lunes, 28 de noviembre de 2016

Si duele, cura


@Martatorresmol

Si duele, cura. El dolor es necesario. Vital. Si duele es que sigues ahí, luchando. El dolor, como el miedo, mejor cerca. Latentes. Pero ahí. El miedo te mantiene alerta. El miedo indica que tu instinto de supervivencia está sano. Pocas cosas me darían más miedo que no tener miedo. Y que no sentir dolor. Si te duele el cuerpo, es que sigues viva. Si te duele el alma es que, por suerte, no eres un robot. La sociedad en la que vivimos no tolera el dolor. Ni el propio. Ni el de los demás. He perdido la cuenta de las benzodiacepinas y barbitúricos que me han ofrecido en las dos últimas semanas. Y de las caras de sorpresa al rechazarlo todo. Al justificar que el dolor hay que pasarlo, que anestesiarlo no sirve de nada porque entonces se queda, se hace bola y te sorprende luego, el día menos pensado, explotando. Revenido e iracundo. Incontrolado. El dolor pasa. Se agarra a ti al principio. No sabe cómo sujetarse. No se está quieto. Se revuelve. Te aprieta con sus manos heladas para no caerse y te deja sin respiración. Busca calor. Encuentra su sitio. Se acomoda. Se queda quieto. Procura no molestar más de la cuenta. Y te acostumbras. Sabes que ocupa ese hueco que se te ha quedado vacío. Intentas echarlo, pero entonces entiendes que el dolor está ahí por ti. Porque si no llenara ese espacio huérfano, si no lo calentara con tus lágrimas y tu rabia, se pudriría. Y te pudrirías. Así que lo dejas tranquilo. Haces todo lo imposible para que duerma todo lo que pueda. Incluso le cantas nanas para que te deje descansar. Y respirar. Y el dolor, arropado y comprendido, casi querido, se diluye. Cálido. En ese hueco que, lleno de dolor, parece menos lleno de ausencia. Si duele, cura.

viernes, 25 de noviembre de 2016

La muñeca


@Martatorresmol

La pequeña no lloraba. Ya ni siquiera lloraba. Ni pataleaba. Ni gruñía. Ni se enfadaba. Ya no. Igual que ella. Ella tampoco lloraba ya. Ni se entristecía. Ni se compadecía. Ni pretendía entender. Ni buscaba un resquicio por el que escapar. Ni se curaba ni le dolía ni se preocupaba ni soñaba... Ni se permitía esperar un cambio. Sólo esperaba en tensión. Como una presa a la que ronda el lobo. El siguiente insulto. El próximo golpe. Una prohibición más. Esa mirada que la paralizaba. Que conseguía congelarla. Que no saliera con las amigas. Que no riera. Que no hablara con nadie que a él no le gustara. Que volviera directa a casa al salir del trabajo. Esa mirada. Ahí. Siempre. Todas las noches al llegar a casa. Todas las mañanas antes de separarse en el portal, justo antes de besarla. Que vieran todos lo mucho que la quería.

También besaba a la pequeña. Y le revolvía el pelo. Antes se le encaraba. No le gustaba que la despeinara. Protestaba. Le miraba fijamente. Se enfadaba. Le gritaba. Hasta que él cogió su muñeca favorita, la que la niña peinaba amorosamente durante horas, le cortó el pelo con las tijeras de la cocina y la encerró en una preciosa jaula de barrotes blancos y dorados que colgó de la ventana de su habitación. La niña dejó de encararse. Todas las mañanas la veía dirigirse al autobús escolar con paso cansado y el pelo revuelto. Todas las noches la veía mirar con tristeza la muñeca en la jaula. Llena de trasquilones. Despeinada. Todas las mañanas. Todas las noches. 

