sábado, 19 de agosto de 2017

Mi dolor limita al sur con el paso de es Freus


@Martatorresmol

Mi dolor limita al sur con el paso de es Freus. Justo ahí, en el punto en el que todos los barcos bailan, incluso cuando el mar (la Mar) está como un plato, justo ahí, donde algunos turistas de vuelven verdes, justo ahí, donde se pueden contar ya las casitas de Formentera, justo ahí, sobre el negro azulado de las algas, justo ahí, el dolor se duerme. Se calma. Se esconde. A veces huye. Lo veo lanzarse de cabeza y perderse entre las olas. Me da un descanso. Una tregua. Al sur.

Mi dolor limita al norte con el paso de es Freus. Justo ahí, en ese punto en el que se olvida el olor de la tierra, justo ahí, donde el mar (la Mar) siempre te salpica la cara, justo ahí, donde los desfiles se ponen juguetones, justo ahí, donde la bruma a veces desdibuja el horizonte, justo ahí, en dos islas y en ninguna, el dolor despierta. Se altera. Se hace notar. Vuelve. Frío y húmedo. Sin descanso. Al norte.

miércoles, 16 de agosto de 2017

'Viaje a la aldea del crimen', el 'maestro' Ramón J. Sender en la matanza de Casas Viejas


Cuando un maestro habla, el buen alumno escucha. Cuando un maestro escribe, la buena alumna lee. Devora. Analiza. Relee. Piensa. Subraya. Admira. Sueña. Mira al fondo de sus textos. Compara. Frunce el ceño. Vuelve a leer al maestro. Mastica lo que se se esconde entre líneas. Digiere. Y concluye. Cuando sea mayor quiero escribir como Ramón J. Sender. Quiero saber mirar y entender como lo hacía él para sus crónicas. Es la conclusión que saco de esa lección de periodismo que es 'Viaje a la aldea del crimen', un compendio de las crónicas que escribió el periodista oscense durante su estancia en el pueblo gaditano de Casas Viejas, donde en enero de 1933 se produjo la célebre revuelta que puso en jaque a la República de Azaña, que tuvo que dimitir por la brutal forma en la que fue sofocada.

Pocos, muy pocos, periodistas acudieron a Casas Viejas. Y entre ellos estaba J. Sender. Maestro J. Sender, para mí. Las decenas de crónicas, de no más de tres o cuatro páginas la mayoría, se leen con fruición, con ganas de saber más. El punto final de una es el cebo para la siguiente. Y lo que hay en ellas, lo que cuentan los ojos y las palabras del periodista horripila. Asquea. Da náuseas. Porque lo que relatan los textos de J. Sender no es una gran revolución que amenace a las fuerzas del orden y que éstas tengan que liquidar de la forma que sea. No. Lo que hay en las piezas que el periodista publicó en el periódico La Libertad no son más que unos jornaleros comidos por el hambre, con las vidas llenas de polvo, las  alpargatas mil veces remendadas y sin más ropa que la puesta a los que les sale todo mal. Creen que la insurrección anarcosindicalista ha triunfado, deponen al alcalde republicano, se presentan en el cuartel de la guardia civil, se lían a tiros con el sargento y tres agentes y toman el pueblo. Hasta que llegan refuerzos (más guardias y tropas de asalto) y entonces, con la consigna de "sin prisioneros ni heridos", la revuelta acaba como el rosario de la aurora. Recuperan el pueblo, consiguen averiguar quiénes fueron los impulsores y cercan y acaban, entre tiros y fuego, con Seisdedos, un anciano carbonero, y su familia. Una violencia que trasladarán después al resto de la pedanía en una razzia tras la que el balance total de muertos es de 25, entre fuerzas del orden, anarquistas y demás gente de Casas Viejas.

Lo que hace J. Sender en Casas Viejas es casi orfebrería. Mira. Escucha. Deja que le cuenten. Intuye. Recompone. Cuando él llega a la aldea de Medina Sidonia todos han muerto ya. La "carnicería", como el propio Manuel Azaña definiría la matanza de Casas Viejas en su diario, ya está hecha. La del pueblecito gaditano no era más que una más de las decenas de insurrecciones de carácter anarquista que se habían sucedido (y se habían sofocado) en los últimos meses en todo el país. El periodista llegó días después de los hechos del 10 de enero y publicó su primera crónica el 19. Unas primeras crónicas que explican el viaje de la capital a Casas Viejas, ese primer trayecto en avión en el que el paisaje se convierte en mapa, y que preparan al lector, lo sitúan, para entender todo lo que vendrá después. Ramón J. Sender revive a los muertos, reconstruye conversaciones, plantea pensamientos... Es así como nos planta delante de ese momento en el que los protagonistas mueren, algunos abatidos, otros chamuscados, una escena que poco tiene que ver con la versión oficial. Es así como consigue meternos en las conversaciones de la taberna del pueblo, donde parece escuchar, incluso, el acento gaditano. Un trabajo fabuloso en el que periodismo y literatura se dan la mano, un trabajo de 'Nuevo Periodismo' tres décadas antes de que éste naciera en Estados Unidos, que completó, meses después, con los resultados de las investigaciones y de la comisión parlamentaria. La narración de J. Sender impresiona. Por la violencia desmedida de los hechos. Y por la descripción de aquello que más le impresiona: el hambre y la miseria.

"Hay rumores, es verdad. Pero también es verdad -y los madrileños y los corros de los cafés no saben bien hasta qué punto eso es verdad que hay hambre. Hambre negra, solitaria, en medio de una tierra feraz y de un clima suave. En naturalezas fuertes, condenadas a la desolación. ¿Democracia? Eso es cosa de las tertulias y de los diarios del corro, que no llega aquí, y que si llega viene envuelta en papel sellado y atada con balduque."

Título: 'Viaje a la aldea del crimen'
Autor: Ramón J. Sender
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 212
Precio. 16,95€
Procedencia: comprado

viernes, 11 de agosto de 2017

'Rendición', esa aterradora transparencia


@Martatorresmol

Aún no me he recuperado de ‘Rendición’, de Ray Loriga. No me encuentro. No me siento bien. Estoy riendo, tomando unos vinos, callejeando, buceando bajo las olas y de repente... ¡Zas! Ahí aparece de nuevo. Ese hachazo inesperado de inquietud. De pesadumbre. De ansiedad. Porque ‘Rendición’ es eso: un sablazo que te parte en dos pero que no acaba contigo, para que veas y sientas cómo te desangras. Tiene algo este Loriga tan adulto del McCarthy crudo y descarnado de ‘La carretera’. Los dos tienen mucho de apocalípticos, de gris, de cenizas, de tierra quemada, de no mirar atrás porque, por desgracia, por mucho que lo hagas no te convertirás en estatua de sal. Tienen algo el uno del otro y, sin embargo, están a años luz. El de McCarthy es la humanidad que se acaba, que se apaga. Es el hombre contra el hombre por la subsistencia. La tuya. Y la de los tuyos. El de Loriga son humanos sometiendo a otros humanos sin que se den cuenta. O sin que quieran darse cuenta. Y eso, creo, es mucho más perturbador. Aterra.

‘Rendición’ inquieta desde los primeros párrafos. Desde la primera frase ("Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar"). Desde ese matrimonio que tiene a dos hijos soldados perdidos en una guerra que dura ya demasiado y que nadie tiene claro hacia qué lado se decanta. Desde ese país en el que, sabemos, la sangre y los lazos emocionales permitían conocer, en el pasado, el latido de los seres queridos. A tiempo real. Saber si están vivos. Desde esa casa de campo en la que él y ella esconden a un niño llegado de no saben dónde y perteneciente a no saben qué bando que deciden proteger y cuidar. Desde esa huida forzada a un lugar seguro. Un lugar seguro... Donde todas sus necesidades estarán cubiertas... En plena guerra... Sospechoso. Inquietante. Y es ahí, en ese momento, en ese trayecto en un autobús que se avería y con una sola garrafa de agua para todos, cuando el título del libro empieza a palpitarte en las sienes (...rendición-rendición-rendición...), a quemarte (...rendición-rendición-rendición...), un martillazo tras otro (...rendición-rendición-rendición...), cada vez más fuerte (...rendición-rendición-rendición...) hasta hacerse insoportable al llegar a ese lugar seguro, esa ciudad siempre limpia, en la que nada huele, ni bien ni mal, en la que todos deben ducharse, en la que todo es transparente. Todo se expone. Todo está a la vista. Una metáfora de la sociedad actual, la nuestra, en la que todo está expuesto. El amor, el sexo, la soledad, el dolor, la mierda... Todo a la vista en ese mundo de cristal. En la transparencia absoluta. Ésa que dice mostrarlo todo y que, en realidad, se esconde a sí misma. Nada oculta tanto como la bandera de la transparencia. La transparencia como capa de invisibilidad. Una transparencia como la de los presos, que priva de la intimidad. Que condena a la vergüenza constante. Que pretende que no te plantees que tanto cristal pueda esconder algo. En la ciudad transparente, la de los vencidos, sólo cabe la rendición. Rendirse y asumir ese mundo de cristal. Rendirse y huir de la ciudad transparente. Rendirse.

"Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda. Rendirse es parecido: nace y crece la ponzoña de la derrota durante un mal día, con la claridad de un mal día, forzada por la cosa más tonta, la misma que antes, en mejores condiciones, no nos hubiera hecho daño y que sin más consigue aniquilarnos, si es que coincide por fin ese último golpe con el límite de nuestras fuerzas."

