto se convierte en un espacio de control y violencia. Tenemos que aprender a querernos de forma igualitaria.

¿Es posible darle la vuelta?
Sí, está clarísimo que vamos avanzando. No creo que ahora haya más violencia, hay más conciencia, se denuncia más y se tolera mucho menos. Antes teníamos una cultura que legitimaba aún más la violencia contra las mujeres, eran los trapos sucios que se lavaban en casa. Ahora hay más conciencia en la sociedad, las mujeres ni aguantamos ni toleramos lo que no se debe y cada vez hay una comunidad mayor de mujeres que luchan por derechos de todas.

¿No se le ponen los pelos de punta al ver que los adolescentes reproducen los mismos roles?
Sí. Que la desigualdad y el machismo están relacionados con la edad y generaciones pasadas es un falso mito. El machismo es una forma de pensar que se adapta a los tiempos. Por eso tratamos el tema del amor, porque ahora es el gran espacio de desigualdad de las mujeres. Hemos conquistado cierta igualdad legal y formal, pero en la vida privada sigue habiendo mecanismos para mantenernos en segundo plano, sumisas. Me llama la atención que gente muy joven piense que el control o los celos son amor. Pero también encuentro gente muy joven con pensamientos avanzados. Son muestra de que se están consiguiendo muchas cosas.

Es usted optimista, veo.
Si no, no sería feminista. Tiene que haber una transformación social y la va a liderar el feminismo.

¿Por qué nos aferramos a esa idea del amor romántico?
Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Hay que estudiar y trabajar, pero lo que de verdad se espera es que encontremos un marido, un hombre más alto, que gane más dinero que nosotras, con el que tengamos criaturas y nos hagamos fotos en Navidad. Eso está mucho más inoculado en nuestro interior de lo que pensamos. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran... (seguir leyendo)




jueves, 23 de marzo de 2017

'El arte de la guerra', arte para la guerra diaria


Leído. Releído. Vuelto a leer. Una vez y otra. Regalado no recuerdo las ocasiones. Un imprescindible. Un libro al que volver constantemente. Buscarlo en su estantería (a veces me cuesta, porque voy regalando los míos y no siempre recuerdo el lomo del actual) abrirlo por cualquier página y leer una de las frases. Dos, como mucho. Sentarme en el orejero con las piernas cruzadas, las páginas apoyadas en mi pecho y pensar. Porque eso es lo que te pide cada una de las sentencias que Sun-Tzu (no está claro quién fue o si fue una persona o un colectivo) plasmó en 'El arte de la guerra', que pienses en ellas. Se concibieron para la guerra, para ejércitos que luchaban cuerpo a cuerpo en escenarios complicados con generales que cambiaban su estrategia en cada combate y en cuyas filas contaban con antiguos enemigos y que se veían obligados a sacrificar sus bienes para que el adversario no se hiciera con ellos. Sí, esas sentencias se crearon y se juntaron para la guerra, pero... ¿Cuántas guerras luchamos cada día? 'El arte de la guerra' sirve también para esas pequeñas o grandes batallas que libramos constantemente, contra otros, contra algo, contra nosotros mismos... Por eso de vez en cuando busco mi ejemplar, y lo abro por donde sea, da igual, y leo un par de frases. Primero en silencio. Luego susurrándolas. Después con la voz algo más alta. Y entonces las repito en mi interior varias veces, sentada con las piernas cruzadas y las páginas por donde se ha abierto pegadas a mi pecho. Y pienso. Pienso en mi último pequeño combate. Y en cómo esas sentencias leídas al azar podrían derivar en una pequeña victoria. 'El arte de la guerra' te enseña a no malgastar energía, que la mejor victoria es aquella que se logra sin combatir porque te permite conservar todas las fuertas, todas las herramientas y, lo que es más importante, a todos tus hombres. Te enseña a analizar bien el terreno antes de tomar una decisión y que los prisioneros, bien tratados, pueden acabar convirtiéndose en los mejores de tu ejército. Te enseña que si te haces con armas de guerra del contrario debes mantener su bandera, porque así se desmoralizarán; que debes tener buenos espías, ser rápido en las decisiones y no cometer errores, porque ahí, en no equivocarse, está una de las claves de la victoria.

