jueves, 14 de diciembre de 2017

'Más allá del olvido', el recuerdo


@martatorresmol

Hay instantes, momentos, encuentros, da igual si muy cortos o medio largos, que se nos enquistan. Se nos meten dentro. No importa los años que pasen, siguen ahí, como si hubieran sido ayer. Y seguirán. Instantes, momentos, que nos persiguen. Que nos vuelven del revés de vez en cuando, justo cuando estamos más tranquilos, pensando que ya se han quedado atrás. Es entonces cuando nos asaltan, cuando vuelven, cuando, ayudados por el destino, juegan con nosotros. Y eso, un instante juguetón y travieso, es 'Más allá del olvido', del premio Nobel Patrick Modiano.

El instante, un instante de varias semanas, ocurre en París. En un París que imaginamos en blanco y negro. Un joven y pacato aspirante a escritor que malvive en una pensión y vendiendo libros conoce en un bohemio barrio a una pareja. Ella es Jacqueline, de la que queda embelesado, una joven que a pesar del frío del invierno en París lleva siempre una cazadora de piel demasiado fina y que sueña con vivir en Mallorca. Él es Gérard van Bever, un adicto al juego que parece ignorar la afición al éter de su chica. Algo en esa pareja, algo que intuimos pero que no sabemos exactamente qué es, le engancha. Desea estar con ellos, saber más de su vida, de su relación, qué hacen... Nunca sabe cuándo se verán. Ni siquiera cuando su relación con Jacqueline se hace más intensa y se ve metido, por gusto, por satisfacer los deseos de la chica que sueña con vivir en Mallorca, en un robo. Él les espera, les busca, les aguarda, pero nunca sabe cuándo aparecerán. Ni en qué estado. Ni si aparecerán. Ni, tampoco, en qué momento desaparecerán. O volverán a aparecer.

Modiano es parco, tacaño. Nos da los datos justos. No desperdicia ni una sola palabra. Hay que completar cada escena, cada frase, cada pensamiento de los protagonistas. Modiano sugiere. Expone. Te toca a ti hilvanar. Rellenar los huecos que dejan esos personajes raros y misteriosos, casi descarnados de sentimientos y emociones, que se le da tan bien tejer al Nobel francés. Él es avaro para que tu cerebro no lo sea. Para que le des vueltas a qué pasó con los años. Qué sentían de verdad los personajes. Si en algún momento se olvidaron de aquel instante. O los unos de los otros. O si le dieron la vuelta al olvido. Para que te plantees que, quizás, más allá del olvido está, de nuevo, el recuerdo.

"Ella era de estatura media, y él, Gérard van Bever, ligeramente más bajo. La tarde de nuestro primer encuentro, aquel invierno de hace treinta años, yo los había acompañado hasta un hotel del Quai de la Tournelle y luego me habían hecho pasar a su habitación. Dos camas, una cerca de la puerta, la otra bajo la ventana. La ventana no daba al muelle, creo que se trataba de una buhardilla".

Título: 'Más allá del olvido'
Autor: Patrick Modiano
Traductora: María Fasce
Editorial: Alfaguara
Páginas: 168
Precio: 16€
Procedencia: biblioteca

viernes, 8 de diciembre de 2017

La India (II): la "lágrima de mármol"


Fotos: Marta Torres Molina


La India
27 de diciembre de 2010.

Agra.

La niña con nombre de flor y la que se guarda las chocolatinas para más tarde quedan atrás. Sólo faltan unos kilómetros hasta Agra, pero unos kilómetros en la India pueden ser una eternidad. El sol está casi de retirada cuando los campos salpicados de saris de colores ceden espacio a calles abarrotadas y caóticas en las que peatones, motocicletas (ya sabéis, tres), dromedarios, camiones, rickshaws y vacas encuentran, milagrosamente, su camino. Algo parecido nos ocurre a nosotros. Tardamos casi una hora en llegar a la entrada de la zona de circulación restringida que rodea el Taj Mahal. Sabedores del valor del mausoleo, de cómo la contaminación mancha el blanco mármol que lo recubre, los vehículos no eléctricos están prohibidos a su alrededor.



Llegamos a la entrada principal. Frente a la que se agolpan centenares de personas. Estamos ya en la cola cuando alguien nos saca de ella y nos conduce a otra mucho menos concurrida en la que sólo vemos occidentales. Frunzo el ceño. Algo en esta separación me disgusta. Pero uno de nuestros anfitriones me explica que es por el precio de la entrada. El acceso es gratuito para los indios, ya que la mezquita del recinto aún se utiliza. Los turistas, en cambio, pagan. Aguardamos en el césped a que ellos consiguen atravesar el mar de gente, algo que logran en un tiempo de récord. Les vemos señalándonos y, sorprendentemente, les van dejando pasar. La hospitalidad india... Ningún indio concibe dejar a sus invitados mucho tiempo abandonados a su suerte. Ahí está el truco. Caminamos por el césped hasta el edificio rojo que precede al jardín en el que se ubica la famosa tumba Mumtaz Mahal. He visto esa estampa miles de veces. Ese arco tras el que aparece el que seguramente es el edificio más famoso de India. He soñado tantas veces estar aquí...



Me dejo guiar por la multitud que atraviesa el oscuro pasillo. Y ahí está... Esa cúpula blanca recortada en el cielo. Noto la presión de la gente. Los empujones. Y, aunque debe haber un murmullo ensordecedor, no lo escucho. No sé cuánto tiempo permanezco ahí, en ese pasillo, dejando que la gente resbale por mi lado, con la mirada fija en esa tumba con la que sueño desde que era niña. Recuerdo que apenas tenía doce o trece años cuando entré en una agencia de viajes y pedí todos los folletos de la India que tuvieran. Se ríeron, pero me los dieron. Llegué a casa con una decena de ellos. Los leí. Los releí. Me aprendí los textos de memoria. Soñaba con el Taj Mahal. Con estar algún día donde estoy ahora. Por eso me quedó ahí. Parada. Detenida. Disfrutando.



Hasta que vienen por mí. El sol está a punto de ponerse. El guía nos espera. Hay mucha gente. Y no podemos demorarnos más que unos minutos junto al canal en el que se refleja el Taj Mahal. El susurro del agua se mezcla con las conversaciones de los visitantes y los disparos de las cámaras. El paseo por el jardín es una delicia. Los hibiscos rojos, el verde omnipresente hacen que la muestra de amor /y de poder) del emperador mogol Sha Jahan destaque aún más. En un rincón tranquilo, apartado de los ríos de gente, el guía, un indio que chapurrea algo de castellano, palabras que mezcla con el inglés, explica la historia del impresionante monumento que el premio Nobel de literatura Rabindranath Tagore definió como "una lágrima de mármol detenida en la mejilla del tiempo".



Mumtaz Mahal ("la joya de palacio") se llamaba, en realidad, Arjumand Banu Begam y, al parecer, el emperador se quedó prendado de su mirada. "Intensa y dulce. La mirada de una mujer con carácter, como la de la bonita lady rubia", explica el guía, señalándome. La lady rubia (cuántas veces me arrepentiré en este viaje de haber vuelto a mi rubio después de años tiñéndome de morena), o sea, yo, explota en una carcajada. En todos los grupos debe haber una "bonita lady" con la mirada de Mumtaz Mahal. La joven se convirtió, cuando rondaba la veintena, en la cuarta esposa del emperador mogol. La cuarta y la única, en realidad. Porque aunque él tuviera otras tres, desde que Mumtaz Mahal entró en su vida únicamente eran sus esposas sobre el papel. El emperador se enamoró perdidamente de ella, a pesar de que era una mujer con carácter, algo que (pronto lo descubriré) no es especialmente valorado en la India. Mumtaz Mahal murió el 17 de junio de 1631, en el parto de su décimocuarto hijo. Acompañó al emperador en todas sus campañas militares, a pesar de sus embarazos. Fue en una de ellas, en Burhanpur, donde encontró la muerte, dejando a su marido sumido en una profunda depresión que le mantuvo un año apartado del mundo. Tras ese año, vestido de luto, canoso y encorvado, acabó la campaña militar de Burhanpur, exhumó el cuerpo de su esposa y lo trasladó, en un ataúd de oro, a Agra, que enterró en un pequeño edificio junto al río Yamuna, junto al que empezó a planificar la construcción del mausoleo de su adorada esposa, que tardó 22 años en estar acabado. La tumba más bella del mundo. 



Cuando acaba de explicar la romántica historia el guía habla. Gesticula. Hilvana fechas. Nunca me interesaron las fechas, prefiero las historias. Pero, como pronto descubriré, las fechas son básicas para los guías de este país. Son casi una competición. El que más fechas sabe, mejor guía es. O eso creen. Cualquiera hoy en día puede encontrar la mayoría de los datos con un par de clics, pero nada puede sustituir la magia de la palabra, de alguien que te cuenta una historia, de una voz. Acabada la historia de Mumtaz Mahal y el emperador, a la tercera fecha, desconecto. Apenas le miro. El mármol cambia de color a cada segundo. El sol, que roza ya el horizonte, juega con él transformándolo, cubriéndolo de reflejos y matices. La vista se me pierde en el hormigueo de gente que corre del mausoleo a la mezquita, donde está a punto de comenzar la oración.