Una tarde de invierno él encontró la casa a oscuras. En silencio. La recorrió, habitación por habitación. Encendió todas las luces. Encendió su ira. Las esperó. A la niña. A su mujer. Con las tijeras en la mano. No sería el pelo esta vez. Tampoco sería la muñeca. Cegado, no vio la jaula. Los barrotes blancos y dorados estaban doblados. Retorcidos. Estaba vacía. 

A cientos de kilómetros de distancia, la niña peinaba amorosamente el pelo corto de su muñeca. Ella la miraba. Y sonreía. Fuera de su jaula.

viernes, 18 de noviembre de 2016

'La gente feliz lee y toma café', adelante y al norte


Un duelo. Eso es ‘La gente feliz lee y toma café’, una novelita de Agnès Martin-Lugand que se lee de una sentada, sólo parando para intentar aventurar cómo reaccionarías tú ante una desgracia como la suya. Lo empecé con un café con leche frente al mar, esperando una de las primeras barcas de la mañana a Formentera. Veinte minutos de relax antes de una agotadora jornada de trabajo en los que no pude evitar las lágrimas al leer, en las primeras páginas, cómo Diane pierde a su marido y a su hija en un accidente. Cómo se despide del amor de su vida en la cama de hospital. Y cómo se enfrenta a su familia, negándose a ir al funeral, a cambiarse de ropa, a salir, a seguir con su vida, a mantener su negocio… (Sí, suena a melodrama y a película mala de fin de semana por la tarde, lo reconozco) Un año después, y a pesar de los esfuerzos de su socio y mejor amigo Félix, su actitud sigue siendo la misma. Hasta que estalla. Hasta que no puede más con los reproches, con las críticas, con la condescencia… (Qué malo es cuando todo el mundo sabe mejor que tú qué tienes que hacer para superar un duelo) Y decide huir. Al norte. A Irlanda. Al frío. A todo aquello que ella detesta pero su marido adoraba. Y ahí, en un pueblo diminuto escogido al azar en el que es la rara, la extranjera, la novedad, la que esconde un gran secreto, comienza de verdad su duelo. Y ahí el libro se convierte en una especie de comedia romántica en la que sabemos, más o menos, porque llevamos muchas comedias románticas a nuestras espaldas, qué va a pasar, quién hará qué, qué obstáculos habrá… Y ahí es donde, paradójicamente, aunque el libro empeora, se vulgariza y se convierte en uno más, no puedes dejar de leer porque quieres confirmar aquello que crees que sucederá y porque quieres que a Diane le sea fácil empezar de nuevo porque es lo que querrías para ti misma aunque estés casi segura de que, en su situación, tú no irías al norte. Tú irías al sur, siempre al sur.


“Se marcharon armando jaleo por las escaleras. Después supe que seguían haciendo el bobo en el coche, justo antes de que el camión les embistiera. Me dije a mí misma que habían muerto riendo. Me dije que hubiese querido estar con ellos. Y un año depués me seguía repitiendo todos los días que hubiera preferido morir a su lado. Pero mi corazón latía con obstinación. Me mantenía con vida. Para mi gran desgracia.”



Título: ‘La gente feliz lee y toma café’
Autora: Agnès Martin-Lugand
Editorial: Alfaguara
Páginas: 200 
Precio: 17€ 
Procedencia: préstamo Marian


