miércoles, 18 de octubre de 2017

'Tres días y una vida', la culpa


@martatorresmol

La culpa puede decidir una vida. Puede decidir por ti. Escoger por ti. Descartar por ti. Hacer como que olvida por ti. Fingir por ti. Mentir por ti. La culpa puede comerte. Darte un buen mordisco, un bocado atroz, que te deje medio muerto y una cicatriz que te impida olvidar. Y seguir comiéndote, poco a poco, royéndote y lamiéndote, el resto de tu vida. La culpa... Ésa es la protagonista de 'Tres días y una vida', de Pierre Lemaitre, que sigue fascinándome por su capacidad para tenerte con el corazón en la boca durante todas y cada una de sus páginas. Con sencillez, con naturalidad, sin artificios. Como si sus historias discurrieran por el único camino posible y, al mismo tiempo, el que no esperarías nunca.

'Tres días y una vida' sucede en Beauval, un pequeño pueblo francés. Un lugar en el que todos se conocen y en el que, quizás por eso, todos se esconden. Protegen lo que ocurre visillos adentro con el mismo afán con el que tratan de mirar más allá de los visillos de los demás. El protagonista es Antoine, un tímido preadolescente de doce años condenado a la soledad de los bosques que rodean la aldea desde el momento en que su madre le prohíbe jugar con las consolas de sus amigos. Apartado del grupo, sintiéndose aislado, Antoine pasa las horas construyendo una cabaña en un árbol con la única compañía de Ulises, el perro de su vecino y, a veces, Rémi, su pequeño dueño. Antoine, que siente que ese perro es el único ser en el planeta que le entiende (su padre huyó de su lado tras el divorcio y su madre trabaja tanto para mantenerle que apenas está en casa), no puede superar la despiadada muerte del animal, que presencia, horrorizado. Primero le poseen las lágrimas, las pesadillas. Luego, la rabia, que paga con quien no tiene culpa alguna. Y finalmente, la culpa, que ya no le abandonará. Por más que pase el tiempo. Y que irá, con el paso de esos años, configurando a su antojo la personalidad de Antoine. Y estableciendo los límites no deseados de su vida. Porque la culpa, como la tristeza y como la soledad, si no las echas a tiempo, se te meten tan dentro que ya no hay manera fácil de deshacerte de ellas.

Lemaitre, con esa asombrosa clarividencia de la parte más oscura del ser humano, con ese profundo conocimiento de nuestra cara B, te hace sufrir. Como si fueras Antoine. Porque, ¿quién está seguro de que jamás mataría a otra persona? Es una pregunta a la que tuve que responder hace tiempo, en la universidad, en una de las fabulosas clases de 'Periodismo y literatura'. A pesar de los años que han pasado, mi respuesta sigue siendo la misma: cualquiera, en un momento dado, se puede manchar las manos con sangre ajena. Y entonces, salvo que seas un sociópata, ahí estará la culpa. Intentando hacerse dueña de tu vida.

"A finales de diciembre de 1999, una sorprendente serie de sucesos trágicos sacudió Beauval, el más importante de todos, la desaparición del niño Rémi Desmedt. En esa región cubierta de bosques y habituada a un ritmo lento, la súbita desaparición del pequeño causó estupor e incluso fue considerada por muchos de los habitantes como un presagio de futuras catástrofes. Para Antoine, que estuvo en el centro del drama, todo empezó con la muerte del perro. Ulises."

Título: 'Tres días y una vida'
Autor: Pierre Lemaitre
Traductor: José antonio Soriano Marco
Editorial: Salamandra
Páginas: 224
Precio: 18€
Procedencia: regalo mamá

lunes, 16 de octubre de 2017

'Muñeca de porcelana', las entrañas del poder


Foto: Sergio Parra

"Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morirse antes".

Cuánta verdad encierra esa frase de 'Muñeca de porcelana', una obra escrita por David Mamet. Es lo que tiene el buen teatro, que planta verdades incuestionables sobre el escenario. Y no sólo verdades. Planta sobre el escenario al ser humano. Todas sus miserias. Todas sus flaquezas. Todas sus mentiras. Todos sus trucos. Ver una buena obra de teatro es mirarse al espejo. A veces te ves reflejada a ti misma con tanta crudeza que te asusta. Otras, la mayoría, en ese reflejo aparece la sociedad al completo. Y entonces, si la obra es redonda, sientes asco. Grima. Unas profundas ganas de vomitar. Y te planteas cómo se puede llegar hasta ahí. Me pasó, hace años, con 'Todos eran mis hijos' y con esa facilidad con la que un empresario envía a la muerte segura en sus aviones inseguros a combatientes americanos. Me pasó con la fabulosa 'Celebració' y ese padre depredador sexual. Y me pasó hace unos días con 'Muñeca de porcelana' y ese empresario (inmenso José Sacristán) que pasa de tener la sartén por el mango a que le tengan pillados por los huevos, con perdón de la expresión.

Todo pasa en unas horas. Sin salir de una oficina. Con dos actores y un teléfono. No hace falta nada más. Es suficiente para ver la caída de un hombre. La de un empresario de éxito de edad avanzada encaprichado de una joven actriz a la que le acaba de comprar un avión y por la que ha decidido jubilarse y dedicarle todo el tiempo posible. Lo que muestra Mamet son las últimas horas de ese empresario en su despacho, instruyendo a su joven ayudante, que es quien se hará cargo de sus negocios tras su jubilación. Nos muestra a un hombres irascible, tirano, incluso, acostumbrado a ganar, a que no le lleven la contrario, a no dar su brazo a torcer, a doblegar a los demás. Y a otro hombre apocado, tímido, con ganas de decirle a su jefe lo que piensa, aplicando toda la mano izquierda que tiene para alzar su voz y que su mentor le atienda. Bien. Eso es al principio. Antes de que empiecen las llamadas. Las decenas de llamadas. La llamada que significará el cambio de todo. Porque lo que Mamet, con genialidad, nos muestra es la digestión del poder, los intestinos, los viscosos caminos que siguen política y dinero, tan enredados el uno con el otro que es imposible separarlos sin echar mano de unas tijeras. Y ahí, esa llamada, ese tijeretazo, aunque sólo sea por una cuestión estética, por miedo a la prensa, a un juicio o a la cárcel, lo cambia todo. Cambia las perspectivas de futuro de Ross. También las de su ayudante. Cambia el tono de las conversaciones. Cambia las palabras. Cambia los gestos. En apenas una hora y cuarto, con simples llamadas de teléfono, el empresario de éxito deja de ser alguien a quien envidiar y el ayudante pacato deja de ser alguien a quien compadecer. Una evolución de personajes digna de los de Carol Reed en 'El tercer hombre'. No había vuelto al teatro desde 'Tierra del fuego', que me dejó noqueada. Y he vuelto a salir casi igual.


Título: 'Muñeca de porcelana'
Autor: David Mamet
Director: Juan Carlos Rubio
Actores: José Sacristán, Javier Godino
Versión: Bernabé Rico
Ayudante de dirección: Chus Martínez
Escenografía: Curt Allen Wilmer
Iluminación: José Manuel Guerra
Sonido: Mariano García
Figurinista: Guadalupe Valero
Vestuario: DERBY 1951
Fotografía: Sergio Parra
Comunicación: Daniel de Vicente
Producción en gira: Jacinto Bravo, Salvador Aznar
Distribución: Bravo Teatro
Producción ejecutiva: Bernabé Rico
Teatro: Can Ventosa (Ibiza)
Entrada: 22€

jueves, 12 de octubre de 2017

Paula Bonet: "Mi generación no verá la igualdad"




Paula Bonet es directa, siente pasión por lo que hace y no tiene pelos en la lengua. Leer sus palabras y observar al detalle sus dibujos es leerla y observarla a ella. Pone todo de sí en cada uno de sus proyectos y eso es algo que los lectores no agradeceremos nunca suficiente a los autores que lo hacen. Su último libro, 'La sed', es una patada en el estómago. Duele. Te hace pensar. Hay frases que te crujen, que te hacen pensar, que te hacen mirarte en el espejo con otros ojos o caer de bruces con algo en lo que jamás habías caído. 'La sed' plantea muchas preguntas y te deja a solas buscando respuestas. Una búsqueda que ya hicieron, hace tiempo, las mujeres a las que Bonet pone sobre sus páginas, autoras que no pasaron a los libros de texto ni a las lecturas escolares, aunque tuvieron la misma importancia que sus coetáneos hombres: Clarise Lispector, Sylvia Plath, María Luisa Bombal, Anne Sexton...

Marta Torres Molina | Ibiza

Su último libro se titula ‘La sed’, leyéndolo creo que podría haberse titulado ‘El dolor’.
Contiene mucho dolor, pero ése no fue un título que barajé. Había otros: ‘El desgarro’, ‘La muda’ o ‘El deshielo’. Decidí no ser tan evidente y usar la metáfora de la sed que, de alguna manera, los engloba a todos.