Es entonces cuando el lugar parece más mágico. Está casi en silencio. Se han apagado ya las fuentes. Apenas se oye el murmullo de los últimos turistas, que, a las puertas del mausoleo, se dan codazos para ver la puerta de la tumba de la cuarta esposa del emperador, y el sonido casi monocorde de la oración se adueña de la pequeña plaza que queda entre el monumento y la mezquita. Me asomo al mirador. Da al Yamuna, el río que recorre Agra. Una ligera bruma difumina el horizonte y da un aspecto fantasmal a la superficie del agua. Sólo cuando los fieles salen de la mezquita me doy cuenta del tiempo que llevo asomada a ese balcón que mira al norte. Es casi de noche y no hay ni una sola luz en todo el recinto, que cruzo a oscuras. Antes de volver a cruzar el edificio de la entrada orientada al sur echo la vista atrás. A pesar de la oscuridad, la cúpula y los alminares blancos del edificio destacan en la noche.



Es entonces, de vuelva al ruido y la marea de gente de las calles de la India, cuando soy consciente de dónde he estado. Debo sonreír, porque en el camino de regreso al aparcamiento recuerdo gente sonriéndome. En la India funciona así, si sonríes, te sonríen. Comemos en el microbús algo que alguien se ha preocupado de ir a buscar a algún hotel cercano. Sentados en esos  asientos con tapetes de ganchillo el cansancio nos sale en forma de risa tonta que apenas podemos contener en el lujoso hotel en el que paramos unas horas, a tomar un chai, para hacer tiempo a que sea la hora de tomar el tren a Bhopal. El té (y los primeros lavabos decentes desde que partimos de Delhi) nos calman. Cuando conseguimos dejar de reír, uno de nuestros anfitriones nos explica un poco cómo será el día de mañana. Nos prepara, en cierta forma, para los primeros actos de la boda de Kapil y Manisha. Cuando lleguemos a Indore, a mediodía, no tendremos ni un segundo para respirar porque, entre otras cosas, aún hay que comprar las kurtas. ¿Kurtas? ¿No saris? Reconozco que me llevo una pequeña decepción. Quería llevar un sari. La desilusión se me nota en la cara. Soy demasiado transparente. Me explican que, no acostumbradas a llevar saris, han pensado que iremos más cómodas con las kurtas, una especie de vestido acampanado y llamativo por las rodillas con unas mallas a juego. Esos son los planes, pero algo me dice que la India me va a mimar también en eso. Es casi medianoche cuando llegamos a la estación de tren. Para llegar al andén tenemos que caminar con cuidado para no pisar a ninguna de las centenares de personas que duermen en la estación. Son muchísimas. Y tienen poco más que una esterilla sobre la que esperar a que salga el sol para convertirse, de nuevo, en deambulantes. Los andenes, donde el olor es fuerte y desagradable, están algo más tranquilos. Muchas mujeres aguardan con enormes hatos. suben a los trenes en grupo, chillándose unas a otras para meterse prisa. No se vayan a quedar. Entre tren y tren adultos y niños bajan a las vías a hacer sus necesidades. De ahí el olor. Algunos vagones llevan gente sobre el techo. Siempre se venden más billetes que plazas y, además, hay quien se cuela. Nuestro tren se retrasa. Algo habitual en un país en el que los horarios de todo son orientativos. Aún no lo sabemos, pero dentro de un par de días, antes de cerrar cada cita preguntaremos "¿horario occidental o indio?". Pasa bastante de la medianoche cuando, por las vías, se acerca nuestro tren a Bhopal.




miércoles, 6 de diciembre de 2017

'Ofrenda a la tormenta', cerrar el círculo en Baztán


Podría haber leído la trilogía de Baztán, de Dolores Redondo, de un tirón. Es como lo han hecho muchos lectores que conozco y es como me cuentan en mi biblioteca que lo han hecho la mayoría de quienes se los han llevado a casa. Lo entiendo, es lo que te pide el cuerpo. Es lo que deseé hacer cuando acabé 'El guardián invisible' y cuando leí la última frase de 'Legado en los huesos'. Pero no lo hice. No lo hago nunca. No me gusta estar atada y tengo la sensación de que series, sagas, trilogías, pentalogías y otras cadenas me secuestran como lectora. Así que no. Después de los crímenes del Basajaun dejé pasar muchos meses antes de adentrarme en los del Tarttalo y lo mismo antes de sumergirme en los de la Inguma.

Debo reconocer que en 'Ofrenda a la tormenta' me he reconciliado un poco con la protagonista, Amaia Salazar, aunque no del todo. Es un personaje duro, difícil. Admiro la valentía de la autora, Dolores Redondo, por haber creado un personaje así para protagonizar su trilogía y le agradezco las debilidades que, en esta ocasión, muestra Amaia. Sabíamos de su miedo, de su instinto, de su fuerza, de su independencia, de su obstinación y su tenacidad, pero no sabíamos hasta esta tercera entrega que también cede a la tentación. Y hay pocas cosas más humanas que dejarse caer en ella.

En la ¿última? (esa última frase del inspector Dupree del FBI...) entrega de los crímenes del Baztán Amaia Salazar y su equipo deben investigar una serie de muertes infantiles. Bebés. Niños de menos de dos años que, aparentemente, fallecen de muerte súbita, muerte de cuna. La investigación se dispara cuando el padre de un pequeño fallecido roba el cadáver de su propio hijo y lo mete en una mochila. La autopsia, que hasta entonces no se había hecho, desvela pelos blancos en la cara del bebé. Pelos que coinciden con el de su osito polar de peluche que, comprueban, huele a rayos. La mitología del valle navarro vuelve a hacer aparición en 'Ofrenda a la tormenta'. En este caso, es la Inguma, un espíritu que roba el aliento de los durmientes. Al tirar del hilo, eso que se le da tan bien a Amaia Salazar, descubre muchos bebés fallecidos de muerte súbita cuyos cadáveres, curiosamente, desaparecieron de sus tumbas. La investigación, cómo no, está enredada con los anteriores casos, con el temor a que la madre de Amaia siga viva y siga queriendo matarla, con los inquietantes comentarios del inspector Dupree, con una muerte inesperada en las tropas de Amaia, con el juez Marquina cumpliendo ¡por fin! mi vaticinio arrastrado desde el primer libro... Como sus predecesores, un libro para dos tardes de lluvia bajo mi manta de sirena. O para un par de madrugadas de tormenta amortiguada por el nórdico. Pero esa última frase...

"Sobre el aparador, una lámpara iluminaba la estancia con una cálida luz rosada que adquiría otros matices de color al filtrarse a través de los delicados dibujos de hadas que decoraban la tulipa.Desde la estantería, toda una colección de animalitos de peluche observaba con ojos brillantes al intruso, que, en silencio, estudiaba el gesto inquieto del bebé dormido."

Título: 'Ofrenda a la tormenta'
Editorial: Destino
Páginas: 544
Precio: 18,50€
Procedencia: biblioteca

sábado, 25 de noviembre de 2017

Desdémona y otras muertas


Biblioteca Vicent Serra i Orvay / Marta Torres


«Muerte cruel». Así define Desdémona su propia muerte en la tragedia de William Shakespeare ‘Otelo’. A manos de su marido. En su propia cama, después de una discusión en la que ella, que quiere a su esposo, no entiende nada. «Estás en tu lecho de muerte», le advierte Otelo, que incluso habiendo tomado ya la decisión de asesinarla sigue llamándola «alma mía». Segundos antes de que él la mate, ella es consciente de su final. Implora. «Apiádate de mí». Se encomienda a Dios. Pide tiempo. «¡Mátame mañana! ¡Esta noche no!». Pero él persiste. «¡Calla, zorra!». «¡Muere, zorra!». «Como te resistas...». La estrangula. «Soy cruel, pero clemente. No quiero alargar tu agonía. Así, así». Desdémona es una víctima de violencia machista. Y ‘Otelo’, uno de los cerca de 40 libros relacionados con esta lacra que integran, este mes, la exposición bibliográfica de la biblioteca insular de Cas Serres.

Rebeca Suárez se ha encargado de seleccionar los títulos, entre los que hay tanto libros de conocimiento como novelas. La intención es que al menos durante este mes los libros relacionados con la violencia machista estén «más accesibles» a los usuarios. En la lista aparecen historias tan populares como ‘El cuento de la criada’, de Margaret Atwood; ‘Yo soy Malala’, de Malala Yousafzai; ‘Mil soles espléndidos’, de Khaled Hosseini, o el ‘Poema de mío Cid’. La inclusión de este último título se debe al incidente de los Infantes de Carrión, que atan y golpean a sus esposas, Elvira y Sol, las hijas del Cid, a las que, además, abandonan en el bosque para que se las coman los lobos. Pepe Garibo, responsable de la biblioteca insular, destaca que al incluir clásicos en las recomendaciones lo que se pretende es invitar a una «lectura crítica».

