miércoles, 26 de abril de 2017

'Las últimas palabras', cuando un libro se esculpe


@Martatorresmol
En estas islas, el archiduque Luis Salvador de Austria es bien conocido. Una figura recurrente. Alguien de quien se habla como si fuera un antepasado, con familiaridad, con cercanía, desproveyendo a la palabra archiduque que precede siempre a su nombre de toda grandeza e importancia. Vemos los dibujos que dejó, esos que nos permiten hacernos una idea de cómo eran estas islas entre finales del siglo XIX y principios del XX, como quien mira los retratos descoloridos de los tatarabuelos. Dibujos (un niño le dijo una vez que él llamaba a las montañas y éstas acudían a su cuaderno) que, contemplados miles de veces, conocemos casi al detalle. Hasta el último trazo. Sabemos que estaba emparentado con la emperatriz Sisí, que prestó servicios a la corte de Viena, en la que, a pesar de su pretendida lejanía, era un personaje importante, que jugó un papel en la antesala de la Primera guerra Mundial, que escribió decenas de obras científicas. Y a pesar de eso, no podemos evitar verle, principalmente, como uno de los primeros viajeros que llegó a estas tierras a bordo de su goleta, se enamoró de ellas y decidió instalarse. Un hombre culto que se relacionaba con la gente, curioso y que vestía de forma nada aristocrática.

Un hombre al que da voz la académica Carme Riera en 'Las últimas palabras', un libro en el que la escritora fabula, imagina, intuye, proyecta (escoged el verbo que más os guste) las que, de haberlas escrito, hubieran sido las últimas palabras del archiduque. Una carta, la última, que dicta, en el lecho de muerte, el 30 de septiembre de 1915, a su secretario Erwin. Una carta ficticia en la que el aristócrata recorre su vida, se confiesa, muestra sus debilidades. Una carta que empieza en la página 37 del libro (y que, ¡ay amigos!, no os recomiendo empezar si no tenéis el tiempo suficiente por delante para beberos de un tirón. Porque una vez que leáis la primera frase, una vez que naveguéis con él en la Nixe, que recorráis a su lado la Serra de Tramuntana, que conozcáis su afición por la seducción, que sepáis cómo acabó enamorado sin quererlo de la campesina Catalina Homar (que era su amante) o la rabia que sintió cuando el joven al que se había rendido le confiesa que no le quiere, que visitéis la corte austríaca, que descubráis sus aspectos oscuros... Ya no podréis parar. Una palabra os llevará a la otra. Una anécdota enlazará con un recuerdo y éste a su vez con una confesión que os conducirá a un hecho histórico y... Y sí, os veréis en la misma posición que Erwin, ese último escribiente que escucha y toma notas en silencio mientras el archiduque Luis Salvador de Austria sabe que la muerte le ronda y escupe una frase tras otra, temeroso de no poder acabar a tiempo. Poco más de dos horas (no se tarda mucho más en leer el libro) apasionantes en las que no hay absolutamente nada que te despiste.

Releo algunos párrafos y tengo la sensación de que Carme Riera (que emplea el cervantino recurso del manuscrito descubierto), más que escribir este libro, lo ha esculpido. Ha cogido un bloque de información y de palabras y ha ido desprendiéndose de todo lo que sobraba, de todo lo superfluo, hasta dejar únicamente lo imprescindible, lo necesario, lo justo. Lo que consigue que llegues a las últimas palabras de esa carta ("No es la muerte, es su aviso, el dulce aviso que nos prepara para su llegada.") dándote cuenta de que en esas dos horas apenas has respirado.

"Los calmantes no consiguen aliviar el dolor de mis oxidadas articulaciones, ya ves, Erwin, casi no puedo moverlas. No sé cuánto tiempo podré soportarlo sin recurrir al opio, pero en mis condiciones no creo que sea mucho y sus efectos hipnóticos servirían, a la postre, para invalidar mis últimas voluntades. De manera que debemos darnos prisa, mucha prisa."

Título: 'Las últimas palabras'
Autora: Carme Riera
Editorial: Alfaguara
Páginas: 160
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

sábado, 15 de abril de 2017

'Demonios familiares', la última historia de Ana María Matute


Me enamoré de las palabras de Ana María Matute, de su forma de contar, de la niña que seguía viendo escondida en los márgenes de sus páginas a pesar de que ya entonces era una señora de edad venerable, cuando apenas era una adolescente y la descubrí con 'Olvidado Rey Gudú'. Una novela que me tuvo completamente absorta, apartada del mundo, durante una semana del verano de 1996. Tengo ese libro grande, mastodóntico, gigántico (en sentido literal y espiritual) siempre a la vista, en una vitrina del salón en la que comparte espacio con las obras de mi adorado Terenci Moix y algunas otras novelas inolvidables de aquel verano en el que me adentré definitivamente en la adultez ('Trainspotting', 'Drácula', 'Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros', 'La hoguera de las vanidades'...). Me enamoré aún más de sus frases y sus personajes con cada uno de sus libros que fueron cayendo, como ansiadas gotas de lluvia, en mis manos y en mi alma lectora. A Matute la leo siempre en mi orejero, enrollada en mi propio cuerpo, con menos luz de la que debería. No concibo leerla de otra manera. Ni en público. Ni en la playa. Ni con mucha luz. Ni sentada en un bar con un café con leche tamaño piscina entre mis manos. No. A Matute sólo puedo leerla como la leí aquel primer verano, protegiéndome de aún no sé qué, las rodillas pegadas al pecho, los talones a las nalgas, la oreja derecha a la tapicería, la barbilla a la clavícula...

Hace tiempo que 'Demonios familiares' daba vueltas por casa. Sí, exactamente igual que ese algo que flota siempre en las novelas de Matute y que a veces, sólo a ves, estás a punto de nombrar. Pasaba del montón de libros por leer a la mesa de trabajo, de ahí a la mesilla de noche, al sofá, vuelta al montón, a una estantería cualquiera, de esas que son un maremágnum de libros por leer... Así se ha pasado dos años. Hasta la otra noche. Una noche en la que la primavera echó de menos ser invierno. Y hacía frío. Y soplaba el viento. Y no sé por qué el orejero me reclamó. Y me senté en él huérfana de libro. Y me acurruqué. En su suave y ajada oreja. Abrazada a mis rodillas con una mano. La otra rozando la cumbre de una de las muchas pilas de libros con el mismo placer con el que peino el flequillo del mar cuando tengo ocasión. Y ahí estaba, esperándome, esa historia, la de la nunca novicia Eva, el siempre dispuesto Yago, el Coronel con su eterno rictus de severidad, Madalena y su sabiduría fraguada en cocinas y planchas... Una historia que debía ser una segunda parte de la maravillosa 'Paraíso inhabitado' y que, al final (sí, de verdad era el final), decidió ser algo completamente diferente.

'Demonios familiares' refleja una estampa (bien pensado, no creo que sea una historia), un momento, un cuadro en el que pasan cosas y en el que los personajes cobran vida pero se escapan por el marco, lo atraviesan y no puedes ver qué les ocurre, cómo siguen, qué sienten... El marco, la involuntaria última página, ésa que no debía serlo, ésa tras la que seguía la historia que Ana María Matute no pudo terminar. A la izquierda del cuadro, el Coronel, en su silla de ruedas, ve reflejado en el espejo cómo arde el convento en el que ingresó su hija, Eva, y envía a toda prisa en el tílburi a buscarla. En el centro de la estampa está Eva, feliz de reencontrarse con sus vestidos bonitos y su ropa interior de seda y los guisos y el cariño de Madalena y de retomar su amistad con Jovita, la hija del farmacéutico, con mucho miedo y un gran secreto y enamorada de un piloto desaparecido. A la derecha aparece Eva, feliz por una revelación familiar, enamorándose, en un desván en el que bebe whisky y se esconde un soldado herido. El borde derecho del lienzo está desvaído. Pinceladas largas que desfiguran los personajes, que huyen, que siguen viviendo más allá del marco de un cuadro que Ana María Matute ya había pintado. En su mente. No hubo tiempo para el lienzo.


"Algunas noches el Coronel oía llorar a un niño en la oscuridad. al principio se preguntaba quién sería, puesto que hacía muchos años que en la casa no vivía ningún niño. Solo quedaba, en la mesilla de noche de Madre, una fotografía sepia, una sonrisa transparente y errática -quién sabía ya si de Madre o del niño-, flotando en la noche, como una luciérnaga alada".

Título: 'Demonios familiares'
Autora: Ana María Matute
Editorial: Destino
Páginas: 184
Precio: 19€
Procedencia: regalo

miércoles, 12 de abril de 2017

La rebelión de las camareras de piso



@Martatorresmol

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza (04/12/2016)
Quince camareras de piso, Kellys, como se han autodenominado en la lucha por unas condiciones laborales dignas, aguardan frente al edificio de los sindicatos. En un primer momento, se muestran un tanto cautas a hablar, pero cuando se les garantiza que no se publicarán sus nombres, se relajan. Y se sueltan. Tienen ganas de hablar. De denunciar su día a día, lo que sufren mientras sacan brillo (físicamente) a la hostelería de Ibiza. Son quince, pero la voz es la de una sola, porque las historias, no importa el hotel ni la categoría, son calcadas.

