domingo, 30 de octubre de 2016

Un callejón, una cerradura


@Martatorresmol

Camina decidida. En la noche, huérfana de luna. Por ese callejón de hormigón pútrido. De asfalto carcomido. Aguanta el gesto ante los buhoneros del placer disuelto en cuchara, del acelerón de billete enrollado, del olvido de humo. Se le echan encima. Pegajosos. Sombras negras que le susurran al oído. Sibilantes. Sus infectas voces se mezclan con los reclamos soeces de las sirenas de una noche. La perturban. Se le cuelan por el espinazo. Fríos. Como las gotas de lluvia. Cada pocos pasos, el brillo de la hoja de una navaja. La llama de un mechero. El punto de luz de un cigarro. Chispazos de ojos que le congelan la sangre. Aguza el oído por encima del tamtam de sus pasos. Otros pasos, unos metros por detrás, al mismo ritmo que los suyos. Viento. Fósiles de antiguos carteles medio despegados peleándose con la corriente. Rodaduras en otras calles. Frenazos. Un claxon solitario y obsceno que enmudece ese otro caminar que debería inquietarla. Que acosa el suyo. Lo pisa mientras ella sigue pendiente del viento, los pasos, de las voces, los pasos, del asfalto carcomido, los pasos, del brillo de una navaja, los pasos. Los suyos, ahora, más rápidos, directos a la luz de las farolas que riega la concurrida avenida en la que está su portal.

Mete la llave en la cerradura de casa. Miedo. Un hilo de luz al entreabrir la puerta. Terror. Le escucha trasteando en la cocina. Pavor. Se hace el silencio. Y entonces sí. El cuerpo se le paraliza. Se le seca la garganta. Tiembla. Y espera. Sólo espera.

jueves, 27 de octubre de 2016

'Madre e hija', esas pequeñas grandes historias


Las historias pequeñas no dejan de ser historias. No dejan de ser, incluso, grandes historias. Las historias diminutas que guarda cada casa, cada cuerpo, quizás sean las historias más grandes. Grandes historias pocas veces contadas porque… ¿a quién le importa nuestra cotidianidad? ¿Nuestros problemas? ¿Nuestras preocupaciones? ¿Lo que nos pasa a cada uno de nosotros de piel para adentro? ¿Nuestras pequeñas miserias y alegrías? Ésas que vacían y llenan nuestras vidas cada día. Pues esas historias insignificantes son las que llenan las páginas de ‘Madre e hija’, de Jenn Díaz, a la que la faja de la editorial vende (por boca de otro, eso sí, que si no estaría feo) como la “heredera” de Ana María Matute. A ver… ‘Madre e hija’ está contundentemente bien escrita y derrocha humanidad y sensibilidad en cada una de sus páginas, pero no sé yo si es suficiente como para recibir ese calificativo. No aún, al menos. La novela es la historia de una familia, de las mujeres de una familia, mejor dicho. Porque, como Lorca, la casa claustrofóbica que pinta Díaz se ha quedado sin hombres. En ella están Gloria (la madre), Ángela y Natalia (las hijas) y Dolores (la tía). La madre es fría y dura y distante y crítica. La tía, que nunca conoció varón, es dulce y sumisa y cariñosa y comprensiva. Y descubre, en su madurez, que quiere a un hombre joven al que no se permite amar. Las hijas son sus versiones modernizadas. Ángela es una madre y esposa que cree tener siempre la razón y desprecia todas las formas de ver, entender e interpretar que no sean la suya. Natalia es soltera, amante de un hombre casado, empática y una mujer acogedora que vive su desgracia sin aspavientos. Cuatro mujeres. Cuatro formas de ver la vida. De sentir. De vivir. Cuatro maneras de asumir y sufrir los vínculos familiares.


“Todo sería más fácil si mamá no fuera mamá. Ahora tía Dolores y Natalia no vivirían solas, no sentirían tantos y tantos remordimientos –esa sensación elástica y perversa de la culpabilidad. Gloria también sería más feliz si no fuera como es, tan arisca, huyendo siempre de la generosidad de los demás, un poco neurótica; pero hace tiempo que Natalia ya no está preocupada por no querer a su madre como debería hacerlo una hija, y hace más tiempo todavía que no se enfada con sus impertinencias, una madre es una madre.”