Título: 'Rendición'
Autor: Ray Loriga
Editorial: Alfaguara
Páginas: 216
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

lunes, 31 de julio de 2017

'El último día de Terranova', cuando todo cierra


"A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte". Es curioso. He llegado a esa última frase de 'El último día de Terranova', de Manuel Rivas, y no tengo la sensación de haber leído un libro. Es como si esas casi 300 páginas que explican la vida y muerte de esa librería no hubieran existido. Porque la sensación que tengo es la de haber estado allí, escondida, entre los estantes, asistiendo a su fin y a esos recuerdos que su propietario, Vicenzo Fontana, ese hombre al que el amor por una mujer despertó su amor por los libros, su interés por conocerlos y a descubrir que los libros nos cuidan, nos enseñan, nos estimulan y nos protegen, va hilando en esos últimos días. Unos últimos días que no son, en realidad, los de la librería. Son los últimos días de todo. De aquello que conocemos. De aquello que amamos. De un lugar que fue nuestro hogar y que sabemos que, cuando crucemos su umbral por última vez, dejándolo a nuestra espalda, dejará de existir porque ya será otra cosa. Una más. No aquello que queríamos, que sentíamos nuestro, que nos refugiaba. De las personas que, a su manera, lo convertían en lo que era y que también ahora y también ellos dejarán de ser, un poquito, quienes eran. Para ellos mismos y para aquellos que los conocían en ese lugar. 'El último día de Terranova' es gris. Y lluvioso. Umbrío. Lleno de charcos. De olas que parecen dispuestas a abrir puertas en los acantilados. Y no consigue una desprenderse de esa sensación fría y húmeda hasta que llega a esa última frase ("A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte") y se da una ducha caliente. O se toma un vino. Sí, a veces un vino es es la mejor ducha caliente. Pero ni siquiera ese vino (o esa ducha) son una protección eterna, porque hay instantes, recuerdos, imágenes del cierre de esa librería que en realidad es el cierre de casi todo, que, de vez en cuando, te asaltan, como balas frías y húmedas, porque todos, en esta época en la que el dinero y la especulación convierten las ciudades en calcos unas de otras (los mismos establecimientos, con la misma decoración, en el mismo orden, en las calles principales, con la panza llena de los comercios de toda la vida que devoraron) todos hemos visto muchas Terranovas desaparecer. Echar el cierre y enterrar, en ese último giro de la cerradura, infinidad de historias. Como las que, adelante y atrás, con esa delicada forma de contar, Rivas hilvana en esta novela. Los libros que se dejaron robar, los prohibidos, las conversaciones de los contrabandistas que los conseguían, los amores fraguados (y rotos) entre las estanterías... "A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte".

"Están ahí los dos, al pie del Faro, en las rocas fronterizas. Ella y él. Los furtivos.
Estoy de pie frente al mar y tengo miedo a girar,e, a darles la espalda, y que todo desaparezca para siempre. También ellos. Que cuando me vuelva, solo encuentre un inmenso vacío partido por la Línea del Horizonte, una línea fósil, sin recuerdos que se muevan en ella como ahora lo hace Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas."

Título: 'El último día de Terranova'
Autor: Manuel Rivas
Editorial: alfaguara
Páginas: 280
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

jueves, 27 de julio de 2017

La sirena inversa


@Martatorresmol


Se miraba la cola. Las piernas. O la cola. O las piernas. Daba igual. Ya sólo le quedaban unas pocas escamas, en la colina de su cadera. Translúcidas. Aún conservaban algo de brillo. Tímidos reflejos que parecían desperezarse cuando, por las mañanas, se acercaba al mar (la Mar). Había renunciado a ellas. Si echaba la vista atrás podía ver un camino de escamas tornasoladas. Podía, incluso, contar la historia de cada una de ellas. Cada escama una ilusión. Cada escama una renuncia. La primera… Aún sonreía con tristeza al recordar la primera. Se la llevó un flotador perdido. Era tan gracioso aquel pato de plástico… Y ella  tan pequeña… Le costó alcanzarlo. Le echó los brazos al cuello, para llevárselo a las profundidades, pero no quería. Se rebelaba. Volvía a la superficie una y otra vez. La arrastraba con ella. Se rindió. Allí lo dejó. Amarillo, con la mirada fija en el horizonte. Dándole la espalda, ahora se fijaba, a un niño que, a lo lejos, lloraba desconsolado y estiraba los brazos, creyendo de verdad que aquel pato cabezota daría la vuelta y regresaría. Fue ella, con los embates de su pequeña cola quien lo guió, enfurruñada, hasta la orilla, adonde llegó con un último coletazo que le arrancó aquella primera escama. Asistió, escondida entre los borreguitos de las olas, a la alegría del reencuentro entre pato y niño. Se le encogió el estómago. Quiso ser aquel crío que reía y saltaba en el mismo lugar en el que ahora, sentada, se miraba la cola. O las piernas O la cola.

Y así las fue perdiendo casi todas. Una escama tras otra. Una por aquel polo de fresa que se le cayó a alguien que se asomaba al muelle. Otra cuando volvió los ojos al cielo, extasiada, para seguir el vuelo de un globo rojo. Unas cuantas enredándose conscientemente en una bufanda mugrienta y deshilachada que danzaba al ritmo de las corrientes, al nadar casi rozando las aletas de unos buzos, jugando con el anzuelo de unos pescadores, mientras, pegada al casco de un yate, trataba de imitar las risas de unas mujeres, persiguiendo tablas de surf, al hacerles cosquillas con su cola a sorprendidos bañistas... Las dejaba escapar a puñados, como confeti, cada vez que se dejaba hipnotizar por el guiño constante de un faro. Las últimas, las que la dejaron varada en tierra, con aquella piel que se arrugaba en el agua, las perdió una noche de fiesta. Era verano. Las hogueras brillaban en el horizonte. Las siluetas de los humanos se recortaban en la penumbra. Estiró las puntas de los dedos hacia las estrellas, embelesada, para cazar al vuelo las chispas de colores de los fuegos artificiales.

Ya no pudo volver a su abismo de sal . Nadó, a duras penas, hasta la playa. Allí está desde entonces. Sentada en la orilla. Mira su cola. Sus piernas. O su cola. O sus piernas. Ya no lo sabe. Contempla el brillo cansado de ese puñado de escamas que se descuelgan desde su cadera derecha. Sonríe. Se desperezan cada vez que las olas le lamen los dedos de los pies.

martes, 25 de julio de 2017

Libros que leí en verano...


@Martatorresmol

Hay libros que estarán siempre ligados al verano. Y no por las vacaciones, que nunca las tengo en esa época del año, sino porque si pienso en ellos recuerdo los escasos momentos tirada en el césped de la piscina o sobre la toalla en la playa. Momentos que son los únicos en los que, realmente, me abstraigo de todo. Sólo estamos el libro y yo. No hay mal de amores ni preocupaciones laborales ni móvil. Sólo las olas, el viento haciendo bailar mi vestido colgado en la rama de un olivo, el sol...


'Redburn', el primer viaje de Melville
Wellingborough Redburn es Wellingborough Redburn. Herman Melville es Herman Melville. Pero Redburn, en realidad, es Melville. Redburn es Melville antes de que Melville se fuera a cazar ballenas, y de que viviera con una tribu de caníbales en las Islas marquesas. Redburn es Melville cuando el escritor tenía poco menos de veinte años y se enroló, sin saber nada del mar (la Mar, como diría alguien a quien aprecio)...

@Martatorresmol

Pues sí, 'Te llevaré conmigo'...
Vuelvo (quizás algún día explique por qué me fui) con un libro que ya no está conmigo, pero que llevaré siempre dentro, porque es de esos que se te meten en el cuerpo por los ojos, los respiras, se cuelan en tus venas y ahí siguen, dando vueltas por tu organismo una y otra vez.

'Cuentos de Eva Luna', 23 mujeres y un alma llena de escamas
En otra vida quiero ser una mujer de Isabel Allende. Una de esas mujeres que viven, a veces su vida a veces su destino, con intensidad, con pasión, con decisión... De esas mujeres que viven la vida desde las entrañas, de esas mujeres que pueblan las páginas de los 23 'Cuentos de Eva Luna', una delicia que me ha recordado por qué me gustaba tanto la Isabel Allende de los principios, la que llenaba sus palabras de magia y sus frases de emociones.

'Martin Eden', el aprendizaje
La noche en la que Martin Eden conoció a Ruth fue el principio de su fin. Pero decir eso es adelantarse más de 400 páginas en esta subyugante novela de Jack London en la que la naturaleza y el mar (la Mar), sus pasiones, están sin estar. Una novela que llevaba años deseando leer y que disfruté hace unas semanas entre sol, sal, algas y arena. En esta historia la aventura se intuye, se recuerda, se huele, pero, en realidad, todo ocurre en la civilización, entre cuadros y libros y trajes y cordialidad y enfrentamientos velados y estrictos modales y prejuicios y conflictos de clase.

'Hombres buenos', regreso a las tardes de uniforme y libros de aventuras
He vuelto. He regresado de París. De la España de fines del XVIII. De un viaje, más bien una misión, lleno de peripecias y peligros. He regresado de todos ellos. Pero sobre todo he vuelto de un lugar y un tiempo mucho más lejano. He vuelto de las lecturas de infancia. De aquellos libros de aventuras en los que me sumergía algunas tardes, aún con el uniforme del colegio pero descalza, para creerme por un rato viajera, pirata, científica, diosa griega, marinera, reina, guerrera, espadachina, mosquetera, princesa, niña demasiado curiosa, heroína, hada, hechicera...

@Martatorresmol

'Trilogía del barLume', los abuelos detectives de Marco Malvaldi
Seguro que todos conocéis un bar de pueblo en el que un grupo de abuelos se reúne para jugar a las cartas. O al dominó. Un grupo de abuelos que siempre se sientan en la misma mesa, que tocan las narices al camarero, que se meten donde no les llaman y que, a pesar de todo eso, sin ellos ese bar no sería lo mismo. Bien, pues en esta trilogía del italiano Marco Malvaldi el pueblo es Pineta, el establecimiento es el BarLume, el divertimento son las cartas (crímenes a un lado), el sufrido camarero es Massimo y los abueletes son Ampelio, Aldo, Rimediotti y Del Tacca.

