miércoles, 30 de marzo de 2016

'Los renglones torcidos de Dios' , ¿está loca Alicia Gould?


¿Quién no se ha planteado alguna vez si estaba loco? ¿Quién no ha dudado, en los momentos más oscuros, de su salud mental? ¿De verdad es tan fácil dilucidar si alguien está realmente en sus cabales? Pues a ésas se enfrenta el personal de un manicomio de Zamora cuando reciben como paciente a Alicia de Almenara, Gould de soltera, que, víctima de una enfermedad mental ha intentado acabar con la vida de su marido. Pero Alicia es una mujer elegante, guapa, educada, calmada, con una oratoria que ya querría para sí el colectivo político actual, un discurso coherente y comprensiva. En el sanatorio lo ignoran, pero nosotros (beneficios del lector) sabemos que Alicia, detective privado, ha ingresado en el manicomio de motu proprio para investigar un asesinato. Su cliente, amigo del director de la institución mental, ha facilitado su ingreso tras descubrir que unos anónimos relacionados con el fallecimiento de su padre procedían de esa instalación. La mala suerte, sin embargo, ha querido que el director se encuentre de vacaciones justo en el momento en que Alicia llega al centro. Un lugar en el que, a través de sus ojos, vemos y conocemos la realidad, el día a día, de los internos y del personal. Imágenes crudas, difíciles. Un ambiente claustrofóbico, agónico. Páginas en las que descubrimos por qué algunas habitaciones no tienen techo, que el temor al agua puede paralizar tu vida, que hay vidas que no son vidas… No puedes dejar las páginas ni un minuto y, mientras lees, tu cabeza va a mil, dándole vueltas a la situación de Alicia, a lo que debe ser ingresar en un sanatorio, a todo aquello a lo que deben enfrentarse los trabajadores, las dudas que pueden llegar a corroer a los profesionales… Las mismas dudas que nos carcomen respecto a Alicia mientras leemos. ¿Está enferma? ¿Atrapada en una situación provocada por ella misma? Leed...


“El doctor Ruipérez no pudo menos de sonreír. Aquella mujer de aspecto intelectual y superior manejaba con singular acierto el arte de la simulación, pero ello no era óbice para que fuera declarando frase a frase el terrible mal que la aquejaba. Cada palabra suya era una confirmación de los síndromes paranoicos diagnosticados por el doctor Donadío. Cuando, en otras psicopatías, el delirio del enfermo se manifiesta durante una crisis aguda, no hay nada tan fácil para un especialista como detectarlo. Se le descubre con la facilidad con que se distingue a un hombre vestido de rojo caminando por la nieve.”



Título: ‘Los renglones torcidos de Dios’
Autor: Torcuato Luca de Tena
Editorial: Planeta (colección Booket)
Páginas: 448
Precio: 12,95
Procedencia: regalo


miércoles, 23 de marzo de 2016

Para la boda de Mónica y Ednar*



*A veces los amigos te piden cosas. Que escribas algo para su boda, que sea bonito, que tenga fácil traducción al inglés. Y, aunque no sabes escribir poesía y no estuvieras precisamente en el mejor momento para escribir sobre el amor de verdad y del bueno, te pones. Y aunque siempre has huido de lo tópico, de lo rosa, de que tumanera de describir el amor tiende más al realismo y al punk, es una boda, la de alguien que no tiene porqué entender tu manera de describir el amor, así que te pones en modo rosa e intentas hacerlo lo mejor posible. Pido perdón a todos los poetas. A los nacidos y por nacer. A los muertos y a los que esperan.

@Martatorresmol
Entre tu boca y la mía
sólo el silencio.
Entre mi piel y la tuya
sólo el fuego

Bajo las nubes de tu aliento
la espera de mis besos.
De tu corazón bebo.
Desde tus ojos veo.

Tus días, mis días.
Tu mirada, mi espejo.
Mis caricias, tu tiempo.
Nuestro presente, mi camino.
Nuestro futuro, tu destino.
Mi despertar en tus mañanas.
Tu sueño en mis noches.
Tus días, mis días.

Sobre el calor de mi pecho
la promesa de tu deseo.
De mi corazón bebes.
Desde mis ojos ves.