Título: ‘Madre e hija’
Autora: Jenn Díaz
Editorial: Destino
Colección: Áncora y Delfín
Páginas: 192
Precio: 17,50€
Procedencia: regalo Sant Jordi


lunes, 24 de octubre de 2016

'Las que limpian los hoteles': ¿Quiénes son las camareras de piso?



¿Os habéis preguntado cada vez que estáis en un hotel quiénes son las camareras de piso? ¿Cómo es su día a día? ¿Cuántas habitaciones limpian y adecentan además de la vuestra? ¿A qué hora empiezan? ¿Cuándo acaban? ¿Cuánto cobran? Pues bien, quizás después de leer ‘Las que limpian los hoteles’, de Ernest Cañada, no sólo tendréis las respuestas a todas esas preguntas, sino que también, quizás, antes de escoger un hotel para vacaciones, escapadas o viajes de trabajo os aseguréis de que esas mujeres reciben el sueldo que se merecen y tienen unas condiciones de trabajo dignas. ‘Las que limpian los hoteles’ está formado por decenas de pequeñas entrevistas a mujeres que trabajan como camareras de pisos en establecimientos de las principales zonas turísticas de España: Playa de palma, Lloret de Mar, Malgrat de Mar, Cambrils, Barcelona, Madrid, Cádiz, Málaga, La Coruña, Cáceres, Valencia y Oxford. Testimonios que, de no saber el lugar y la época, jamás pensaríamos que se trata de mujeres que trabajan ahora mismo en España. En una industria que bate récords cada año y que llena los bolsillos de unos empresarios que, en su mayoría, no revierten esos beneficios en su personal. Dolores, Angelina, Isabel, Soledad, Esther, Pepi… Todas coinciden en lo principal: cobran alrededor de 2,5 euros por habitación, su sueldo mensual no suele alcanzar los mil euros, la presión que reciben no les permite ni siquiera parar la media hora que se supone que tienen para comer, desayunan analgésicos y antiinflamatorios para soportar el dolor de años deslomándose en las habitaciones, ninguna llega a jubilarse a los 65 años porque sus cuerpos no aguantan más, cada vez tienen que hacer más y más habitaciones, cada vez con más camas, pero con el mismo tiempo y el mismo personal. Las entrevistas ponen los pelos de punta. Explican cómo las reformas en los hoteles para adaptarse a los gustos de los clientes las han perjudicado: no es lo mismo pasar la ducha por una cortina de baño que tener que acabar con la cal de las mamparas, no e slo mismo hacer una cama de matrimonio que una de matrimonio de tamaño extragrande y dos supletorias, no es lo mismo limpiar un cuarto que tener que dejar impoluta una leonera después de una noche de excesos. Los hoteles no cuentan con suficiente ropa de cama y baño de repuesto, de manera que tienen que dar viajes constantes a la lavandería. Cada vez las estancias son más cortas, de manera que tienen que hacer a fondo más habitaciones de salida cada día. Cada vez el servicio está más externalizado, de manera que el empresario ni las protege ni se preocupa de sus condiciones laborales. En todo eso pienso ahora cada vez que, después de un día de paseo o trabajo, vuelvo a la habitación de un hotel y veo la cama perfectamente estirada, el baño limpio, mi neceser colocado en la estantería del lavabo y mi camisón primorosamente colocado en la esquina de la cama.


“Estamos hechas polvo, seguimos trabajando a fuerza de pastillas”.
“Muchísimo trabajo y muchísima presión, vamos reventadas”.
“Cuando en la mañana te pasan la lista de trabajo, te das de cabeza contra la pared”.
“A mí me han robado la salud, y como a mí a todas mis compañeras”.
“Cuando tenían que hacerme fija me dijeron que me inscribiera en una ETT”.
“Te hacen un contrato de un año y luego te echan a la calle porque si no tienen que hacerte fija”.
“De cobrar sobre los mil euros pasamos a ganar 720, haciendo el mismo trabajo o incluso más”.