'El copartícipe secreto', el capitán y su doble
"El gran logro de Conrad es haber transformado la experiencia de su vida marinera en metáfora convincente de la existencia humana". Así lo asegura Jules Cashford en 'Joseph Conrad: homo duplex', el pequeño ensayo que cierra 'El copartícipe secreto', de Joseph Conrad, una frase con la que no puedo estar más de acuerdo. Porque da igual dónde estén ambientadas y quiénes sean los protagonistas de sus obras, siempre tienes algo a lo que agarrarte. O que te agarra. No sé cuántas veces he leído 'El corazón de las tinieblas'. Al menos, que recuerde, cinco. Y ninguna de esas cinco veces leí el mismo libro, aunque recorriera con los ojos las mismas palabras.


viernes, 21 de julio de 2017

'Las voces del Pamano', siento haber tardado tanto...


Confieso que he tardado demasiado en leer 'Las voces del Pamano'. Pido perdón por los casi tres años que he tenido este libro sobre mi viejo escritorio de la biblioteca, cubriéndose de polvo es una esquina lacada en blanco, sobre el cuero dorado. Siento infinitamente haberlo olvidado, o haber fingido que lo olvidaba, porque 'Las voces del Pamano', de Jaume Cabré, no se lo merece. Y, sin embargo, ahí ha estado, esperando como espera quien te quiere (o te desea) de verdad. Aguardando el momento justo, para abrirse y entregarme, sin rencores ni reproches, una historia de ésas que no se olvidan, que te acompañan, que se hacen un poco tuyas. Y eso... Eso no lo dudaba. Pero me daba miedo. Temía no leerlo en la época adecuada. Tener las neuronas demasiado dispersas y echarlo a perder. Porque Cabré, tejedor experto, crea unos impresionantes tapices de vidas y de palabras, pero que requieren toda la atención. Eso es algo que descubrí en la maravillosa 'Yo confieso'. Quizás de ahí el temor. Quizás más a la desilusión, a la decepción, que a la incomprensión. Un miedo injustificado, porque 'Las voces del Pamano' es todo lo que era 'Yo confieso'. Y aún más. O menos. Porque si bien Cabré sigue controlando los cambios de voz, de época y de tiempo verbal como si estuviera poseído por el mismo Cronos, aquí son mucho más comprensibles, menos intrincados, no te obligan a frenar en seco la lectura y recomponer los pedazos para situarte. Aquí no. Aquí los personajes van adelante y atrás, décadas, con un simple cambio de tiempo verbal. Y lo entiendes. Y no te descolocas. Y te encanta.

'Las voces del Pamano' comienza con una profesora, Tina, descubriendo, escondida en un hueco tras la pizarra de una escuela que están a punto de derribar, una caja en la que Oriol Fontelles, antiguo maestro, conservó una carta con la esperanza de que ésta, algún día, llegara a su destinatario. Tina, que vive en un pueblo del Pallars, en los Pirineos, conserva esa carta. La lee. Siente curiosidad por Oriol Fontelles, un falangista que tiene una calle en la aldea, una imagen que no cuadra, para nada, con lo que ella va leyendo en esa larguísima carta. Y así, con la excusa de la carta, en las páginas del libro van engarzándose las vidas de Tina (un matrimonio que se desmorona, un hijo que escoge una vida que jamás habría querido para él, una enfermedad...) y de Oriol (un maestro republicano que llega para hacerse cargo de la escuela del pueblo, una amistad forzada con el cacique del pueblo, fingirse falangista o morir, el cadáver de un niño sobre su conciencia, ayudar al maquis de incógnito, el amor por la señora del pueblo...). Una vida, ésta última, cuyos secretos alguien está muy interesado en mantener escondidos. Una vida, ésta última, que trastocará la vida de Tina, quien, curiosamente, empieza a escuchar las voces que llegan del río, algo que los ancianos del lugar saben muy bien qué anuncia. He tardado demasiado en leer 'Las voces del Pamano'.

"El día en que relegaron su nombre al olvido salió muy poca gente a la calle. Tampoco habría salido más aunque no hubiera llovido, porque casi todos optaron por fingir indiferencia, aunque, desde una ventana discreta o desde la cerca de un huerto, siguieron el acto y recordaron la abundancia de lágrimas. El alcalde había decidido celebrar la ceremonia pese a la lluvia..."

Título: 'Las voces del Pamano'
Autor: Jaume Cabré
Editorial: Destino
Colección: Áncora y Delfín
Páginas: 688
Precio: 24€
Procedencia: Préstamo Marian

miércoles, 19 de julio de 2017

'La insólita pasión del vendedor de lencería', esas corseterías de toda la vida...


Hay libros que son para ti. Que no son grandes libros, pero que sabes que tienen algo que te va a gustar. Lo sabes desde el primer momento, desde que lees alguna reseña por ahí y se te ponen las orejas en punta porque algo te llama la atención. Libros que anotas en tu libreta de libros pendientes, no entre los prioritarios, y que, de repente, sin esperártelo, te llegan en el intercambio de libros que cada verano haces con tu amiga Marian. Es lo que me pasó con 'La insólita pasión del vendedor de lencería', de Asako Hiruta. Cuando lo descubrí en el blog de Norah supe que quería leerlo. Me gusta la lencería. Me gustan esas corseterías de toda la vida donde dependientas cercanas a la jubilación saben lo que quieres antes, incluso, que tú, donde los probadores son amplios, con luz matizada y las paredes forradas de terciopelo. Locales donde te sientes especial, donde disfrutas del tacto de la blonda, la secuencia perfecta del encaje, el juego de las transparencias, la seda resbalando sobre tu piel... Pues así, más o menos, es Toujours Ensemble, la corsetería que protagoniza esta novela. Sí, porque están Satsuko Kunieda y Yô Isaji, pero la protagonista es la tienda. Kunieda es una treinteañera que trabaja en publicidad y que lleva una vida aburrida y sin muchas aspiraciones personales después de que su novio de toda la vida la dejara. Si no prestaba atención a la lencería cuando estaba en pareja, ahora, mucho menos. Pero un día, en un semáforo, se da cuenta de que ha salido de casa sin sujetador (¿quién no se ha despistado un día y ha salido de casa sin ropa interior?) y decide, a toda prisa, entrar en la primera tienda de lencería que encuentra. Y ésa es la de Isaji. Un lugar cálido y acogedor, glamuroso, lleno de piezas delicadas, bellas y caras, y con un dependiente que despierta todas las suspicacias de Satsuko, sobre todo cuando es él mismo quien se mete en el probador con ella, le toma las medidas y selecciona varias prendas que no sólo la sacarán del apuro sino que, además, supondrán un cambio. Sí, porque de eso va la novela, de cómo un pequeño cambio, algo imperceptible y aparentemente tonto, puede ayudarte a dar un gran cambio. Más de uno pensará que es una tontería. Pero a las que nos gusta la lencería sabemos que no es así. Sabemos que en las citas importantes de trabajo, debajo de la camisa y la americana, llevamos prendas con las que nos sentimos fuertes. Que la seguridad y la sonrisa con la que llegas a una cita no depende sólo de la ilusión y el vestido que hayas escogido. Que los días tontos se enfrentan mejor si sientes que la ropa íntima te protege y te abraza. Más allá de eso, 'La insólita pasión del vendedor de lencería' es una comedia romántica. De ésas que sabes que, por mucho que sufran los protagonistas (vale, es una novela japonesa, así que tampoco esperéis un gran drama), al final siempre sale todo bien. Todo se arregla. Todo acaba como se supone que debe acabar para que todos sean felices y coman ramen y sushi (no sé yo cómo andarán de perdices en Oriente).

"Satsuko relacionaba la lencería con el tipò de mujer superficial y frívola que proliferaba en la época de la burbuja económica. No había lugar para esos caprichos en el mundo frío y cruel de la mujer japonesa trabajadora. Ella se conformaba con comprar en internet los conjuntos de bragas y sujetador que vendían por tres mil yenes."

Título: 'La insólita pasión del vendedor de lencería'
Autor: Asako Hiruta
Traductora: Marta Estefanía Gallego Urbiola
Editorial: Reservoir Books
Páginas: 224
Precio: 20.90€
Procedencia: préstamo Marian

viernes, 14 de julio de 2017

La niña que miraba el mar


@Martatorresmol

A veces, cuando miro el mar, se me escapa una sonrisa. A veces, cuando alguien piropea mis ojos castaños, sonrío, melancólica, y pienso en la niña que se pasaba los días buscando el mar (la Mar) con la mirada. Era una niña que vivía en el puerto (bueno, junto al puerto). Paseaba por el muelle. Hacía equilibrios sobre los norayes. Jugaba a adivinar los cabos encapillados. Corría por los pantalanes. Contaba barcos en el horizonte. Se sentaba en los escalones del monumento a los corsarios para lamer su cucurucho de chocolate y limón. Apoyada en el espigón, dejaba que el pelo le hiciera cosquillas al bailar con el viento. Saltaba entre las redes extendidas. Se embobaba mirando a los viejos pescadores coserlas. Secos. Enjutos. Con las manos nudosas. Renegridos de sol. La piel surcada de arrugas. Perdía la noción del tiempo mirando el baile de los dedos. Y los ojos. Azules. Siempre azules. De toda una vida mirando el mar, pensó la niña. Ansiosa por una mirada de agua, trazó un plan. No apartaría la vista del mar. Hasta que le llenara los ojos. Más de 30 años después aquella niña sigue mirando el mar. Sigue esperando. A veces, se le escapa una sonrisa. A veces, cuando alguien piropea sus ojos castaños, sonríe, melancólica.


lunes, 10 de julio de 2017

'Como agua para chocolate', la cocina, el amor...