En esto mismo coincide Patrizio Albanese, auxiliar de biblioteca en Sant Jordi, en la Vicent Serra i Orvay, donde también durante este mes los libros relacionados con la violencia machista (y con la desigualdad y la injusticia que sufren las mujeres en todo el mundo) ocupan un espacio privilegiado. «Leer con una perspectiva crítica es un acto político», indica. Fueron los propios usuarios, bueno, las usuarias (ellas son mayoría en la biblioteca), las que... (seguir leyendo)


sábado, 18 de noviembre de 2017

'Za Za, emperador de Ibiza', a Ray Loriga se le lee hacia adelante


@martatorresmol

A Ray Loriga se le lee hacia adelante. Es mejor. Es infinitamente mejor. Se puede dar una pequeña voltereta y echar la vista atrás para saber de dónde vienen sus palabras, para recordar, para rememorar, pero es mejor leerle hacia adelante. De 'Lo peor de todo' a 'Héroes'. De 'Héroes' a 'Caídos del cielo'. De 'Caídos del cielo' a 'Tokio ya no nos quiere'... Y así hasta llegar a esa maravilla tremenda que es 'Rendición'. Así, salvo por algún escalón despistado, vas siempre hacía arriba, siempre a más. No leí 'Za Za, emperador de Ibiza' en su momento porque me dio pereza. Me dio pereza que saliera mi isla en el título. Me dio pereza la referencia a un megayate en la contraportada. Me dio pereza encontrarme con esa parte de la isla que no me gusta. Y debería haberlo leído entonces, hace tres años. Pero los lectores y los libros somos caprichosos y nos encontramos cuando nos encontramos. Y  Za Za (Zacarías Zaragoza Zamora) decidió que se metía en mi bolsa en el mercadillo de libros de segunda mano. Y no supe decirle que no.

La novela es una locura, una ida de la pinza. Desde el protagonista, ese dealer ya retirado que disfruta de los calmosos inviernos de la isla, a la historia, que incluye una nueva sustancia que te hace reír y no deja rastro, niñas con los poderes de Casandra, simios drogados, el yate más grande del mundo y hasta una conspiración para conseguir que la isla sea independiente. Loriga es siempre Loriga, y eso es como decir que un diamante es siempre un diamante. Es una garantía. Aunque el engarce no sea el mejor. El libro tiene momentos maravillosos, como el de esa lluvia que recorre hasta los más pequeños rincones de la isla, también ese inicio con Za Za disfrutando de la época tranquila. Luego empieza la locura, los embrollos, las confusiones con el protagonista, el yate y la nueva droga, que se llaman igual... Es divertido, entretenido, está bien escrito, tienes la sensación de que el escritor se lo pasó bien dándole forma, pide piscina y un margarita tras otro, pero... En fin, que a Loriga, si se puede, se lee hacia adelante.

"Sí que sucedió. Y no nunca.
Sucedió exactamente durante el verano en el que de pronto empezó a llover a cántaros sobre las islas Pitiusas y la tierra empantanada de las cañadas bajaba negra y furiosa hasta el mar e incluso las viejas payesas que saben, o al menos presumen de saber, de dónde ha salido cada rana, andaban desconcertadas. Y Dios sabe lo difícil que es desconcertar a una payesa, o distinguir entre dos ranas".

Título: 'Za Za, emperador de Ibiza'
Autor: Ray Loriga
Editorial: Alfaguara
Páginas: 216
Precio: 1,5€ (mercadillo)
Procedencia: comprado

viernes, 10 de noviembre de 2017

A la primera librería de mi vida


@martatorresmol


Querida librería,
no tenía más de cinco años cuando te descubrí. Estabas en la esquina de aquella casa con vistas al puerto, aquella en la que sólo tenía que abrir la ventana para que el rumor alegre de los aparejos de los barcos llenara la habitación. Entre tus pequeñas estanterías de cuentos y libros, perdidas en un maremágnum de golosinas, disfraces, maquillaje de carnaval, piñatas, serpentinas, boas de plumas, chocolates y revistas escogí mis primeros cuentos. Aquellas historias maravillosas que aún conservo. Aquel cuento mágico de Caperucita que brillaba en la noche, aquella aventura de Ulises de perfiles recortados... Lectora precoz, aún recuerdo la emoción de los sábados por la mañana. Teníamos una cita, habíamos sellado un compromiso serio. Todos los sábados cruzaba la calle, aquella calle tranquila por la que los niños nos movíamos con la misma seguridad y libertad que por el pasillo de casa y en la que la tendera y el pintor nos echaban un ojo de padres prestados, y entraba corriendo, con mis 195 pesetas en la mano para recoger mi cuento. Cenicienta, Mowgli, Bambi, Simbad, Blancanieves... Cada sábado uno. Uno más de una colección de Disney, 54 relatos que leí y releí, que gasté hasta tener que pegar los lomos con celo, varias veces, incapaces de soportar tanto amor. Ahora, tres décadas después, las capas de celo con las que os protegí se agrietan y procuro no tocaros mucho. Cosas de la isla, algunos sábados me llevé una decepción. Los barcos venían demasiado llenos de productos de primera necesidad (alimentos, medicamentos, bebidas...) y los libros se quedaban en puerto, a la espera de algún hueco en otro barco. Llegaban todos juntos, tres, cuatro, hasta cinco. "Ya tienes lectura para un tiempo", me decía la librera, dándome una bolsa con la que apenas podía cargar, pero que me empeñaba en arrastrar con mis manos hasta casa. Mi madre respondía a la librera con cara de resignación. Sabía que aquellos tres, cuatro o hasta cinco libros me durarían un suspiro. No más de una mañana, tras lo que los releería hasta sabérmelos de memoria, a la espera del próximo sábado. De las próximas 195 pesetas. De la próxima carrera hasta la librería de la vuelta de la esquina. Más de una vez me senté allí mismo, apoyada en la pared, medio escondida entre los disfraces colgados, mientras mi madre pagaba y charlaba, a empezar a leer. Y entonces la librera lo entendía. Entendía que no leía como una niña de cinco años que acaba de empezar a leer. Porque hacía ya unos años que, sin que nadie supiera muy bien cómo, había aprendido a leer. Entendía que aquellos libros que ella me vendía cada sábado eran mi pequeño tesoro, mi refugio. Allí, cada sábado, espantando con un soplo la pluma de una boa que me cosquilleaba la nariz y con un disfraz de china y uno de hawaiana acariciándome los hombros, amé a la primera librería de mi vida.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

'Idiota', el idiota es siempre el otro


@martatorresmol


¿Cuánto es capaz de aguantar una persona para conseguir un dinero que le apañará la vida? ¿Cuánta tensión? ¿Cuánta humillación? ¿Cuánto dolor? ¿Cuánto miedo? Es la pregunta que plantea 'Idiota'. Un adjetivo con el que nadie se identifica. El idiota es siempre el otro. Y parecerlo es algo que nos asusta. El idiota es un arquetipo que, como somos muy listos, identificamos desde el primer momento. Por sus movimientos, por su actitud, por sus pensamientos y opiniones, por cómo los expresa, por cómo trata a los demás...Y ése, en esta historia, está claro quién es: ese hombre un poco pánfilo que se las da de donjuán, que se cree muy listo, y que ha aceptado participar en un estudio sobre la conducta a cambio de un dinero que le permitirá sanear su vida: deshacer mentiras y salvar su negocio, un karaoke cutre que hace mucho que se quedó sin clientes. Un hombre que ¡oh, sorpresa! ha firmado el contrato para someterse a las pruebas sin habérselo leído. Y ahí está, junto a esa doctora tan lista que, condescendiente, intenta ayudarle a superar las cuestiones que se le plantean: ¿Cómo moviendo un único vaso se puede alterar una serie de recipientes? ¿Cómo es posible que si está lloviendo a mares un hombre sin paraguas ni nada para taparse no se moje un un pelo? No contestar a esas preguntas correctamente en dos minutos tiene consecuencias. Su adorada tía y su silla de ruedas pueden acabar rodando por las escaleras de la residencia, un violento grupo de sicarios amputará la mano de su primo... Una presión que, bien gestionada, debería, según el estudio, hacer que el protagonista encuentre las respuestas, aunque crea que no las sepa. Es lo que tiene ser idiota. O que te manipulen. Porque ahí está otro de los aspectos sobre los que esta obra te hace pensar: ¿De verdad decidimos con libertad? ¿A pesar de las presiones? ¿O acabamos tomando exactamente las decisiones que alguien espera o quiere que tomemos? Por más independientes que creamos ser. Por muy idiota que creamos que son todos los demás. Ya sabéis, el idiota es siempre el otro.