Título: ‘Las que limpian los hoteles’
Autor: Ernest Cañada
Editorial: Icaria
Páginas: 192
Precio: 18€
Procedencia: préstamo Marian


jueves, 20 de octubre de 2016

'Intemperie', sequía, crudeza y crueldad


No me he podido desprender aún de la roña. De la pestilencia. De los gusanos que se te comen las entrañas. Porque eso es ‘Intemperie’, de Jesús Carrasco, una novela sobre gusanos que te comen por dentro. Y que te siguen comiendo días después de haber terminado con esa historia en la que el sufrimiento de un niño es el protagonista absoluto. Le conocemos escondido. Agazapado en un agujero en el suelo. Cubierto con unas ramas. Temblando ante la posibilidad de que lo encuentren. Un agujero tan pequeño que no le permite ni bajarse los pantalones para orinar. En ese agujero inicial hay miedo. Terror. Un sentimiento que no le abandonará a lo largo de su huida. Que le perseguirá. Que se intensificará con la angustiante sequía que asola el campo. Sin agua para beber. Ni para limpiarse. Una tortura diaria sólo mitigada por la cercanía, la empatía y la protección de ‘el viejo’. Un hombre sin nombre, como el niño, que sólo es ‘el niño’. Un cabrero que, intuyendo de qué huye, lo acoge bajo su protección. Que le da de comer. Al que lleva a los pastos más secos pero más escondidos. Con el que comparte la poca agua que tiene. Al que enseña a ordeñar. Al que defiende poniendo su mísera vida en peligro. Por el que saca las pocas fuerzas que le quedan ya. Un hombre que lee más allá de la ropa sucia y el pánico, conocedor al detalle de lo que le pasa al pequeño, que por primera vez en su vida siente algo parecido al cariño. Pero que esto último no os engañe. 'Intemperie' es una novela dura y seca. Escrita de la misma forma. Con frases directas. Con adjetivos certeros. Sin vueltas ni retruécanos para que todo pase mejor.  No es una historia con un niño como protagonista como las que escribe John Boyne. No hay ni una concesión a la ternura. Ni a la esperanza. A nada que pueda hacerte resoplar de alivio. En la España de la sequía, de los alguaciles autoritarios, de los pueblos abandonados, de los padres duros, del agua podrida y de los tullidos abandonados a su suerte hay personas que saben que no pueden esperar jamás un respiro.


“Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar. Berreos como jaras calcinadas. Tumbado sobre un costado, su cuerpo en forma de zeta se encajaba en el hoyo sin dejarle apenas espacio para moverse.”


Título: ‘Intemperie’
Autor: Jesús Carrasco
Editorial: Seix Barral
Páginas: 224
Precio: 16,50€
Procedencia: Préstamo Marian


domingo, 16 de octubre de 2016

'Tierra del fuego', el dolor, el odio, el perdón...


Fotos: Jean Pierre Ledos y Elena C. Graiño

Hace más de una hora que han echado el telón (es un decir, porque en ‘Tierra del fuego’ no se abre ni el cierra el telón, todo se ve) y aún no he reaccionado. Tengo delante un txakolí y unos pinchos. Pero me cuesta beber. Me cuesta comer. Me cuesta sonreír. Me cuesta olvidar. En mi cabeza retumban aún los diálogos que Claudio Tolcachir pone sobre el escenario en su adaptación de esta obra de Mario Diament basada en un hecho real. Resuenan las palabras. Las discusiones. Los argumentos. Las canciones. Los gritos. El ruido de la mesa arrastrada sobre las tablas. Resuenan hasta los silencios. Y me duele. Porque de eso, del dolor que nace del odio, trata esta impactante obra. Del dolor y del odio que sienten israelís y palestinos. De la incapacidad de escuchar al otro. De la imposibilidad de comprender a quien tienes enfrente. De cerrarse en banda y no ver que el enemigo no es más que un espejo de ti mismo. Un dolor y un odio que, en realidad, es el mismo en los dos bandos. «El dolor, como la sed, te hace ver espejismos», afirma una de las actrices en una de esas conversaciones que van y vienen en el tiempo y que tienen como protagonista absoluta a Yael (Alicia Borrachero, inmensa, magnífica, sobrecogerdora), una azafata israelí que hace 22 años fue víctima de un atentado palestino. Ella salió herida, pero su amiga Nirit, a punto de casarse, falleció. Es una israelí que milita por la paz y que decide, en contra de todos (de su marido, de sus hijas, de la madre de Nirit...) ir a ver a su casi verdugo a la cárcel, de donde no ha salido en todo ese tiempo. La obra empieza con esos primeros minutos. Tremendos. Y continúa luego a una velocidad emocional que apenas puedes asumir porque las charlas de Yael (con su marido, que siente que la ha perdido; con el terrorista, que un día fue un niño que soñaba con viajar a Tierra del fuego; con la madre de su amiga, que no podrá volver a ser feliz; con el abogado del palestino, que quiere que dé un paso más allá en el perdón, y con su padre, que en la guerra del 48 empuñó un arma y dirigió un batallón que disparó contra mujeres y niños) te llevan de un lado al otro. De un bando al otro. De un sentimiento a otro. Y siempre, siempre, sin poder desprenderte del dolor. Ni del odio. «El odio siempre está, el odio no te traiciona». Asumid eso. Digeridlo. Con el estómago. Con la cabeza. Con el corazón. Si podéis.