¿La sociedad actual ha desaprendido el sentido del dolor?
En nuestra sociedad vivimos de espaldas al dolor, hay otras que no y, cuando aparece, los gestionan mucho mejor. Cuando empecé ‘La sed’, que surge de un desgarro, de un descontento con el contexto, de un derrumbamiento, me di cuenta de que el tiempo que iba a invertir trabajando en el libro y viviendo iba a ser doloroso. Lo acepté. Decidí acomodarme lo máximo posible. Como cuando tienes un vuelo muy largo, sabes que estarás en un espacio muy reducido muchas horas e intentas acomodarte y pasarlo. Dar la espalda al dolor es un error mayúsculo.

En el libro aparece un cardenal. Es la primera vez que entiendo su sentido: te haces daño, aparece, te duele, desaparece, ya no te duele. ¿No hay cardenales para el dolor no físico que nos digan cuándo debería dejar de doler?
O que nos indiquen cómo convivir con ese dolor. Tienes que saber que el dolor puede convivir con la felicidad. Estamos todo el tiempo bombardeados por mensajes extremadamente positivos y eso no nos beneficia, no nos hace ningún favor.

Dice en el libro algo así como que quería ser libre y que, una vez conseguida, esa libertad le quema las manos.
Es muy complicado gestionar la libertad, muy difícil. El proceso de aprendizaje es largo.

Libertad y felicidad...
...van de la mano.

En una balanza, ¿cuál pesaría más?
Aunque la libertad conlleve tener que tomar muchas decisiones que a veces son dolorosas, para mí significa felicidad. Enfrentarte a ti mismo, aceptar tus defectos, convivir con ellos... La libertad es dolorosa porque debes encararte a... (seguir leyendo)


lunes, 9 de octubre de 2017

'El invierno más frío', si Holden Caulfield hubiera sufrido abusos sexuales


¿Cómo hubiera sido 'El guardián entre el centeno' si un adulto hubiera abusado sexualmente de Holden Caulfield? Pues que lo que hubiera escrito Salinger habría sido 'El invierno más frío'. Porque hay mucho de Holden Caulfield en Aidan donovan, el protagonista de esta novela de Brendan Kiely. O, al menos, yo no he podido despegarme durante toda su lectura de esa sensación. Supongo que eso tiene la culpa de que no haya disfrutado del todo de esta novela. A pesar de las entusiastas críticas que ha tenido en Estados Unidos. La historia de Donovan, un adolescente que fuma a escondidas y que, pronto sabremos, tiene un gran conflicto personal, está escrita con una gran sensibilidad. Y con muy buena mano, porque ese conflicto, ese secreto, ese problema que convertirá sus próximos años en un infierno, va dibujándose poco a poco. Surge de entre las páginas, descolocándonos.

Intuimos algo sucio y despreciable que el hecho de que el padre Greg sea el único que le escucha, pero intuimos también que lo que angustia a Donovan no es eso. No exactamente eso. Algo relacionado, pero no eso. El adolescente debe lidiar con el abandono del padre Greg, después de lo que le ha hecho durante años, con su situación familiar, con la incredulidad de su madre, con las primeras consecuencias en su día a día de unos abusos que para él eran algo normal e, incluso, una muestra de cariño, de que le importaba a alguien, de que alguien le quería. Una trampa de la que, a lo largo de la novela, va siendo cada vez más consciente. Las drogas, el tabaco, la bebida y el sexo serán las salidas que encontrará el adolescente, ese Holden Caulfield que ha sufrido abusos sexuales durante años. Y que, lo que es peor, los ha confundido con cariño.

"Para contar lo que pasó de verdad, lo que nadie sabe, lo que no dijeron los periódicos, tengo que empezar por la fiesta de Nochebuena de mi madre. Dos noches antes, como si el universo fuera el coproductor de su gran espectáculo, una tormenta de nieve había blanqueado nuestro rincón de Connecticut. Mi madre estaba encantada. Velas eléctricas en las ventanas, guirnaldas en las puertas, fotogénicos montones de nieve contra los muros de la casa..., todo era "simplemente maravilloso", como habrían dicho sus amigas. El espíritu navideño nos invadiría a todos, o al menos lo aparentaríamos."

Título: 'El invierno más frío'
Autor: Brendan Kiely
Traductora: Claudia Conde
Editorial: Seix Barral
Páginas: 320
Precio: 19,90€
Procedencia: biblioteca

jueves, 5 de octubre de 2017

'La tempestad', Venecia, Giorgione y un muerto


@Martatorresmol

A veces hay que vencer los prejuicios. Por mucho que cueste. Porque te pierdes muchas cosas buenas por su culpa. Leer 'La tempestad', de Juan Manuel de Prada, ha sido eso, tumbar un prejuicio. Y medioreconciliarme, además, con los premios Planeta, que dejé de leer hace mucho después de un par de decepciones que me hicieron pensar: "¿Los que le han dado el premio a esta bazofia se la han leído?". Hace años (creo que aún no había cumplido los 20) compré el libro en una edición de bolsillo. Era una larga espera en el aeropuerto, por trabajo (en este oficio la puntualidad es casi casualidad), acabé el libro que tenía entre manos y me fui pitando a la librería de la terminal para hacerme con otro. Compré una edición de bolsillo seducida por la imagen y la frase de portada. Pero no pude ni empezarlo y, al llegar de nuevo a la redacción, no lo tenía. Pasaron los años y ni se me pasó por la cabeza recuperarlo y leerlo básicamente porque por entonces su autor, Juan Manuel de Prada, que ya participaba en tertulias, no era santo de mi devoción. Casi agradecí (que el dios de los libros me perdone por ello) haber perdido aquel ejemplar. Hace un par de años alguien a quien le tenía un cariño que no se merecía me dijo que ese libro, 'La tempestad', había sido una de sus últimas buenas lecturas. Puse un mohín de desprecio e incredulidad, pero aquella opinión se me quedó ahí. Ese mismo año, el día de Sant Jordi, tuve que ir a cubrir unas fiestas de pueblo. La biblioteca había salido a la calle. Tenía una mesa enorme colmada de libros de la que las bibliotecarias invitaban a los paseantes a llevarse alguno. Y ahí estaba, 'La tempestad', de Juan Manuel de Prada, en la misma edición perdida años atrás. Y me lo llevé. Y esa misma noche lo empecé a leer. Y casi lo acabé.

Ya los primeros párrafos, con ese hombre contemplando cómo otro se desangra, son subyugantes. Adelantan lo que se te viene encima: Venecia, un asesinato, un personaje (o varios) misteriosos, arte... Lo que más cala, sin embargo, es el ambiente. Pasado un tiempo, la trama de desdibuja en la memoria, pero los personajes siguen ahí, claros y contundentes, envueltos de la humedad, el frío que se cuela hasta el tuétano y la oscuridad de la Venecia de invierno. Sensaciones, todas ellas, muy alejadas de la Venecia turística. Uno de los aspectos más interesantes de la novela los protagoniza el cuadro que da título al libro, 'La tempestad', de Giorgione, que el protagonista, un joven profesor de arte español, estudia y el motivo que le lleva a la ciudad italiana. Es imposible avanzar en la trama del asesinato (uno de los mejores falsificadores de Venecia) sin buscar y devorar con los ojos la pintura renacentista. Con cada comentario sobre ella, la imagen se va tatuando en la retina. La trama, ese asesinato con el que la ciudad recibe al español, esa maleta misteriosa que ayuda a robar, ese socio del falsificador que se hace amigo suyo, ese amor frustrado... Todo eso da igual. Lo que atrapa es esa Venecia, muy similar a la que Henry James retrata en 'Los papeles de Aspern', oscura e inhóspita.

"Es difícil y obsceno soslayar la mirada de un hombre que se desangra hasta morir, pero más difícil aún es sostenerla e intentar zambullirse en el torbellino de pasiones confusas y secretos póstumos que se agolpa en sus retinas. Es difícil y laborioso asistir a la agonía de un hombre anónimo (pronto sabría que se llamaba Fabio Valenzin, traficante y falsificador de arte), en una ciudad inexplorada, cuando la noche ha alcanzado ese grado de premeditación o alevosía que hace de la muerte un asunto irrevocable."

Título: 'La tempestad'
Autor: Juan Manuel de Prada
Editorial: Planeta
Páginas: 328
Precio: gratis (790 pesetas originalmente)
Procedencia: regalo de la biblioteca

lunes, 2 de octubre de 2017

'Todos nuestros ayeres', las pequeñas cosas son las que hacen bailar las cortinas


@martatorresmol
Si el destino se anuncia con música de charanga, mejor ponerse en guardia. Es una villanía maldecir a un perro. Sin la vergüenza la humanidad sería mucho mejor. Llega un momento de la vida en el que son los hijos los que educan a los padres. A los muertos se les debe juzgar como si estuvieran vivos. El valor no te lo encuentras un día en el bolsillo. Los cerdos son felices en cualquier lado. Una casa sin visitas es triste. Todo hombre, mirado muy de cerca, acaba dando pena. Son sólo algunas de las enseñanzas que supura 'Todos nuestros ayeres', de Natalia Ginzburg, maravillosamente traducida por Carmen Martín Gaite. Una novela que baila en la cotidianeidad, como las cortinas en una casa por cuyas ventanas se cuela el aire. El vendaval. La tormenta. La guerra. Y todo hace bailar las cortinas, las vidas, las cabezas...