«No nos pagan las horas extras», afirma una, la primera en atreverse a hablar, un comentario que actúa como pistoletazo de salida. Las voces y comentarios se solapan. Están juntas. Unidas en una misma lucha. Por ellas mismas, por sus derechos y por su dignidad como trabajadoras.
Parecen sacudirse los miedos unas a otras. Una apunta: «Nos prohíben dar parte a la mutua cuando tenemos un accidente en el trabajo. Dicen que tenemos que ir al hospital». «Así se ahorran la investigación», continúa otra. «Si estás contratada hasta las tres, no acabas hasta las cinco. El seguro no cubre lo que te ocurra en esas dos horas», continúa una tercera haciéndose oír por encima del barullo que se ha formado mientras esperan la reunión con la eurodiputada de Izquierda Unida Paloma López.

Todas, las quince, aseguran que hacen horas extras que no les pagan ni les devuelven en tiempo. La mayoría están contratadas para menos horas de las que en realidad hacen. Eso sin contar el tiempo extra al que se ven obligadas si quieren mantener sus puestos de trabajo. Ninguna de ellas ha notado los efectos de la buena temporada ni del incremento de las plazas hoteleras de cuatro y cinco estrellas. En el sueldo, porque sí lo han notado en otros aspectos. Han tenido mucho más trabajo. Y más complicado. A lo que los hoteleros llaman habitaciones «premium» algunas las llaman, irónicamente, «bombones».  (Seguir leyendo)


lunes, 3 de abril de 2017

'La mirada de los ángeles', regreso a Fjällbacka


Descubrí Fjällbacka hace un par de años, por un regalo de cumpleaños que no esperaba. Quizás por eso, por los recuerdos que me evocaba (y porque sólo leo novela negra en determinados momentos) me ha costado tiempo volver a una novela de Camilla Läckberg. Y todo para descubrir que la estructura de 'La mirada de los ángeles' es la misma que la de  'El domador de leones', el otro libro suyo que leí durante un viaje a Praga: un suceso que acaba de pasar enlazado con uno o varios crímenes del pasado, el relato actual alternado con páginas que cuentan la historia de hace años o incluso décadas y la relación entre la escritoria Erica Falck y Patrick, su marido policía, en la que se alternan el cariño, las discusiones por el hecho de que Erica siempre anda metiendo las narices más allá de lo que la policía considera apropiado y la preocupación de Patrick porque, en algún momento cercano al final de la trama, la escritora se pone en peligro. Igual hay otros libros de la serie en los que no es así, pero qué casualidad que haya ido a dar con los dos que son calcados. La fórmula funciona, visto lo que se leen sus novelas de la serie 'Los crímenes de Fjällbacka', que lleva ya más de diez entregas publicadas. Pero a mí me ha aburrido. No la historia, que te atrapa y que se lee rápido y te permite especular sobre quién será el asesino (a poco que hayas leído se intuye fácil). Tampoco por los personajes, que tienen entidad y puedes visualizarlos de forma fácil. No por el ambiente, que está bien descrito y te hace meterte de lleno en esas casas de madera en las que siempre hay café caliente y bollos de canela caseros (se me hacía tanto la boca agua que una tarde dejé de leer para preparar rollos de canela). Creo que me aburrió por la estructura. Porque leía esta historia en la que un matrimonio intenta superar la muerte de su hijo volviendo a Fjällbacka, a una casa abandonada en una pequeña isla, en la que hace décadas desapareció toda la familia que regentaba en ella una escuela prácticamente militar, y no podía dejar de pensar en las chicas desaparecidas y convertidas en muñecas vivientes de 'El domador de leones'. Esa sensación de que si cambiara los nombres y alguna cosa más, acabaría topándome con la misma historia... Ha podido conmigo. Me temo que con la novela negra actual -recalco, actual- me pasa lo mismo que con las comedias románticas: me apetece leer alguna de vez en cuando, para desintoxicarme, pero como lea dos más o menos seguidas, o del mismo autor, me parecen todas iguales.

"Habían pensado aliviar el dolor reformando la casa. Ninguno de ellos estaba seguro de que fuese un buen plan, pero era el único que tenían. La otra opción era dejarse consumir."

Título: 'La mirada de los ángeles'
Autora: Camilla Läckberg
Traductora: Carmen Montes Cano
Editorial: Maeva
Páginas: 448
Precio: 20€
Procedencia: biblioteca

viernes, 31 de marzo de 2017

'Moby Dick', todos tenemos nuestra ballena blanca


Hay momentos en los que la cabeza no me da para más. Mi cerebro anda inquieto, huido, desobediente más allá de los límites que marcan las páginas del diario y su incierto horario laboral. Incapaz de concentrarse en la lectura. Paso las páginas y las palabras se escapan por los agujeros de queso emmental de mi cerebro. Da igual las veces que dé la vuelta y emprenda de nuevo el camino de frases. Todas huirán de nuevo. No vale la pena luchar. Sólo releer. Volver a historias ya vividas. Y esperar a que la concentración díscola regrese. Releer... Releer nunca es leer el mismo libro. Él sigue siendo el mismo, cierto. La misma historia. Las mismas palabras. Pero tú, no. Así, en esa especie de naufragio mental, volví de nuevo a 'Moby Dick', de Melville. Volví a embarcarme en el Pequod. A ponerme a las órdenes de Ahab. Secuestrada en su locura de dar caza a Moby Dick. Su leviatán. Su monstruo. El que hace años masticó su pierna. Y es en esa encalladura en mi viejo orejero cuando leo claro. Más allá de la aventura, del mar, de las descripciones de ballenas, de marinos y marineros, del peligro, de la incertidumbre, de los arpones, de los cabos, de las olas, del ambiente opresivo del ballenero, de la persecución...

Soy Ahab. Todos lo somos. Todos tenemos una ballena blanca. Un monstruo que casi nos devoró una vez y que nos empeñamos en que siga ahí, dispuesto a acabar de nuevo con nosotros, quién sabe si de forma definitiva. Moby Dick está ahí sólo porque la perseguimos, porque nos armamos de lo que creemos valor (y de fuerzas y de hombres, y de un arpón templado en sangre de tres arponeros...) y salimos a buscarla. Moby Dick nos mira con su ojo inyectado en sangre y pasea bajo nuestro casco, haciéndonos ver que puede lanzarlo por los aires de un golpe de cola, porque nos hemos plantado frente a ella. Hemos recorrido medio mundo siguiendo su rastro. Hemos, incluso, cruzado el Cabo de Hornos, nuestro propio Cabo de Hornos, para dar con ella. El mar nos ha advertido. Nos lo ha puesto difícil. Nos ha dado señales. Ha hecho todo lo posible para disuadirnos de la caza del monstruo. Pero nosotros, temerarios y cegados, hemos ignorado todos los avisos y así, con más ansia que cabeza, con más obsesión que fuerzas, hemos acabado encontrando al leviatán y hemos iniciado una batalla. Un infierno de tres días. De sólo tres días. De tres larguísimos días. Depende. Una lucha, tu lucha, la que has buscado, la que has perseguido, la que has deseado. Que vuelve a devorarte donde ya lo hizo la otra vez. Ésa a la que el monstruo te dejó sobrevivir, llevándose una parte de ti que sientes, que te duele, que alimenta tu obsesión. Un pedazo que ya forma parte de la ballena, que vuelve a reclamarlo aunque te falte, aunque lo hayas reemplazado por una pieza que creías más dura, casi indestructible. Pero tú, que te creías Ismael, eres Ahab. Tú has buscado al monstruo, a tu monstruo. Tú lo has encontrado. Tú lo has sacado de las profundidades. Tú te has ofrecido a él. Y no siempre se sale bien de la caza de una ballena blanca. Especialmente si es tu ballena blanca.

"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación".

Título: Moby Dick
Autor: Herman Melville
Traductor: José María Valverde
Editorial: Planeta
Páginas: 288/288
Precio: 5€
Procedencia: comprado

martes, 28 de marzo de 2017

Irantzu Varela: "El amor es el gran espacio de desigualdad para las mujeres"



Una de las cosas que más agradezco de este amado oficio mío es la posibilidad que me brinda de conocer a gente con la que hablar de temas apasionantes. Con Irantzu Varela, periodista especializada en feminismo y directora del documental 'Él nunca me pegó', tuve una de esas conversaciones que tienes que cortar porque te tiene que dar tiempo a transcribirla, editarla y, a ser posible, no salir muy tarde de la redacción. A veces cuesta encontrar un titular a una entrevista porque nada te parece contundente. Tengo la costumbre, cuando edito entrevistas, de abrir cajas de texto del titular a la izquierda de la página e ir poniendo frases que me gustan. Ayer tuve que escoger entre muchas: "El sistema nos necesita sumisas", "El machismo es una apuesta política", "El machismo se adapta a los tiempos"... Finalmente escogí "El amor es un espacio de desigualdad", porque sí, porque por mucho que sepamos cómo están las cosas, nos cuesta despegarnos de la idea del amor romántico, que no nos hace ningún bien.


Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

¿Por qué hay que deconstruir el amor romántico?
Porque aún hoy el amor romántico es un espacio de desigualdad para las mujeres. A la mitad de las mujeres asesinadas en el mundo las mata su pareja o expareja hombre. Lo que debería ser un espacio de cuidado y respeto se convierte en un espacio de control y violencia. Tenemos que aprender a querernos de forma igualitaria.

¿Es posible darle la vuelta?
Sí, está clarísimo que vamos avanzando. No creo que ahora haya más violencia, hay más conciencia, se denuncia más y se tolera mucho menos. Antes teníamos una cultura que legitimaba aún más la violencia contra las mujeres, eran los trapos sucios que se lavaban en casa. Ahora hay más conciencia en la sociedad, las mujeres ni aguantamos ni toleramos lo que no se debe y cada vez hay una comunidad mayor de mujeres que luchan por derechos de todas.

¿No se le ponen los pelos de punta al ver que los adolescentes reproducen los mismos roles?
Sí. Que la desigualdad y el machismo están relacionados con la edad y generaciones pasadas es un falso mito. El machismo es una forma de pensar que se adapta a los tiempos. Por eso tratamos el tema del amor, porque ahora es el gran espacio de desigualdad de las mujeres. Hemos conquistado cierta igualdad legal y formal, pero en la vida privada sigue habiendo mecanismos para mantenernos en segundo plano, sumisas. Me llama la atención que gente muy joven piense que el control o los celos son amor. Pero también encuentro gente muy joven con pensamientos avanzados. Son muestra de que se están consiguiendo muchas cosas.

Es usted optimista, veo.
Si no, no sería feminista. Tiene que haber una transformación social y la va a liderar el feminismo.

¿Por qué nos aferramos a esa idea del amor romántico?
Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Hay que estudiar y trabajar, pero lo que de verdad se espera es que encontremos un marido, un hombre más alto, que gane más dinero que nosotras, con el que tengamos criaturas y nos hagamos fotos en Navidad. Eso está mucho más inoculado en nuestro interior de lo que pensamos. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran... (seguir leyendo)




jueves, 23 de marzo de 2017

'El arte de la guerra', arte para la guerra diaria


Leído. Releído. Vuelto a leer. Una vez y otra. Regalado no recuerdo las ocasiones. Un imprescindible. Un libro al que volver constantemente. Buscarlo en su estantería (a veces me cuesta, porque voy regalando los míos y no siempre recuerdo el lomo del actual) abrirlo por cualquier página y leer una de las frases. Dos, como mucho. Sentarme en el orejero con las piernas cruzadas, las páginas apoyadas en mi pecho y pensar. Porque eso es lo que te pide cada una de las sentencias que Sun-Tzu (no está claro quién fue o si fue una persona o un colectivo) plasmó en 'El arte de la guerra', que pienses en ellas. Se concibieron para la guerra, para ejércitos que luchaban cuerpo a cuerpo en escenarios complicados con generales que cambiaban su estrategia en cada combate y en cuyas filas contaban con antiguos enemigos y que se veían obligados a sacrificar sus bienes para que el adversario no se hiciera con ellos. Sí, esas sentencias se crearon y se juntaron para la guerra, pero... ¿Cuántas guerras luchamos cada día? 'El arte de la guerra' sirve también para esas pequeñas o grandes batallas que libramos constantemente, contra otros, contra algo, contra nosotros mismos... Por eso de vez en cuando busco mi ejemplar, y lo abro por donde sea, da igual, y leo un par de frases. Primero en silencio. Luego susurrándolas. Después con la voz algo más alta. Y entonces las repito en mi interior varias veces, sentada con las piernas cruzadas y las páginas por donde se ha abierto pegadas a mi pecho. Y pienso. Pienso en mi último pequeño combate. Y en cómo esas sentencias leídas al azar podrían derivar en una pequeña victoria. 'El arte de la guerra' te enseña a no malgastar energía, que la mejor victoria es aquella que se logra sin combatir porque te permite conservar todas las fuertas, todas las herramientas y, lo que es más importante, a todos tus hombres. Te enseña a analizar bien el terreno antes de tomar una decisión y que los prisioneros, bien tratados, pueden acabar convirtiéndose en los mejores de tu ejército. Te enseña que si te haces con armas de guerra del contrario debes mantener su bandera, porque así se desmoralizarán; que debes tener buenos espías, ser rápido en las decisiones y no cometer errores, porque ahí, en no equivocarse, está una de las claves de la victoria.

"Todo el arte de la guerra se basa en el engaño.
...la excelencia suprema consiste en someter al enemigo sin luchar.
Si no conoces al enemigo ni te conoces a ti mismo, 
sucumbirás en cada batalla.
Un reino que ha sido destruido una vez, 
ya no puede volver a ponerse en pie.
Si con ello vas a sacar ventaja, avanza; 
en caso contrario, quédate donde estás."

Título: El arte de la guerra
Autor: Sun-Tzu
Editorial: Obelisco
Páginas: 112
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

lunes, 20 de marzo de 2017

'La hija de Homero', cuando una princesa convierte lo doméstico en épico

Cuenta una teoría de Samuel Butler que la 'Odisea' no es toda mérito de Homero, sino que una princesa siciliana, nacida dos siglos después, acabó de darle forma a la historia del regreso a Ítaca. Esa princesa, Nausícaa (la que quema los barcos), y esa teoría, son los protagonistas de 'La hija de Homero', del británico Robert Graves (autor de la imprescindible 'Los mitos griegos'), una novela que resulta interesante, divertida y entrañable. Las similitudes entre la 'Odisea' y 'La hija de Homero' son (salvando muchísimas diferencias), más que palpables. Y no sólo porque los protagonistas y el escenario aparezcan en la propia obra de Homero (Nausícaa, hija del rey de los feacios, Alcínoo, y su esposa Arete, encuentra a Odiseo naufragado y su padre, después de que el héroe le relate sus aventuras, le ofrece unas naves para llegar a Ítaca). El personaje de Nausícaa bebe un tanto de esa Penélope desesperada por los aspirantes a casarse con ella y ocupar el trono del rey, su marido... La diferencia es que Nausícaa no tiene que pasarse veinte años destejiendo de noche lo que teje de día para evitar el matrimonio forzado y que es bastante más combativa. La princesa es un bombón de personaje. No me extrañaría nada que Lindsay Davis se hubiera inspirado en ella a la hora de trazar a la romana Flavia Albia. Nausícaa es inteligente, lista, culta, divertida, irónica, combativa, mandona y bella. Es ella la que toma las riendas de la familia y del poder cuando su padre se marcha de la isla en busca de su hijo mayor y heredero, Laodamante, que un año antes se embarcó, azuzado por su caprichosa mujer, Ctimene, para conseguirle un collar de ámbar que eclipsara todos los demás collares vistos nunca antes en Sicilia. Ella es la primera que sospecha que detrás de la desaparición de Laodamante hay una conjura para usurpar el trono y la primera que decide estar alerta, fijarse en los detalles, descubrir quiénes están con su familia y quienes son los que pretenden, a no muy largo plazo, someterlos o matarlos. Lo de la observación lo tiene fácil, ya que 120 pretendientes que aspiran a casarse con ella (entre los que se cuentan sus enemigos), ocupan el patio del palacio, donde duermen, beben y comen, esquilmando, poco a poco, los rebaños y la despensa del rey. Nausícaa, a diferencia del resto de mujeres de palacio, no está dispuesta a resignarse a casarse con uno de los asesinos de su sangre y a vivir como reina consorte de la isla que un día fue de su familia. Cómo, haciendo caso a esa teoría, Nausícaa acaba metiendo su mano en la 'Odisea', obra que admira y a la que hace referencia constante durante la novela, para convertirla en un relato más humano, doméstico y de relaciones que la original, se revela al final del libro, en los últimos párrafos, pero eso es lo de menos. No es uno de los valores principales de 'La hija de Homero', donde lo que destaca son los personajes, la historia clásica, las alusiones a la mitología y unos diálogos medidos, en su estructura, en sus palabra y en su tono, para que de verdad

"Una desdichada tarde, hace tres años, cuando hacía aún muy poco tiempo que mi hermano Laodamante estaba casado, comenzó a soplar el viento que llamamos siroco y una enorme nube se echó pesadamente sobre los hombros del monte Erix. Como de costumbre, se agostaron las plantas de mi jardín, mi cabello perdió sus rizos y todos se volvieron quisquillosos y pendencieros."