Título: 'Idiota'
Autor: Jordi Casanovas
Director: Israel Elejalde
Actores: Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert
Escenografía: Eduardo Moreno
Iluminación: Juanjo Llorens
Sonido: Sandra Vicente
Vestuario: Ana López
Vídeo: Joan Rodón
Música: Arnau Vila
Ilustraciones: Lisa Cuomo
Ayudante de dirección: Pablo Ramos
Dirección de producción: Aitor Tejada y Jordi Buxó
Teatro: Can Ventosa
Precio: 22€

jueves, 2 de noviembre de 2017

'La sustancia del mal', la Bestia del Bletterbach


Vale, sí. 'La sustancia del mal' tiene algo que chirría un poco, pero, sinceramente, me ha dado igual porque he disfrutado mucho. Con los libros, como con los hombres, a veces un pequeño pero te echa para atrás y, a veces, finges que no lo ves porque todo lo demás te gusta mucho. Ni con los unos ni con los otros sirven las matemáticas, las exactitudes, las certezas ni los "yo nunca...". En aeropuertos y aviones huyo de profundidades. Hace tiempo aprendí que no valía la pena. Que adentrarme en historias complicadas o reflexiones a las que dar vueltas es algo que no puedo hacer en aviones ni aeropuertos. Soy inquieta, curiosa y observadora. Los ojos, la atención y la cabeza se me despistan cuando el más pequeño detalle se me cruza. Y en los aeropuertos y los aviones hay demasiados pequeños detalles como para poder concentrarme a fondo en la lectura. Así que hace años que aviones y aeropuertos son, para mí, sinónimo de novela negra, romántica o cómica. Las compro allí mismo. Me gusta curiosear entre las islas cuajadas de novedades y escoger rápido, sin pensarlo mucho, por impulso o por los motivos más banales.

Así fue cómo leí 'La sustancia del mal', de Luca d'Andrea. Y a pesar de ese pero pequeñito la disfruté mucho. Devoré sus casi 500 páginas en poco más de tres días. Y cada vez que me alejaba del libro sentía al Bletterbach, ese cañón inhóspito, llamándome. La novela empieza fuerte, con el protagonista, Salinger, rodeado de hielo, a punto de morir y sintiendo (que no escuchando) la voz de la Bestia diciéndole que se marche de ahí justo en el momento en el que lo rescatan. Rescatan su cuerpo y su vida, Salinger sobrevive, pero algo de él, además de su cabeza, se queda ahí, en el lugar del accidente. Es el único superviviente. Él y su compañero Mike, con el que grababa un programa de televisión sobre el equipo de rescate de ese lugar perdido de los Alpes suizos y que se queda en la base porque no se encuentra bien. Los demás, mueren. Y Salinger debe afrontar no sólo la convalecencia, sino también la culpa. ¿Y cómo lo hace? Pues aprovechando los largos días para intentar desvelar qué pasó en ese mismo lugar que a punto estuvo de tragárselo en 1985. En mitad de una terrible tormenta que dejó aislado el pueblo tres jóvenes fueron brutalmente asesinados en una de las zonas más inaccesibles del cañón. Sus cuerpos aparecieron descuartizados. Nunca se llegó a saber qué pasó.

Desde ya os lo digo: no me gusta Salinger. No me cae bien. No soporto cómo se comporta. Si fuera una persona real no la querría cerca de mí. Y a pesar de eso me tuvo enganchada a su pesquisa, bueno, más bien a su obsesión. Porque lo suyo con ese caso es una obsesión que a punto está de dar al traste con su cordura y con su familia. Es lo mejor de la novela. Esas investigaciones que ponen de uñas a todo el pequeño pueblo, que nunca quiso, en realidad, saber qué ocurrió aquella noche. Esa búsqueda, de casa en casa, de sospechoso en sospechoso, es apasionante. Te crees los indicios. Temes al asesino. Deseas encontrarlo. Te da rabia haberte dejado convencer por la trama porque el asesino es quien creiste en un primer momento. Y ya. Porque la resolución de ese macabro asesinato, esa última visita a las profundidades del Bletterbach, horrorizado antes la posibilidad de que alguna bestia prehistórica le corte la cabeza, me sobra. Un poco.

"Siempre es así. En el hielo, uno primero oye la voz de la Bestia, y luego muere.
Grietas idénticas a aquella en la que me encontraba estaban llenas de montañeros y escaladores que habían perdido las fuerzas, la razón y, finalmente, la vida por culpa de esa voz.
Una parte de mi mente, esa parte animal que conocía el terror porque había vivido en el terror durante millones de años, comprendía lo que la Bestia silbaba.
Ocho letras: 'Márchate'.
No estaba preparado para la voz de la Bestia."

Título: 'La sustancia del mal'
Autor: Luca d'Andrea
Traductor: Xavier González Rovira
Editorial: Alfaguara
Páginas: 472
Precio: 20,90€
Procedencia: Regalo mamá

domingo, 29 de octubre de 2017

'Billy Budd, marinero', a bordo del 'Bellipotent'


@martatorresmol

A Melville hay que leerle cerca del mar. Igual que a Conrad. O en trenes. De la misma forma que a Graham Greene hay que leerle de noche, a Manuel Rivas cuando la calidez hogareña es la frontera de tardes desapacibles, a Durrell en pegajosas tardes de verano ensordecidas por las cigarras o a Ishiguro cuando el día está aún desperezándose. La primera vez que leí 'Moby Dick' lo hice en un par de noches a bordo. Y recuerdo las horas de sol y sal en las que devoré 'Redburn, su primer viaje', hace dos veranos. 'Billy Budd, marinero', se fue en una noche entre los corales de mis sábanas y dos mañanas a pelo en la arena. Es una historia interesante. De ésas que te hacen parar y pensar. Y darle vueltas. Y es en esas reflexiones cuando te conviertes, sin quererlo, en el capitán Vere, el auténtico protagonista de esta historia, aunque su nombre no aparezca en el título. No sé hasta qué punto Melville (ese hombre que navegó "océanos y bibliotecas") pulió esta pequeña novela. Si el manuscrito que encontró su biógrafo casi tres décadas después de su muerte estaba acabado o era el esbozo de una novela más extensa. Da igual.

El capitán Vere, ese hombre al que, en cierta forma, compadeces más que al pobre Billy Budd, prácticamente no aparece hasta que la novela está ya mediada. Está, obviamente, es el capitán del 'Bellipotent', un setenta y cuatro cañones de la Armada Británica en el que obligan a enrolarse a Billy Budd, gaviero, hasta entonces, del 'Derechos del hombre', un mercante. Está porque él, tras el abordaje, es quien decide llevarse al joven. Pero ya. Apenas aparece hasta el momento culmen, ese instante, esas páginas, en las que le compadeces, le entiendes, sufres con él y, tras tener sus mismas tentaciones, llegas a la misma conclusión que él. Tomas, en tu cabeza, su misma decisión, aunque te duela, porque es lo que debes hacer. Ese momento en el que la novela, que hasta entonces iba ligera, se ralentiza para que puedas convertirte en el capitán Vere. En los primeros capítulos vemos a Billy, el "marinero bonito", embarcarse con sorprendente buen ánimo en el 'Bellipotent', la relación con sus compañeros, las noches en su coy, y las conversaciones con ese holandés, viejo lobo de mar, que ve más allá que los demás y que, desde el primer momento, advierte que las sonrisas que el maestro de armas dedica al joven están llenas de veneno. Y entonces, habituados a la rutina del barco, sucede lo que sucede. Y vemos al maestro de armas deshacerse de su piel de cordero. Y a Billy Budd enfrentándose al lobo con poco tino. Y al capitán Vere reflexionando sobre si lo que establece la justicia es lo más justo y haciendo, al final, lo que tiene que hacer. Lo único que puede hacer. Aunque no quiera, aunque le cueste.  Y tú ahí, en el camarote de proa, en un improvisado consejo de guerra, dando las mismas vueltas que el capitán Vere.

"En la época anterior a los barcos de vapor, o tal vez con más frecuencia entonces que ahora, quienes paseaban por los muelles de cualquier gran puerto de mar reparaban de cuando en cuando en un grupo de marineros bronceados, tripulantes de buques de guerra o de algún mercante, que vestidos de domingo disfrutaban de un permiso en tierra. En algunos casos flanqueaban, o rodeaban igual que guardaespaldas, a una figura superior que se movía con ellos como Aldebarán entre las estrellas menores de su constelación. Dicho objeto señalado era el 'marinero bonito' de las épocas menos prosaicas de las flotas tanto militares como mercantes."

Título: 'Billy Budd, marinero'
Autor: Herman Melville
Traductor: Miguel Temprano García
Editorial: Alba
Páginas: 152
Precio: 16€
Procedencia: comprado

lunes, 23 de octubre de 2017

Cuchara para el frío (y para el alma)


@martatorresmol

Soy mujer de cuchara. Siempre lo he sido. Pocas cosas hay que consuelen mi alma dolida como un caldo de gallina. Servido en una taza que pueda rodear con las manos. Para sentir el calor. Solo. Sin nada. Sólo el caldo. Me encantan las cremas de verduras. De cada verdura por separado, intensas, que dejen notar bien el sabor. Si en verano siempre hay gazpacho casero en la nevera, en invierno no faltan nunca las cremas. Me gusta ir al mercado a escoger las verduras, volver a casa y pasar la mañana cocinando con música y una copa de vino. Nunca uso nata. Ni leche. No hace falta. Con una buena cantidad de verdura y un buen rato de batidora no hace falta. Quizás no estén tan melosas, pero el sabor lo compensa. Tampoco mezclo nunca patata. La receta es casi la misma para todas, pero con los años he ido descubriendo pequeños detalles que mejoran cada una de ellas. Espero ir descubriendo muchos más.