'Todos nuestros ayeres' va de eso, de la vida, que puede con todo y sigue a pesar de todo. A pesar de la muerte de los demás, a pesar de la guerra, a pesar de la pobreza, a pesar del desamor, a pesar del abandono, a pesar de las dificultades, a pesar del enfado, y de la miseria y del hambre y de los malentendidos y de las desgracias y de los planes frustrados y de los días sin risas y de las malas caras y del desengaño y de la clandestinidad y de las bombas y del recuerdo y de la tristeza. Sólo la muerte, la propia, se interpone a esa vida que continúa pese a todo. A esa cotidianeidad invencible. Tu propia muerte sólo acaba contigo, lo demás, pasado el duelo, sigue igual. O casi. Queda una mota, una mancha enorme, un recuerdo que de vez en cuando te da un mordisco, pero la vida avanza. Eso es algo que saben muy bien los protagonistas de esta novela, que comienza en los pasos previos a la Segunda Guerra Mundial y culmina con la liberación de Italia. Lo sabe muy bien Anna, que debe sobreponerse al suicidio de su hermano Ippolito, que encuentra en un revólver la solución a no querer ir a la guerra, y a un embarazo no deseado. Lo sabe muy bien Danilo, que esconde panfletos antifascistas y acaba en la cárcel. Y Cenzo Rena, que en una aldea del sur de Italia, guarda a Anna e intercede por los campesinos frente al alcalde. Y la señora Maria, que se adapta a todo. Y el turco refugiado. Y Franz, el judío, que se esconde de los alemanes. Y Giuma, que desconoce el significado de la palabra responsabilidad. Anna observa. Y cuenta. Ese baile de cortinas, tan cotidiano que casi pasa desapercibido, tan cotidiano que muestra y esconde la vida. Ésa que sigue a pesar de todo. Porque las grandes cosas hacen mucho ruido, pero son las pequeñas, al fin y al cabo, las que dan forma a todo. Y en eso, en esas pequeñas cosas, es en lo que se fija Natalia Ginzburg, lo que cuenta, en donde pone el foco, lo que engrandece para darle su lugar justo.

"Anna, Giustino y la señora Maria iban al cementerio algunos domingos. Concettina no, porque ella nunca salía de casa los domingos, eran días que detestaba. Se ponía el vestido más feo que pudiera encontrar y se quedaba encerrada en su cuarto zurciendo medias. En cuanto a Ippolito, tenía que hacerle compañía al padre. En el cementerio, la señora Maria rezaba, pero los chicos no, porque el padre siempre decía que rezar es una estupidez, que Dios a lo mejor existe pero no hace falta rezarle, es Dios y ya sabe por sí mismo cómo anda todo."

Título: 'Todos nuestros ayeres'
Autora: natalia Ginzburg
Traductora: Carmen Martín Gaite
Editorial: Lumen
Páginas: 360
Precio: 20,90€
Procedencia: regalo

martes, 26 de septiembre de 2017

'La muerte del pequeño Shug', una vida negra


@martatorresmol

Hay novela negra porque hay vidas negras. Realidades de ese color. O de un gris tan oscuro que es como si fuera negro. Esas son las vidas sobre las que escribe Daniel Woodrell, que tiene el don de dejarte con el corazón helado cada vez que te adentras en una de sus novelas. En 'Los huesos del invierno' se podía achacar a la nieve, al frío de las montañas de Orzak, pero en 'La muerte del pequeño Shug' no hay excusa posible. El frío no tiene nada que ver con la temperatura. Se debe a esas vidas negras, descorazonadoras. A una de esas vidas. La de Shug, apenas un niño, pero muy consciente de que lo que le ha tocado vivir no es una infancia feliz. Ni siquiera es infancia. Shug vive con su madre en una casa solitaria en mitad del campo. Una casa que, de no ser porque hay dos vidas en ella, se creería abandonada. Una casa en la que la mesa de la cocina está tan coja que los cereales se salen del cuenco con cada movimiento. Shug, a pesar de que es sólo un niño, está pendiente de su madre, una belleza que se perdió entre el alcohol y el amor mal entendido. Shug ha aprendido algunos trucos para, al menos, tener para comer. Coloca piedras del arroyo entre los cubos de moras silvestres, que vende al peso y siega la hierba del cementerio que hay junto a la casa. A pesar de su corta edad, sabe qué piensan los hombres cuando miran a su madre. Porque aunque el destino le ha reservado cartas de perdedor, el listo. Shug sabe leer perfectamente lo que ocurre en casa. Que su supuesto padre es un politoxicómano. Que maltrata a su madre. Que le desprecia. Que cuando desaparece no es por nada bueno. Que estarían mejor si en una de ésas no volviera. Shug conduce cuando su madre no puede. Shug se aguanta las ganas de pegarle a su supuesto padre. Shug sufre cuando éste le obliga a entrar en las casas de ancianos y enfermos para robarles los medicamentos.

Shug tiene una de esas vidas negras. No ve salida. No es capaz de soñarla. De imaginarla. Ni siquiera cuando aparece en escena un supuesto salvador. De los dos. De Shug. Y de su madre. Y, curiosamente, al leer nos pasa lo mismo que al pequeño, que ni con ese clavo ardiendo en escena imaginamos una vida lejos de esa casa destartalada junto al cementerio, lejos de ese supuesto padre que le insulta y que se juega a las cartas la blusa de seda que su madre lleva puesta. Porque, como Shug, que en realidad se llama Morris, un nombre olvidado en la partida de nacimiento, sabemos que eso no saldrá bien. Porque a la gente como Shug, porque a los protagonistas de Woodrell, no les sale nada bien. La vida no les da un respiro. Ni una tregua. Ni una oportunidad. La gente como Shug, los protagonistas de Woodrell, sólo tienen por delante un profundo agujero. Cada vez más negro. Y frío. Sobre todo frío.

"Nada más cruzar la frontera del estado, Red me hizo bajar de la camioneta y pintarla de otro color. Cuando me hablaba, su voz sonaba como si la tuviera llena de esos gusanos que te devoran cuando estás muerto y enterrado. Se le notaba en la voz que tenía ganas de presentarme a esos gusanos que me estaban esperando."

Título: 'La muerte del pequeño Shug'
Autor: Daniel Woodrell
Traductora: Isabel González-Gallarza
Editorial: Alba Editorial
Colección: Novela negra
Páginas: 216
Precio: 17,10
Procedencia: comprado

domingo, 24 de septiembre de 2017

A veces basta soplar


@Martatorresmol

A veces basta soplar.
Soplas y silbas.
Soplas y vuelan las semillas de los dientes de león.
Soplas y el azúcar desparramado corre por la mesa.
Soplas y las pompas de jabón bailan.
Soplas y parece que mueves las nubes.
Soplas y las olas te llevan la contraria.
Soplas, te ves en el espejo y te ríes.
Soplas y la llama del pastel se convierte en un deseo.
Soplas y resoplas.
Soplas y te sientes lobo.
Soplas y haces que la niebla de alguien desaparezca.
Soplas y el aliento frío te eriza la piel.
Soplas y crees que cura.
Soplas y parece que duele un poquito menos.
Soplas y quieres que cierre la herida.
Soplas y...
A veces no basta soplar.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

'Afrodita', los placeres del paladar y la carne


He rescatado a 'Afrodita', de Isabel Allende. Lo he sacado de la embutida estantería de los libros de cocina y ahora respira. Ve. Oye. Siente la vida en casa. Mira de frente a todo aquel que entra en ella. Y varios le han echado las manos encima. Cada vez que lo hacen, sonrío. Sonreímos, porque él, ese volumen grande, pesado, suave, duro, de páginas carnosas, también sonríe. Lleva ahí varias semanas, sobre una cajonera, apoyado en unos viejos álbumes de fotos. Tiene algo de altar. Y la mujer rotunda de pechos desnudos que cocina en la portada algo de Virgen. Hay quien expone estampitas de vírgenes y enciende velas a reproducciones de santos. Yo expongo a esa Afrodita de la cocina y prendo velas de gardenia a viejas fotos familiares en blanco y negro. Me encomiendo a ella, a esa diosa del placer, de los placeres, de la comida y el sexo, porque en este libro ambos están unidos. Se cogen de la mano, se besan, se mezclan uno con el otro.

Cada vez que paso sus páginas, a veces despacio, recreándome en palabras al azar, a veces rápido, buscando una receta,  el libro suena. Me gusta pensar que me susurra y gime de placer. Desde que salió de esa sabrosa estantería pocos son los días que no lo acaricio con las puntas de los dedos. Así, vuelvo a leer que las cortesanas de la antigua Grecia se perfumaban el aliento y las zonas erógenas con violetas, un sabor que, mezclado con el de su piel, era el sello íntimo de Josefina Bonaparte, que Casanova sedujo a varias de sus conquistas sirviéndoles ostras de su propia boca o que Cleopatra hacía que sus amantes lamieran sus partes íntimas untadas con una pasta de miel y almendras. Da igual por dónde se abra el libro, sea cual sea la página, estará cuajada de historias y anécdotas sobre el placer de la cocina y el amor.