Título: 'La hija de Homero'
Autor: Robert Graves
Editorial: Edhasa
Páginas: 384 
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

viernes, 17 de marzo de 2017

'¿Qué tal el dolor?', cuando necesitas un tonto que te ayude a suicidarte


El final de esta historia está al principio. Simon, un hombre de edad avanzada se suicida en su habitación de un balneario donde parece estar pasando unas vacaciones. Después de molestarse porque una moto de dos tiempos le despierta de madrugada, de darle un bocado decepcionante a una manzana que se guardó tras la última cena, de ducharse, de afeitarse y de ponerse ropa limpia se ata al cuello una cuerda blanca con los extremos rojos y espera. Espera a Bernard, el joven atontolinado que le dará la patada definitiva a la silla sobre la que está subido. Porque él... Él no se atreve. Tiene clarísimo lo que quiere hacer, está decidido, pero no tiene el valor suficiente para esa patada definitiva. Así que ahí está, esperando escuchar los pasos de Bernard que, como una cuenta atrás, le anunciarán su final. Un principio tan impactante que no te permite dejar de leer '¿Qué tal el dolor?', una historia de Pascal Garnier que sorprende por el tono un tanto cómico que va adoptando así como avanzan las páginas. Y es que Bernard, el hombre al que le encarga poner fin a su vida, no es un sicario ni un profesional. Ni siquiera es alguien espabilado, con iniciativa. Tampoco un hombre con un punto macarra o que haga intuir que algo turbio se esconde en su interior. Nada que nos pueda hacer pensar que es capaz de acabar con la vida de alguien de forma premeditada. De hecho, es un joven bastante bobo que aún vive atado a las faldas de su madre alcohólica, que tiene una idea absurdamente romántica de la vida y que no duda en creerse un príncipe salvador de mujeres en apuros (bueno, de una mujer en apuros y su bebé) mientras acompaña a Simon, que le ha contratado como chófer, en su último viaje y su última aventura. Eso sí, el recorrido en un coche de lujo por el Sur de Francia no es el que el anciano, enfermo pero con una importante misión que cumplir aún, esperaba, ya que Bernard acaba convirtiéndolo en algo mucho menos íntimo de lo que él esperaba. Se lee de un tirón. Sin pausas. Con algunas risas.

"Quizá por haber dormido demasiado tiempo junto al cuerpo helado de su madre o bien por culpa de la humedad omnipresente, el caso es que Bernard está hecho polvo, molido, moqueando y con la cabeza embotada. ¿Qué les pasa a estos viejos, que quieren todos cargarle a él con el trabajo sucio?".

Título: ¿Qué tal el dolor?
Autor: Pascal Garnier
Editorial: Alba
Colección: Novela negra
Traductora: Isabel González-Gallarza
Páginas: 160
Precio: 16,50€
Procedencia: biblioteca del trabajo

lunes, 13 de marzo de 2017

'La chica del tren', leer fácil olvidar fácil


Hay libros que son para una tarde de invierno en el sofá o para una mañana de verano en la piscina. Libros que se leen de una sentada. Que se leen rápido. Y que se olvidan aún más rápido. Hace apenas un par de días que he terminado 'La chica del tren', de Paula Hawkins, y ya casi no me acuerdo ni de la historia ni de los personajes. Una y otros realmente anodinos. Y, por más vueltas que le dé, aún no lo entiendo. Porque la historia es original, bueno, el punto de vista, más bien, aunque en realidad no deja de ser una versión del testigo voyeur, en fin. Y algunos de los personajes, como la protagonista, podrían ser realmente buenos, pero hay algo que no acaba de cuajar. Esa protagonista es Rachel, una treinteañera separada que aún vive pendiente de su exmarido (que ha rehecho su vida con la mujer con la que le engañó) con el que intentó, sin éxito, tener hijos, un golpe que, lejos de asumir, la sume en la bebida, que arruina también su vida profesional. Incapaz de confesar que la han despedido, Rachel sigue cogiendo cada mañana el mismo tren en el que iba al trabajo, el de las 8.04, desde el que divisa no sólo su antigua casa, sino un trozo de la vida de los que serían sus vecinos, una pareja que a le parece idílica hasta que un día la ve a ella, Megan, con otro hombre y hasta que descubre que Megan ha desaparecido. Varias coincidencias harán temen a Rachel que ella, incluso, puede ser la asesina. No voy a hacer un destripamiento (spoiler, para los modernos) del libro, pero a pocas novelas negras que un lector lleve a sus espaldas, intuirá por dónde van los tiros. A pesar de eso, el libro se lee de un tirón, siguiendo las voces de algunos de los protagonistas, que presentan sus diferentes puntos de vista sobre el asesinato. Hasta los últimos capítulos. Porque en ese momento en que todo está a punto de descubrirse, estuve a punto de cerrar el libro y olvidarme de todos: de la pobrecita Rachel, de la débil Megan, de la retorcida Anna, del iracundo Scott y del insoportable Tom. Porque, sinceramente, no me he creído a ninguno de ellos, sobretodo sus reacciones en los últimos compases de esta novela que... ¿de qué iba?

"Hay una pila de ropa a un lado de las vías del tren. Una prenda de color azul cielo -una camisa, quizá-, mezclada con otra de color blanco sucio. Seguramente no es más que basura que alguien ha tirado a los arbustos que bordean las vías. Puede que la hayan dejado los ingenieros que trabajan en esta parte del trayecto, suelen venir por aquí. O quizá es otra cosa".

Título: 'La chica del tren'
Autora: Paula Hawkins
Traductor: Aleix Montoro
Editorial: Planeta
Páginas: 496
Precio: 19,50€
Procedencia: biblioteca papá y mamá

lunes, 6 de marzo de 2017

'Malena es un nombre de tango', la sangre, los secretos, las pasiones...


Malena o Reina. La pasión o el comedimiento. Ir con el corazón y la piel desnudos, dispuestos a sentir y a sufrir. O envolverlos y esconderlos para que nadie (excepto tú misma) los dañen o los llenen de ponzoña. Malena o Reina. Hay que  escoger. Desde las primeras páginas. Tomar partido. Porque sólo así es posible leer de verdad ‘Malena es un nombre de tango’, de Almudena Grandes, una novela en la que los sentimientos y las relaciones familiares se trenzan, se lían, se enredan y crean nudos imposibles de deshacer. Malena o Reina. La melliza sana, de labios de india, con la sangre de Rodrigo (ese antepasado que participó en la conquista de Perú) corriendo por sus venas, rotunda, explosiva de cuerpo, de emociones y de palabra. La melliza que nació pequeña, de rasgos delicados, cándida (cuidaos de las cándidas, a las que no lo somos se nos ve venir), buena, la que hace lo que se supone que debe hacer, la que viste con recato y esconde las emociones y la lengua. Malena y Reina. Ellas son las guías por la historia familiar, por un árbol genealógico que se remonta a los años de Pizarro en las Américas, de donde procede una de las reliquias familiares, una esmeralda que Malena acarreará durante toda la novela, desde que su abuelo, ese hombre callado que lleva a sus espaldas una vida con dos familias y que sólo muestra su cariño con Pacita, su nieta discapacitada, reconoce en ella su propia sangre y se la entrega, a escondidas, cuando es apenas una niña. Un secreto que la Malena niña, a pesar de su edad, entiende que debe guardar. Un secreto entre abuelo y nieta. Sólo uno más de los secretos que los personajes, trazados al milímetro, guardan con celo. Con avaricia, incluso. Secretos que intuyes, que sospechas, que juegan contigo como esos mosquitos que te rondan durante el sueño y no llegas nunca a ver, por más veces que enciendas la luz.

‘Malena es un nombre de tango’ (después de varios libros de periodismo necesitaba uno así, largo, lleno de subordinadas y coordinadas y de frases que ocupan un párrafo y que rebuscan dentro de la piel y las entrañas) va, a veces, hacia atrás. A veces, también, da un paso adelante, unos años, en las vidas de sus protagonistas. Malena. Reina. Adolescentes. Lanzada una al amor y al sexo sin barreras. Aparentemente contenida la otra. Y así etapa tras etapa. Juventud. Matrimonio. Maternidad. Dos vidas paralelas condenadas a ser secantes. Dos vidas que se exhiben al lector como no se muestran a sus protagonistas, desconocedoras de los secretos que guarda la otra. Reina no sabe nada de la esmeralda. Ni de que Magda, la pasional y exuberante tía que se metió en un convento del que se escapó, está en realidad muy cerca. Malena no sabe que Reina le sigue los pasos, robándole su vida, hurtándole el amor, espantándole a quienes la quieren, comiéndosela como la carcoma sin que se dé cuenta hasta que todo empieza a desmoronarse. Y entonces sí. Entonces se ven los agujeritos de la carcoma. Y las picaduras de los mosquitos que te rondaban durante el sueño.

"Yo estaba escondida detrás del castaño de Indias y recuerdo las pequeñas esferas erizadas de pinchos que asomaban entre las hojas, así que debíamos estar en primavera, quizás ya en la frontera del verano, y supongo que me faltaba poco para cumplir nueve años, tal vez diez, pero seguro que era domingo, porque todos los domingos, después de oír misa de doce, íbamos con mamá a tomar el aperitivo a casa de los abuelos, un sombrío palacete de tres pisos con jardín, Martínez Campo casi esquina con Zurbano, que ahora es la sede española de un banco belga".