"Todo el arte de la guerra se basa en el engaño.
...la excelencia suprema consiste en someter al enemigo sin luchar.
Si no conoces al enemigo ni te conoces a ti mismo, 
sucumbirás en cada batalla.
Un reino que ha sido destruido una vez, 
ya no puede volver a ponerse en pie.
Si con ello vas a sacar ventaja, avanza; 
en caso contrario, quédate donde estás."

Título: El arte de la guerra
Autor: Sun-Tzu
Editorial: Obelisco
Páginas: 112
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

lunes, 20 de marzo de 2017

'La hija de Homero', cuando una princesa convierte lo doméstico en épico

Cuenta una teoría de Samuel Butler que la 'Odisea' no es toda mérito de Homero, sino que una princesa siciliana, nacida dos siglos después, acabó de darle forma a la historia del regreso a Ítaca. Esa princesa, Nausícaa (la que quema los barcos), y esa teoría, son los protagonistas de 'La hija de Homero', del británico Robert Graves (autor de la imprescindible 'Los mitos griegos'), una novela que resulta interesante, divertida y entrañable. Las similitudes entre la 'Odisea' y 'La hija de Homero' son (salvando muchísimas diferencias), más que palpables. Y no sólo porque los protagonistas y el escenario aparezcan en la propia obra de Homero (Nausícaa, hija del rey de los feacios, Alcínoo, y su esposa Arete, encuentra a Odiseo naufragado y su padre, después de que el héroe le relate sus aventuras, le ofrece unas naves para llegar a Ítaca). El personaje de Nausícaa bebe un tanto de esa Penélope desesperada por los aspirantes a casarse con ella y ocupar el trono del rey, su marido... La diferencia es que Nausícaa no tiene que pasarse veinte años destejiendo de noche lo que teje de día para evitar el matrimonio forzado y que es bastante más combativa. La princesa es un bombón de personaje. No me extrañaría nada que Lindsay Davis se hubiera inspirado en ella a la hora de trazar a la romana Flavia Albia. Nausícaa es inteligente, lista, culta, divertida, irónica, combativa, mandona y bella. Es ella la que toma las riendas de la familia y del poder cuando su padre se marcha de la isla en busca de su hijo mayor y heredero, Laodamante, que un año antes se embarcó, azuzado por su caprichosa mujer, Ctimene, para conseguirle un collar de ámbar que eclipsara todos los demás collares vistos nunca antes en Sicilia. Ella es la primera que sospecha que detrás de la desaparición de Laodamante hay una conjura para usurpar el trono y la primera que decide estar alerta, fijarse en los detalles, descubrir quiénes están con su familia y quienes son los que pretenden, a no muy largo plazo, someterlos o matarlos. Lo de la observación lo tiene fácil, ya que 120 pretendientes que aspiran a casarse con ella (entre los que se cuentan sus enemigos), ocupan el patio del palacio, donde duermen, beben y comen, esquilmando, poco a poco, los rebaños y la despensa del rey. Nausícaa, a diferencia del resto de mujeres de palacio, no está dispuesta a resignarse a casarse con uno de los asesinos de su sangre y a vivir como reina consorte de la isla que un día fue de su familia. Cómo, haciendo caso a esa teoría, Nausícaa acaba metiendo su mano en la 'Odisea', obra que admira y a la que hace referencia constante durante la novela, para convertirla en un relato más humano, doméstico y de relaciones que la original, se revela al final del libro, en los últimos párrafos, pero eso es lo de menos. No es uno de los valores principales de 'La hija de Homero', donde lo que destaca son los personajes, la historia clásica, las alusiones a la mitología y unos diálogos medidos, en su estructura, en sus palabra y en su tono, para que de verdad

"Una desdichada tarde, hace tres años, cuando hacía aún muy poco tiempo que mi hermano Laodamante estaba casado, comenzó a soplar el viento que llamamos siroco y una enorme nube se echó pesadamente sobre los hombros del monte Erix. Como de costumbre, se agostaron las plantas de mi jardín, mi cabello perdió sus rizos y todos se volvieron quisquillosos y pendencieros."

Título: 'La hija de Homero'
Autor: Robert Graves
Editorial: Edhasa
Páginas: 384 
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...