lunes, 14 de noviembre de 2016

'Viaje al turismo basura', de Lloret a Magaluf


Los que vivimos en lugares turísticos y amamos nuestra tierra conocemos bien el turismo, lo que significa para la economía, que seguramente no podríamos prescindir de él... Pero también conocemos su lado oscuro, ése que las administraciones (desde los ayuntamientos al Gobierno central) pretenden no ver para no quedarse sin su parte del pastel. Empezamos a ver a dónde puede llevarnos y no sólo no nos gusta nada, sino que lo tememos. Eso es precisamente lo que cuenta, de una forma exquisita en la que datos, declaraciones e historias personales se entremezclan, mi compañero Joan Lluís Ferrer (seguramente, una de las personas que más saben de turismo y sus consecuencias en Baleares) en ‘Viaje al turismo basura’. Escoger la palabra “viaje” para el título no es un capricho. Este libro, que se lee de un tirón, es un viaje por cuatro zonas turísticas de España: Lloret de Mar, Barcelona, Sant Antoni de Portmany en Ibiza y Magaluf en Mallorca. Joan Lluís analiza en cuatro reportajes la situación en la que se encuentran en este momento estas cuatro localidades en relación al turismo y cómo éste afecta al tejido social, al día a día, al medio ambiente… Además, están ordenados por intensidad, es decir, que Barcelona es el futuro de Lloret si no cambian algunas cosas y Sant Antoni el de Barcelona si no se toman decisiones. Cuatro localidades, cuatro niveles: Lloret de Mar, nivel 1, ‘el desmadre en su rincón’; Barcelona, nivel 2, ‘el caos entra en casa’; Sant Antoni de Portmany, nivel 3, ‘de pueblo a show’, y Magaluf, nivel 4, ‘la patria de los zombis’. Las descripciones de los lugares son tan gráficas que casi parece que estás en ellos y los problemas y situaciones que cuentan vecinos y profesionales son tan espeluznantes que es imposible quedarse impasible a las consecuencias del turismo sin control. Un libro para devorar. Y para pensar.


“Una veintena de jóvenes muere todos los años en las cinco o seis principales zonas de turismo de borrachera de España. Unos fallecen por ingestión de drogas, otros al caer accidentalmente por el balcón cuando están totalmente embriagados, algunos por accidente de coche en las mismas circunstancias y varios ahogados, también a causa del alcohol y las drogas. Son los muertos de la fiesta.”



Título: ‘Viaje al turismo basura’
Autor: Joan Lluís Ferrer
Editorial: Editorial UOC
Páginas: 212
Precio: 17€
Procedencia: comprado


sábado, 12 de noviembre de 2016

'Greixonera', mi magdalena de Proust



Hay olores que calman. Que sanan, incluso. Olores que te gustaría que impregnaran siempre la casa. Que te hacen sentir bien. Uno de esos olores es el de la 'greixonera'. Es mi magdalena de Proust. El primer postre que aprendí a preparar. El que me sabe siempre a casa y a infancia. Es un postre sencillo, de pobres. Un pudin que se inventaron en algún momento de la historia las abuelas de mi isla para aprovechar las pastas duras en tiempos en los que no se tiraba nada. Aprendí a hacerlo de niña, viendo a mi madre (una excelente cocinera) prepararlo. Con los años he adaptado un pelín la receta. Para hacerla más mía. Pequeños cambios para darle más sabor (soy una mujer de gustos intensos).

Ingredientes
–Un litro de leche
–400 gramos de azúcar (más unas cucharadas para el caramelo)
–Una rama de canela
–Las pieles de un limón y una naranja
–Un chupito de licor de hierbas
–Siete ensaimadas (de las de verdad, sin crema ni almíbar ni nada, sólo con azúcar)
–Cuatro huevos enteros más cuatro yemas
–Canela en polvo