Título: 'Malena es un nombre de tango'
Autora: Almudena Grandes
Editorial: Tusquets editores para Círculo de Lectores
Páginas: 640
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

jueves, 2 de marzo de 2017

'El año en que me enamoré de todas', mejor para veinteañeros


'El año en que me enamoré de todas', de Use Lahoz, tiene buenas frases. Algunas un poco cursis ("...no desprecies lo cursi. Todos lo somos a las tres de la mañana..."), pero bueno, de ésas que te llaman la atención y anotas en ese cuaderno en el que llevas tiempo guardando frases. Y ya está. No he sacado mucho más de esta novela que en 2013 se hizo con el Premio Primavera de Novela. Y no sé por qué. En realidad está bien escrita y la historia (las historias) que desgrana son interesantes y cercanas. Pero yo no he entrado en ninguna de ellas. La primera, la de Sylvain, un treinteañero francés que va a vivir a Madrid, donde teme y desea encontrarse con su exnovia Heike ("... hay heridas que sólo cicatrizan por fuera..."), no me ha llegado nada. Sinceramente, Sylvain me ha parecido un niñato, con ínfulas, pero un niñato. Un crío de treinta años que se sigue comportando como si tuviera veinte. La segunda historia, la de la familia Fournier y sus pastelerías, que el propio Sylvain lee en un manuscrito que llega a sus manos, me ha encantado. Me ha gustado muchísimo. Hasta que las dos historias se unen. Porque ahí descubrimos que Metodio Fournier, quien escribe la historia de su familia, no es un ancianito como en todo momento habíamos pensado por cómo se desarrolla la historia sino que tiene la misma edad que Sylvain. Y luego está la vida sentimental de su madre, que es apasionante, y que tiene un corazón a prueba de desengaños que no duda en llevar al taller de monsieur Tatin cada vez que siente que se le ha estropeado o que se lo han destrozado ("... a veces, del amor se sale como de una catástrofe aérea..."). Todas esas escenas me recordaban profundamente a 'La mecánica del corazón', de Mathias Malzieu, y, aunque llamativas y bonitas, me chocaban. Me chirriaban, como un engranaje que no encaja bien en toda la novela. De hecho, creo que monsieur Tatin ("... el corazón está para usarlo...") hubiera dado para una novela propia, igual que la madre de Sylvain y que la historia de amor y azúcar glass de la familia Fournier. Todo lo que le ocurre al protagonista, sinceramente, me ha sobrado. Tengo la sensación de que mi impresión hubiera sido otra si hubiera leído esta novela hace diez años. Quizás entonces hubiera entendido a Sylvain. Sus problemas. Sus dudas. Sus nervios. Sus inquietudes. Quizás entonces no hubiera pensado que es un niñato, que ya crecerá y, con suerte, se parecerá un poco a monsieur Tatin.

"Cada vez que mi madre y yo sufríamos una decepción por amor acudíamos al taller de Monsieur Tatin para que nos reparase el corazón. Por eso, antes de trasladarme de París a Madrid para reencontrarme con la última mujer que me lo había parado en seco, fui a visitarle."

Título: 'El año en que me enamoré de todas'
Autor: Use Lahoz
Editorial: Espasa
Páginas: 304
Precio: 19,90€
Procedencia: biblioteca Vicent Serra i Orvay

lunes, 27 de febrero de 2017

En las páginas del siglo XVII del 'Blanc' y el 'Vermell'

 
@Martatorresmol

Adivinar por qué se llamaban el ‘Llibre Blanc’ y el ‘Llibre Vermell’ (Libro Blanco y Libro Rojo) de la Universitat de Ibiza (el órgano de gobierno y representacion local de Ibiza y Formentera entre los siglos XIII y principios del XVIII) es ahora imposible. En su tiempo, cuando estaban recién encuadernados era fácil. Piel crema de buena calidad para envolver las páginas del ‘Llibre Blanc’. La misma, pero de un rojo encendido de la que apenas se conservan unos retazos marrones en el lomo, servía para distinguir el ‘Llibre Vermell’ entre todos los legajos que se escondían en la habitación del escribano de la Universitat, allá por el siglo XVII. Todos en el Archivo Histórico Municipal del Ayuntamiento de Ibiza pensaban que los dos volúmenes, que recogen la contabilidad de la Universitat, habían desaparecido. Pero en 1987, un día cualquiera, mientras los responsables del archivo hacían limpieza, aparecieron. En un rincón. En el mismo lugar en el que alguien, hacía siglos, los había dejado. Con el tiempo y la falta de espacio otros legajos cayeron sobre ellos. Polvo. Más documentos. Otros libros. Polvo. Y así, poco a poco, desaparecieron de la vista. Todos los buscaban sin éxito a pesar de que estaban allí, sepultados.



Los dos, el ‘Llibre Blanc’ y el ‘Llibre Vermell’, necesitan una restauración. No sólo para recuperar las encuadernaciones de colores que abrigan las más de 350 inmensas páginas que componen cada uno de ellos. A pesar de que el papel es de muy buena calidad, las manchas de humedad y los hongos han hecho mella en ellos. Los bordes son irregulares y una nube de polvo emborrona la vista al pasar cada una de las gigantescas hojas. Antes de que la restauradora se ponga a trabajar, los responsables del archivo eliminan con un pincel el polvo agazapado en los pliegues del papel. Piedras diminutas salen despedidas con una sola caricia de las cerdas. La importancia de estos libros no sólo radica en los detalles que revelan sobre las cuentas de la antigua Universitat, sino también en que son de los pocos que se conservan escritos en catalán, ya que son anteriores a los Decretos de Nueva Planta que, promulgados entre 1707 y 1716 por Felipe V tras la Guerra de Sucesión, abolieron las leyes e instituciones propias de los reinos de Valencia, Aragón y Mallorca y el Principado de Cataluña.



El ‘Llibre Vermell’ recoge todas y cada una de las compras que efectuó la Universitat entre 1601 y 1621. Lo que se vendía, lo que se pagaba, la fecha, a quién... Nada escapaba a la tinta del escribano. La causante de otro de los problemas que sufren los libros. En varios textos, la extrema acidez del pigmento se ha comido el papel. De hecho, al poner al trasluz algunas de las páginas, especialmente aquellas en las que la elegante caligrafía conserva un intensísimo color negro, se aprecian pequeños agujeros. Como si en vez de con pluma y tinta las palabras se hubieran grabado con un tizón demasiado caliente. Sus 550 páginas repartidas en 18 cuadernillos y encuadernadas en pergamino están agrietadas. Hay agujeros en la encuadernación. Además de insectos, manchas de humedad y arrugas.


«Joan Llobet promet que farà bona administració de 54 lliures i 7 sous» ("Joan Llobet promete que llevará a cabo una buena administración de 54 libras y 7 sueldos") es una de las inscripciones que pueden leerse entre las muchas indicaciones sobre la harina o el maíz que se había comprado. También es posible saber que el 9 de mayo de 1611, al señor Balanzat se le pagaron 2.771 libras. Unas líneas paralelas en diagonal, tachando varias líneas de texto indican que esa deuda se había saldado. «Aunque también pueden ser equivocaciones. Se tachaba y se volvía a empezar», comenta Fanny Tur, la responsable del archivo, señalando dos textos similares, uno de ellos rayado. A veces, pasar las páginas del libro es complicado. Centenares de pliegues más pequeños cosidos con mimo al borde de las hojas complementan las informaciones. Recibos o textos manuscritos en los que el personal de la Universitat se compromete a hacer buen uso del dinero que le han adelantado, en su mayoría para las compras, como la de Joan Llobet.


El ‘Llibre Blanc’, por su parte, recoge los deudores de la Universitat entre 1686 y 1708. Este volumen (350 páginas en 22 cuadernillos encuadernados en cartón forrado de pergamino) se encuentra en mejor estado que el 'Vermell'. El hilo aguanta fuertemente amarrados los pliegos de papel y éste se aprecia menos manchado. En él se descubre, por ejemplo que Joan Soler debía «1.604 modins de sal» que se habían descargado de una embarcación llamada ‘La Dorotea’. El escudo con que algunos notarios daban fe de que la deuda se había saldado adornan el margen de varios de los escritos. También permite conocer datos curiosos de la vida cotidiana de la Universitat, como lo que se pagaba por el tabaco: «D’ordre del magnífic senyor jurat mossen Antonio Riera Clavari entrega 1.132 reals i mig de plata per 453 lliures de tabac de fum», ("de orden del magnífico señor jurado Antonio Riera Clavari entrega 1.132 reales y medio de plata por 453 libras de tabaco de fumar") reza uno de los escritos leído al azar de uno de estos dos libros que permitirán desentrañar un poco más el día a día de la Universitat de Ibiza.