Receta base
En una olla grande, sofreír en aceite de oliva una cebolleta grande (o dos pequeñas). Cuando esté transparente, añadir la verdura a trozos, mejor que no sean muy pequeños, y darle unas vueltas. Salpimentar y echar luego un vaso de alcohol (a veces vino, a veces cerveza, a veces coñac). Esperar a que se evapore todo el alcohol (es fácil, basta con acercar la nariz, si queda alcohol, lo notaréis) y cubrir luego la verdura con agua fría. Dejar cocer hasta que notéis con un tenedor que está blanda. Es importante no cocerla de más para que la crema tenga el máximo sabor. Triturar con la batidora hasta que tenga la textura que os guste. Y listo. No puede ser más sencillo.


Crema de coliflor
Mi favorita. Descubierta hace sólo un par de años. Me gusta el sabor intenso de la coliflor combinado con la delicada textura de seda. No hace falta cortarla a trozos muy pequeños, a mí me gusta dejar los brotes enteros y verlos bailar en el agua mientras cuecen, como pequeños arbolitos blancos. Siempre añado un botellín de cerveza mientras se sofríe. Está buenísima tan cual, pero exquisita con un poco de queso azul añadido por encima, dejando que se derrita con el calor de la propia crema.

Crema de zanahoria
Fría o caliente. Da igual. Está rica en cualquier época del año. Mejor, aunque sean algo más caras, comprar manojos de zanahorias de los que vienen aún con los tallos. Es la mejor forma de asegurarse de que están frescas y, sobre todo, tiernas. Si lo son lo suficiente no hace falta ni pelarlas, con lavarlas bien con un cepillito, listo. Un vaso de vino blanco para sofreírlas con la cebolla ya dorada. Siempre le añado un pellizco de comino y en verano, además, menta fresca.

Crema de calabaza
Es la histórica de mi casa. La que mis amigos han probado decenas de veces y la que me piden cada vez que saben que van a venir. Es fuerte, intensa. Me gusta así. Es importante que la calabaza no esté muy madura. Y también es muy importante no dejar sofreír mucho la cebolla. De hecho, ambas cosas son muy importantes, sino la crema quedaría demasiado dulce. Vino blanco. Y un poquito de curry. El jamón ibérico le va genial, si queréis añadirle algo que se mastique. O una cucharada de yogur griego sin azúcar, si queréis suavizar el sabor.

Crema de puerros
Me vuelve loca por su sabor, pero también me vuelve loca por el trabajo que supone pasarla después por el pasapuré para que no quede ningún hilito. Shhhhhh... Un secreto: si cuando la cebolla esté transparente se le añade una manzana granny smith (¡sólo vale granny smith!), la manzana verde ácida de toda la vida, picada, se consigue un sabor exquisito. Vino blanco (como en casi todas las cremas), bien de pimienta y un toque de nuez moscada. Me encanta con unas gambitas cocidas.

Crema de setas
Es la menos económica de todas, pero el sabor lo compensa. Nada de champiñones, setas de cardo. Añadir champiñones para engordar la crema porque son baratos no vale la pena. Es preferible hacer poca cantidad y con todo el sabor. Ni vino ni cerveza. Media copa de coñac y flambear (acordaos de apagar el extractor si lo tenéis encendido). No añadáis mucha agua, sólo cubrir, que se hacen en un momento.

Crema de calabacín
Era una de las que más preparaba hace años y, sin embargo, ahora la verdad es que la cocino poco. Cuando llego al puesto de frutas y verduras los calabacines acaban quedándose en un par y para cualquier otra cosa que no sea crema. Ni se os ocurra echarle cerveza si no tenéis vino, quedará demasiado amargo. Me gusta tomármela con una cucharada de queso crema (tipo philadelphia) y un poco de albahaca fresca o tomate seco picado.

miércoles, 18 de octubre de 2017

'Tres días y una vida', la culpa


@martatorresmol

La culpa puede decidir una vida. Puede decidir por ti. Escoger por ti. Descartar por ti. Hacer como que olvida por ti. Fingir por ti. Mentir por ti. La culpa puede comerte. Darte un buen mordisco, un bocado atroz, que te deje medio muerto y una cicatriz que te impida olvidar. Y seguir comiéndote, poco a poco, royéndote y lamiéndote, el resto de tu vida. La culpa... Ésa es la protagonista de 'Tres días y una vida', de Pierre Lemaitre, que sigue fascinándome por su capacidad para tenerte con el corazón en la boca durante todas y cada una de sus páginas. Con sencillez, con naturalidad, sin artificios. Como si sus historias discurrieran por el único camino posible y, al mismo tiempo, el que no esperarías nunca.

'Tres días y una vida' sucede en Beauval, un pequeño pueblo francés. Un lugar en el que todos se conocen y en el que, quizás por eso, todos se esconden. Protegen lo que ocurre visillos adentro con el mismo afán con el que tratan de mirar más allá de los visillos de los demás. El protagonista es Antoine, un tímido preadolescente de doce años condenado a la soledad de los bosques que rodean la aldea desde el momento en que su madre le prohíbe jugar con las consolas de sus amigos. Apartado del grupo, sintiéndose aislado, Antoine pasa las horas construyendo una cabaña en un árbol con la única compañía de Ulises, el perro de su vecino y, a veces, Rémi, su pequeño dueño. Antoine, que siente que ese perro es el único ser en el planeta que le entiende (su padre huyó de su lado tras el divorcio y su madre trabaja tanto para mantenerle que apenas está en casa), no puede superar la despiadada muerte del animal, que presencia, horrorizado. Primero le poseen las lágrimas, las pesadillas. Luego, la rabia, que paga con quien no tiene culpa alguna. Y finalmente, la culpa, que ya no le abandonará. Por más que pase el tiempo. Y que irá, con el paso de esos años, configurando a su antojo la personalidad de Antoine. Y estableciendo los límites no deseados de su vida. Porque la culpa, como la tristeza y como la soledad, si no las echas a tiempo, se te meten tan dentro que ya no hay manera fácil de deshacerte de ellas.

Lemaitre, con esa asombrosa clarividencia de la parte más oscura del ser humano, con ese profundo conocimiento de nuestra cara B, te hace sufrir. Como si fueras Antoine. Porque, ¿quién está seguro de que jamás mataría a otra persona? Es una pregunta a la que tuve que responder hace tiempo, en la universidad, en una de las fabulosas clases de 'Periodismo y literatura'. A pesar de los años que han pasado, mi respuesta sigue siendo la misma: cualquiera, en un momento dado, se puede manchar las manos con sangre ajena. Y entonces, salvo que seas un sociópata, ahí estará la culpa. Intentando hacerse dueña de tu vida.

"A finales de diciembre de 1999, una sorprendente serie de sucesos trágicos sacudió Beauval, el más importante de todos, la desaparición del niño Rémi Desmedt. En esa región cubierta de bosques y habituada a un ritmo lento, la súbita desaparición del pequeño causó estupor e incluso fue considerada por muchos de los habitantes como un presagio de futuras catástrofes. Para Antoine, que estuvo en el centro del drama, todo empezó con la muerte del perro. Ulises."

Título: 'Tres días y una vida'
Autor: Pierre Lemaitre
Traductor: José antonio Soriano Marco
Editorial: Salamandra
Páginas: 224
Precio: 18€
Procedencia: regalo mamá

lunes, 16 de octubre de 2017

'Muñeca de porcelana', las entrañas del poder


Foto: Sergio Parra

"Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morirse antes".

Cuánta verdad encierra esa frase de 'Muñeca de porcelana', una obra escrita por David Mamet. Es lo que tiene el buen teatro, que planta verdades incuestionables sobre el escenario. Y no sólo verdades. Planta sobre el escenario al ser humano. Todas sus miserias. Todas sus flaquezas. Todas sus mentiras. Todos sus trucos. Ver una buena obra de teatro es mirarse al espejo. A veces te ves reflejada a ti misma con tanta crudeza que te asusta. Otras, la mayoría, en ese reflejo aparece la sociedad al completo. Y entonces, si la obra es redonda, sientes asco. Grima. Unas profundas ganas de vomitar. Y te planteas cómo se puede llegar hasta ahí. Me pasó, hace años, con 'Todos eran mis hijos' y con esa facilidad con la que un empresario envía a la muerte segura en sus aviones inseguros a combatientes americanos. Me pasó con la fabulosa 'Celebració' y ese padre depredador sexual. Y me pasó hace unos días con 'Muñeca de porcelana' y ese empresario (inmenso José Sacristán) que pasa de tener la sartén por el mango a que le tengan pillados por los huevos, con perdón de la expresión.