Director: Claudio Tolcachir
Autor: Mario Diament
Actores: Alicia Borrachero (Yael Alón), 
Tristán Ulloa (Illán), 
Abdelatif Hwidar (Hassan), 
Juan Calot (Dan Alón), 
Adela Gutiérrez (Gueula)
 y Hamid Krim (George)
Escenografía y vestuario: Elisa Sanz
Iluminación: Juan Gómez Cornejo
Versión Española: David Serrano
Producción ejecutiva: Olvido Orovio
Dirección de producción: Ana Jelin
Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas

viernes, 14 de octubre de 2016

'Sicilia sin muertos', corrupción y ratas muertas


@Martatorresmol

Pocas novelas se me antojan tan actuales como ‘Sicília sense morts’ (Sicilia sin muertos en la edición en castellano), de Guillem Frontera, una comedia negra un tanto singular ambientada en una Mallorca gobernada por lo que parece ser un gobierno del PP que, a pesar de que pretende dejar a un lado su pasado corrupto, no lo consigue. Supongo que habría que decir eso de que cualquier parecido con la realidad en esta novela es pura coincidencia, pero la verdad es que los parecidos son más que evidentes. Es inevitable, para los que conocemos  los ambientes políticos y periodísticos de la Comunitat isleña no ponerle cara y voz a algunos personajes. Pero no hace falta conocer esos ambientes para disfrutar de la trama, apasionante, de este libro, que toma el título de la definición que uno de los personajes hace de la isla, como una Sicilia sin muertos. Definición que, así como avanzan las páginas, descubrirá si es cierta o no. Todo comienza cuando el presidente balear recibe una rata muerta. Sí, una rata muerta hace muchos días a la que ya se están comiendo los gusanos. Una imagen realmente asquerosa. No es la única. Recibirá más. Una tras otra. Al tiempo que iremos descubriendo todos los chanchullos en los que anda metido, favores que debe, historias personales turbias, intimidades que no deben salir a la luz, mafiosos con los que se relaciona… Todo ello con la ayuda de otros personajes clave: un columnista al borde de la jubilación que tiene cuentas familiares pendientes con el poder, una redactora de sucesos empecinada en descubrir la verdad, un consejero con una enfermiza afición a filtrar informaciones a los medios, un empresario capaz de hundir el gobierno… Una novela que, una vez que empiezas, no puedes dejar de leer. La necesidad de saber más, de descubrir quién está detrás de las ratas muertas, de las corruptelas, de qué otra vuelta de tuerca serán capaces los políticos para esconder o justificar sus acciones, es más poderosa que el sueño o, incluso, el cansancio. Eso sí, página a página, es inevitable sacudir la cabeza pensando que, más que de una novela, se trata de un relato bastante aproximado de lo que ocurre en buena parte de los despachos de los cargos públicos de este país.


“Vio que la secretaria había llorado, así lo indicaban una leve inquietud en su rostro, siempre tan embetunado con cosméticos, y aquel casi imperceptible encogimiento de todo el cuerpo. Habría dicho que estaba a punto de volver a estallar en sanglots, pero también que sabría contenerse.”



Título: ‘Sicília sense morts’ / Sicilia sin muertos
Autor: Guillem Frontera
Traductora: Rita da Costa
Editorial: Club Editor
Páginas: 320
Precio: 20€
Procedencia: Préstamo Marian