*Publicado en un especial de Sant Jordi de Diario de Ibiza

jueves, 23 de febrero de 2017

Siempre vivirás en mi corazón


@Martatorresmol

Aún recuerdo la primera vez que te vi. Una adorable bola de pelo negro que daba pasos torpes y vivaces y arrastraba su barriga de cachorro por el suelo. Te quise al instante. Me enamoré. Conté los días hasta que por fin llegaste a casa. Hace mucho que olvidé  todo lo que destrozaste con tus juegos y las veces que pensaste que podías pasear solo y me tuviste horas buscándote. Sólo recuerdo las veces que jugamos con la pelota, tu cara de desconcierto cuando te lanzábamos más de una, las veces que te escondiste entre mis piernas, asustado por cortacéspedes, tormentas o petardos, los paseos por la playa, las lecturas al sol con tu cuerpo pegado a mis piernas, los saltos de alegría cuando volvía de algún viaje, los gruñidos reclamando comida de mi plato, la forma en que te ponías de escudo, a mis pies, cuando un desconocido se paraba a hablar conmigo, tus cabezazos en mis rodillas, tus enfados con el secador y con las naranjas que confundías con pelotas de tenis y con los globos que explotaban cuando les hincabas los dientes, tus tirones a mi parka para volver a casa porque llovía y yo me empeñaba en sentir las gotas de lluvia, cómo cerrabas los ojos cuando te rascaba entre tus orejas caídas, lo poco que te gustaba tener que salir del mar, tus toques con tus zarpas en mi cara cuando dormía más de la cuenta y se pasaba la hora del primer paseo del día y tu sueño fingido cuando tocaba pasear antes de la salida del sol. Han pasado más de tres meses desde que te fuiste para siempre, después de catorce años juntos, y sigo acordándome de ti todos los días. Me duele llegar casa y no escuchar tus pasos perezosos al oír la llave. Echo de menos el peso de tu cabeza en mi regazo mientras leo, tus carreras detrás de la pelota, verte peleándote con la cuerda de colores, tus intentos por cruzar la puerta invisible de la cocina y el suave desequilibrio de tu corpachón pegándose a mis piernas cuando nos parábamos delante de casa a ver el mar. Siempre vivirás en mi corazón.

lunes, 20 de febrero de 2017

'Nos vemos en esta vida o en la otra', el 11-M


@Martatorresmol


El 11-M. Las 191 vidas sesgadas. Y todas las que quedaron destrozadas para siempre. La sensación de inseguridad plantada de por vida en el país. Eso es, seguramente, lo que recordamos la mayoría de aquel fatídico 11 de marzo en el que nos pasamos la mañana entre el horror por lo que había pasado y la necesidad de saber quién estaba detrás. 'Nos vemos en esta vida o en la otra', del periodista Manuel Jabois, vuelve al 11-M, bueno, no al 11-M, a un tiempo antes, al tiempo en el que empezó a fraguarse el atentado. A cuando los explosivos viajaron de Asturias a Madrid. A cómo unos delincuentes comunes que apenas tenían dónde caerse muertos acabaron ayudando a los terroristas a acabar con la vida de 191 personas aquella mañana. El libro de Jabois no es una novela, es un reportaje de más de 200 páginas que se lee con avidez. Es un reportaje tan bien trenzado que parece una novela. Es aséptico, limpio casi. No le hace falta cargar las tintas. Los hechos hablan por sí solos. Es lo que tiene el buen periodismo, que te planta los hechos delante de los ojos con tanta contundencia que no necesita adornos. El hilo de este libro es Gabriel Montoya Vidal, apodado Baby y al que la prensa puso el mote de El Gitanillo, primer condenado por los atentados y el único menor implicado. Él es el guía del que se sirve Jabois para explicar cómo llegaron los explosivos a Madrid y cómo, después, se produjeron las detenciones. A través de Baby conocemos su entorno, en el que abundan los delincuentes comunes, las malas influencias, la violencia, las drogas, las traiciones, las mentiras, cárceles... A través de Baby vemos a los terroristas. Y su comportamiento. Y las detenciones. Y las huidas. O intentos de ellas. Y vemos también la falta de culpabilidad. Causa estupor comprobar que en ningún momento el protagonista, que accedió a hablar con Jabois en 2015, más de un año después de que el periodista le propusiera contar su historia, se siente responsable de lo que pasó aquel 11 de marzo. Eso, sin duda, es lo más escalofriante del libro.

"Una mañana de septiembre de 2003 un repartidor de pollos asados aparcó su moto frente al número 10 de la Travesía de la Vidriera, en Avilés, Asturias. Era un motorista de la empresa Artesa, comidas a domicilio. Tenía veinte años y medía alrededor de 1,75. Un chaval flaquito que se movía como un bailarín de breakdance. Llevaba vaqueros, una camiseta blanca de manda corta y un casco calimero."

Título: 'Nos vemos en esta vida o en la otra'
Autor: Manuel Jabois
Editorial: Planeta
Páginas: 240
Precio: 18€
Procedencia: Biblioteca Vicent Serra i Orvay

sábado, 18 de febrero de 2017

Día Mundial del Asperger. Gey Lagar: "La imagen de un niño solo en el patio es muy dura"


@Martatorresmol

 Gey Lagar, asturiana de 42 años, confiesa que se acercaba a la valla del colegio al que iba su hijo, autista, para ver qué hacía en el patio. Estaba preocupada. Así nació ´Parques y patios dinámicos´, que escribió en 2012, se publicó en 2015 y que ahora usan decenas de centros educativos de toda España para prevenir el acoso escolar y favorecer la inclusión de los alumnos con más problemas para relacionarse.

- Suena la campana del patio y los niños salen contentos al recreo. ¿Para otros niños ese sonido anuncia uno de los peores momentos del día?
- Sí. Que suene la campana ya es un elemento que, sensorialmente, puede molestar a los niños con algún trastorno del espectro autista. Después están las carreras del resto de compañeros, ese movimiento, esas risas que acompañan al patio. Ellos no saben interpretarlo como algo positivo. Nadie les explica para qué es el patio. Nadie les da esa oportunidad.Cuando se lo explicas, esto cambia: hay que explicarles para qué sirve el recreo y darles herramientas para disfrutarlo.
- ¿Para qué sirve el patio? ¿Y cómo se lo explicamos?
- Pues sirve para merendar, para comerse las galletas, para recuperar energía, para pasear un poquito... Pero también para compartirlo con los compañeros y sus juegos. En los patios dinámicos lo que se busca es que estos niños sientan que son capaces de participar y jugar y, al mismo tiempo, que el resto vean que estos pequeños también están ahí, existen y pueden participar. En el aula más o menos hay un clima de respeto. Ese niño necesita un apoyo, un refuerzo, y, si lo tiene, va bien. Pero en el patio todos los niños se van a jugar y el que se queda atrás, se queda atrás, nadie hace nada.
- ¿El patio es la selva?
- Para ellos, sí. Y para muchos otros. De hecho, la idea de los patios dinámicos está pensada para una gran diversidad de perfiles: hiperactivos, niños con trastornos específicos del lenguaje, con problemas auditivos, con dificultades visuales, para los que son muy tímidos, los que vienen de otras culturas... Busca la unión. Cada uno es como es, vamos a darle un espacio y tenderle una mano para que participe.
(seguir leyendo)

martes, 14 de febrero de 2017

Todos los días...


@Martatorresmol

Se ajustó con mimo la corbata. No era su favorita, pero sabía que a ella le gustaría. Pasó la palma de la mano por la manga. Era un buen traje. Ya lo era cuando lo compró, hace años. Era un buen traje, pero tenía algunos brillos y la tela adelgazaba día a día. No podría seguir usándolo mucho más. Y era el único que podía ponerse. Tenía muchos en el armario, pero sólo éste, tras espantar el olor a naftalina, le servía. Suspiró, no sin cierta preocupación, con la vista fija en los puños de la chaqueta. Si alguien se fijaba, su aspecto cansado no le pasaría por alto. Antes de salir echó mano al sombrero, que había rescatado de un altillo, donde llevaba mucho arrumbado, y se miró al espejo. Algo anticuado. Pero elegante. Seguía teniendo buen porte, los años le habían respetado eso. Y la picardía que su mirada aún no había gastado casi hacía olvidar las profundas arrugas que surcaban su rostro. Salió de casa. Rumbo al mismo lugar de cada día. Por las mismas calles. Con la misma ilusión y la misma pesadumbre que, desde hacía meses, le animaba y le condenaba a arrastrar los pies.

La vio desde lejos. Detuvo sus pasos unos instantes para admirarla. Ahí estaba, en el mismo banco de todos los días. Su melena blanca, con ese flequillo rebelde al que nunca había querido renunciar, perfectamente peinada. Aún estaba lejos, pero casi podía olerla. Esa embriagadora mezcla de laca, crema de violetas y una colonia fresca, casi marina. Buscó la alianza en su dedo, le dio varias vueltas antes de quitársela y guardarla, maquinalmente, en el bolsillo más cercano al corazón, sobre el que se dio varias palmadas. Casi animándose a sí mismo.

Se acercó, decidido. Le sonrió. Con los labios. Y con los ojos. Señaló la esquina vacía del banco con el sombrero. Ella asintió. Entre curiosa y tímida, su mirada oscilando entre el elegante caballero y el estanque cercano. Él no dejó de mirarla. Ni un segundo. Se presentó. Ella rió. Le tendió la mano, que él se llevó a los labios. Ella le dijo su nombre. Él piropeó su flequillo rebelde, su risa, sus ojos huidizos y su olor a laca, a violetas y a mar. Ella se sonrojó. Él restó centímetros a la distancia que les separaba. Le pasó un dedo por la mejilla. Ella alabó su corbata. Su mirada pícara. Su voz. Él le cogió la mano, jugó con sus dedos y, sin dejar de mirarla, le preguntó si creía en el amor. Ella rió la ocurrencia, era demasiado pronto para contestar a eso. Le preguntó si estaba casado. Notó el calor del anillo en su pecho y le contestó, serio, que sólo se imaginaba casado con ella.  Él recorrió con un dedo la cara interna de la muñeca. Y besó luego, como un suspiro, la misma piel que había acariciado. Él se levantó del banco y se puso el sombrero. Ella le preguntó si le vería otro día. Él le contestó, con el corazón encogido, que todos los días.