Hay libros que son como un imán. Libros a los que sé que no debo acercarme mucho porque estaré perdida. Libros que hacen que lo deje todo para volver a acurrucarme con ellos durante horas, que se me pegan a la piel y al cerebro y al corazón y al alma y a los ojos y... Libros que se me metieron dentro en el umbral de la adultez, que es cuando los libros aprovechan tu falta de conciencia y se te cuelan hasta el tuétano, y que ahí siguen. Sólo tengo que acercarme y ellos y yo somos como esas gotas de lluvia pegadas al cristal que saben que (sólo hace falta la gravedad y unos minutos) acabarán siendo una sola. Me pasa con 'El amante' y 'El amante de la China del Norte', de mi adoradísima Marguerite Duras; con 'El amor en los tiempos del cólera', de Gabriel García Márquez; ´con 'Cumbres borrascosas', de Emily Brontë; con 'Orgullo y prejuicio', de Jane Austen; con 'Mucho ruido y pocas nueces', de William Shakespeare... Basta acercarme sin querer a alguno de ellos y estoy perdida. Volverán a mis manos. volveré a leerlos. Se me meterán aún más dentro. Lo sé. He caído una y otra vez. Por eso los tengo lejos. En las estanterías más altas, ésas a las que sólo llego utilizando la escalera. O en las que quedan a ras de suelo, ésas a las que sólo te asomas a conciencia, cuando lo necesitas.

Y sí, también me pasa con 'Como agua para chocolate', de Laura Esquivel. Lo guardo, lo escondo, más bien, entre mis decenas de libros de cocina. En una estantería que no distingue entre recetarios, novelas, sociología, historia, viajes... Da igual la forma. Si huelen, si saben, si me hacen volar a la cocina, ése es su sitio. Y ahí está. Él, escondido. Yo, a salvo. Es el mismo ejemplar que compré siendo quinceañera, cuando comencé a componer mi pequeña biblioteca. La misma que me ha acompañado. Por ciudades y en mudanzas. Con sus naufragios, sus pérdidas y sus renuncias. Lo compré en el otoño del 94. Una edición insultantemente barata de una de esas colecciones que llenaban los quioscos en septiembre. Casi un cuarto de siglo y no he dejado de quererlo. Ni una sola de las muchas veces que lo he leído. Ni una sola de las pocas veces que he osado preparar alguna de las doce recetas que narran esta historia. La del amor prohibido entre sus protagonistas, Tita y Pedro. Pero sobre todo la pasión entre Tita y la cocina. Ésa, he aprendido con los años, es la auténtica historia de amor que hay en el libro. Me fascina la cocina. Siempre he pensado que hay algo mágico en ella. Algo que va más allá de preparar un plato. Cocinas con amor y pasión y lujuria para el hombre al que quieres y deseas. Con ilusión cuando tienes a los amigos en casa. Con cariño para la familia. Con tristeza cuando falta alguien. Preocupada si las cosas no van bien. Enfadada cuando acabas de discutir. Esas emociones son un ingrediente más. Incontrolable, a veces. Y eso es lo que ocurre en la cocina de la familia De la Garza, ésa en la que Tita, la hija pequeña, encuentra su consuelo y su vía de expresión. Condenada a permanecer soltera para cuidar de su madre, la dura Mamá Elena, hasta su muerte, sus platos son su forma de expresar sus emociones. Su amor por Pedro, que se casa con su hermana para estar cerca de ella. Su tristeza por esa boda. La pasión que se despierta en ella cuando recibe su primer ramo de rosas. La alegría por tener de nuevo en casa a su hermana Gertrudis, general del ejército revolucionario mexicano... Lo he leído un puñado de veces. Ninguna de ellas ha sido el mismo libro. Yo no era la misma mujer, supongo. Ayer volví a caer. Ponía orden en la estantería de los libros de cocina y, al dar con él, entre 'Afrodita', de Isabel Allende, y 'Ároma árabe', de Salah Jamal, no pude resistirme. Acabamos enredados de nuevo.

"Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla no es el simple hecho de llorar, sino que a veces uno empieza, como quien dice, se pica, y ya no puede parar. No sé si a ustedes les ha pasado pero a mí la mera verdad sí. Infinidad de veces. Mamá decía que era porque yo soy igual de sensible a la cebolla que Tita, mi tía abuela".

Título: 'Como agua para chocolate'
Autora: Laura Esquivel
Editorial: Salvat
Páginas: 220
Precio: 195 pesetas
Procedencia: comprado

jueves, 6 de julio de 2017

'Una vida mejor', Gavalda, ¿pero qué has hecho?


Me gustaría poder borrar ahora mismo de mi cabeza 'Una vida mejor', de Anna Gavalda ('Una vida millor', lo leí en catalán), olvidarme de él y recuperar el recuerdo que tenía de su literatura. Con las sensaciones que me habían dejado 'Juntos, nada más' (ese ejemplar que ya no está en mi biblioteca y que acabó en manos de la misma persona con la que una noche leí 'La sal de la vida') y, sobre todo, 'El consuelo', esa historia que es un auténtico caramelo. Ahí me tendría que haber quedado. Pero no. Leí 'Una vida mejor' y ya no hay vuelta atrás. Porque no lo entiendo. No entiendo qué ha hecho la escritora en este libro. No hay en él nada de lo que me encantó en los otros tres. No hay una buena historia, empadada de esa alegre melancolía, ese tono que tan bien se le da. No está especialmente bien escrito. Y no me ha caído bien ninguno de los personajes. De ninguna de las dos historias.

Sí, porque se supone que 'Una vida mejor' cuenta dos historias: la de Mathilde y la de Yann. Pero, sinceramente, se podría haber ahorrado la segunda y acabar en condiciones la primera. Mathilde es una descerebrada que se pasa con la bebida y con la fiesta, que comparte piso con dos gemelas pijas y un poco aguafiestas (los extremos, vaya) y que un día pierde el bolso, en el que lleva 10.000 euros que le han dado las hermanas para una reforma del piso. A raíz de esa pérdida conoce a un hombre bastante feo, poco hablador, que se viste fatal y al que no le pilla el sentido del humor y, milagros de la literatura, decide perseguirle por toda la ciudad (¿a un hombre con el que no compartes sentido del humor? ¿estamos locos? ¡si no te hace reír, si no le haces reír, si no os reís de las mismas cosas eso no va a ningún lado!). El caso es que las páginas se acaban sin que acabe la historia, momento en el que empieza otra historia, la de Yann, al que el mueble de una mudanza impide que pueda subir a su casa y eso hace que se replantee su vida. Sinceramente, no he prestado mucha atención a las páginas de Yann, esperaba que en algún momento enganchara con la historia de Mathilde, que quería saber cómo acababa, pero no. En Yann no hay nada de Mathilde. La verdad es que he acabado el libro con la misma sensación con la que acabé 'La vida de los elfos', de Muriel Barbery después de 'La elegancia del erizo', sensación de tiempo perdido y pensando ¿qué has hecho Gavalda? , ¡con lo que me gustabas...!

"Un café cerca del Arco de Triunfo. Me siento casi siempre en el mismo sitio: al fondo a la izquierda, detrás de la barra. No leo, no me muevo, no consulto el móvil, sólo espero a alguien. Espero a alguien que no vendrá y, como me aburro, miro caer la noche sobre L’Escale de la place de l’Étoile. Últimos compañeros de trabajo, últimas copas, últimos chistes malos, calma chicha durante cerca de una hora y París se despereza por fin..."

Título: 'Una vida mejor' / 'Una vida millor'
Autora: Anna Gavalda
Traducción: Isabel González-Gallarza / Ferran Ràfols
Editorial: Seix Barral / Edicions62
Páginas: 256 / 256
Precio: 18€ / 18€
Procedencia: préstamo Marian

lunes, 3 de julio de 2017

'Alves y Compañía', una sátira de la dignidad


Hace falta tener ojos y un cerebro avezado para leer de verdad 'Alves y Compañía', del portugués José Maria Eça de Queirós. Insisto: para leer de verdad. Porque esta novelita tiene más miga de la que parece. Pero sí, hay que saber leer entrelíneas, atisbar lo que quiere decir de verdad Eça de Queirós, lo que nos quiere contar con sus personajes. Y sí, entonces, en vez del drama de un adulterio una ve la comedia. La sátira de la burguesía portuguesa de finales del siglo XIX. La cobardía disfrazada de buena educación. Las fintas al honor, a la honra, al orgullo. Valores que, al principio, en las primeras páginas, parecían enarbolarse y abocar la novela a un trágico final. Y es que el inicio de esta historia, concebida por el autor para formar parte de un ciclo de cinco novelas cortas, es bastante dramático. Alves, próspero comisionista de ultramar, prepara con ilusión el aniversario con su esposa. Ha cuidado la comida familiar hasta el último detalle, le ha comprado una joya y regresa pronto y feliz a casa. ¡Ah! ¡Llegar a casa antes de lo previsto! Allí, en el vestidor, se encuentra a su querida esposa, con menos ropa de la que recomienda la decencia y en actitud cariñosa con su socio, el joven Machado, a quien hasta ese momento no sólo consideraba su socio, sino un gran amigo. La reacción de Alves es rápida: envía a su mujer de vuelta con su padre y exige compensación del honor a Machado. Un duelo. A muerte. Drama.

Y es en ese momento, cuando Alves inicia la ronda de visitas a sus amigos para buscar padrino y testigos y consejo para su duelo, cuando Eça de Queirós empieza de verdad la novela. Ahí es donde comienza todo. Ahí es donde las palabras se desdoblan y lo que cuentan deja de ser lo más importante. Porque ahí empieza el baile de todos esos hombres cultos e inteligentes y que se llenan la boca con el honor para librarse, precisamente, del duelo. Todos. Ofendido. Causante de la ofensa. Amigos de uno y amigos del otro. Cada uno tiene su excusa, su motivo, su consejo. Todo para evitar que se derrame la más mínima gota de sangre al amanecer. Eso sí, todo disfrazado de educación y urbanidad, no vaya a pensar alguien que lo que tienen, en realidad, es miedo. A perder la vida. A quedar lisiados. A la vergüenza de perder.