lunes, 10 de octubre de 2016

'Martin Eden', el aprendizaje


La noche en la que Martin Eden conoció a Ruth fue el principio de su fin. Pero decir eso es adelantarse más de 400 páginas en esta subyugante novela de Jack London en la que la naturaleza y el mar (la Mar), sus pasiones, están sin estar. Una novela que llevaba años deseando leer y que disfruté hace unas semanas entre sol, sal, algas y arena. En esta historia la aventura se intuye, se recuerda, se huele, pero, en realidad, todo ocurre en la civilización, entre cuadros y libros y trajes y cordialidad y enfrentamientos velados y estrictos modales y prejuicios y conflictos de clase. La noche en la Martin Eden conoce a Ruth es la primera vez en su vida en la que se siente sucio, en la que le sobran las madrugadas de jarana, las peleas portuarias, las mujeres de una noche, el sudor… Le sobran hasta esos músculos y esa rudez que, curiosamente, tanto perturban a Ruth en ese primer encuentro en un ambiente, una casa bien, al que no hubiera accedido de no haber salvado la vida del hermano de la dama. Así que ahí está él, un hombre guapo y atractivo, fuerte, sintiéndose pequeño ante la languidez y la cultura de Ruth. Hombre decidido, esa misma noche Martin decide no sólo que no será la única noche en la que sus ojos se encuentren con los de Ruth, sino que la próxima vez estará a lo que él considera su altura. Y así, el joven pasa las noches y los días leyendo todo lo que se supone que debe leer, empapándose de libros, aguantando las miradas de estupor que le dirigen, por su aspecto de marino perdido en tierra, en la biblioteca. Pero a él le da igual. Él quiere aprender, ser otro, salir de la pobreza y la incultura. Un camino que emprende sin pensar que, en ese mismo momento, se aleja de los suyos, de lo conocido, sin estar aún cerca de los otros, del estatus que desea alcanzar. Se aleja de sí mismo. La noche en la que Martin eden conoció a Ruth empezó a perderse. Su pasión por la lectura y la escritura (Martin Eden sueña con ser escritor y envía decenas de historias a editoriales y publicaciones) son pura vagancia para su familia, que no duda en acabar echándole de casa. El joven sufre como un condenado durante su aprendizaje, que le obliga a empeñar y desempeñar su abrigo y su bicicleta en un bucle del que parece no salir nunca, que le obliga a, de vez en cuando, volver a aceptar trabajos duros y sucios. Un aprendizaje que, como tanto ansía, le acerca a Ruth, aunque no como esperaba. Comparten lecturas y conocimientos, pero su procedencia y su origen es demasiado diferente y sus interpretaciones políticas y sociales de esos mismos conocimientos son, en consecuencia, totalmente opuestas. Hasta el punto que, en determinados momentos, el protagonista piensa con melancolía en las madrugadas de jarana, las peleas portuarias, las mujeres de una noche… Una historia apasionante. O dos, en realidad. Porque mientras London (el fantástico Jack London) nos mete en la nueva vida de Martin Eden, en su miseria y sus ambiciones, en esos rincones oscuros y pobres que puedes oler y de los que quieres salir, al mismo tiempo el lector no puede evitar viajar al pasado del protagonista, a su vida antes de la noche en la que conoció a Ruth, a un día a día de aventuras, de mares lejanos, de incertidumbre y de libertad, de lugares abiertos que huelen a sal y de los que no huirías.

“Abrió la puerta con una llave y entró, seguido de un joven que se quitó torpemente la gorra. Su rudo atuendo evocaba el mar, y era obvio que no estaba en su elemento en aquel espacioso vestíbulo. No sabía qué hacer con la gorra, e iba a guardarla en el bolsillo del abrigo cuando el otro se la cogió. Lo hizo en silencio, con naturalidad, y el joven se lo agradeció.”

Título: ‘Martin Eden’
Autor: Jack London 
Editorial: Alba 
Colección: Alba Maior 
Páginas: 430 
Precio: 30€ 
Procedencia: biblioteca del trabajo