Todo pasa en unas horas. Sin salir de una oficina. Con dos actores y un teléfono. No hace falta nada más. Es suficiente para ver la caída de un hombre. La de un empresario de éxito de edad avanzada encaprichado de una joven actriz a la que le acaba de comprar un avión y por la que ha decidido jubilarse y dedicarle todo el tiempo posible. Lo que muestra Mamet son las últimas horas de ese empresario en su despacho, instruyendo a su joven ayudante, que es quien se hará cargo de sus negocios tras su jubilación. Nos muestra a un hombres irascible, tirano, incluso, acostumbrado a ganar, a que no le lleven la contrario, a no dar su brazo a torcer, a doblegar a los demás. Y a otro hombre apocado, tímido, con ganas de decirle a su jefe lo que piensa, aplicando toda la mano izquierda que tiene para alzar su voz y que su mentor le atienda. Bien. Eso es al principio. Antes de que empiecen las llamadas. Las decenas de llamadas. La llamada que significará el cambio de todo. Porque lo que Mamet, con genialidad, nos muestra es la digestión del poder, los intestinos, los viscosos caminos que siguen política y dinero, tan enredados el uno con el otro que es imposible separarlos sin echar mano de unas tijeras. Y ahí, esa llamada, ese tijeretazo, aunque sólo sea por una cuestión estética, por miedo a la prensa, a un juicio o a la cárcel, lo cambia todo. Cambia las perspectivas de futuro de Ross. También las de su ayudante. Cambia el tono de las conversaciones. Cambia las palabras. Cambia los gestos. En apenas una hora y cuarto, con simples llamadas de teléfono, el empresario de éxito deja de ser alguien a quien envidiar y el ayudante pacato deja de ser alguien a quien compadecer. Una evolución de personajes digna de los de Carol Reed en 'El tercer hombre'. No había vuelto al teatro desde 'Tierra del fuego', que me dejó noqueada. Y he vuelto a salir casi igual.


Título: 'Muñeca de porcelana'
Autor: David Mamet
Director: Juan Carlos Rubio
Actores: José Sacristán, Javier Godino
Versión: Bernabé Rico
Ayudante de dirección: Chus Martínez
Escenografía: Curt Allen Wilmer
Iluminación: José Manuel Guerra
Sonido: Mariano García
Figurinista: Guadalupe Valero
Vestuario: DERBY 1951
Fotografía: Sergio Parra
Comunicación: Daniel de Vicente
Producción en gira: Jacinto Bravo, Salvador Aznar
Distribución: Bravo Teatro
Producción ejecutiva: Bernabé Rico
Teatro: Can Ventosa (Ibiza)
Entrada: 22€

jueves, 12 de octubre de 2017

Paula Bonet: "Mi generación no verá la igualdad"




Paula Bonet es directa, siente pasión por lo que hace y no tiene pelos en la lengua. Leer sus palabras y observar al detalle sus dibujos es leerla y observarla a ella. Pone todo de sí en cada uno de sus proyectos y eso es algo que los lectores no agradeceremos nunca suficiente a los autores que lo hacen. Su último libro, 'La sed', es una patada en el estómago. Duele. Te hace pensar. Hay frases que te crujen, que te hacen pensar, que te hacen mirarte en el espejo con otros ojos o caer de bruces con algo en lo que jamás habías caído. 'La sed' plantea muchas preguntas y te deja a solas buscando respuestas. Una búsqueda que ya hicieron, hace tiempo, las mujeres a las que Bonet pone sobre sus páginas, autoras que no pasaron a los libros de texto ni a las lecturas escolares, aunque tuvieron la misma importancia que sus coetáneos hombres: Clarise Lispector, Sylvia Plath, María Luisa Bombal, Anne Sexton...

Marta Torres Molina | Ibiza

Su último libro se titula ‘La sed’, leyéndolo creo que podría haberse titulado ‘El dolor’.
Contiene mucho dolor, pero ése no fue un título que barajé. Había otros: ‘El desgarro’, ‘La muda’ o ‘El deshielo’. Decidí no ser tan evidente y usar la metáfora de la sed que, de alguna manera, los engloba a todos.

¿La sociedad actual ha desaprendido el sentido del dolor?
En nuestra sociedad vivimos de espaldas al dolor, hay otras que no y, cuando aparece, los gestionan mucho mejor. Cuando empecé ‘La sed’, que surge de un desgarro, de un descontento con el contexto, de un derrumbamiento, me di cuenta de que el tiempo que iba a invertir trabajando en el libro y viviendo iba a ser doloroso. Lo acepté. Decidí acomodarme lo máximo posible. Como cuando tienes un vuelo muy largo, sabes que estarás en un espacio muy reducido muchas horas e intentas acomodarte y pasarlo. Dar la espalda al dolor es un error mayúsculo.

En el libro aparece un cardenal. Es la primera vez que entiendo su sentido: te haces daño, aparece, te duele, desaparece, ya no te duele. ¿No hay cardenales para el dolor no físico que nos digan cuándo debería dejar de doler?
O que nos indiquen cómo convivir con ese dolor. Tienes que saber que el dolor puede convivir con la felicidad. Estamos todo el tiempo bombardeados por mensajes extremadamente positivos y eso no nos beneficia, no nos hace ningún favor.

Dice en el libro algo así como que quería ser libre y que, una vez conseguida, esa libertad le quema las manos.
Es muy complicado gestionar la libertad, muy difícil. El proceso de aprendizaje es largo.

Libertad y felicidad...
...van de la mano.

En una balanza, ¿cuál pesaría más?
Aunque la libertad conlleve tener que tomar muchas decisiones que a veces son dolorosas, para mí significa felicidad. Enfrentarte a ti mismo, aceptar tus defectos, convivir con ellos... La libertad es dolorosa porque debes encararte a... (seguir leyendo)


lunes, 9 de octubre de 2017

'El invierno más frío', si Holden Caulfield hubiera sufrido abusos sexuales


¿Cómo hubiera sido 'El guardián entre el centeno' si un adulto hubiera abusado sexualmente de Holden Caulfield? Pues que lo que hubiera escrito Salinger habría sido 'El invierno más frío'. Porque hay mucho de Holden Caulfield en Aidan donovan, el protagonista de esta novela de Brendan Kiely. O, al menos, yo no he podido despegarme durante toda su lectura de esa sensación. Supongo que eso tiene la culpa de que no haya disfrutado del todo de esta novela. A pesar de las entusiastas críticas que ha tenido en Estados Unidos. La historia de Donovan, un adolescente que fuma a escondidas y que, pronto sabremos, tiene un gran conflicto personal, está escrita con una gran sensibilidad. Y con muy buena mano, porque ese conflicto, ese secreto, ese problema que convertirá sus próximos años en un infierno, va dibujándose poco a poco. Surge de entre las páginas, descolocándonos.

Intuimos algo sucio y despreciable que el hecho de que el padre Greg sea el único que le escucha, pero intuimos también que lo que angustia a Donovan no es eso. No exactamente eso. Algo relacionado, pero no eso. El adolescente debe lidiar con el abandono del padre Greg, después de lo que le ha hecho durante años, con su situación familiar, con la incredulidad de su madre, con las primeras consecuencias en su día a día de unos abusos que para él eran algo normal e, incluso, una muestra de cariño, de que le importaba a alguien, de que alguien le quería. Una trampa de la que, a lo largo de la novela, va siendo cada vez más consciente. Las drogas, el tabaco, la bebida y el sexo serán las salidas que encontrará el adolescente, ese Holden Caulfield que ha sufrido abusos sexuales durante años. Y que, lo que es peor, los ha confundido con cariño.

"Para contar lo que pasó de verdad, lo que nadie sabe, lo que no dijeron los periódicos, tengo que empezar por la fiesta de Nochebuena de mi madre. Dos noches antes, como si el universo fuera el coproductor de su gran espectáculo, una tormenta de nieve había blanqueado nuestro rincón de Connecticut. Mi madre estaba encantada. Velas eléctricas en las ventanas, guirnaldas en las puertas, fotogénicos montones de nieve contra los muros de la casa..., todo era "simplemente maravilloso", como habrían dicho sus amigas. El espíritu navideño nos invadiría a todos, o al menos lo aparentaríamos."

Título: 'El invierno más frío'
Autor: Brendan Kiely
Traductora: Claudia Conde
Editorial: Seix Barral
Páginas: 320
Precio: 19,90€
Procedencia: biblioteca

jueves, 5 de octubre de 2017

'La tempestad', Venecia, Giorgione y un muerto


@Martatorresmol

A veces hay que vencer los prejuicios. Por mucho que cueste. Porque te pierdes muchas cosas buenas por su culpa. Leer 'La tempestad', de Juan Manuel de Prada, ha sido eso, tumbar un prejuicio. Y medioreconciliarme, además, con los premios Planeta, que dejé de leer hace mucho después de un par de decepciones que me hicieron pensar: "¿Los que le han dado el premio a esta bazofia se la han leído?". Hace años (creo que aún no había cumplido los 20) compré el libro en una edición de bolsillo. Era una larga espera en el aeropuerto, por trabajo (en este oficio la puntualidad es casi casualidad), acabé el libro que tenía entre manos y me fui pitando a la librería de la terminal para hacerme con otro. Compré una edición de bolsillo seducida por la imagen y la frase de portada. Pero no pude ni empezarlo y, al llegar de nuevo a la redacción, no lo tenía. Pasaron los años y ni se me pasó por la cabeza recuperarlo y leerlo básicamente porque por entonces su autor, Juan Manuel de Prada, que ya participaba en tertulias, no era santo de mi devoción. Casi agradecí (que el dios de los libros me perdone por ello) haber perdido aquel ejemplar. Hace un par de años alguien a quien le tenía un cariño que no se merecía me dijo que ese libro, 'La tempestad', había sido una de sus últimas buenas lecturas. Puse un mohín de desprecio e incredulidad, pero aquella opinión se me quedó ahí. Ese mismo año, el día de Sant Jordi, tuve que ir a cubrir unas fiestas de pueblo. La biblioteca había salido a la calle. Tenía una mesa enorme colmada de libros de la que las bibliotecarias invitaban a los paseantes a llevarse alguno. Y ahí estaba, 'La tempestad', de Juan Manuel de Prada, en la misma edición perdida años atrás. Y me lo llevé. Y esa misma noche lo empecé a leer. Y casi lo acabé.