"Aquella mañana, Godofredo da Conceiçâo Alves, acalorado y jadeante porque había venido a toda prisa desde el Terreiro do Paço, abría la puerta de bayetón verde de su despacho en un entresuelo de la Rua dos Doradoures, cuando el reloj de pared instalado detrás de la mesa del contable daba las dos, cone l lúgubre tono al que los bajos techos del entresuelo infundían una sonoridad profunda y lastimera."

Título: 'Alves y Compañía'
Autor: José Maria Eça de Queirós
Editorial: Alba
Traductores: Javier Coca y Raquel R. Aguilera
Páginas: 128
Precio: 11€
Procedencia: biblioteca diario

jueves, 29 de junio de 2017

Una vez quise vivir en un faro...


  (Faro de Barbaria, Formentera)                       @Martatorresmol

Una vez quise vivir en un faro. Era una vez oscura.
Incluso en tierra, un faro es un faro. Alumbra. Muestra el camino. Vivir en un faro te llena los oídos de olas y la piel de sal. Aún recuerdo la carcajada de un farero cuando se lo pregunté, hace mucho, cuando mi grabadora funcionaba con cintas de casete y aún quedaban fareros. Que vivían en faros. Primero se rió, unas preguntas más tarde, serio, me dio la razón. Tenía las olas tan metidas en la cabeza que a veces se le olvidaban. Estaba tan acostumbrado a la sal que, tierra adentro, echaba de menos la rigidez de la ropa con su almidón de salitre. Y el haz constante de luz colándose por las rendijas de la persiana.

Una vez quise vivir en un faro. Estaba llena de luz.
Podría haber sido la linterna. Pasar las noches aguardando el día. Velando. Soñando. Guiando. Alertando. Pasar las mañanas junto al acantilado. Pegada al borde. Con las puntas de los zapatos suspendidas en el aire. Mirando al abismo a los ojos. Dejando que el viento me despeinara. Viendo los vuelos en picado de las gaviotas. Contando borreguitos y adivinando la cadencia de las olas. Las tardes de invierno leyendo frente a la chimenea con una copa de vino tinto. Y las de verano... Las de verano esperando la noche en cualquier otro lugar. Llenándome de atardeceres. Llenándome de luz para ser, cada noche, una y otra vez, la linterna.

Una vez quise vivir en un faro. Es una vez eterna.
Está ahí. Todas las noches en las que me siento en la arena de la playa, abrazada a mis rodillas, buscando con los ojos, al sur, la luz. El guiño. La intermitencia. En mitad del paso de los Freus. En el islote de los Ahorcados. Uno de los destinos más peligrosos para los antiguos torreros. Donde varios empeñaron su vida por salvar las de los náufragos. Los faros calman. Sitúan. Te permiten volver a respirar. Te despiertan en mitad de la noche. En las madrugadas de niebla. Los zumbidos de su sirena se cuelan en tus sueños. Los llenan de mar. Y de sal.
Sigo queriendo vivir en un faro.

lunes, 26 de junio de 2017

'La regata', volver (leer) a casa


Hay algo en los libros de Manuel Vicent que es como volver (leer) a casa. Sobre todo en aquellos en los que el Mediterráneo (su Mediterráneo, mi Mediterráneo) está ahí, llenando las páginas de luz, de sal, de sensualidad, de carnalidad. Sus libros son como esa sensación que tengo al regresar a la orilla de este mar que me crió después de muchos días lejos de él.  En 'La regata', la última novela del escritor castellonense, apenas salimos del mar porque 'La regata' es, precisamente, eso, un recorrido en velero que parte desde la costa levantina y nos lleva por las aguas de Ibiza (Eivissa), Cabrera y Menorca para llegar a Alguer, en Cerdeña, y regresar de nuevo a puerto por el Oeste de Mallorca. Supongo que esto es un extra para quienes conocemos esas orillas. Reconocemos los escenarios, los amaneceres y ocasos, el frescor improvisado de una ventresca de atún sobre unos pimientos asados, el sabor de una copa de vino con los labios llenos aún de sal, el placer de nadar sin bikini, y al Mediterráneo cuando, a pesar de la imagen que mucho tienen de él, se pone corajudo en pleno verano.

Todo esto (escenarios, placeres, sabores, sustos...) lo descubrimos junto a los participantes en esta regata, una de tantas que organizan en verano los clubes náuticos, regatas no competitivas en las que los socios participan por el mero placer de navegar. Y en esos participantes está otro de los atractivos de esta novela. Arquetípicos. Reconocibles. Da igual los nombres con los que los ha bautizado Vicent, yo les he puesto otros. Nombres reales. De personas de verdad. Con las que me cruzo a veces. A las que conozco. Con las que he tratado por trabajo. Está el cirujano plástico que utiliza el ambiente del club para captar clientas. El corrupto al que le estalla un escándalo en mitad del mar. El periodista invitado que espera que las singladuras le traigan inspiración. La jovencita que se entiende con un hombre mayor. Las adolescentes que no llevan nada que no sea de marca y hablan como si tuvieran una pelota de ping-pong en la boca. El mecánico del club al que se la refanfinflan los millones de los socios. Una repeinada familia del Opus. El empresario, aparentemente un honesto padre de familia, que celebra con prostitutas de lujo el cierre de un buen negocio. Y bueno, aunque no zarpa del club, también está el financiero al que, en las primeras páginas de la novela, le sobreviene la muerte mientras disfruta de una sesión de sexo duro con su joven amante, una actriz que le tiene echado el ojo a su billetera. Entre los personajes y el escenario, la novela baila. Oscila. De la sensualidad y el lirismo del Mediterráneo a la comicidad de algunas de las situaciones. No es 'Son de mar', esa novela con la que me enamoré, muy jovencita, de la prosa de Manuel Vicent. No es 'Son de mar', pero es mediterránea, fresca, limpia, luminosa, salada, hedonista, sensual...

"Cerca del mar, en un valle donde florecen los limoneros, hay una casa solariega de gruesas paredes encaladas, porche de cuatro arcos y hondo zaguán, rodeada de varias hectáreas de tierras de labranza que ya nadie cultiva a la espera, tal vez, de que se conviertan en un magnífico solar recalificable en la próxima fiesta de la codicia".

Título: 'La regata'
Autor: Manuel Vicent
Editorial: Alfaguara
Páginas: 240
Precio: 18,90€
Procedencia: préstamo Marian

viernes, 23 de junio de 2017

'No llegarás a Cascamorras', asesinato en Baza


Lo importante que es tener buenos editores... Y buenos consejeros y lectores número cero que le digan a un autor, con cariño, lo que realmente les ha parecido una novela. Y qué pena da cuando una novela que podría ser medianamente decente queda arruinada por detalles que, fácilmente, podrían haberse cambiado, suprimido o mejorado. Creo que es lo que le ocurre a 'No llegarás a Cascamorras', de Antonio Francisco Martínez, una novela negra ambientada en Baza (Granada), el pueblo natal del autor, en cuya principal fiesta, el Cascamorras, aparece un cadáver envuelto en una tela manchada con pintadas de manos y con la leyenda que da título al libro. Precisamente que esté ambientado en su pueblo, un lugar que conoce a la perfección, es el principal problema. Hay demasiados datos y comentarios que no vienen a cuento y a los que no le veo más sentido que conseguir que esbocen una sonrisa propietarios de bares y restaurantes, de compañías de baile, de personajes de la localidad cuando se lean al pasar las páginas. Quizás a ellos les haga gracia, pero a mí, lectora ajena al pueblo, me han sobrado y me han interrumpido constantemente la lectura del libro. No es lo único que me ha molestado. Hay otra cosa, pero supongo que eso es algo en lo que pocos lectores se fijarán: las referencias a la prensa. Leía titulares y textos de supuestas informaciones periodísticas y mi mano derecha buscaba inconscientemente el bolígrafo rojo de las correcciones. No porque hubiera faltas de ortografía, sino por la redacción de esas piezas, a las que les hubiera dado la vuelta. Pero bueno, ya digo que eso es algo muy mío.

Por lo demás, la novela no está mal. No es un novelón, pero entretiene y uno de los personajes, una criminalista de la Guardia Civil que es la que finalmente descubre quién es el asesino (algo fácil de adivinar para el lector, ya que no hay muchos personajes en la historia), está bastante bien construido.

"En plena vorágine fiestera, junto a los emblemáticos Caños Dorados, la negra marea se paró, los gritos callaron, los relojes se detuvieron, los corazones dejaron de latir, el viento dejó de soplar, incluso la lluvia pareció dejar de caer. Fue como la imagen congelada de una película muda en blanco y negro. El trueno más estruendoso que recuerdan los viejos del lugar no pudo callar los gritos de pánico que siguieron cuando apareció el cuerpo".