Allende habla de los afrodisíacos -"el puente entre gula y lujuria"-, de cómo cocinamos para quien queremos seducir -"todo lo que se cocina para un amante es sensual"-, de cómo el cerebro es capaz de diferenciar diez mil olores pero muchas veces no distingue entre lujuria y amor, de la sensualidad de amasar la pasta para las galletas, de lo difícil que es definir un sabor o un olor -"son espíritus con vida propia, fantasmas que aparecen sin ser invocados para abrir una ventana de la memoria"-, de hierbas prohibidas (desde la albahaca a la vainilla pasando por la nuez moscada y la pimienta) por sus supuestos efectos sobre el deseo, de la relación de los fogones con los filtros de amor -"el límite entre los filtros eróticos y los venenos es tan sutil"-, de palomas mensajeras del amor que acaban en la cazuela, de cómo los platos más afrodisíacos no se pueden servir en una mesa de etiqueta porque obligan a los comensales a usar las manos y hacer ruido, del erotismo que guardan todos los productos que vienen del mar (la Mar), no en vano de su espuma surgió Afrodita, de por qué todas las culturas atribuyen a los huevos poderes eróticos y reconstituyentes, de cómo el chocolate era una bebida sagrada para los aztecas y cómo en España las mujeres lo bebían a escondidas por su fama de despertar la libido, de cómo un buen vino -"néctar de los dioses, consuelo de los mortales... tiene el poder de alejar las preocupaciones y darnos, aunque sea por un instante, la visión del Paraíso"- y una buena conversación multiplican este efecto acompañados de un queso...

Pura sensualidad...

"Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana."


Título: 'Afrodita'
Autora: Isabel Allende
Editorial: Plaza Janés
Páginas: 328
Precio: 20,50€
Procedencia: comprado

jueves, 14 de septiembre de 2017

'Voy', Gabi Martínez busca a Gabi Martínez


Llegué a 'Voy' por motivos laborales. Iba a escribir que por obligación, pero no, porque llegar a un libro, aunque sea por trabajo, no es nunca una obligación. Es más, incluso puede llegar a ser, como en este caso, un auténtico placer. Lo leí, lo devoré, en un par de noches. Horas que Gabi Martínez, al que debía entrevistar, le robó a mi sueño. Lo leí a velocidad de vértigo. Parpadeando, incrédula, ante semejante osadía. Sí, porque si hay un adjetivo que defina a este libro, a esta falsa novela, a este documental de papel, a este diario personal, es, sin duda, osado. Valiente, también. Temerario, incluso. En todo, en el planteamiento, en la estructura, en los personajes. Y es que Gabi Martínez (que acaba de publicar 'Las defensas') se convierte a él mismo en protagonista de su propio libro. Y lo hace de una forma descarnada, cruel, sin una pizca de conmiseración con él mismo. Vaya, todo lo contrario de lo que la mayoría hacemos cuando hablamos de nosotros mismos. El Gabi de papel es antipático, rácano, nada empático, seco. No es alguien que te caiga bien. No es alguien a quien desees conocer y, sin embargo, página a página estás deseando saber más, mucho más, todo, en realidad, de sus aventuras. No hay nada de la imagen romántica del escritor viajero en las 400 páginas de 'Voy'. Pero nada.

'Voy' es una búsqueda. La de un joven periodista chileno dispuesto a saber qué pasó con el escritor Gabi Martínez, desaparecido en Nueva Zelanda en uno de sus viajes, mientras perseguía la pista de un ave ya extinta, casi imaginaria, y del que hace ya demasiados meses que nadie sabe nada. El libro es la reproducción de las entrevistas que el joven realiza a los más allegados a Gabi, las cartas que recibe para hablarle sobre él, una estructura que hace muy difícil que el lector suelte el libro. Por tarde que sea y por más horas que hayan pasado. Una pregunta más. Esta carta y ya. Todo es una trampa para que sigas leyendo. Formándote una imagen del autor-protagonista que, quién sabe, quizás no está perdido y simplemente no quiere que le encuentren. Hablan exnovias, examantes, viejos compañeros de viaje... Unos relatos que te llevan a China, a África, a redacciones oscuras, a Australia... He dicho que 'Voy' es una búsqueda, pero en realidad son muchas. Es la del joven chileno, sí, pero también hay algo en este ejercicio de una búsqueda del propio yo, de la de Stanley a Livingstone, de la de Marlow a Kurtz... Y de la del lector en las librerías. Porque, después de 'Voy', es inevitable querer saber más de esos viajes que recuerdan quienes hablan de él: 'Los mares de Wang' (China), 'Sudd' (el Nilo blanco), 'Sólo para gigantes' (Pakistán), 'En la barrera' (Australia)... Y es inevitable, además, ponerle ojitos a tu mochila y a tu cuaderno de viajes.

"No me vengas con tonterías, esto no es un juego. Pronto hará un año sin noticias de él. Con toda la tecnología y los medios de comunicación actuales..., después de un año, o está muerto o no quiere que lo encuentren. Si resulta que está vivo y cumples tu idea con éxito, verte no le va a hacer ninguna gracia."


Título: 'Voy'
Autor: Gabi Martínez
Editorial: Alfaguara
Páginas: 400
Precio: 18,50€
Procedencia: comprado

martes, 5 de septiembre de 2017

'Patria', el perdón


@Martatorresmol

He disfrutado y sufrido mucho con esta novela. Perdón, con este novelón. Porque sí, es un novelón. De los que te pillan (lo siento, pero son los libros los que te escogen, no tú a ellos, por mucho que creas) y ya no te sueltan. Entiendo el éxito de 'Patria', de Fernando Aramburu. Tiene todos los ingredientes para ello. Está muy bien escrita. Es muy clara. La historia te llega. Te interesa, te emociona, te alegra, te enfada, te entristece, te indigna, te consuela... Es lo suficientemente larga como para que te dé tiempo a digerirla. Sí, es de esas historias que hay que digerir. Con cuatro estómagos, como los rumiantes, a ser posible. Y los personajes, los personajes parecen haber salido del portal de al lado, de lo reales que son, o que parecen, o que son. Bueno, no lo sé, porque es una novela, pero estoy convencida de que en algún rincón del País Vasco hay más de una Bittori que corre a la tumba de su marido asesinado el día que ETA anuncia el abandono de las armas, y muchos Txatos que temían un atentado que al final segó su vida, y varias Miren que se agarran con fuerza a una causa y justifican los muertos que carga a su espaldas, incontables Xose Mari que mataron y ahora ven escapárseles la vida en prisión, decenas de Nereas que se negaron a asumir que a su padre lo había asesinado la banda terrorista.

Qué difícil es. Qué difícil debe haber sido tejer esta historia. Si a mí, leyéndola, se me han anudado las tripas constantemente no me atrevo a imaginar lo que sido ir trenzando todos esos mimbres que pinchan, se enredan, cuesta doblar. Es una novela que duele. Desde el primer momento, ése en el que se cruza la puerta de la piel de Bittori, es inevitable sentir rabia. Enfadarse. Es casi imposible no empatizar con esa mujer, una mujer como cualquier otra, madre de dos hijos, esposa de un pequeño empresario de transportes, ama de casa, clienta del mercado, cuyo marido se marcha un día al trabajo después de la siesta y ya no vuelve más porque, a la vuelta de la esquina de su casa, le descerrajan un tiro. Una mujer que, pasados los años, con los hijos ya mayores, después de marcharse fuera del pueblo en el que pasó todo y donde todo dejó de ser lo que era, decide volver. Un regreso lleno de silencios, de malas caras, de desplantes. Un regreso a su vida de antes, un poner un geranio en el balcón que más de uno se toma como una provocación. Ella es la víctima, pero hay quien no piensa así. Como su vecina, Miren. Su amiga. Su confidente. Miren. La madre de Xose Mari. La madre de un etarra. Quién sabe si del mismo que apretó el gatillo mientras el Txato, que a él y a su hermana los trató casi como a hijos, le sonreía. Quién sabe. Hay tensión en ese regreso. Una tensión que traspasa el papel y que, por suerte, concede treguas al lector a través de flashbacks del pasado. Treguas o, mejor dicho, falsas treguas, porque después de cada una de esas miradas atrás todo el presente se hace más crudo, más duro. Se hace bola. Y está bien, así debe ser, porque sólo así es posible comprender todo eso que sobrevuela 'Patria': lo imposible que es olvidar y lo necesario que es el perdón.

Tengo algún pero. Pequeño. Diminuto. En algún momento de la lectura me dio por pensar en Miren, en ese personaje desagradable, incómodo, implacable, casi robótico, insensible, sin empatía, cruel... Le estuve dando vueltas a si habrá gente así, si las tintas estaban cargadas en demasía contra ella (pensar eso me tuvo varias horas enfadada con la historia), si era yo la que, desde mi punto de vista, la veía así... No lo sé. Aún no lo sé. Sólo intuyo que, con las tintas cargadas o libres, ese personaje es necesario, así, para que la historia se desplome sobre ti. Página a página. Porque 'Patria' es una novela, es ficción, sus personajes no existen, lo que les ocurre podría no haber pasado o le podría haber pasado a decenas de personas, pero eso da igual, es casi real. En el pleno sentido de la palabra. Es una de esas invenciones que sirven quizás no para explicar, pero sí para entender, que al fin y al cabo es lo importante, lo que pasaba de puertas para adentro en una familia cualquiera, a un bando y al otro del terrorismo de ETA.

"Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós. ¿No ve que ni siquiera se toma la molestia de abrirle la puerta? Sometida, más que sometida. Y esos zapatos de tacón y esos labios rojos a sus cuarenta y cinco años, ¿para qué? Con tu categoría, hija, con tu posición y tus estudios, ¿qué te lleva a comportarte como una adolescente? Si el aita levantara la cabeza... En el momento de subir al coche, Nerea dirigió la vista hacia la ventana tras cuyo visillo supuso que su madre, como de costumbre, estaría observándola."

Título: 'Patria'
Editorial: Tusquets
Páginas: 648
Precio: 22,90€
Procedencia: préstamo Marian

sábado, 26 de agosto de 2017

'Historias del señor Keuner', el que ríe sin mandíbula


El señor Keuner no existe. Es una invención. Es un hombre que brota de la cabeza de Bertold Brecht. A ratos. De hecho, el señor Keuner no está ahí siempre, sólo en algunos momentos. Es esa persona que aparece, hace un comentario que te obliga a pensar y, cuando quieres darte cuenta, ya ha desaparecido. Te quedas mirando el lugar en el que estaba hace unos segundos maldiciendo no poder seguir con la conversación. Pero él es así. Desaparece. De forma educada. Porque el señor Keuner, a pesar de llegar y marcharse cuando le place, sin que nadie le busque o le llame o le pida que se vaya,  es educado. Y viste bien. Yo diría, incluso, que lleva sombrero. Pero bueno, ése es mi señor Keuner. No sé si coincide con el de Brecht ni con el de los demás lectores, pero tampoco me preocupa mucho. El mío es así. Y punto. Es uno de esos hombres de rostro serio y gesto adusto al que no eres capaz de imaginar carcajeándose o saltando de charco en charco en un día de lluvia, pero que, sin embargo, están provistos de un inabarcable sentido del humor. Uno de esos hombres a los que la carcajada hay que adivinársela en los ojos, en las palabras, en los silencios. Porque, ahora lo sé, el señor Keuner debe reírse mucho. Muchísimo. A mandíbula batiente, sólo que sin mandíbula. Es inevitable reírse con él. A veces con ternura, otras con ganas, con el colmillo afilado la mayoría de las ocasiones. Porque eso sí lo tiene este personaje intermitente de Brecht: va sobrado de ironía y sarcasmo.

No sé si el señor Keuner original, el que ideó Bertold Brecht en esos fragmentos recopilados en 'Historias del señor Keuner' es como yo lo imagino, sólo sé que hay que conocerle. Que vale la pena. Y que no cuesta mucho. Todos sus pensamientos sobre política, educación, prensa, actualidad, sociedad, educación o el ser humano, sobre todo el ser humano. Porque ése es el gran conocimiento del imprescindible señor Keuner: el ser humano. Aunque haya pasado casi un siglo desde sus primeras apariciones (Brecht escribió estas 121 historias entre 1920 y su muerte, en 1956), sus reflexiones sobre el ser humano siguen siendo válidas, sorprendentes y claras. Hay que conocer al señor Keuner.

"-¿En qué trabaja usted?- le preguntaron al señor Keuner, y él respondió:
-Hago grandes esfuerzos preparando mi próximo error."

Título: 'Historias del señor Keuner'
Autor: Bertold Brecht
Traductores: Isabel Hernández y Juan José del Solar
Editorial: Alba
Páginas: 160
Precio: 14,50€
Procedencia: comprado

lunes, 21 de agosto de 2017

'Sumisión', ¿podría pasar?


Son las siete de la tarde del 17 de agosto. Estaba leyendo una maravilla de Natalia Ginzburg, pero hace rato que tengo la televisión en marcha. La televisión, la radio, twitter... Todo abierto. Ha habido un atentado terrorista en Las Ramblas de Barcelona. Escucho y leo atenta. Pero la información llega con cuentagotas. Y con mucho ruido. No puedo estar quieta. Busco entre la montaña de libros a la espera de reseñar. Ni hecho adrede. 'Sumisión', de Michel Houellebecq, sigue esperando su turno. Dos años lleva ahí. Lo sé por la tarjeta de embarque que utilicé de punto de libro cuando lo comencé: 21 de agosto de 2015, Ibiza-Bilbao. Es uno de esos libros castigados. De esos con los que durante un tiempo tienes que guardar la distancia de seguridad. Por el propio libro. Y por cómo llegó. Ya no quema. Todo pasa. En la pantalla se suceden las imágenes de ambulancias, de zonas acordonadas, de miedo... Números de víctimas aún sin confirmar... Houellebecq. Mientras leía 'Sumisión' no podía dejar de pensar que esa historia no me parecía tan extraña. Tan imposible. Tan surrealista.

Un partido islamista moderado gana las elecciones presidenciales en una imaginaria Francia de 2022. Con el apoyo de los socialistas y de la derecha. Un acuerdo que le permite imponerse al Frente Nacional. Se supone que no iba a cambiar nada. ¡Son moderados! Pero el paisaje del país va cambiando. Los judíos se marchan. Minifaldas y escotes desterrados. Las mujeres desaparecen de los cargos públicos. De la universidad. Ahí, en la universidad, trabaja como profesor el protagonista. Y sí, aunque al principio hay una cierta rebeldía contra las nuevas medidas, al final, se imponen. Y se aceptan. Y ahí está el auténtico quid de la cuestión. 'Sumisión' no hay que leerlo en clave de Islam-Occidente. Hay que leerlo en clave machismo-feminismo. Sí, vale, ahora me diréis que voy a lo fácil, que con la fama que tiene el francés disparo a lo obvio, que no se puede mirar todo en la vida con ese prisma.

Pues lo siento, pero sí, creo que 'Sumisión' hay que leerlo en clave de machismo-feminismo. ¿Por qué? Pues muy sencillo. Porque lo que se ve en el libro es que con un islamista como presidente, las mujeres no cuentan. No importan. No valen más allá de los niños que puedan engendrar, el placer que puedan dar o las tareas domésticas que puedan desempeñar. Y así, poco a poco, van desapareciendo de los círculos de poder. Pueden protestar, pero sin el apoyo de los hombres, que son los que mandan, no llegan a ningún sitio. Y esos hombres, incluso los más beligerantes con la igualdad, descubren rápido que su vida es mucho mejor sin las mujeres haciéndoles sombra. Si se convierten al Islam, cobran más. Si se convierten al Islam, pueden tener todas las mujeres que puedan mantener. Si ellas no pueden ocupar ciertos cargos de poder, estos se los reparten todos entre ellos. El hombre más gris, el menos válido, el que antes no conseguía llegar a nada, ahora tiene todas las facilidades del mundo. Es todo tan cómodo... Que al final todos caen, todos aceptan, todos se hacen un ovillo confortable y calentito. Aunque sea un despropósito. Aunque se vulneren los derechos de las mujeres. Aunque años antes se llenaban la boca con la libertad. Tremendo, sí, pero estoy convencida de que podría pasar.

"Exteriormente, no había nada nuevo en la facultad, aparte de una entrella y una media luna de metal dorado que habían sido añadidas al lado del rótulo de la entrada en el que se leía 'Université Sorbonne Nouvelle-Paris 3': pero,  en el interior de los edificios administrativos, las transformaciones eran más visibles. En la antesala había una fotografía de peregrinos deambulando alrededor de la Kaaba, y los despachos estaban decorados con carteles que representaban versículos del Corán caligrafiados; las secretarias habían cambiado, no reconocí a ninguna de ellas, y todas llevaban velo."

Título: 'Sumisión'
Autor: Michel Houellebecq
Traductor: Joan Riambau
Editorial: Anagrama
Páginas: 288
Precio: 19,90€
Procedencia: regalo

sábado, 19 de agosto de 2017

Mi dolor limita al sur con el paso de es Freus


@Martatorresmol

Mi dolor limita al sur con el paso de es Freus. Justo ahí, en el punto en el que todos los barcos bailan, incluso cuando el mar (la Mar) está como un plato, justo ahí, donde algunos turistas de vuelven verdes, justo ahí, donde se pueden contar ya las casitas de Formentera, justo ahí, sobre el negro azulado de las algas, justo ahí, el dolor se duerme. Se calma. Se esconde. A veces huye. Lo veo lanzarse de cabeza y perderse entre las olas. Me da un descanso. Una tregua. Al sur.

Mi dolor limita al norte con el paso de es Freus. Justo ahí, en ese punto en el que se olvida el olor de la tierra, justo ahí, donde el mar (la Mar) siempre te salpica la cara, justo ahí, donde los desfiles se ponen juguetones, justo ahí, donde la bruma a veces desdibuja el horizonte, justo ahí, en dos islas y en ninguna, el dolor despierta. Se altera. Se hace notar. Vuelve. Frío y húmedo. Sin descanso. Al norte.

miércoles, 16 de agosto de 2017

'Viaje a la aldea del crimen', el 'maestro' Ramón J. Sender en la matanza de Casas Viejas


Cuando un maestro habla, el buen alumno escucha. Cuando un maestro escribe, la buena alumna lee. Devora. Analiza. Relee. Piensa. Subraya. Admira. Sueña. Mira al fondo de sus textos. Compara. Frunce el ceño. Vuelve a leer al maestro. Mastica lo que se se esconde entre líneas. Digiere. Y concluye. Cuando sea mayor quiero escribir como Ramón J. Sender. Quiero saber mirar y entender como lo hacía él para sus crónicas. Es la conclusión que saco de esa lección de periodismo que es 'Viaje a la aldea del crimen', un compendio de las crónicas que escribió el periodista oscense durante su estancia en el pueblo gaditano de Casas Viejas, donde en enero de 1933 se produjo la célebre revuelta que puso en jaque a la República de Azaña, que tuvo que dimitir por la brutal forma en la que fue sofocada.