Elaboración
–Lo primero es hacer el caramelo. Lo podéis hacer directamente en la bandeja en la que vayáis a hornear la 'greixonera' siempre que sea de metal. Poned unas tres o cuatro cucharadas grandes de azúcar y un pelín de agua y al fuego. Suave. Cuando el agua reduzca se irá haciendo el caramelo. En el momento en que pase del color dorado, vigiladlo bien y apartadlo del fuego cuando se empiece a oscurecer un poco más.
–Dejad el caramelo fuera (y lejos) del fuego. Encended el horno para que esté bien caliente.
–El siguiente paso es hacer una especie de leche merengada. En una olla verted la leche y añadidle el azúcar, la rama de canela y las pieles de limón y naranja. Coced hasta que hierba y la leche empiece a subir. Apagad el fuego, echadle el chupito de hierbas y dejad que se enfríe un poco antes de retirar la canela y las pieles.
–Destrozad las ensaimadas con las manos. No hace falta que os rompáis mucho la cabeza, no tienen que ser trozos especialmente pequeños ni iguales. Para nada. De hecho, ahí está la gracia de este postre. Mezcladlas bien con la leche y añadidle uno a uno los huevos y las yemas. Con esto, igual que con los trozos de las ensaimadas, no hay que batirlos perfectamente como si fueran para una tortilla, simplemente mezclarlo todo dándole unas vueltas.
–Volcad todo en la bandeja, sobre el caramelo. Espolvoread un poco de canela y al horno. Mejor que ahora bajéis la temperatura a 180 grados. Hay que dejarla como 45 minutos, pero lo mejor es ir pinchándola con un palito y cuando salga seco estará cocida. Si veis que se oscurece demasiado, cubridla con papel de aluminio.

Nota de la cocinera: A mí me gusta tal cual, pero a los defensores de la nouvelle cuisine pagesa les gusta servirla con un poco de helado. Puesta a subirme al carro, las mejores opciones son el de canela o el de leche merengada. Copiando a Fernando, con quien, sentado a mi siniestra, paso muchas horas del día (y que tiene una fabulosa bitácora de gastronomía: 'Comidiario, blog de cocina punk') acompaño la receta con algo de música. Autóctona, en este caso: 'L'hort', de Projecte Mut, que puso música a este maravilloso poema del ibicenco Marià Villangómez. (Por cierto, el despacho en el que aparece al principio Adrià Collado es la dirección del diario en el que trabajo).



martes, 8 de noviembre de 2016

'Falcó', noches entre falangistas y hupa-hupas


@Martatorresmol

Se acabó. Ya no hay más. No habrá más hupa-hupas en la penumbra de un bar de hotel. Ni más personalidades falsas. Ni más borsalinos medio caídos sobre un ojo. Ni más Players. Ni brasas protegidas en la oscuridad. Ni tiroteos a la orilla de la playa. Ni planes para rescatar falangistas de la prisión. Sólo han sido un par de noches, pero lo suficientemente emocionantes, divertidas y peligrosas como para saber que Lorenzo Falcó, ese mercenario de la convulsa España de los años 30 creado por Arturo Pérez-Reverte, se va a quedar conmigo para siempre. Tuve entre mis manos su aventura varias noches. Soporté la tortura de cerrar varias veces un libro que me pedía a gritos que siguiera, hasta el final, de un tirón. Pero no. Desde las primeras frases supe que no debía ceder. Que debía abandonarlo de vez en cuando. Que no quería leérmelo de un trago y darme cuenta, días después, que no recordaba nada. Las resacas, incluso las librescas, tienen esos efectos y quien devora no degusta. Así que, noche tras noche, dejé a Lorenzo Falcó seduciendo mujeres. O matándolas. En el traqueteo de un tren. O en una playa a oscuras. Aguantando el tipo mientras enseña una documentación falsa. Con el cuerpo en tensión antes de enfrentarse a algo. Fingiéndose uno más cuando ya sabe que se quedará atrás. Conservando la sangre fría mientras tortura. Así fui dejando al que es uno de los personajes más contundentes que he descubierto en los últimos años. Él es la historia. Él es la novela. Tengo la sensación de que da igual qué haga, quién le acompañe, cuál sea el escenario. Todo eso es necesario, imprescindible, para que la trama enganche, pero es él quien consigue que te quedes pegado a esa historia que no puedes evitar imaginar en blanco y negro. En la que la intriga, el suspense y las dudas sobre quién es quién en realidad y por dónde saldrán te mantienen alerta, desconfiada, con las pestañas aguzadas. Falcó no es un buen tipo. Es un cabrón de marca. De esos a los que es mejor no acercarse mucho, a los que no se debe confiar nada, porque nunca sabes si están en tu bando y porque puede cambiar de bando en cualquier momento. Es un personaje que lo tiene todo para caer mal al lector. Y sin embargo, no es así. Serán las escasas lealtades que muestra, la valentía, el orgullo, la seguridad, alguna debilidad, la ironía o las pocas normas que cumple. No lo sé. El caso es que ha acabado seduciéndome y dejándome con ganas de más.