Entre tu cuerpo y el mío
sólo un susurro.
Entre mi alma y la tuya
sólo un latido.




















jueves, 17 de marzo de 2016

'Vuit vents', historias de tramontana a mistral

@Martatorresmol

Ocho vientos. Ocho historias. Ocho relatos envueltos en los ambientes marcados por la rosa de los vientos. De tramontana a mistral. Ocho cuentos escritos en los muchos trayectos que su autor, Carles Torres, hizo en el ferry que une Ibiza y Formentera. Historias nacidas hace tiempo que fueron tomando forma en el desapacible paso de es Freus. No soy objetiva con estos relatos (ganadores del XII Premi Joan Castelló Guasch) porque Carles es amigo, compañero recuperado en un suplemento del diario en el que trabajo, mi filólogo de cabecera (com diries...?) y compañero de viejas noches de cerveza, música y hamburguesas a las seis de la mañana de regreso a casa. No soy objetiva, pero he leído el libro dos veces porque la primera lo devoré tan rápido que apenas pude asimilarlo. ‘Vuit vents’ son ocho historias continiadas, sin complicaciones, que reflejan esos pequeños grandes momentos de las vidas. Esos detalles aparentemente insignificantes que con el paso del tiempo se convierten en definitivos, determinantes, decisivos. Ese amor de verano no consumado, el hallazgo de unas monedas antiguas, una fiesta folclórica en unas vacaciones, un tatuaje, esconder a alguien que huye, faltar un día al trabajo sin motivo, un viaje con una amiga o vender un piano. Cosas que cualquiera podemos entender, que a cualquiera de nosotros le pueden haber pasado y con cuya trascendencia el tiempo nos ha sorprendido.


“Va ser alumna meva durant dos setmanes, sap? Ella, la seva mare i les dos germanes més petites. Venien a passar l’estiu al poble i es varen apuntar a un curs de dos setmanes amb classes de quatre hores diàries. Eren d’Alemanya. Aleshores, jo feia aquells cursos intensius a l’estiu i d’altres, més perllongats, a l’hivern. Se’m donava bé, sap?”


Título: ‘Vuit vents’
Autor: Carles Torres
Editorial: Consell d’Eivissa
Páginas: 108
Precio: 8€
Procedencia: comprado


martes, 15 de marzo de 2016

'Cien años de perdón', ¿quiénes son más ladrones?


Aviso: esta crítica se escribe desde la más absoluta rendición a Luis Tosar. Y es que, ¿qué le vamos a hacer?, a mí él me gusta siempre. Cuando hace de malo, cuando hace de bueno, cuando hace de regular y hasta cuando hace de sinsangre (ved 'Inconscientes' y decidme que no os gusta) . Vaya, que me pierde este hombre, por si lo anterior os había parecido demasiado sutil. Dicho esto, ‘Cien años de perdón’ me ha gustado. Me ha gustado mucho. Me ha gustado muchísimo. Pero (sí hay un pero) no tanto como esperaba. Y, además, creo que la culpa no es de la película, sino de la televisión. De Tele5, en concreto, que cuando pone pasta en un proyecto conematográfico te machaca con ella en los informativos, te la pone por las nubes durante semanas y eso genera unas expectativas muy difíciles de satisfacer sobre todo si tu cine es un cine no ya de provincias sino de isla, al que las películas, a veces, tardan una o dos semanas en llegar y que tiene, además, unos horarios tan escasos que tampoco te ponen fácil ir a verlas nada más estrenarse. A pesar de todo esto, me lo pasé genial, me quedé pegada a la pantalla y pasé una sobremesa de domingo la mar de entretenida con una trama que no es tan simple como parece cuando, en pleno diluvio, unos atracadores irrumpen en un banco. Unos atracadores bien perfilados. Porque eso, los personajes, es, para mí, lo mejor de la cinta de Daniel Calparsoro. Ellos lo son todo. Para lo bueno y para lo malo. Porque a media cinta (sí, ya sé que ahora todo es digital, pero permitidme la licencia) la trama decae. Es un momento muy concreto, relacionado con la prensa, algo planteado de una forma un tanto inverosímil que consiguió que me desconectara, aunque reconozco que eso es algo sobre lo que seguramente sólo los que estamos en el oficio nos paremos a pensar. He echado de menos más mala leche en la parte política, la de la corrupción, de la que no escapa ni ese atraco en ese banco escogido, aparentemente, al azar. He echado de menos que hurgara un pelín más, que no se lo pusiera tan fácil a los auténticos ladrones, que no son ni Luis Tosar (el ‘gallego’) ni Rodrigo de la Serna (el ‘uruguayo’), fabulosos los dos.