Pocos, muy pocos, periodistas acudieron a Casas Viejas. Y entre ellos estaba J. Sender. Maestro J. Sender, para mí. Las decenas de crónicas, de no más de tres o cuatro páginas la mayoría, se leen con fruición, con ganas de saber más. El punto final de una es el cebo para la siguiente. Y lo que hay en ellas, lo que cuentan los ojos y las palabras del periodista horripila. Asquea. Da náuseas. Porque lo que relatan los textos de J. Sender no es una gran revolución que amenace a las fuerzas del orden y que éstas tengan que liquidar de la forma que sea. No. Lo que hay en las piezas que el periodista publicó en el periódico La Libertad no son más que unos jornaleros comidos por el hambre, con las vidas llenas de polvo, las  alpargatas mil veces remendadas y sin más ropa que la puesta a los que les sale todo mal. Creen que la insurrección anarcosindicalista ha triunfado, deponen al alcalde republicano, se presentan en el cuartel de la guardia civil, se lían a tiros con el sargento y tres agentes y toman el pueblo. Hasta que llegan refuerzos (más guardias y tropas de asalto) y entonces, con la consigna de "sin prisioneros ni heridos", la revuelta acaba como el rosario de la aurora. Recuperan el pueblo, consiguen averiguar quiénes fueron los impulsores y cercan y acaban, entre tiros y fuego, con Seisdedos, un anciano carbonero, y su familia. Una violencia que trasladarán después al resto de la pedanía en una razzia tras la que el balance total de muertos es de 25, entre fuerzas del orden, anarquistas y demás gente de Casas Viejas.

Lo que hace J. Sender en Casas Viejas es casi orfebrería. Mira. Escucha. Deja que le cuenten. Intuye. Recompone. Cuando él llega a la aldea de Medina Sidonia todos han muerto ya. La "carnicería", como el propio Manuel Azaña definiría la matanza de Casas Viejas en su diario, ya está hecha. La del pueblecito gaditano no era más que una más de las decenas de insurrecciones de carácter anarquista que se habían sucedido (y se habían sofocado) en los últimos meses en todo el país. El periodista llegó días después de los hechos del 10 de enero y publicó su primera crónica el 19. Unas primeras crónicas que explican el viaje de la capital a Casas Viejas, ese primer trayecto en avión en el que el paisaje se convierte en mapa, y que preparan al lector, lo sitúan, para entender todo lo que vendrá después. Ramón J. Sender revive a los muertos, reconstruye conversaciones, plantea pensamientos... Es así como nos planta delante de ese momento en el que los protagonistas mueren, algunos abatidos, otros chamuscados, una escena que poco tiene que ver con la versión oficial. Es así como consigue meternos en las conversaciones de la taberna del pueblo, donde parece escuchar, incluso, el acento gaditano. Un trabajo fabuloso en el que periodismo y literatura se dan la mano, un trabajo de 'Nuevo Periodismo' tres décadas antes de que éste naciera en Estados Unidos, que completó, meses después, con los resultados de las investigaciones y de la comisión parlamentaria. La narración de J. Sender impresiona. Por la violencia desmedida de los hechos. Y por la descripción de aquello que más le impresiona: el hambre y la miseria.

"Hay rumores, es verdad. Pero también es verdad -y los madrileños y los corros de los cafés no saben bien hasta qué punto eso es verdad que hay hambre. Hambre negra, solitaria, en medio de una tierra feraz y de un clima suave. En naturalezas fuertes, condenadas a la desolación. ¿Democracia? Eso es cosa de las tertulias y de los diarios del corro, que no llega aquí, y que si llega viene envuelta en papel sellado y atada con balduque."

Título: 'Viaje a la aldea del crimen'
Autor: Ramón J. Sender
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 212
Precio. 16,95€
Procedencia: comprado

viernes, 11 de agosto de 2017

'Rendición', esa aterradora transparencia


@Martatorresmol

Aún no me he recuperado de ‘Rendición’, de Ray Loriga. No me encuentro. No me siento bien. Estoy riendo, tomando unos vinos, callejeando, buceando bajo las olas y de repente... ¡Zas! Ahí aparece de nuevo. Ese hachazo inesperado de inquietud. De pesadumbre. De ansiedad. Porque ‘Rendición’ es eso: un sablazo que te parte en dos pero que no acaba contigo, para que veas y sientas cómo te desangras. Tiene algo este Loriga tan adulto del McCarthy crudo y descarnado de ‘La carretera’. Los dos tienen mucho de apocalípticos, de gris, de cenizas, de tierra quemada, de no mirar atrás porque, por desgracia, por mucho que lo hagas no te convertirás en estatua de sal. Tienen algo el uno del otro y, sin embargo, están a años luz. El de McCarthy es la humanidad que se acaba, que se apaga. Es el hombre contra el hombre por la subsistencia. La tuya. Y la de los tuyos. El de Loriga son humanos sometiendo a otros humanos sin que se den cuenta. O sin que quieran darse cuenta. Y eso, creo, es mucho más perturbador. Aterra.

‘Rendición’ inquieta desde los primeros párrafos. Desde la primera frase ("Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar"). Desde ese matrimonio que tiene a dos hijos soldados perdidos en una guerra que dura ya demasiado y que nadie tiene claro hacia qué lado se decanta. Desde ese país en el que, sabemos, la sangre y los lazos emocionales permitían conocer, en el pasado, el latido de los seres queridos. A tiempo real. Saber si están vivos. Desde esa casa de campo en la que él y ella esconden a un niño llegado de no saben dónde y perteneciente a no saben qué bando que deciden proteger y cuidar. Desde esa huida forzada a un lugar seguro. Un lugar seguro... Donde todas sus necesidades estarán cubiertas... En plena guerra... Sospechoso. Inquietante. Y es ahí, en ese momento, en ese trayecto en un autobús que se avería y con una sola garrafa de agua para todos, cuando el título del libro empieza a palpitarte en las sienes (...rendición-rendición-rendición...), a quemarte (...rendición-rendición-rendición...), un martillazo tras otro (...rendición-rendición-rendición...), cada vez más fuerte (...rendición-rendición-rendición...) hasta hacerse insoportable al llegar a ese lugar seguro, esa ciudad siempre limpia, en la que nada huele, ni bien ni mal, en la que todos deben ducharse, en la que todo es transparente. Todo se expone. Todo está a la vista. Una metáfora de la sociedad actual, la nuestra, en la que todo está expuesto. El amor, el sexo, la soledad, el dolor, la mierda... Todo a la vista en ese mundo de cristal. En la transparencia absoluta. Ésa que dice mostrarlo todo y que, en realidad, se esconde a sí misma. Nada oculta tanto como la bandera de la transparencia. La transparencia como capa de invisibilidad. Una transparencia como la de los presos, que priva de la intimidad. Que condena a la vergüenza constante. Que pretende que no te plantees que tanto cristal pueda esconder algo. En la ciudad transparente, la de los vencidos, sólo cabe la rendición. Rendirse y asumir ese mundo de cristal. Rendirse y huir de la ciudad transparente. Rendirse.

"Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda. Rendirse es parecido: nace y crece la ponzoña de la derrota durante un mal día, con la claridad de un mal día, forzada por la cosa más tonta, la misma que antes, en mejores condiciones, no nos hubiera hecho daño y que sin más consigue aniquilarnos, si es que coincide por fin ese último golpe con el límite de nuestras fuerzas."

Título: 'Rendición'
Autor: Ray Loriga
Editorial: Alfaguara
Páginas: 216
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

lunes, 31 de julio de 2017

'El último día de Terranova', cuando todo cierra


"A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte". Es curioso. He llegado a esa última frase de 'El último día de Terranova', de Manuel Rivas, y no tengo la sensación de haber leído un libro. Es como si esas casi 300 páginas que explican la vida y muerte de esa librería no hubieran existido. Porque la sensación que tengo es la de haber estado allí, escondida, entre los estantes, asistiendo a su fin y a esos recuerdos que su propietario, Vicenzo Fontana, ese hombre al que el amor por una mujer despertó su amor por los libros, su interés por conocerlos y a descubrir que los libros nos cuidan, nos enseñan, nos estimulan y nos protegen, va hilando en esos últimos días. Unos últimos días que no son, en realidad, los de la librería. Son los últimos días de todo. De aquello que conocemos. De aquello que amamos. De un lugar que fue nuestro hogar y que sabemos que, cuando crucemos su umbral por última vez, dejándolo a nuestra espalda, dejará de existir porque ya será otra cosa. Una más. No aquello que queríamos, que sentíamos nuestro, que nos refugiaba. De las personas que, a su manera, lo convertían en lo que era y que también ahora y también ellos dejarán de ser, un poquito, quienes eran. Para ellos mismos y para aquellos que los conocían en ese lugar. 'El último día de Terranova' es gris. Y lluvioso. Umbrío. Lleno de charcos. De olas que parecen dispuestas a abrir puertas en los acantilados. Y no consigue una desprenderse de esa sensación fría y húmeda hasta que llega a esa última frase ("A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte") y se da una ducha caliente. O se toma un vino. Sí, a veces un vino es es la mejor ducha caliente. Pero ni siquiera ese vino (o esa ducha) son una protección eterna, porque hay instantes, recuerdos, imágenes del cierre de esa librería que en realidad es el cierre de casi todo, que, de vez en cuando, te asaltan, como balas frías y húmedas, porque todos, en esta época en la que el dinero y la especulación convierten las ciudades en calcos unas de otras (los mismos establecimientos, con la misma decoración, en el mismo orden, en las calles principales, con la panza llena de los comercios de toda la vida que devoraron) todos hemos visto muchas Terranovas desaparecer. Echar el cierre y enterrar, en ese último giro de la cerradura, infinidad de historias. Como las que, adelante y atrás, con esa delicada forma de contar, Rivas hilvana en esta novela. Los libros que se dejaron robar, los prohibidos, las conversaciones de los contrabandistas que los conseguían, los amores fraguados (y rotos) entre las estanterías... "A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte".