Ya los primeros párrafos, con ese hombre contemplando cómo otro se desangra, son subyugantes. Adelantan lo que se te viene encima: Venecia, un asesinato, un personaje (o varios) misteriosos, arte... Lo que más cala, sin embargo, es el ambiente. Pasado un tiempo, la trama de desdibuja en la memoria, pero los personajes siguen ahí, claros y contundentes, envueltos de la humedad, el frío que se cuela hasta el tuétano y la oscuridad de la Venecia de invierno. Sensaciones, todas ellas, muy alejadas de la Venecia turística. Uno de los aspectos más interesantes de la novela los protagoniza el cuadro que da título al libro, 'La tempestad', de Giorgione, que el protagonista, un joven profesor de arte español, estudia y el motivo que le lleva a la ciudad italiana. Es imposible avanzar en la trama del asesinato (uno de los mejores falsificadores de Venecia) sin buscar y devorar con los ojos la pintura renacentista. Con cada comentario sobre ella, la imagen se va tatuando en la retina. La trama, ese asesinato con el que la ciudad recibe al español, esa maleta misteriosa que ayuda a robar, ese socio del falsificador que se hace amigo suyo, ese amor frustrado... Todo eso da igual. Lo que atrapa es esa Venecia, muy similar a la que Henry James retrata en 'Los papeles de Aspern', oscura e inhóspita.

"Es difícil y obsceno soslayar la mirada de un hombre que se desangra hasta morir, pero más difícil aún es sostenerla e intentar zambullirse en el torbellino de pasiones confusas y secretos póstumos que se agolpa en sus retinas. Es difícil y laborioso asistir a la agonía de un hombre anónimo (pronto sabría que se llamaba Fabio Valenzin, traficante y falsificador de arte), en una ciudad inexplorada, cuando la noche ha alcanzado ese grado de premeditación o alevosía que hace de la muerte un asunto irrevocable."

Título: 'La tempestad'
Autor: Juan Manuel de Prada
Editorial: Planeta
Páginas: 328
Precio: gratis (790 pesetas originalmente)
Procedencia: regalo de la biblioteca

lunes, 2 de octubre de 2017

'Todos nuestros ayeres', las pequeñas cosas son las que hacen bailar las cortinas


@martatorresmol
Si el destino se anuncia con música de charanga, mejor ponerse en guardia. Es una villanía maldecir a un perro. Sin la vergüenza la humanidad sería mucho mejor. Llega un momento de la vida en el que son los hijos los que educan a los padres. A los muertos se les debe juzgar como si estuvieran vivos. El valor no te lo encuentras un día en el bolsillo. Los cerdos son felices en cualquier lado. Una casa sin visitas es triste. Todo hombre, mirado muy de cerca, acaba dando pena. Son sólo algunas de las enseñanzas que supura 'Todos nuestros ayeres', de Natalia Ginzburg, maravillosamente traducida por Carmen Martín Gaite. Una novela que baila en la cotidianeidad, como las cortinas en una casa por cuyas ventanas se cuela el aire. El vendaval. La tormenta. La guerra. Y todo hace bailar las cortinas, las vidas, las cabezas...

'Todos nuestros ayeres' va de eso, de la vida, que puede con todo y sigue a pesar de todo. A pesar de la muerte de los demás, a pesar de la guerra, a pesar de la pobreza, a pesar del desamor, a pesar del abandono, a pesar de las dificultades, a pesar del enfado, y de la miseria y del hambre y de los malentendidos y de las desgracias y de los planes frustrados y de los días sin risas y de las malas caras y del desengaño y de la clandestinidad y de las bombas y del recuerdo y de la tristeza. Sólo la muerte, la propia, se interpone a esa vida que continúa pese a todo. A esa cotidianeidad invencible. Tu propia muerte sólo acaba contigo, lo demás, pasado el duelo, sigue igual. O casi. Queda una mota, una mancha enorme, un recuerdo que de vez en cuando te da un mordisco, pero la vida avanza. Eso es algo que saben muy bien los protagonistas de esta novela, que comienza en los pasos previos a la Segunda Guerra Mundial y culmina con la liberación de Italia. Lo sabe muy bien Anna, que debe sobreponerse al suicidio de su hermano Ippolito, que encuentra en un revólver la solución a no querer ir a la guerra, y a un embarazo no deseado. Lo sabe muy bien Danilo, que esconde panfletos antifascistas y acaba en la cárcel. Y Cenzo Rena, que en una aldea del sur de Italia, guarda a Anna e intercede por los campesinos frente al alcalde. Y la señora Maria, que se adapta a todo. Y el turco refugiado. Y Franz, el judío, que se esconde de los alemanes. Y Giuma, que desconoce el significado de la palabra responsabilidad. Anna observa. Y cuenta. Ese baile de cortinas, tan cotidiano que casi pasa desapercibido, tan cotidiano que muestra y esconde la vida. Ésa que sigue a pesar de todo. Porque las grandes cosas hacen mucho ruido, pero son las pequeñas, al fin y al cabo, las que dan forma a todo. Y en eso, en esas pequeñas cosas, es en lo que se fija Natalia Ginzburg, lo que cuenta, en donde pone el foco, lo que engrandece para darle su lugar justo.

"Anna, Giustino y la señora Maria iban al cementerio algunos domingos. Concettina no, porque ella nunca salía de casa los domingos, eran días que detestaba. Se ponía el vestido más feo que pudiera encontrar y se quedaba encerrada en su cuarto zurciendo medias. En cuanto a Ippolito, tenía que hacerle compañía al padre. En el cementerio, la señora Maria rezaba, pero los chicos no, porque el padre siempre decía que rezar es una estupidez, que Dios a lo mejor existe pero no hace falta rezarle, es Dios y ya sabe por sí mismo cómo anda todo."

Título: 'Todos nuestros ayeres'
Autora: natalia Ginzburg
Traductora: Carmen Martín Gaite
Editorial: Lumen
Páginas: 360
Precio: 20,90€
Procedencia: regalo

martes, 26 de septiembre de 2017

'La muerte del pequeño Shug', una vida negra


@martatorresmol

Hay novela negra porque hay vidas negras. Realidades de ese color. O de un gris tan oscuro que es como si fuera negro. Esas son las vidas sobre las que escribe Daniel Woodrell, que tiene el don de dejarte con el corazón helado cada vez que te adentras en una de sus novelas. En 'Los huesos del invierno' se podía achacar a la nieve, al frío de las montañas de Orzak, pero en 'La muerte del pequeño Shug' no hay excusa posible. El frío no tiene nada que ver con la temperatura. Se debe a esas vidas negras, descorazonadoras. A una de esas vidas. La de Shug, apenas un niño, pero muy consciente de que lo que le ha tocado vivir no es una infancia feliz. Ni siquiera es infancia. Shug vive con su madre en una casa solitaria en mitad del campo. Una casa que, de no ser porque hay dos vidas en ella, se creería abandonada. Una casa en la que la mesa de la cocina está tan coja que los cereales se salen del cuenco con cada movimiento. Shug, a pesar de que es sólo un niño, está pendiente de su madre, una belleza que se perdió entre el alcohol y el amor mal entendido. Shug ha aprendido algunos trucos para, al menos, tener para comer. Coloca piedras del arroyo entre los cubos de moras silvestres, que vende al peso y siega la hierba del cementerio que hay junto a la casa. A pesar de su corta edad, sabe qué piensan los hombres cuando miran a su madre. Porque aunque el destino le ha reservado cartas de perdedor, el listo. Shug sabe leer perfectamente lo que ocurre en casa. Que su supuesto padre es un politoxicómano. Que maltrata a su madre. Que le desprecia. Que cuando desaparece no es por nada bueno. Que estarían mejor si en una de ésas no volviera. Shug conduce cuando su madre no puede. Shug se aguanta las ganas de pegarle a su supuesto padre. Shug sufre cuando éste le obliga a entrar en las casas de ancianos y enfermos para robarles los medicamentos.