Título: 'No llegarás a Cascamorras'
Autor: Antonio Francisco Martínez
Editorial: SoldeSol
Páginas: 232
Precio: 12€
Procedencia: regalo mamá

lunes, 19 de junio de 2017

'La biblioteca de los libros rechazados', vuelta atrás con Foenkinos


Definitivamente, mi relación con David Foenkinos está condenada a dar pasos adelante y pasos atrás. Me cuesta creer que el escritor de 'La delicadeza', que me gustó en un primer momento y que con el paso del tiempo dejó de hacerlo (por más premios y críticas buenísimas que consiguió), fuera el autor de 'Charlotte', un libro que me destrozó y me emocionó y me admiró, y ahora sea el padre de 'La biblioteca de los libros rechazados', que estaría más cerca de la primera que de la segunda. No me ha parecido un horror, ni mucho menos, es un libro divertido, de esos que se leen rápido (me duró poco más de un trayecto Liverpool-Ibiza), bien escrito y bastante previsible. Seguramente entraría en la categoría que mi amiga lectora Montse (prometo solemnemente no volver a recomendarte un libro de Pamuk) y yo definimos como "libros felices", aunque muy por los pelos, todo hay que decirlo. El principal problema que le he encontrado es el mismo por el que no me gustó 'La delicadeza': me caen mal, pero que muy mal, los protagonistas. Y no sólo ellos, también otros de los personajes. Empiezo a pensar que al escritor parisiense se le dan bien las historias, pero le cuesta dar vida a personajes con los que, al menos yo, pueda empatizar.

La idea de partida es divertida: una biblioteca en la que los escritores depositan los manuscritos que les han rechazado las editoriales y en la que una editora que parece tener olfato, Delphine, y su novio, Frédéric, un escritor fracasado, encuentran una novela fabulosa, 'Las últimas horas de una historia de amor', que ella decide publicar arropada en la singular historia de su descubrimiento. "Thriller literario", se autodefine esta novela en su propia contraportada. Algo grande le queda lo de thriller, creo. Porque sí, hay un misterio, toda una historia que descubrir. La historia del autor de esa novela, Henri, un pizzero fallecido que jamás había mostrado interés alguno por los libros, mucho menos por escribir, según aseguran su viuda y su hija. Y es ahí, casi al principio del libro, cuando cualquier lector un tanto avispado puede ya deducir el desenlace final de la novela, que se hace aún más evidente cuando un crítico literario caído en desgracia, que tiene la mosca detrás de la oreja con la rocambolesca historia de la novela (que es un bombazo editorial), decide investigar de verdad qué hay de verdad detrás del hallazgo del manuscrito. Y ahí tengo que romper una lanza por uno de los personajes de Foenkinos: el crítico, Jean-Michel, me gusta. Está bien trazado, lo ves, lo imaginas, y a pesar de que se supone que debería caer mal, curiosamente es el único que de verdad me gusta y me convence. En fin: un libro perfecto para una mañana de playa o piscina o un trayecto en avión. Entretiene, no te obliga a pensar, la trama es graciosa y el karma (yo prefiero llamarlo justicia poética) acaba haciendo acto de presencia, lo que es muy de agradecer y lo que me ha hecho darle vueltas a que, quizás, a Foenkinos tampoco le caen muy bien sus protagonistas.

"Jean-Pierre Gourvec estaba orgulloso del letrerito que podía leerse en la entrada de su biblioteca. Un aforismo de Coiran, irónico para un hombre que no había salido nunca, como quien dice, de su Bretaña natal: 'París es el lugar ideal para fracasar en la vida'."

Título: 'La biblioteca de los libros rechazados'
Autor: David Foenkinos
Traductoras: María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego
Editorial: Alfaguara
Páginas: 296
Precio: 18,90€
Procedencia: regalo familiar

miércoles, 14 de junio de 2017

Una Osa Mayor imperfecta


@Martatorresmol

Por las noches, cuando sopla viento del norte y mira al cielo, se acuerda de él. Él. El astrónomo aficionado. El hombre que de noche buscaba historias en la cúpula celeste y por las tardes, constelaciones en su piel. “Búscame a tauro”, le pedía ella, ofreciéndose sobre la cama. Y él, bizco de concentración, repasaba una y otra vez sus lunares. Los rozaba con la yema del índice derecho. “Alcíone, Aldebarán, Elnath...”. Llamaba a las estrellas. Sin éxito. “He encontrado la Osa Mayor”, la consolaba él, besando uno a uno aquellos seis lunares en la caída de su hombro. Una estrella. Un beso. “Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Alioth... Alkaid”. Gruñía. Volvía a intentarlo. “Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Alioth...”. Buscaba con los ojos. Con los besos. Con la yema del dedo. “Te falta Mizar”, susurraba. Y ella lo sabía. Sabía que, una vez más, él se perdería en la noche. Rumbo al norte. Buscando la constelación perfecta.

lunes, 12 de junio de 2017

'Ibiza, la isla de los ricos', esloras de infarto y champán de 1,7 millones de euros


Hubo una Ibiza (Eivissa, para mí) en cuyo puerto reinaban pailebotes del siglo XIX que los niños conocíamos como si fueran nuestra casa y silenciosos pescadores de mirada adusta que cosían sus redes. Es la Ibiza de mi yo niña. De cuando la felicidad era corretear por el muelle las soleadas mañanas de domingo con un helado de chocolate y limón en verano y un pastel en invierno. La llegada a la isla en barco, presidida por la estampa de la ciudad amurallada, era un momento casi sagrado. Hubo una Ibiza en la que lo único que se escuchaba en las playas era el mar, los gritos de los juegos infantiles y los graznidos de las gaviotas. Donde pedías, con los pies llenos de arena y el agua salada goteándote por la espalda, un frigurón en el chiringuito. Hubo una Ibiza (la hay, aún, pero los aborígenes guardamos esos rincones con celo) que nada tiene que ver con la del lujo, la de los ricos, la de los millonarios que la llenan durante los meses. Ésa es, precisamente, la Eivissa en la que se centra Joan Lluís Ferrer en 'Ibiza, la isla de los ricos', un reportaje extenso que se lee, se devora, más bien, en poco más de una hora después de la cual es imposible no quedarse ojiplática y con la cara congelada. Me ha pasado a mí, y eso que conozco bien la situación y las historias reales que explica Ferrer (ya os hablé aquí de 'Viaje al turismo basura', otro de sus libros), así que imagino cómo se quedarán aquellos que tenga sólo una ligera idea de esa Ibiza de lujo que últimamente tanto se ve en los programas de televisión. Lo mejor de este libro es, sin duda, que huye de todo sensacionalismo. Quizás alguno crea que el autor exagera, pero doy fe de que no es así. Podría haber exagerado, pero es que no hace falta.

Por el libro, estructurado en seis capítulos (Esloras de infarto: los yates; Lujo por los aires: los jets; Comer a cuerpo de rey: los restaurantes; De suite en suite: los hoteles; Exhibirse al sol: las playas, y La fiesta: discotecas y casas), desfilan todo tipo de personajes famosos: Paris Hilton y su desmedido sueldo como discjockey; la baronesa Thyssen, que recibió a bordo del 'Mata Mua' a los inspectores de Hacienda; Puff Daddy, que se quedó colgado en tierra con sus amigos después de que destrozaran el interior del megayate de lujo que habían alquilado para sus vacaciones; Naomi Campbell y su fiesta de cumpleaños con miles de invitados; Stefano Gabbana y su afición de vestir a la tripulación con los disfraces más absurdos... Además de millonarios anónimos que no dudan en pagar decenas de miles de euros por una botella de champán, por una cama balinesa para una mañana de playa o que no tienen reparos en utilizar su jet privado para, por ejemplo, que uno de sus empelados se desplace a cualquier punto del planeta para recoger un vestido que tienen el capricho de ponerse, la laca del pelo que olvidaron en casa o para que vuele hasta ellos su adorada mascota, a la que echan de menos. Parte importante del libro lo ocupan los jeques árabes, algunos de ellos bien conocidos por los lugareños, con los que les gusta mezclarse. Esa afición por pasar desapercibidos que les lleva a tomarse un helado en el negocio familiar que ha congregado a generaciones de ibicencos contrasta con la ostentación de la que hacen gala en otros aspectos: 67 coches de alta gama para su séquito que se lavan cada día aunque no los hayan utilizado o yates de cien metros de eslora que utilizan sólo para llevar a las jóvenes que renuevan cada semana y que sólo llaman a su barco cuando sienten la necesidad de desahogarse, entre otras excentricidades. Una isla que presume de acoger el restaurante más caro del mundo (1.502 euros por menú y persona), no el mejor, sino el más caro, o donde se ha vendido la botella de champán más cara del planeta: 1,7 millones de euros.

Como bien recuerda Joan Lluís Ferrer en el epílogo, en esta misma isla Cáritas da de comer cada día a más de cien personas sin recursos en un comedor que se encuentra a escasos 200 metros del lugar en el que atracan los megayates.

"El puerto de Ibiza ha dejado de ser un puerto para convertirse en un show. En los muelles ya no hay pasajeros normales, ni se ven familias reencontrándose al descargar las maletas, ni abrazos tras el regreso. Hoy, los andenes se han convertido en un escaparate de ostentación para millonarios, en una exhibición permanente de lujo exagerado, en la que magnates, artistas y también delincuentes de alto nivel compiten por ver quién tiene el yate más descomunal, más caro y más recargado de riquezas."

Título: 'Ibiza, la isla de los ricos'
Autor: Joan lluís Ferrer
Editorial: UOC
Colección: Reportajes 360º
Páginas: 136
Precio: 12€
Procedencia: comprado

miércoles, 7 de junio de 2017

'Voces de Chernóbil', si duele leerlo...


No sé si habrá alguien que sea capaz de leer de un tirón, sin pararse a respirar, 'Voces de Chernóbil', de la Premio Nobel de Literatura de 2015 Svetlana Alexiévich. De hecho, si hay alguien capaz de leer este libro (por qué me parece que esa palabra se le queda pequeña...) de un tirón seguramente pensaría que lo ha leído sin entender o que no tiene empatía ni sentimientos. Y no tengo claro cuál de las opciones me gusta menos. Yo he tenido que parar en tres ocasiones, dejar mi edición de bolsillo reposando unos días sobre la mesilla de noche y volver después de lecturas menos contundentes. Si duele leerlo no quiero ni pensar en lo que le tuvo que doler a la periodista escribirlo.