"Están ahí los dos, al pie del Faro, en las rocas fronterizas. Ella y él. Los furtivos.
Estoy de pie frente al mar y tengo miedo a girar,e, a darles la espalda, y que todo desaparezca para siempre. También ellos. Que cuando me vuelva, solo encuentre un inmenso vacío partido por la Línea del Horizonte, una línea fósil, sin recuerdos que se muevan en ella como ahora lo hace Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas."

Título: 'El último día de Terranova'
Autor: Manuel Rivas
Editorial: alfaguara
Páginas: 280
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

jueves, 27 de julio de 2017

La sirena inversa


@Martatorresmol


Se miraba la cola. Las piernas. O la cola. O las piernas. Daba igual. Ya sólo le quedaban unas pocas escamas, en la colina de su cadera. Translúcidas. Aún conservaban algo de brillo. Tímidos reflejos que parecían desperezarse cuando, por las mañanas, se acercaba al mar (la Mar). Había renunciado a ellas. Si echaba la vista atrás podía ver un camino de escamas tornasoladas. Podía, incluso, contar la historia de cada una de ellas. Cada escama una ilusión. Cada escama una renuncia. La primera… Aún sonreía con tristeza al recordar la primera. Se la llevó un flotador perdido. Era tan gracioso aquel pato de plástico… Y ella  tan pequeña… Le costó alcanzarlo. Le echó los brazos al cuello, para llevárselo a las profundidades, pero no quería. Se rebelaba. Volvía a la superficie una y otra vez. La arrastraba con ella. Se rindió. Allí lo dejó. Amarillo, con la mirada fija en el horizonte. Dándole la espalda, ahora se fijaba, a un niño que, a lo lejos, lloraba desconsolado y estiraba los brazos, creyendo de verdad que aquel pato cabezota daría la vuelta y regresaría. Fue ella, con los embates de su pequeña cola quien lo guió, enfurruñada, hasta la orilla, adonde llegó con un último coletazo que le arrancó aquella primera escama. Asistió, escondida entre los borreguitos de las olas, a la alegría del reencuentro entre pato y niño. Se le encogió el estómago. Quiso ser aquel crío que reía y saltaba en el mismo lugar en el que ahora, sentada, se miraba la cola. O las piernas O la cola.

Y así las fue perdiendo casi todas. Una escama tras otra. Una por aquel polo de fresa que se le cayó a alguien que se asomaba al muelle. Otra cuando volvió los ojos al cielo, extasiada, para seguir el vuelo de un globo rojo. Unas cuantas enredándose conscientemente en una bufanda mugrienta y deshilachada que danzaba al ritmo de las corrientes, al nadar casi rozando las aletas de unos buzos, jugando con el anzuelo de unos pescadores, mientras, pegada al casco de un yate, trataba de imitar las risas de unas mujeres, persiguiendo tablas de surf, al hacerles cosquillas con su cola a sorprendidos bañistas... Las dejaba escapar a puñados, como confeti, cada vez que se dejaba hipnotizar por el guiño constante de un faro. Las últimas, las que la dejaron varada en tierra, con aquella piel que se arrugaba en el agua, las perdió una noche de fiesta. Era verano. Las hogueras brillaban en el horizonte. Las siluetas de los humanos se recortaban en la penumbra. Estiró las puntas de los dedos hacia las estrellas, embelesada, para cazar al vuelo las chispas de colores de los fuegos artificiales.

Ya no pudo volver a su abismo de sal . Nadó, a duras penas, hasta la playa. Allí está desde entonces. Sentada en la orilla. Mira su cola. Sus piernas. O su cola. O sus piernas. Ya no lo sabe. Contempla el brillo cansado de ese puñado de escamas que se descuelgan desde su cadera derecha. Sonríe. Se desperezan cada vez que las olas le lamen los dedos de los pies.

martes, 25 de julio de 2017

Libros que leí en verano...


@Martatorresmol

Hay libros que estarán siempre ligados al verano. Y no por las vacaciones, que nunca las tengo en esa época del año, sino porque si pienso en ellos recuerdo los escasos momentos tirada en el césped de la piscina o sobre la toalla en la playa. Momentos que son los únicos en los que, realmente, me abstraigo de todo. Sólo estamos el libro y yo. No hay mal de amores ni preocupaciones laborales ni móvil. Sólo las olas, el viento haciendo bailar mi vestido colgado en la rama de un olivo, el sol...


'Redburn', el primer viaje de Melville
Wellingborough Redburn es Wellingborough Redburn. Herman Melville es Herman Melville. Pero Redburn, en realidad, es Melville. Redburn es Melville antes de que Melville se fuera a cazar ballenas, y de que viviera con una tribu de caníbales en las Islas marquesas. Redburn es Melville cuando el escritor tenía poco menos de veinte años y se enroló, sin saber nada del mar (la Mar, como diría alguien a quien aprecio)...

@Martatorresmol

Pues sí, 'Te llevaré conmigo'...
Vuelvo (quizás algún día explique por qué me fui) con un libro que ya no está conmigo, pero que llevaré siempre dentro, porque es de esos que se te meten en el cuerpo por los ojos, los respiras, se cuelan en tus venas y ahí siguen, dando vueltas por tu organismo una y otra vez.

'Cuentos de Eva Luna', 23 mujeres y un alma llena de escamas
En otra vida quiero ser una mujer de Isabel Allende. Una de esas mujeres que viven, a veces su vida a veces su destino, con intensidad, con pasión, con decisión... De esas mujeres que viven la vida desde las entrañas, de esas mujeres que pueblan las páginas de los 23 'Cuentos de Eva Luna', una delicia que me ha recordado por qué me gustaba tanto la Isabel Allende de los principios, la que llenaba sus palabras de magia y sus frases de emociones.

'Martin Eden', el aprendizaje
La noche en la que Martin Eden conoció a Ruth fue el principio de su fin. Pero decir eso es adelantarse más de 400 páginas en esta subyugante novela de Jack London en la que la naturaleza y el mar (la Mar), sus pasiones, están sin estar. Una novela que llevaba años deseando leer y que disfruté hace unas semanas entre sol, sal, algas y arena. En esta historia la aventura se intuye, se recuerda, se huele, pero, en realidad, todo ocurre en la civilización, entre cuadros y libros y trajes y cordialidad y enfrentamientos velados y estrictos modales y prejuicios y conflictos de clase.

'Hombres buenos', regreso a las tardes de uniforme y libros de aventuras
He vuelto. He regresado de París. De la España de fines del XVIII. De un viaje, más bien una misión, lleno de peripecias y peligros. He regresado de todos ellos. Pero sobre todo he vuelto de un lugar y un tiempo mucho más lejano. He vuelto de las lecturas de infancia. De aquellos libros de aventuras en los que me sumergía algunas tardes, aún con el uniforme del colegio pero descalza, para creerme por un rato viajera, pirata, científica, diosa griega, marinera, reina, guerrera, espadachina, mosquetera, princesa, niña demasiado curiosa, heroína, hada, hechicera...

@Martatorresmol

'Trilogía del barLume', los abuelos detectives de Marco Malvaldi
Seguro que todos conocéis un bar de pueblo en el que un grupo de abuelos se reúne para jugar a las cartas. O al dominó. Un grupo de abuelos que siempre se sientan en la misma mesa, que tocan las narices al camarero, que se meten donde no les llaman y que, a pesar de todo eso, sin ellos ese bar no sería lo mismo. Bien, pues en esta trilogía del italiano Marco Malvaldi el pueblo es Pineta, el establecimiento es el BarLume, el divertimento son las cartas (crímenes a un lado), el sufrido camarero es Massimo y los abueletes son Ampelio, Aldo, Rimediotti y Del Tacca.