"La mujer que iba a morir hablaba desde hacía diez minutos en el vagón de primera clase. Era la suya una conversación banal, intrascendente: la temporada en Biarritz, la última película de Clark Gable y Joan Crawford. La guerra de España apenas la había mencionado de pasada en un par de ocasiones. Lorenzo Falcó la escuchaba con un cigarrillo a medio consumir entre los dedos, una pierna cruzada sobre la otra, procurando no aplastar demasiado la raya del pantalón de franela."

Título: 'Falcó'
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Páginas: 296
Precio: 19,90€
Procedencia: comprado


sábado, 5 de noviembre de 2016

Anna Ferrer: "Hay que lograr que ninguna mujer india se case antes de los 18 años"


Fotos de la entrevista: Juan A. Riera

Hay días que este oficio vale la pena. Hay días que este oficio vale mucho la pena. No sólo te da la oportunidad de aprender cada día sobre lo más inesperado, sino que, en ocasiones, te brinda el maravilloso regalo de conversar con personas que te conmueven. Es el caso de la británica Anna Ferrer, presidenta de la Fundación Vicente Ferrer, que ha abandonado Anantapur durante unos días para celebrar el 20 aniversario de la fundación en España. Anna tenía apenas 21 años cuando conoció en la India, en una entrevista, a Vicente Ferrer. En ese momento decidió que su vida estaba con él y su proyecto de acabar con la pobreza, objetivo en el que lleva trabajando alrededor de medio siglo y con el que continúa ahora, tras la muerte de su marido, al frente de la Fundación Vicente Ferrer.

Marta Torres Molina. Diario de Ibiza

Anna Ferrer habla pausada, tranquila, en un español con fuerte acento británico en el que se cuelan algunas muletillas (ok, because, so...) para enlazar ideas y frases. Habla con la templanza de quien está convencido de su trabajo, de aquello a lo que ha dedicado toda su vida, y mirando directamente a los ojos. Su pasión cuando habla de ello es contagiosa y nada la despista de su mensaje. Ni el alegre parloteo de las voluntarias ibicencas de la fundación que, emocionadas, llegan al encuentro con ella en Sant Miquel. Ni las fotos que dispara Jordi Folgado Ferrer, su sobrino, mientras atiende a la entrevista. Nada consigue distraerla cuando habla de aquello a lo que ella y su marido, del que sigue hablando en presente, han dedicado su vida.
—Vicente Ferrer estaba convecido de que se podía acabar con la pobreza en el mundo. ¿Usted también lo cree posible?
—Sí, se puede erradicar la pobreza en el lugar en el que estás trabajando para ello. Aunque si de verdad quieres ayudar a las personas a salir de la pobreza extrema tienes que trabajar al nivel de la tierra. Trabajar con ellos. En los pueblos. No hay que trabajar más allá, en Nueva Delhi o en Europa. No. Hay que trabajar en el sitio en el que están esas familias, esas personas a las que quieres ayudar. Es muy importante, fundamental, trabajar mano a mano con ellos. Ellos conocen sus condiciones de vida y saben qué necesitan para mejorar, salir de la pobreza y tener una vida digna. Para conseguirlo también necesitas una buena organización. No es algo fácil, pero creo que durante años hemos construido en España y en la India una buena organización y un buen grupo de personas que nos apoyan.
—Se nos llena la boca hablando de solidaridad, cooperación, ayuda... ¿Son sólo palabras o de verdad la gente cumple?
—Para nosotros no son sólo palabras. En España, en Eivissa, en todos sitios, a pesar de la crisis, que ha sido muy fuerte y durante la que muchas personas han perdido sus casas o sus trabajos, han seguido ayudando. Y a pesar de que ya no está Vicente [Ferrer], ese gran hombre, tenemos un fantástico grupo de colaboradores y padrinos en España: 130.000. Y no sólo aquí. En la India, en nuestra zona, el proyecto se está extendiendo. Tenemos un grupo de 145.000 familias, cada una de ellas tiene una hucha de barro y durante todo el año van metiendo una rupia, dos, cinco, diez... (seguir leyendo)