Shug tiene una de esas vidas negras. No ve salida. No es capaz de soñarla. De imaginarla. Ni siquiera cuando aparece en escena un supuesto salvador. De los dos. De Shug. Y de su madre. Y, curiosamente, al leer nos pasa lo mismo que al pequeño, que ni con ese clavo ardiendo en escena imaginamos una vida lejos de esa casa destartalada junto al cementerio, lejos de ese supuesto padre que le insulta y que se juega a las cartas la blusa de seda que su madre lleva puesta. Porque, como Shug, que en realidad se llama Morris, un nombre olvidado en la partida de nacimiento, sabemos que eso no saldrá bien. Porque a la gente como Shug, porque a los protagonistas de Woodrell, no les sale nada bien. La vida no les da un respiro. Ni una tregua. Ni una oportunidad. La gente como Shug, los protagonistas de Woodrell, sólo tienen por delante un profundo agujero. Cada vez más negro. Y frío. Sobre todo frío.

"Nada más cruzar la frontera del estado, Red me hizo bajar de la camioneta y pintarla de otro color. Cuando me hablaba, su voz sonaba como si la tuviera llena de esos gusanos que te devoran cuando estás muerto y enterrado. Se le notaba en la voz que tenía ganas de presentarme a esos gusanos que me estaban esperando."

Título: 'La muerte del pequeño Shug'
Autor: Daniel Woodrell
Traductora: Isabel González-Gallarza
Editorial: Alba Editorial
Colección: Novela negra
Páginas: 216
Precio: 17,10
Procedencia: comprado

domingo, 24 de septiembre de 2017

A veces basta soplar


@Martatorresmol

A veces basta soplar.
Soplas y silbas.
Soplas y vuelan las semillas de los dientes de león.
Soplas y el azúcar desparramado corre por la mesa.
Soplas y las pompas de jabón bailan.
Soplas y parece que mueves las nubes.
Soplas y las olas te llevan la contraria.
Soplas, te ves en el espejo y te ríes.
Soplas y la llama del pastel se convierte en un deseo.
Soplas y resoplas.
Soplas y te sientes lobo.
Soplas y haces que la niebla de alguien desaparezca.
Soplas y el aliento frío te eriza la piel.
Soplas y crees que cura.
Soplas y parece que duele un poquito menos.
Soplas y quieres que cierre la herida.
Soplas y...
A veces no basta soplar.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

'Afrodita', los placeres del paladar y la carne


He rescatado a 'Afrodita', de Isabel Allende. Lo he sacado de la embutida estantería de los libros de cocina y ahora respira. Ve. Oye. Siente la vida en casa. Mira de frente a todo aquel que entra en ella. Y varios le han echado las manos encima. Cada vez que lo hacen, sonrío. Sonreímos, porque él, ese volumen grande, pesado, suave, duro, de páginas carnosas, también sonríe. Lleva ahí varias semanas, sobre una cajonera, apoyado en unos viejos álbumes de fotos. Tiene algo de altar. Y la mujer rotunda de pechos desnudos que cocina en la portada algo de Virgen. Hay quien expone estampitas de vírgenes y enciende velas a reproducciones de santos. Yo expongo a esa Afrodita de la cocina y prendo velas de gardenia a viejas fotos familiares en blanco y negro. Me encomiendo a ella, a esa diosa del placer, de los placeres, de la comida y el sexo, porque en este libro ambos están unidos. Se cogen de la mano, se besan, se mezclan uno con el otro.

Cada vez que paso sus páginas, a veces despacio, recreándome en palabras al azar, a veces rápido, buscando una receta,  el libro suena. Me gusta pensar que me susurra y gime de placer. Desde que salió de esa sabrosa estantería pocos son los días que no lo acaricio con las puntas de los dedos. Así, vuelvo a leer que las cortesanas de la antigua Grecia se perfumaban el aliento y las zonas erógenas con violetas, un sabor que, mezclado con el de su piel, era el sello íntimo de Josefina Bonaparte, que Casanova sedujo a varias de sus conquistas sirviéndoles ostras de su propia boca o que Cleopatra hacía que sus amantes lamieran sus partes íntimas untadas con una pasta de miel y almendras. Da igual por dónde se abra el libro, sea cual sea la página, estará cuajada de historias y anécdotas sobre el placer de la cocina y el amor.

Allende habla de los afrodisíacos -"el puente entre gula y lujuria"-, de cómo cocinamos para quien queremos seducir -"todo lo que se cocina para un amante es sensual"-, de cómo el cerebro es capaz de diferenciar diez mil olores pero muchas veces no distingue entre lujuria y amor, de la sensualidad de amasar la pasta para las galletas, de lo difícil que es definir un sabor o un olor -"son espíritus con vida propia, fantasmas que aparecen sin ser invocados para abrir una ventana de la memoria"-, de hierbas prohibidas (desde la albahaca a la vainilla pasando por la nuez moscada y la pimienta) por sus supuestos efectos sobre el deseo, de la relación de los fogones con los filtros de amor -"el límite entre los filtros eróticos y los venenos es tan sutil"-, de palomas mensajeras del amor que acaban en la cazuela, de cómo los platos más afrodisíacos no se pueden servir en una mesa de etiqueta porque obligan a los comensales a usar las manos y hacer ruido, del erotismo que guardan todos los productos que vienen del mar (la Mar), no en vano de su espuma surgió Afrodita, de por qué todas las culturas atribuyen a los huevos poderes eróticos y reconstituyentes, de cómo el chocolate era una bebida sagrada para los aztecas y cómo en España las mujeres lo bebían a escondidas por su fama de despertar la libido, de cómo un buen vino -"néctar de los dioses, consuelo de los mortales... tiene el poder de alejar las preocupaciones y darnos, aunque sea por un instante, la visión del Paraíso"- y una buena conversación multiplican este efecto acompañados de un queso...

Pura sensualidad...

"Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana."


Título: 'Afrodita'
Autora: Isabel Allende
Editorial: Plaza Janés
Páginas: 328
Precio: 20,50€
Procedencia: comprado

jueves, 14 de septiembre de 2017

'Voy', Gabi Martínez busca a Gabi Martínez


Llegué a 'Voy' por motivos laborales. Iba a escribir que por obligación, pero no, porque llegar a un libro, aunque sea por trabajo, no es nunca una obligación. Es más, incluso puede llegar a ser, como en este caso, un auténtico placer. Lo leí, lo devoré, en un par de noches. Horas que Gabi Martínez, al que debía entrevistar, le robó a mi sueño. Lo leí a velocidad de vértigo. Parpadeando, incrédula, ante semejante osadía. Sí, porque si hay un adjetivo que defina a este libro, a esta falsa novela, a este documental de papel, a este diario personal, es, sin duda, osado. Valiente, también. Temerario, incluso. En todo, en el planteamiento, en la estructura, en los personajes. Y es que Gabi Martínez (que acaba de publicar 'Las defensas') se convierte a él mismo en protagonista de su propio libro. Y lo hace de una forma descarnada, cruel, sin una pizca de conmiseración con él mismo. Vaya, todo lo contrario de lo que la mayoría hacemos cuando hablamos de nosotros mismos. El Gabi de papel es antipático, rácano, nada empático, seco. No es alguien que te caiga bien. No es alguien a quien desees conocer y, sin embargo, página a página estás deseando saber más, mucho más, todo, en realidad, de sus aventuras. No hay nada de la imagen romántica del escritor viajero en las 400 páginas de 'Voy'. Pero nada.

'Voy' es una búsqueda. La de un joven periodista chileno dispuesto a saber qué pasó con el escritor Gabi Martínez, desaparecido en Nueva Zelanda en uno de sus viajes, mientras perseguía la pista de un ave ya extinta, casi imaginaria, y del que hace ya demasiados meses que nadie sabe nada. El libro es la reproducción de las entrevistas que el joven realiza a los más allegados a Gabi, las cartas que recibe para hablarle sobre él, una estructura que hace muy difícil que el lector suelte el libro. Por tarde que sea y por más horas que hayan pasado. Una pregunta más. Esta carta y ya. Todo es una trampa para que sigas leyendo. Formándote una imagen del autor-protagonista que, quién sabe, quizás no está perdido y simplemente no quiere que le encuentren. Hablan exnovias, examantes, viejos compañeros de viaje... Unos relatos que te llevan a China, a África, a redacciones oscuras, a Australia... He dicho que 'Voy' es una búsqueda, pero en realidad son muchas. Es la del joven chileno, sí, pero también hay algo en este ejercicio de una búsqueda del propio yo, de la de Stanley a Livingstone, de la de Marlow a Kurtz... Y de la del lector en las librerías. Porque, después de 'Voy', es inevitable querer saber más de esos viajes que recuerdan quienes hablan de él: 'Los mares de Wang' (China), 'Sudd' (el Nilo blanco), 'Sólo para gigantes' (Pakistán), 'En la barrera' (Australia)... Y es inevitable, además, ponerle ojitos a tu mochila y a tu cuaderno de viajes.

"No me vengas con tonterías, esto no es un juego. Pronto hará un año sin noticias de él. Con toda la tecnología y los medios de comunicación actuales..., después de un año, o está muerto o no quiere que lo encuentren. Si resulta que está vivo y cumples tu idea con éxito, verte no le va a hacer ninguna gracia."


Título: 'Voy'
Autor: Gabi Martínez
Editorial: Alfaguara
Páginas: 400
Precio: 18,50€
Procedencia: comprado

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