'El copartícipe secreto', el capitán y su doble
"El gran logro de Conrad es haber transformado la experiencia de su vida marinera en metáfora convincente de la existencia humana". Así lo asegura Jules Cashford en 'Joseph Conrad: homo duplex', el pequeño ensayo que cierra 'El copartícipe secreto', de Joseph Conrad, una frase con la que no puedo estar más de acuerdo. Porque da igual dónde estén ambientadas y quiénes sean los protagonistas de sus obras, siempre tienes algo a lo que agarrarte. O que te agarra. No sé cuántas veces he leído 'El corazón de las tinieblas'. Al menos, que recuerde, cinco. Y ninguna de esas cinco veces leí el mismo libro, aunque recorriera con los ojos las mismas palabras.


viernes, 21 de julio de 2017

'Las voces del Pamano', siento haber tardado tanto...


Confieso que he tardado demasiado en leer 'Las voces del Pamano'. Pido perdón por los casi tres años que he tenido este libro sobre mi viejo escritorio de la biblioteca, cubriéndose de polvo es una esquina lacada en blanco, sobre el cuero dorado. Siento infinitamente haberlo olvidado, o haber fingido que lo olvidaba, porque 'Las voces del Pamano', de Jaume Cabré, no se lo merece. Y, sin embargo, ahí ha estado, esperando como espera quien te quiere (o te desea) de verdad. Aguardando el momento justo, para abrirse y entregarme, sin rencores ni reproches, una historia de ésas que no se olvidan, que te acompañan, que se hacen un poco tuyas. Y eso... Eso no lo dudaba. Pero me daba miedo. Temía no leerlo en la época adecuada. Tener las neuronas demasiado dispersas y echarlo a perder. Porque Cabré, tejedor experto, crea unos impresionantes tapices de vidas y de palabras, pero que requieren toda la atención. Eso es algo que descubrí en la maravillosa 'Yo confieso'. Quizás de ahí el temor. Quizás más a la desilusión, a la decepción, que a la incomprensión. Un miedo injustificado, porque 'Las voces del Pamano' es todo lo que era 'Yo confieso'. Y aún más. O menos. Porque si bien Cabré sigue controlando los cambios de voz, de época y de tiempo verbal como si estuviera poseído por el mismo Cronos, aquí son mucho más comprensibles, menos intrincados, no te obligan a frenar en seco la lectura y recomponer los pedazos para situarte. Aquí no. Aquí los personajes van adelante y atrás, décadas, con un simple cambio de tiempo verbal. Y lo entiendes. Y no te descolocas. Y te encanta.

'Las voces del Pamano' comienza con una profesora, Tina, descubriendo, escondida en un hueco tras la pizarra de una escuela que están a punto de derribar, una caja en la que Oriol Fontelles, antiguo maestro, conservó una carta con la esperanza de que ésta, algún día, llegara a su destinatario. Tina, que vive en un pueblo del Pallars, en los Pirineos, conserva esa carta. La lee. Siente curiosidad por Oriol Fontelles, un falangista que tiene una calle en la aldea, una imagen que no cuadra, para nada, con lo que ella va leyendo en esa larguísima carta. Y así, con la excusa de la carta, en las páginas del libro van engarzándose las vidas de Tina (un matrimonio que se desmorona, un hijo que escoge una vida que jamás habría querido para él, una enfermedad...) y de Oriol (un maestro republicano que llega para hacerse cargo de la escuela del pueblo, una amistad forzada con el cacique del pueblo, fingirse falangista o morir, el cadáver de un niño sobre su conciencia, ayudar al maquis de incógnito, el amor por la señora del pueblo...). Una vida, ésta última, cuyos secretos alguien está muy interesado en mantener escondidos. Una vida, ésta última, que trastocará la vida de Tina, quien, curiosamente, empieza a escuchar las voces que llegan del río, algo que los ancianos del lugar saben muy bien qué anuncia. He tardado demasiado en leer 'Las voces del Pamano'.

"El día en que relegaron su nombre al olvido salió muy poca gente a la calle. Tampoco habría salido más aunque no hubiera llovido, porque casi todos optaron por fingir indiferencia, aunque, desde una ventana discreta o desde la cerca de un huerto, siguieron el acto y recordaron la abundancia de lágrimas. El alcalde había decidido celebrar la ceremonia pese a la lluvia..."

Título: 'Las voces del Pamano'
Autor: Jaume Cabré
Editorial: Destino
Colección: Áncora y Delfín
Páginas: 688
Precio: 24€
Procedencia: Préstamo Marian

miércoles, 19 de julio de 2017

'La insólita pasión del vendedor de lencería', esas corseterías de toda la vida...


Hay libros que son para ti. Que no son grandes libros, pero que sabes que tienen algo que te va a gustar. Lo sabes desde el primer momento, desde que lees alguna reseña por ahí y se te ponen las orejas en punta porque algo te llama la atención. Libros que anotas en tu libreta de libros pendientes, no entre los prioritarios, y que, de repente, sin esperártelo, te llegan en el intercambio de libros que cada verano haces con tu amiga Marian. Es lo que me pasó con 'La insólita pasión del vendedor de lencería', de Asako Hiruta. Cuando lo descubrí en el blog de Norah supe que quería leerlo. Me gusta la lencería. Me gustan esas corseterías de toda la vida donde dependientas cercanas a la jubilación saben lo que quieres antes, incluso, que tú, donde los probadores son amplios, con luz matizada y las paredes forradas de terciopelo. Locales donde te sientes especial, donde disfrutas del tacto de la blonda, la secuencia perfecta del encaje, el juego de las transparencias, la seda resbalando sobre tu piel... Pues así, más o menos, es Toujours Ensemble, la corsetería que protagoniza esta novela. Sí, porque están Satsuko Kunieda y Yô Isaji, pero la protagonista es la tienda. Kunieda es una treinteañera que trabaja en publicidad y que lleva una vida aburrida y sin muchas aspiraciones personales después de que su novio de toda la vida la dejara. Si no prestaba atención a la lencería cuando estaba en pareja, ahora, mucho menos. Pero un día, en un semáforo, se da cuenta de que ha salido de casa sin sujetador (¿quién no se ha despistado un día y ha salido de casa sin ropa interior?) y decide, a toda prisa, entrar en la primera tienda de lencería que encuentra. Y ésa es la de Isaji. Un lugar cálido y acogedor, glamuroso, lleno de piezas delicadas, bellas y caras, y con un dependiente que despierta todas las suspicacias de Satsuko, sobre todo cuando es él mismo quien se mete en el probador con ella, le toma las medidas y selecciona varias prendas que no sólo la sacarán del apuro sino que, además, supondrán un cambio. Sí, porque de eso va la novela, de cómo un pequeño cambio, algo imperceptible y aparentemente tonto, puede ayudarte a dar un gran cambio. Más de uno pensará que es una tontería. Pero a las que nos gusta la lencería sabemos que no es así. Sabemos que en las citas importantes de trabajo, debajo de la camisa y la americana, llevamos prendas con las que nos sentimos fuertes. Que la seguridad y la sonrisa con la que llegas a una cita no depende sólo de la ilusión y el vestido que hayas escogido. Que los días tontos se enfrentan mejor si sientes que la ropa íntima te protege y te abraza. Más allá de eso, 'La insólita pasión del vendedor de lencería' es una comedia romántica. De ésas que sabes que, por mucho que sufran los protagonistas (vale, es una novela japonesa, así que tampoco esperéis un gran drama), al final siempre sale todo bien. Todo se arregla. Todo acaba como se supone que debe acabar para que todos sean felices y coman ramen y sushi (no sé yo cómo andarán de perdices en Oriente).

"Satsuko relacionaba la lencería con el tipò de mujer superficial y frívola que proliferaba en la época de la burbuja económica. No había lugar para esos caprichos en el mundo frío y cruel de la mujer japonesa trabajadora. Ella se conformaba con comprar en internet los conjuntos de bragas y sujetador que vendían por tres mil yenes."

Título: 'La insólita pasión del vendedor de lencería'
Autor: Asako Hiruta
Traductora: Marta Estefanía Gallego Urbiola
Editorial: Reservoir Books
Páginas: 224
Precio: 20.90€
Procedencia: préstamo Marian

viernes, 14 de julio de 2017

La niña que miraba el mar


@Martatorresmol

A veces, cuando miro el mar, se me escapa una sonrisa. A veces, cuando alguien piropea mis ojos castaños, sonrío, melancólica, y pienso en la niña que se pasaba los días buscando el mar (la Mar) con la mirada. Era una niña que vivía en el puerto (bueno, junto al puerto). Paseaba por el muelle. Hacía equilibrios sobre los norayes. Jugaba a adivinar los cabos encapillados. Corría por los pantalanes. Contaba barcos en el horizonte. Se sentaba en los escalones del monumento a los corsarios para lamer su cucurucho de chocolate y limón. Apoyada en el espigón, dejaba que el pelo le hiciera cosquillas al bailar con el viento. Saltaba entre las redes extendidas. Se embobaba mirando a los viejos pescadores coserlas. Secos. Enjutos. Con las manos nudosas. Renegridos de sol. La piel surcada de arrugas. Perdía la noción del tiempo mirando el baile de los dedos. Y los ojos. Azules. Siempre azules. De toda una vida mirando el mar, pensó la niña. Ansiosa por una mirada de agua, trazó un plan. No apartaría la vista del mar. Hasta que le llenara los ojos. Más de 30 años después aquella niña sigue mirando el mar. Sigue esperando. A veces, se le escapa una sonrisa. A veces, cuando alguien piropea sus ojos castaños, sonríe, melancólica.


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