Se alejó. El paso cansado. Recuperó la alianza del bolsillo. Volvió la vista al banco justo a tiempo de ver cómo una enfermera la ayudaba a levantarse y le tendía el brazo para dirigirse al interior de la residencia de ancianos. Se despidió de nuevo de su mujer, para sí. Hasta mañana, pensó. Hasta que volviera a acercarse al banco, sonreírle, señalarle la esquina vacía con el sombrero, presentarse, llevarse su mano a los labios, piropear su flequillo rebelde…

sábado, 11 de febrero de 2017

La India (I): La mujer del asfalto y los niños de las chocolatinas

Fotos: Marta Torres Molina

La India,
27 de diciembre de 2010,
De Delhi a Agra.

Unas enormes manos colgadas en la pared del aeropuerto, hablando con sus gestos de metal, son lo primero que veo de la India. Lo primero que siento es el calor. Y algo mullido bajo mis pies. Una moqueta que hace demasiado tiempo que perdió la cuenta de los pasos que la recorrieron. El barullo de voces y brazos levantados frente a la puerta de llegadas me adelanta lo que me espera los próximos días. Barullo. Voces. Brazos. Tras apenas unos metros andando me doy cuenta de que deberé acompasar mi paso, demasiado rápido, al ritmo de la India, un país al que llego invitada para una boda y que apenas tarda media hora en mostrarme su cara más cruda.



Pasan de las dos de la madrugada y en la carretera, a oscuras, alumbrada por un anoréxico foco, una mujer asfalta, a mano, la vía. A su lado, agachado, ayudándola, un niño que no debe tener más de cuatro años. Amarrado a su espalda, tranquilo, un bebé que parece dormir. Me rebelo contra esa escena, contra esa realidad... Respiro hondo. Esto es la India. Esto es lo que voy a ver durante los próximos días. Una y otra vez. La India es así, dura, y sincera, me muestra desde el primer momento lo que es, no me engaña. Y no me deja más opción que asumirla, entenderla y quererla. Sé de muchos que han luchado contra ella desde que pusieron un pie en el país, y no lo soportaron. Se marcharon antes de tiempo y prometieron no volver. Todos ellos, de momento, lo han cumplido. Yo nunca podré agradecerle lo suficiente a la familia Aidasani todo lo que viví, lo que vi y lo que sentí, esos días.



La imagen de la mujer con las manos llenas de alquitrán me vuelve a la retina con fuerza cuando llegamos al hotel. A sus habitaciones frescas. A su agua helada. A sus diarios colgados en el pomo de la puerta. A sus pétalos de rosa en la bañera. Y a sus sábanas suaves entre las que duermo un par de horas antes de despertarme, al amanecer. Tenemos muchas horas de carretera por delante. La cafetería del hotel huele como en mi memoria no había olido nunca ninguna. Curry, cilantro, cúrcuma, mango, cardamomo, té... Embriaga. Casi marea. Miro mi café con leche, mi tostada y mi fruta fresca y sucumbo. Un trozo de naan, algo de chutney de mango, un poco de salsa de yogur... Algunos me miran con cierto asombro, con reprobación, incluso. Leo en sus miradas. Acabamos de llegar y piensan que me la estoy jugando. Algo, sin embargo, me dice que no. Algo me dice que la India me va a respetar. Y siempre me fío de mi intuición.



La salida de Delhi es desoladora. Las calles de los suburbios están llenas de gente que deambula. Tienen la mirada perdida. No van a ningún lugar. No tienen a dónde ir. Dejarán de caminar cuando estén cansados. O cuando caiga la noche. No son uno ni diez ni cincuenta. Son centenares. Calle tras calle. Una multitud que se diluye así como se estira la ciudad y se suceden las tierras de cultivo y las pequeñas aldeas. Entre el verde de los campos destacan pequeños puntos de color. Rosa, naranja, amarillo, azul, blanco, violeta... Son las mujeres, con sus saris. Ellas están en los campos. Muchas con sus niños a la espalda, como la mujer que asfaltaba. En los flancos de la carretera hay vacas durmiendo, búfalas a la sombra, hombres en cuclillas esperando el autobús, niños trepando por carteles publicitarios, pueblos, casitas descascarilladas con la colada multicolor tendida en el tejado, calles de barro, chabolas, vendedores ambulantes en carros...



El camino a Agra es largo. No en kilómetros, pero sí en sensaciones y en tiempo. La carretera es mala. De doble sentido y con carriles estrechos y transitados a pesar de lo cual los que llevan prisa adelantan después de hacer sonar el claxon. Aquí los bocinazos no son de enojo, son de aviso. Muchos de los autobuses y camiones, lentos y despintados, tan cargados que los conductores no tienen visibilidad, llevan una inscripción en la parte de atrás: "Horn please". Entre camiones decorados con flores y alegres dibujos serpentean infinitas motocicletas en las que lo más habitual es que monten tres personas, o más si viajan niños. Es lo normal aquí. Tres en una motocicleta.


Cruzar las aldeas es una aventura. El tráfico es caótico. Lento. Durante un rato rodamos al paso de lo que parece un enorme carro cargado de forraje. Sólo al adelantarnos descubrimos la sorpresa: tira de la carga un pachorrón dromedario. El camino a Agra es largo. Pero se hace corto si pegas las pestañas a la ventanilla y abres mucho los ojos. Algunos prefieren dormir. A mí me gustaría bajar. En cada pueblo. En cada aldea. Pero entonces no llegaríamos nunca. Yo aún no lo sé, pero la India, ese país crudo y fascinante, ha tomado nota de ese deseo que me atraviesa cada vez que cruzamos una pequeña ciudad.


Hemos salido de Delhi a las seis de la mañana y no llegaremos a las puertas del Taj Mahal hasta poco antes del atardecer. Y por los pelos. Y eso que apenas paramos dos veces. Una para reponer fuerzas con el primero de los muchos chai. Dulce, casi empalagoso, aromático y con esa leche de búfala que descubro suave como la seda. Un té que se abraza a la lengua y al paladar. Otra para estirar las piernas por uno de los muchísimos fuertes rojos que salpican el país. Los más famosos son los de Agra y Delhi. Ellos se llevan la fama. Pero es en estos otros, pequeños y alejados del turismo, por los vale la pena perderse unas horas. No hay hordas de visitantes ni guías con paraguas y micrófonos. Sólo gente de la zona que usa el fuerte como parque.


Hombres tumbados al sol o recostados en los arcos observando la vida, a veces fumando. Algún perro aparentemente perdido. Carreras infantiles de las que los corrillos de madres no despistan la mirada. Gente que te mira a los ojos. Que te sonríe. Que te saluda. Que se acerca a tocar tu pelo rubio, tan exótico en este rincón perdido de la India. Es en estos fuertes donde puedes recorrer largos pasillos cruzados de arcos, palpar las inscripciones en sánscrito sobre la piedra, subir a los miradores, contar las palomas de las cúpulas, sentarte sobre la piedra roja y respirar la calma mientras tomas un par de notas en tu cuaderno antes de retomar el camino a Agra, con una parada inesperada.


Las carreteras de la India son una lotería. Y uno de los mayores ejemplos de corrupción. No es que muchas de las carreteras no estén construidas. Lo están. Sobre el papel. Pero el dinero se quedó en varios bolsillos a medio camino y el resultado es un país surcado de caminos de tierra y escuálidos hilos de asfalto donde debería haber auténticas carreteras. Por eso son una lotería. Abundan los accidentes. Y los reventones, de los que no nos libramos. Es primera hora de la tarde. El sol pica. A nuestras espaldas, varias mujeres y niños trabajan en el campo. Estos últimos nos rodean, curiosos, al cabo de unos minutos. Sonríen mostrando unas dentaduras perfectas, se les ve felices, traviesos, bien vestidos. Las niñas se muestran más espabiladas. Una explica que se llama Sueño, en hindi, y que hoy están en el campo porque no hay colegio. Otra, en un inglés que cuesta entender, consigue hacerse entender: tiene nombre de flor y varios hermanos que juegan al fútbol por ahí cerca.