viernes, 11 de marzo de 2016

'Nadie hace el amor los martes', un auténtico churro


Un libro de emergencia. Te has acabado el que llevabas en el bolso y pillas, de donde estés, lo que te coja más a mano y de dimensiones adecuadas para no acabar con la espalda destrozada después de todo el día trotando con él a cuestas. Pues eso es ‘Nadie hace el amor los martes’, un libro totalmente prescindible, aburrido, no muy bien escrito y cuyos personajes, además, te sacan de quicio. Una joyita de ésas que no entiendes (aunque sí lo entiendes) que se publiquen y que hacen que te imagines a los editores leyéndolo por encima y pensando: “Con este título se venderá como churros, aunque sea un ídem”. Pues eso, un churro. ‘Nadie hace el amor los martes’, de Tracy Bloom (¿en qué estabas pensando?) comienza con Katy, una treinteañera embarazada con la edad mental de una adolescente,  y su novio, un veinteañero graciosete con la misma edad mental, camino de la primera clase de preparación al parto donde Katy se topa de bruces con Mathew, otro treinteañero ¿adivináis su edad mental? ¡Bingo!, que acude al curso con su mujer, Alison. Pues bien, Mathew es el antiguo novio de juventud de Katy, con el que había planeado casarse y formar una familia en un maravilloso cobertizo reconvertido en casa hasta que lo descubrió disfrazado de parte trasera de reno (la delantera se había ido a dormir la mona por su cuenta) en plena faena eroticofestiva con la virgen María (San José y el niño también debían estar durmiendo). Pues bien, resulta que Katy y Mathew tuvieron hace unos meses un encuentro, de manera que ella, qué bien guardadito se lo tenía, no tiene muy claro quién es el padre. Y así, entre dudas, peleas, amigos gays y un ridículo ambiente de instituto pasados los treinta, pasa el libro.

“Están las que eligen al hombre que será el padre de su hijo, y las que no. Están las que se pasan años cribando el inmenso pajar de la población masculina y las que un día caen en la trampa. Katy nunca se había visto a sí misma como de las que caen en trampas. Desde luego, no se imaginaba que a los treinta y seis años estaría embarazada, soltera y con un novio ocho años más joven. Un novio que ahora se encontraba junto a ella, vestido de futbolista, para acompañarla al curso de preparación al parto.”

Título: ‘Nadie hace el amor los martes’
Autora: Tracy Bloom
Editorial: La esfera de los libros
Páginas: 302
Precio: 17,90€
Procedencia: Biblioteca mami

martes, 8 de marzo de 2016

Por ellas, que no pudieron

@Martatorresmol

Porque no tuvieron otro remedio. Porque no pudieron hacer más. Porque detestaron sus vidas cada mañana y cada noche. Porque a pesar de eso intentaron que no se notara. Porque lucharon por sus hijas y nietas lo que no pelearon por ellas. Por los sueños que metieron en una caja y fingieron olvidar. Por las manos llenas de callos de esos días interminables. Porque fueron cocineras, amantes, enfermeras, niñeras, agricultoras, lavanderas, pastoras, limpiadoras, panaderas y cuidadoras sin cobrar ya no sólo un céntimo, sino ni siquiera un "gracias". Porque perdieron la infancia. Por las lágrimas que derramaron el día que, a diferencia de sus hermanos varones, las sacaron del colegio. Porque rapiñaban las monedas que podían a esos maridos que se las gastaban jugando, bebiendo y en prostitutas. Porque aguantaron golpes pensando que era lo que se merecían. Porque no se permitieron nunca un capricho. Porque se perdieron los bailes. Porque no les quedaron sonrisas para desperdiciar. Porque fueron esclavas de sus padres, de sus hermanos y de sus maridos. Porque se les endureció la mirada de todo lo que vieron. Porque nunca se sintieron libres. Porque nunca pensaron que era posible coger las riendas de su destino. Por ellas. Que no pudieron. Por nosotras. Que sí podemos.
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