'Voces de Chernóbil' es, precisamente, eso: voces de Chernóbil. Los relatos de los supervivientes. Las historias de aquellos a los que el gobierno silenció. Los recuerdos y sensaciones de los que tuvieron la suerte o la desgracia de que el accidente en la central nuclear de esta localidad bielorrusa  el 26 de abril de 1986 no se los llevara por delante. Más de 40 monólogos (porque eso es lo que hace Alexiévich, meterse en la cabeza de sus entrevistados y hablar por sus bocas) en los que hablan las mujeres de los primeros bomberos que acudieron a la zona cero, niños con malformaciones nacidos décadas después, científicos que acudieron a estudiar la zona y a sus habitantes, personas que se negaron a abandonar su pueblo contaminado, padres que vieron morir a sus hijos, pequeños a los que trataban como apestados cuando conseguían escapar de la contaminación, familias que huyeron de allí con más miedo del que le habían tenido a la guerra, soldados a los que el gobierno engañó para que fueran a Chernóbil, operarios que limpiaron la central soñando en todo lo que comprarían con el sueldo desorbitado que les ofrecían mientras ignoraban que se estaban matando, mujeres que muchos años después siguen temiendo quedarse embarazadas, profesores que describieron el paisaje de Chernóbil como el de una pesadilla, fotógrafos que fueron incapaces de captar imágenes en color de un paisaje tan gris, cazadores y pescadores que tuvieron que acabar con todo animal que encontraron en la zona, médicos rurales incapaces de olvidar los datos exactos de la radiación de sus pacientes...

Sin la primera persona leer este libro no sería lo mismo. Consigue que puedas oír a esas personas. Tener la sensación de que te están hablando a ti. Que te están contando sus historias. Sus recuerdos. Sus miedos. Sus pequeñas ilusiones. Sus vidas. Sus casas. Sus vergüenzas. Sus vivos. Y sus muertos. Cada monólogo tiene su propio tono. Su propia voz. Su propia personalidad. Ése es el gran mérito de la periodista bielorrusa. Que siendo ella la artífice de todo (de las conversaciones, de las preguntas, de los años de investigación...) no la oigas más allá del prólogo, en el que explica de forma breve y concisa qué ocurrió el 26 de abril de 1986 en la central nuclear y sus consecuencias, y del epílogo, en el que habla de cómo el reactor sellado, el sarcófago, se ha convertido en un atractivo turístico. un epílogo que consigue que el libro (insisto, qué pequeña se le queda esta palabra a pesar de ser tan grande) te golpee de nuevo. Con la misma fuerza que en las primeras páginas, ésas en las que Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko, recuerda el ruido en mitad de la noche, los gritos, y cómo su marido, antes de salir de casa por última vez, le dijo que cerrara las ventanas y se acostara, que él volvería pronto. Recuerda que no volvió, que se lo llevaron a un hospital de Moscú, a donde fue a buscar al hombre con el que acababa de casarse y donde ocultó su embarazo para que la dejaran pasar a verle. Recuerda la agonía. Cómo se fue desintegrando. Cómo se iban muriendo sus compañeros. Cómo en quince días se fueron todos. Cómo enterró a su marido... Es sólo el primer monólogo. Hay 42 más.

"No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. el hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal."

Título: 'Voces de Chernóbil. Crónica del futuro'
Autora: svetlana Alexiévich
Traductor: Ricardo San Vicente
Editorial: DeBolsillo
Páginas: 408
Precio: 11,95€
Procedencia: regalo mamá

jueves, 25 de mayo de 2017

'Heridas abiertas', una novela negra más


Cuando a Camille, reportera de sucesos de un diario con pocos lectores de Chicago, su jefe le propone viajar a Wind Gap para investigar el asesinato de dos adolescentes, no es consciente de lo que le está pidiendo. Camille se pone en tensión. No quiere hacerlo. No quiere volver a Wind Gap, su pueblo, el lugar en el que vive aún su madre, una mujer fría de la que huyó poco después de que su hermana Marian falleciera tras una larga e intermitente enfermedad. No quiere hacerlo, pero lo hace. Es su jefe. Es su historia. Es su trabajo. (Salvando las distancias, cuántas veces los periodistas tenemos que tragarnos los miedos, las vergüenzas, las emociones y todo lo que sentimos cuando el jefe nos envía a cubrir algunos temas). Es curioso. Precisamente este libro llegó a mis manos en un momento de esos. Después de un trabajo de los que te dan más dolores de cabeza que compensaciones. Me apasiona mi oficio, lo amo, lo disfruto, pero como todo amor verdadero tiene sus días. Así que en plena huida a Formentera (isleña refugiándome en otra isla) una buena amiga me lo plantó en las manos. Lectura rápida con suficientes páginas para pasarme día y medio sin pensar mucho. Y sí. Ahí, en el momento exacto en el que Camille llega a Wind Gap (con una noche de motel de por medio, para hacerse a la idea), empieza el angustiante thriller 'Heridas abiertas', de Gillian Flynn. A partir de ese momento es imposible parar de leer (bueno, sí, para lanzarse de cabeza desde el barco a las aguas turquesas de Cala Saona) porque quieres, necesitas, saber más. No sólo de los asesinatos de las pequeñas Ann y Nathalie, sino sobre todo de la relación de Camille con su madre, Adora, y su hermanastra adolescente, Amma. Una relación viciada, difícil, nociva, que hace que afloren de nuevo en Camille todos los problemas y traumas del pasado, heridas marcadas en su piel. Mientras la periodista intenta descubrir quién se llevó a las adolescentes asesinadas, las cuidó como muñecas y las mató luego para arrancarles los dientes uno a uno, el pueblo se la va comiendo. El regreso a Wind Gap implicará mucho más que descubrir al asesino de Ann y Nathalie. Implicará descubrir verdades de su pasado, el origen de esas heridas que chillan palabras desde su piel. Un regreso del que es imposible apartarse hasta llegar a la última palabra. Y a pesar de eso, de que se lee fácil y atrapa como corresponde a toda novela negra, no entiendo el éxito de Flynn, como tampoco entendí el del best seller 'La chica del tren'.

"Mi madre asistió a un funeral vestida de azul. El negro era desolador y cualquier otro color era indecente. También vistió de azul en el entierro de Marian, al igual que la propia Marian. Le sorprendió mucho que no me acordara de eso. Yo recordaba que habían enterrado a Marian con  un vestido color rosa claro. Pero no era ninguna sorpresa: mi madre y yo no solemos coincidor en nada que tenga que ver con mi hermana muerta".

Título: 'Heridas abiertas'
Autora: Gillian Flynn
Editorial: Penguin Random House Mondadori
Páginas: 312
Precio: gratis con una revista
Procedencia: préstamo amiga

martes, 23 de mayo de 2017

Maya Hansen: "Ponerse un corsé depende de la actitud de la mujer, no de su cuerpo"





Quienes me conocen bien saben que uno de mis pequeños sueños factibles es tener, algún día, un corsé de Maya Hansen. Me enamoré de ellos desde la primera vez que los vi. Me gustó su delicadeza, su estilo clásico, los materiales nobles... Y me gustó aún más saber que todos ellos se realizan en un taller, de forma artesanal. Un espacio al que vas, escoges, te toman las medidas... Me encandiló pensar en que antes de la liturgia de ponerte ese corsé (porque sí, abrocharse los corchetes y ajustar luego las cintas es toda una liturgia)  había otra liturgia: la de su confección. Hace unos días este amado oficio mío me brindó la posibilidad de entrevistar a la diseñadora. Sólo lamento que, cosas del tiempo, se quedaran algunas buenas preguntas en el tintero.

(Hay quien denosta el corsé. Que lo considera una prenda machista o que cosifica a la mujer. No creo que sea así. Toda mujer es libre de vestir como quiera y como le guste sin tener que darle vueltas a lo que van a pensar los demás. Es una prenda muy especial. Cada mujer tendrá sus propias sensaciones. A mí, entre otras cosas, me hace sentir Wonder Woman).

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

Maya Hansen no ha olvidado la sensación de la primera vez que se probó un corsé. Fue en una tienda de «corsés de verdad» en Berlín. Está convencida de que ese momento marcó su posterior carrera. Hansen se graduó con matrícula de honor en el Centro Superior de Diseño de Moda de Madrid. Mostró sus colecciones durante tres años en EGO, la hermana pequeña de la pasarela Cibeles, donde debutó en 2011. Su popularidad, desde entonces, no ha dejado de crecer. A pesar de esto, la diseñadora tiene algunas cosas muy claras: que no va a pasarse al p rêt-à-porter y que quiere seguir mimando cada detalle de sus prendas.

Hace unos años dijo: «Si no hay corsé no hay Maya Hansen». ¿Lo mantiene?
Creo que sí. Lo estoy demostrando. A pesar de que en las últimas colecciones incluyo vestidos lápiz, vestidos muy estructurados y otro tipo de prendas, siempre mantengo, entre los 20 ó 25 looks de cada desfile, varios corsés. Lo hago porque pienso que abandonar nuestra seña de identidad, que es lo que ha hecho que la gente nos conozca, no sería muy inteligente. Por otra parte, lógicamente, cualquier diseñador evoluciona partiendo de la base, de las estructuras. Puede haber prendas que no son corsés, pero los patrones están muy trabajados, tienen formas arquitectónicas, con muchos cortes y con un patronaje similar. Así que sí, mantengo esa afirmación de que si no hay corsé no hay Maya Hansen.