También se acerca un anciano. Tiene la piel oscura, que se pega a sus huesos, y la mirada despierta. Es del pueblo. Conoce a los pequeños y prefiere quedarse cerca, vigilante, apoyado en su oxidada bicicleta. "No son pobres, tienen todo lo necesario", indica. A pesar de eso, consiente las chocolatinas al ver los ojos ilusionados de los pequeños. Sólo pone una condición: tendrán que repartirlas entre todos los demás. Los niños lo miran, serios. En la India, a los mayores, sean o no de la familia, se les respeta y se les escucha. Todos asienten. La más mayor, obediente, desliza los dulces en una faltriquera. Ella los guardará para luego. para cuando estén todos. El anciano observa el gesto, orgulloso y complacido. Yo lo observo. Admirada. Unos niños guardando unas chocolatinas que se mueren por probar. Para más tarde. Para otros niños. De nuevo en la carretera, mientras el sol empieza a caer y se nota ya el barullo de la cercanía a Agra, le doy vueltas. Al anciano. A los niños. A las chocolatinas derritiéndose en ese bolsillo.



martes, 7 de febrero de 2017

'Los últimos días de nuestros padres', donde los libros deben doler


Hay historias que duelen. Libros que duelen allí donde deben doler los libros. Porque un libro que no duele (o que no conmueve o que no te hace reír, o mejor aún, sonreír, o que no te hace pensar o que no te obliga a mirarte por dentro) es un libro que ha pasado por tus ojos, pero no por ti. Y 'Los últimos días de nuestros padres', de Joël Dicker, es de los que no te dejan salir de él sin una cicatriz lectora más. De los que desearías no haber leído para poder tener el placer de volver a leer, virgen aún de sus páginas. En la primera de ellas, Dicker (impresiona pensar que escribiera esta novela con apenas 25 años) nos sienta en una colina con varios jóvenes, entre ellos el protagonista, Paul-Émile (Palo). Estamos en la Inglaterra de 1940. Fumamos mirando el horizonte. Sabemos que nada bueno nos espera. Que el camino en el que nos hemos visto metidos es harto complicado. Y que si algo bueno llega, será sólo para que duela aún más dejarlo atrás, como aquello que queríamos y a lo que ya hemos renunciado. Ese pitillo en esa colina es un descanso. Palo y otros jóvenes se preparan para una nueva sesión del duro entrenamiento, que no todos resistirán, en un caserón de la campiña. Son futuros integrantes del Special Operations Executive (SOE), una sección de los servicios secretos creada por Winston Churchill para sabotear al enemigo desde dentro. Un entrenamiento en el que se forjarán lazos de amistad inquebrantables, a pesar de la seguridad de que todos tienen a la muerte rondándoles. O quizás precisamente por eso. Y así, la apasionante historia ambientada en la Segunda Guerra Mundial, una historia de espionaje, de tensión, de no saber nunca quién está de tu lado y quién del otro, de miedo, de no poder dar un paso sin pensar en el contraespionaje, de trayectos por la convulsa Europa de los años 40, de documentos secretos, de asesinatos y detenciones y torturas es también una historia sobre la pérdida. La pérdida absoluta. Porque no hay pérdida mayor que la renuncia, la pérdida consciente. Perderse a uno mismo. Perder a los demás. Perder las esperanzas. Y las ilusiones. Perder, en ocasiones, la seguridad de estar haciendo lo correcto. Perder el control sobre tu camino. Perder la capacidad de decisión. Perder amigos. Y al amor de tu vida. Perder la juventud. Y a los padres, Y a los hijos. 'Los últimos días de nuestros padres' es demodelora. Con las horas de sueño. Emocionalmente. La imagen de ese padre, el padre de Paul-Émile, pendiente de las postales de su hijo, ésas que burlan la incomunicación, esperando cada año que llegue a cenar el día de su cumpleaños, duele. Esa imagen constante duele. Donde debe doler.

"Fumaban al amanecer, mientras contemplaban sentados el negro cielo que bailaba sobre Inglaterra. Y Palo recitaba su poema. Al abrigo de la noche, recordaba a su padre.
Sobre la colina donde se encontraban, las colillas teñían de rojo la oscuridad: habían adoptado la costumbre de venir a fumar allí a primera hora de la mañana. Fumaban para hacerse compañía, fumaban para no despertar. Fumaban para olvidar que eran Hombres."

Título: 'Los últimos días de nuestros padres'
Autor: Joël Dicker
Traductor: Juan Carlos Durán Romero
Editorial: Alfaguara
Páginas: 408
Precio: 19€
Procedencia: Biblioteca Vicent Serra i Orvay

viernes, 3 de febrero de 2017

'El motel del voyeur', Talese, el mirón y la duda


@Martatorresmol

'El motel del voyeur', de Gay Talese, es un libro descarnado, crudo, desagradable en muchos momentos. Y a pesar de eso no puedes apartar la vista de él hasta que acabas. Abres el libro, lees las primeras frases, te quedas ojiplática y ya no parpadeas hasta el epílogo. En el fondo, te conviertes un poco en Gerald Foos, el protagonista, porque, igual que él, lo que quieres es saber más de esta historia real que te escandaliza y te asquea. 'El motel del voyeur' no es una novela, es un reportaje. Un libro en el que el maestro Talese explica cómo en 1980 Foos se puso en contacto con él para compartir su gran secreto: en los años 60 había comprado un motel, el Manor House, en Colorado, y había instalado falsas rejillas de ventilación en varias habitaciones para observar a sus clientes desde el desván en un mastodóntico plan para satisfacer su necesidad de observar la vida privada de la gente. Además, Foos le explicaba que durante ese tiempo había llevado un exhaustivo diario de todo lo que había visto. Así que Talese se marchó a Colorado a conocer a Foos, a pedirle que le dejara leer sus diarios y contar su historia. A esto último, el voyeur se negó, ya que Talese le dejó muy claro desde el principio que no escribiría una palabra si no podía publicar su nombre. A pesar de esto, el periodista, que estuvo en el motel y que visitó el punto de observación de Foos, se mantuvo en contacto con él durante años, a la espera de que, algún día, le autorizara a publicar su historia. 

Y ese día, con la edad y la prescripción de los delitos de Foos, llegó en 2016. Y con polémica, no sólo por todo lo que explica el libro, sino porque el propio Talese, una vez publicado y tras una investigación de The Washington Post que puso en duda es testimonio de Foos, renegó del libro y entonó un mea culpa reconociendo que se había fiado de una sola fuente, el voyeur, que había resultado no ser de fiar. Todos los que trabajamos en esto sabemos que muchas veces nuestras fuentes confunden fechas, datos y exageran o esconden detalles. Con intención, a veces, por despiste, otras. Es imposible saber cuál fue el caso de Foos y Talese. En la reedición, el periodista incluyó algunos comentarios en los que pone en duda algunos de los comentarios del diario y que hacen que te plantees cuánto de fantasía y cuánto de verdad hay en esas notas. Independientemente de eso, el libro, que no me parece de los mejores de Talese, te deja patidifusa. 

Evidentemente, hay sexo. Mucho. Pero no es eso lo que te sorprende, eso es algo que das por hecho en un libro que lleva la palabra "voyeur" en el título. En las notas que reproduce Talese hay descripciones muy gráficas de relaciones de todo tipo (heterosexuales, homosexuales, masturbaciones, incestuosas, con prostitutas, con amor, con engaño, con mucho cariño, con hastío, infidelidades, libres, vergonzosas, en grupo...) pero no es eso lo que hace que un escalofrío te recorra la espalda. Es la sensación de que todas esas personas fueron violadas en su intimidad, en esos momentos en los que, con la puerta cerrada y las cortinas echadas, se sentían a salvo de miradas indiscretas. Momentos en los que se quitaban la ropa y momentos en los que se desnudaban. Y ahí estaba Foos, agachado en el desván de su motel, a veces acompañado de su mujer, mirando a través de los falsos conductos de ventilación. Viendo y escuchando conversaciones, discusiones, gestos, llantos e, incluso, un asesinato, que no puso en conocimiento de la policía y que, a pesar de las anotaciones del diario del voyeur, no aparece en los archivos de la policía.  

Lo leí en un par de ratos. Admirada. Asqueada. Todo al mismo tiempo. Descubriendo, página a página, lo que se esconde detrás de un auténtico voyeur. Alguien que nutre su vida de la de los demás. Que se permite juzgar lo que no debería ver, pero no pone en tela de juicio su comportamiento. Que no respeta la intimidad de los demás, pero protege ante todo la suya.

"Conozco a un hombre casado y con dos hijos que hace muchos años se compró un motel de veintiuna habitaciones cerca de Denver a fin de convertirse en su voyeur residente".

Título: 'El motel del voyeur'
Autor: Gay Talese
Traductor: Damià Alou
Editorial: Alfaguara
Páginas: 232
Precio: 19,90€
Procedencia: comprado

martes, 31 de enero de 2017

Conjurar el verano...


@Martatorresmol

Soy de verano. De sol. De brisa que quema y embriaga. De buscar las sombras cuando el pelo se me pega a la nuca. De respirar a fondo, como un regalo, el escaso aire fresco. De abanicarme las piernas con el ligero vuelo de un vestido. Y de soplarme discretamente en el escote cuando nadie (o eso creo) me ve. De abrir ventanas y balcones y patios para atraer la corriente y que bailen las cortinas. De colgar la ropa en la rama de un olivo. De sonreír mientras buceo. De sentirme bella cuando el sol dora mi melena y pinta pecas en mi piel. De contar las gotas de mar que se quedan suspendidas en mis escamas de tinta. Soy de verano. El otoño y el invierno se me hacen largos. Eternos. Pesados. Conjuro el estío todos y cada uno de sus días. Lo busco en las páginas de Durrell y Duras. En la crema protectora. En esa colonia que me traslada a puestas de sol con un vino alegre y los pies en la arena. En las olas mordiendo mis pies. En el sabor de las fresas. En chapuzones demasiado fríos. En el (escaso) calor. En el horizonte. En el calendario...

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