jueves, 6 de octubre de 2016

'Anna', el tierno y crudo apocalipsis de Ammaniti


@Martatorresmol

Ahora sí. Ya está. Ya no me quedan más libros de mi adoradísimo Niccolò Ammaniti por leer. No me queda ninguna más de esas historias suyas que me crujen por dentro como si mis entrañas fueran de guirlache. Porque eso es lo que vuelve a hacer en ‘Anna’, un apocalipsis crudo y tierno al mismo tiempo en el que los protagonistas, los únicos protagonistas, son los niños. Ésos a los que conoce bien, cuyas personalidades traza con el mimo y la certeza de un pintor hiperrealista. ‘Anna’ tiene algo de ‘El señor de las moscas’, de Spielberg, de ‘Mecanoscrito del segundo origen’, de ‘La carretera’, de Tim Burton… Todo cocinado con ese estilo único, tan suyo, que te atrapa, te envuelve, te seduce y te lleva de la mano como si fueras un personaje más. Ammaniti, una vez más, es ese niño travieso que te coge el corazón con las dos manos y juega con él, página a página, antes de irse con una sonrisa dejándotelo tirado por el suelo, hecho cisco, para que tú lo compongas como quieras. O como puedas. ‘Anna’ toma el nombre de su protagonista, una adolescente que cuida de su hermano pequeño, Astor, en un mundo apocalíptico en el que los adultos han desaparecido, víctimas de un virus, La Roja, que afecta a todos aquellos que dejan atrás la adolescencia. Nadie vive más allá de los trece o los catorce años. Con suerte. Un mundo en el que encontrar un bote de Nutella escondido en cualquiera de los supermercados esquilmados es un sueño. Donde el esqueleto decorado de la madre muerta es el mayor tesoro. Un entorno en el que conservar a quienes quieres es una obsesión y una utopía y en el que las teorías y supersticiones sobre aquello que puede conseguir que el virus no sea una sentencia de muerte lleva a los moribundos a una tribu tiránica y oscura. La huida de La Roja es un camino largo para Anna y Astor, en el que los acompaña Mimoso, un perro que un día fue una auténtica máquina de matar, y en el que encuentran a Pietro, el chico que se rinde a Anna y que cree que la esperanza, la posibilidad de llegar a dultos, está en unas zapatillas mágicas que un día un amigo vio en un catálogo. Pietro… Sólo con leer ese nombre, conociendo a Ammaniti, ya me puse a temblar.


“Tendría tres o cuatro años. Estaba sentado muy quieto en una butaquita de piel de imitación, con la cabeza gacha. Llevaba una camiseta verde de manga corta, unos pantalones vaqueros con los bajos doblados, unas zapatillas de deporte. En una mano tenía un trenecito de madera que le colgaba entre las piernas como si fuera un rosario.”

Título: ‘Anna’
Autor: Niccolò Ammaniti
Editorial: Anagrama
Páginas: 304
Precio: 19,90€
Procedencia: Comprado


sábado, 1 de octubre de 2016

Los veinte malos caminos de 'El niño nada'



Marta Torres Molina | Ibiza
'El Niño Nada', de Víctor Escandell, no se lee. En 'El Niño Nada', del ilustrador ibicenco, se entra. Y se intenta salir. Para ello hay que conseguir llegar a Ítaca, el final del libro, cuyo camino no discurre página a página. Es un poco más complicado. Hay 21 posibles recorridos, pero sólo uno es el bueno, mejor dicho, el que conduce al final. El resto llegan a un punto muerto –«game over, c'est fini»– en el que al lector no le quedará más remedio que desandar lo andado (desleer lo leído) para recuperar el camino bueno y tomar las decisiones correctas. Porque eso es lo que tiene que hacer el lector: escoger.
Los que fueran niños en los años 80 reconocerán en seguida la estructura de los libros 'Elige tu propia aventura', de Timun Mas. En ellos se ha inspirado Escandell, que pasó horas de su infancia y adolescencia con «aquellos libros azules y rojos». Eso sí, hay algunos cambios. El ibicenco, que trabaja en Barcelona, ha dedicado mucho tiempo a buscar la fórmula para que el lector que escoja uno de los caminos erróneos pueda volver atrás.


El ibicenco ha invertido los viernes –«y algunos sábados y las vacaciones»– de los últimos cinco años en dar forma a 'El Niño Nada. Aventuras sin límite de un tipo limitado'. De lunes a jueves se dedica a los encargos, pero los viernes «desde siempre» se los ha dedicado a él. A desarrollar sus propios proyectos. A esbozar lo que le gusta. A imaginar sus propias historias. A escribir y dibujar sin más censura que la autocensura. Y sin saber siquiera si, una vez acabados, se publicarán.


La estructura de este último libro responde a la necesidad de Escandell de no aburrirse: «Seguir durante tanto tiempo con un mismo estilo me mataba y esta historia me permitía que cada ilustración fuera diferente». Sólo hay que echar un vistazo a las 150 páginas del libro para comprobar que en ellas conviven ilustraciones dulces, oscuras, realistas, tiernas, crudas, dantescas, naif, coloridas, en blanco y negro... (seguir leyendo)


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