Con lo de las formas arquitectónicas se me ha adelantado a la pregunta: ¿Cuánto hay de arquitectura a la hora de concebir el patrón de un corsé?
Los corsés son de las prendas más complejas que hay dentro del mundo de la confección debido a la cantidad de piezas que llevan por dentro y a su construcción... Precisamente, en mi última colección, para la que me he basado en el constructivismo ruso, he trabajado junto a tres arquitectos: Jesús San Vicente, que es quien hizo la instalación de la pasarela en la Mercedes Benz de Madrid, y luego he tenido dos ayudantes que son arquitectas. Con ellas hemos pasado mis dibujos a un programa que se usa normalmente en arquitectura para el diseño de piezas. Hemos cortado las piezas que forman las prendas con corte láser. He estado buscando muchísima gente para trabajar. Soy bastante exigente con mi equipo porque me gusta que las prendas sean impecables. Para mi sorpresa, la conexión con las arquitectas ha sido inmediata y, sin embargo, gente que se dedica a la confección o a la costura desde hace más de veinte años no me entiende o no comprende mis patrones como lo hace un arquitecto. Eso me ha dejado un poco descolocada, la verdad. Pero bueno, si lo que tengo que hacer es trabajar con gente de fuera del mundo de la moda, mientras la encuentre, encantada.

Se hizo famosa con los corsés, pero cada vez en sus colecciones hay muchas otras prendas. ¿Era un paso lógico al participar en pasarelas importantes?
Claro. Nosotros somos diseñadores, no somos gente que hace vestuario histórico. El corsé es una pieza de los siglos XVII y XVIII que, queramos o no, tiene unas connotaciones. Se ha utilizado en teatro y en cine. Siempre estás investigando el patronaje de la época, pero lógicamente así como avanzas en las colecciones vas evolucionando. También vas creciendo, madurando. Tanto tú como diseñadora como tus clientas, las que empezaron contigo. Van cumpliendo años, las ves evolucionar y te piden otro tipo de prendas. La moda se renueva cada mes, prácticamente, y tenemos que estar atentos a eso. Independientemente del ADN que tengamos tenemos que estar muy bien informados del sector al que pertenecemos. Puedes ir por libre y decir «yo hago este tipo de prendas que es lo que más vendo», pero a la hora de desfilar en una pasarela tienes una responsabilidad muy grande, debes aportar algo nuevo, una visión diferente. Hay mucha gente que querría estar en tu lugar y sólo somos 35, creo, los privilegiados que estamos ahí. Es un honor y si no aportas nada nuevo la gente, que es exigente, lo nota. Intentamos que en cada colección se aprecie que hay una nueva visión. Ahora, por ejemplo, estoy haciendo lo que llamo comfy corsets [corsés cómodos], suaves, con cremallera...
¿Cremallera?
Sí. Si me hubieras hecho esta entrevista hace unos años y me hubieras preguntado si he añadido alguna vez una cremallera a un corsé, te hubiera dicho que eso sería estar en la antítesis de lo que hago.
¿Entonces?
Hoy por hoy tengo muchas clientas de Arabia Saudí y de otros países árabes que me dicen que les parece muy bonito el tema del corsé, pero muchas de ellas se quieren vestir solas o no tienen tiempo. Quieren vestirse en cinco minutos sin estar pendientes de sus maridos o de alguien que les ayude a abrocharse el corsé. Las escuchas y al final valoras lo que te sugieren. (seguir leyendo)

sábado, 20 de mayo de 2017

Así empieza la manada (trece energúmenos)


 
@Martatorresmol
Las diez de la mañana del sábado. Zombi. Salí de la redacción pasadas las dos de la madrugada y enfilo de nuevo el camino hacia allí. Sólo quiero un café. En mi bar de las mañanas. Un bar de parroquia básicamente masculina. Trabajadores. De todas las edades y condición. De veinteañeros a octogenarios. De pantalón manchado de mil tonos de pintura a traje caro y corbata de seda . Todos educados. Respetuosos. Siempre. Nunca me he sentido atacada. Nunca he tenido la sensación de ser un trozo de carne. De vez en cuando hay alguna mirada que va más allá, pero nada que me haga sentir molesta. Me tratan como a una reina. Es casi mi casa. Hasta hoy.

Trece energúmenos (me niego a llamarles hombres) sentados en al terraza me jalean al pasar. Gritan. Aplauden. Hacen sonar la bocina de un megáfono. Despliegan verbalmente todo un catálogo de obscenidades. Son trece y están de despedida de soltero, según deduzco por sus camisetas. En la mesa hay varias botellas (hierbas y whisky) ya vacías y un número incontable de vasos de tubo. Me enciendo (en el peor sentido del verbo), me quito las gafas de sol y les miro, seria, antes de seguir hacia el interior del bar. Se callan. Pero sólo dura unos segundos, luego siguen con los gritos, los jaleos y la bocina. Conmigo. Y con todas las mujeres que pasan por la calle. Algún cafre aún dirá que deberíamos sentirnos halagadas. ¡Trece hombres jaleándonos! ¡Trece hombres jóvenes piropeándonos! ¡Trece hombres deseándonos! Quien diga eso no entiende absolutamente nada. Da igual si somos Beyoncé o la hermana fea de los Calatrava. Eso no importa. Somos mujeres y sólo por eso trece bestias hasta arriba de alcohol se sienten con derecho sobre nosotras. Sienten que tienen derecho a pensar en nuestro cuerpo como si fuera suyo. De cada uno de ellos y de todos a la vez. Un juguete. Una diversión. No se les pasa por la cabeza que no lo queramos, que nos ofenda, que nos haga pasar vergüenza o sentirnos, en cierta manera, violadas. Se sienten arropados. Protegidos en su nube de testosterona desatada. Nos jalean. Y, lo que es peor y más peligroso, se jalean. En ese momento, si a alguno se le ocurre ir más allá, dejar el megáfono y los gritos para pasar a las manos, hay muchas probabilidades de que los demás le sigan. Que no acepten un no por respuesta. Y si es de noche, no hay nadie cerca y estás sola contra trece armarios... Así empieza la manada.



martes, 16 de mayo de 2017

Me criaron en una redacción de las que ya no existen


@Martatorresmol

Me criaron, (sí, porque en este oficio, cuando las cosas se hacen bien, te crían) en una redacción de las que ya han desaparecido. En la que las cabezas de los periodistas sobresalían en la eterna niebla de tabaco. Donde los teléfonos sonaban sin descanso hasta bien entrada la noche. En la que todos sabíamos en qué armario había siempre una botella de whisky. Y otra de ginebra. Para madrugadas largas, momentos difíciles, esperas en compañía. Una redacción en la que, temerariamente confiados, me arrojaron a la calle, a la gente, a los políticos, a las personas desesperadas, a kilómetros de carretera, a un sinfín de pasos, a pleno sol y a lluvias inclementes, a niños traviesos, a puertas cerradas y a gorilas. Una redacción en la que la libreta y el bolígrafo (pierdo la cuenta de los que llevo en el bolso) eran imprescindibles y la grabadora, si se utilizaba, era un simple apoyo; donde captar la esencia era más importante que la literalidad; donde los políticos se te enfrentaban, no se escondían detrás de responsables de comunicación. Una readacción en la que vivíamos pendientes de la información, de los temas, de la forma de contarlos, no de los clicks. Incluso de la palabra exacta, no de la más SEO. Ahogados, pero con tiempo. Tiempo para reflexionar. Tiempo para escribir. Tiempo para ir al bar a tomar un café.

Una redacción en la que aprendías de los que estaban a punto de jubilarse. Aprendías maneras. Aprendías que el 'off the record' es sagrado. Aprendías que, si era necesario, habías de esperar en el portal de casa de un político cuando éste no te contestaba al teléfono. Aprendías la importancia de llevarte bien con las secretarias. Que invertir tiempo personal con las fuentes ahorra luego horas laborales y facilita las llamadas a deshoras para temas nada agradables. Que a los cargos públicos hay que buscarles las cosquillas y no dorarles la píldora, porque para eso ya les sobra gente y porque te debes a quienes te leen. Aprendías que un café se le acepta a cualquiera, pero que hay que decir que no a ciertas cenas, regalos e, incluso, ofrecimientos aparentemente inocentes. Aprendías a no aceptar un no por respuesta, a no contentarte con una declaración complaciente, a entender entre líneas para hacer después la pregunta justa. A desentrañar silencios. A que hay que estar más pendiente de lo que no se dice que de lo que se dice. Aprendías a leer. A periodistas viejos. Y muertos. A los grandes. A los de cada día. A los pequeños. A los famosos. A los desconocidos. Aprendías que al poder hay que serle siempre incómodo y que el cariño y la dulzura hay que reservarlos para aquellos que vienen a contarte historias valiosas: para las señoras centenarias que te abren su vida, para los padres que sollozan porque a su hijo discapacitado no le facilitan los recursos a los que tiene derecho, para los enfermos que gastan sus últimas energías en denunciar carencias... Aprendías que el halago de un político debe sentarte siempre como una patada en el estómago y que las cosas que consiguieras cambiar con tu insistencia y tus páginas serían tus únicos galones. Que la honestidad era un valor que debías tatuarte cada día y que por muchas caras que tenga la verdad debes intentar dar voz a todas ellas. Intento transmitir eso a las nuevas generaciones que, de vez en cuando, asoman la nariz por la redacción. Lo intento aunque sé que es una batalla perdida. La mayoría prefieren estar delante de Facebook y Twitter que salir a la calle. Dicen que sí encantados a entrevistas por correo electrónico (ni siquiera por teléfono) porque entonces sólo tienen que cortar y pegar. Están tan pendientes de la grabadora que se pierden los detalles. No redactan, enlazan declaraciones. Se fían más de wikipedia que de lo que han visto con sus propios ojos. Una batalla perdida que vale la pena mantener por las escasas excepciones con las que te topas.

Me crié en una redacción que a ratos, cuando me pongo a pensar, echo de menos. Una redacción caótica. Sin móviles. Sin redes sociales. Una redacción en la que valían las notas de la libreta, no las grabaciones. Una redacción en la que todos tenían claro lo que eran: periodistas. Y que estaban allí por un único motivo: hacer periodismo.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...