miércoles, 2 de noviembre de 2016

'Mater familias', un crimen en el Aventino


Conocí a Lindsay Davis y su magnífico investigador de la Roma clásica, Mardo Didio Falco, hace mucho años, de adolescente, cuando un profesor de esos que ya quedan pocos nos hizo leer ‘La plata de Britania’ para que nos hiciéramos una idea de cómo era un día cualquiera en la Roma del siglo I. Aquella fue la primera novela, pero luego vinieron muchas más ('La estatua de bronce', 'La Venus de cobre', 'La mano de hierro de Marte'...) . Desde entonces, de forma regular, me he sumergido en las aventuras de Didio Falco y su querida (y corajuda) Helena. Pues bien, ahora he descubierto a Flavia Albia, la niña britana que ambos adoptaron y que, a sus 29 años, es una atractiva viuda con mucho carácter (no esperaba otra cosa de una mujer criada por Helena) y que, curiosamente, ha heredado de su padre la misma afición a meterse en jaleos y a investigar aquello que la guardia y la Administración romana consideran normal. Todo ello mientras codirige el negocio familiar, una modesta casa de subastas. Y ahí, en un cofre medio chamuscado que los acaudalados Calixto quieren subastar en pleno verano, encuentra Flavia un cadáver en avanzado estado de descomposición que nadie, aparentemente, sabe quién es. La investigación, en la que debe enfrentarse a los prejuicios de la sociedad por ser mujer, se entrelaza con otro encargo de un gran amigo, Manlio Fausto: investigar a los candidatos (por cierto, ¿sabíais que candidato viene de candidus, blanco, porque los aspirantes blanqueaban sus togas con yeso para que se vieran más blancas?) a las elecciones. En ‘Mater familias’ Lindsay Davis hace gala una vez más del profundo conocimiento de la sociedad romana, de su manera fluida y ágil de narrar, de sus cómicos diálogos (por suerte Flavia Albia también ha heredado la ironía y el sarcasmo de su padre) y de unas tramas en las que todo, en un momento dado, encaja y que te hacen dar vueltas a quién será el asesino, o el ladrón, o el chantajista… Cuando llegas a la última página tienes la sensación de haber caminado por el Aventino, montado en burro por alguna de las siete colinas, dirigido una subasta, retozado por primera vez con el hombre de tu vida en una infecta posada, aguantado el tipo frente a un cadáver putrefacto y un embalsamador aún más pútrido, descubierto las vergüenzas de los que aspiran al poder, sonreído al sentarte en un banco con brazos de delfín, lucido con elegancia togas de gasa, apabullado a hombres con tu inteligencia... Ya estoy esperando la próxima de Flavia Albia.


“Celebrar una subasta en julio es un craso error. ¿Quién queda en Roma entonces? Los que pueden escapar han huido ya a sus retiros campestres en regiones más frescas de Italia. Los demás yacen en su lecho de muerte o se han quedado aquí para esquivar a sus parientes. Es inútil intentarlo. A todo el mundo se le pega la túnica al cuerpo; el sudor resbala por los cuellos grasientos. A los mozos de cuerda se les caen las cosas y se marchan resoplando con fastidio.”


Título: ‘Mater familias’ 
Autora: Lindsay Davis 
Editorial: Ediciones B 
Páginas: 384 
Precio: 21€ 
Procedencia: regalo mamá

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