jueves, 29 de diciembre de 2016

La estrella


@Martatorresmol

Siempre había pensado que la estrella de Navidad era grande. Dorada. Tan brillante que, si la veías, se te llenaban los ojos de luz. Y el corazón. Y el alma. Siempre había creído que la estrella de Navidad marcaba el camino. Que si se te cruzaba en un viaje, dejabas de estar perdido. Te protegía. Te salvaba. La lluvia dejaba de mojarte. El frío ya no te quemaba la piel. El hambre cesaba en su empeño de roerte las entrañas. La sed abandonaba por fin tus labios agrietados y tu garganta seca.

Eso le contaba su abuela todos los años, cuando el invierno empezaba a morder de verdad las puntas de los dedos y la oscuridad caía demasiado pronto para las ansias de juego de los niños del barrio. Hilaba aquel cuento exótico, lejano para ellos, de la estrella de Navidad, y la magia de su voz hacía olvidar las risas en la calle.

Aquella madrugada, mirando al cielo, entre los brazos temblorosos de su madre, la vio. Pero no era grande. Ni tan brillante como pensaba. Ni de luz blanca y cálida. En mitad del rugido del mar, de los gritos aterrados, de las plegarias susurradas y del centenar de cuerpos encajados distinguió unos destellos rojos. Olas después, perdió la cuenta de cuántas, una luz blanca trajo voces extrañas, ojos preocupados y manos amables. En mitad de la noche de huida, perdido en la inmensidad del desierto de agua, en aquella tumba flotante, con su madre susurrándole que estaban a salvo, descubrió la auténtica estrella de Navidad.

martes, 27 de diciembre de 2016

'La nave de los muertos', a bordo del Yorikke


Hay novelas que congelan la sonrisa. Porque te hacen sonreír, pero, al mismo tiempo, te hacen pensar que, si vas más allá de las palabras, no deberías hacerlo. Ése es el caso de ‘La nave de los muertos’, de B. Traven. Si te quedas en la superficie no ves más que la historia, contada con bastante gracia, de Gerard Gales, un marinero norteamericano que tras una noche de juerga en Amberes pierde su barco, en el que, además, se quedan todos sus papeles, motivo por el que el único sitio en el que puede embarcar de nuevo es en el Yorikke, que el protagonista define como la nave de los muertos. Y está bien. Leída así es una novela entretenida, magistralmente escrita. Con aventura, con risas, con vicisitudes, con viajes, con naufragio.... Pero lo que requiere de verdad ‘La nave de los muertos’, la lectura que de verdad te deja huella, es la que va más allá. La que traspasa las muletillas simpáticas, los personajes un tanto ingenuos, la historia que viaja de despropósito en despropósito. Si no fuera por eso, supongo que la aventura de Gales sería, simplemente, demasiado dura. Porque el protagonista no es más que un sin papeles. Alguien que no puede demostrar quién es, que pierde su identidad y, con ella, todos sus derechos. Alguien a quien la burocracia condena a una vida sin oportunidades y en la que no le queda otra que coger aquello que ofrecen, aunque sepa de antemano que es un engaño, que ser un esclavo. Escrita a principios del siglo XX, ‘La nave de los muertos’ es actual. Refleja hoy en día, como lo debió hacer en su momento, las absurdidades e injusticias de la sociedad occidental. Un mundo en el que un marinero sin papeles no es nadie, pero una millonaria sin ellos sigue siendo alguien importante merecedora de todo respeto y facilidades. Un mundo en el que sabemos que hay gente a la que engañan, que realizan actividades peligrosas sin ninguna protección y por las que no les pagan más que una migajas. Y da igual que sufran daños o, incluso, pierdan la vida. A la sociedad le da igual porque siempre habrá más personas en su situación dispuestas a sustituirlas. A reemplazar las piezas estropeadas. Porque eso son, para el mundo, los embarcados en el Yorikke. Piezas reemplazables. Inexistentes, en realidad. Algo muy crudo. Aunque Traven (periodista, viajero y fotógrafo, y se nota) lo cuente con una gracia magistral. Una historia imprescindible.


“¿Qué si era el segundo oficial? No, sir. No era el segundo oficial de esta bañera. Era un simple trabajador de cubierta, un mero obrero. Verá usted, señor, en realidad ya apenas quedan marineros y tampoco es que se necesiten. Un buque mercante tan moderno como éste ya no es exactamente un barco: es una máquina flotante. Y, aunque no tenga ni idea de barcos, seguro que no se le escapa que una máquina no necesita marineros para funcionar”.


Título: ‘La nave de los muertos’ 
Autor: B. Traven 
Traductor: Roberto Bravo de la Varga 
Editorial: Acantilado 
Páginas: 352 
Precio: 20,90€  
Procedencia: comprado

viernes, 23 de diciembre de 2016

Papel de regalo. Almendras y miel. Navidad

@Martatorresmol

Sonreír. Reír. A carcajadas. Bailar. Sentir las caderas. Brillar. Rojo de labios. Cuernos de reno. Vino para calentar el corazón. Abrazos. Besos. Papel de regalo. Reencontrarse. Deliciosa multitud en la cocina. Cortar el jamón con un vestido largo. Y tacones. Calor. Bromas. Almendras y miel. Ausencias. La caseta vacía. Respirar hondo. Contener las lágrimas. Seguir. Canturrear. Pensar en ti. Calcular la distancia en olas. Dos mares y medio continente. Brindar. Libros nuevos. Cerrar los ojos. Navidad.

¡Feliz Navidad!

martes, 20 de diciembre de 2016

'Un monstruo', cuando un monstruo es un monstruo




Debería decir que este cuento no es para niños. Que es para adultos. Pero no lo voy a decir. Porque ‘Un monstruo’, de Pep Bruno y Leire Salaberria, habla de los monstruos de verdad, de los que existen, de los que hacen que tengas miedo y que todos, niños y adultos, tenemos. Y tememos. Porque todos tenemos monstruos y si pensamos que no es así no es porque seamos muy valientes, es porque somos unos temerarios que hemos cerrado los ojos ante nuestros propios monstruos. ‘Un monstruo’ no llega a las 30 páginas. Y apenas tiene una frase en cada doble página. Las ilustraciones son sencillas, pocos colores y matizados, como cubiertos con una pátina sepia que hace que destaque aún más el monstruo, de color rojo y muy parecido a un demonio. Porque cada uno de nuestros monstruos es único (el mío siempre ha sido un vacío negro), pero lo del demonio lo entendemos todos. Nadie tiene nombre en este cuento, en el que la voz que habla es la de un niño. Un niño que teme al monstruo. Porque a los monstruos, en contra del buenismo imperante en la sociedad actual, hay que temerles. Sólo sabiendo que están ahí, conociéndolos, es posible protegerse de ellos y, sobre todo, prepararse para enfrentarse a ellos cuando sea necesario. Hay que intentar que no nos coman. Y cuando vemos un monstruo, hay que decir que está ahí. Y avisar a los demás. Y reconocer que le tenemos miedo. Porque sí. A veces, los monstruos nos comen. Y entonces ya es demasiado tarde.


“Después de unos meses de espera, mis vecinos trajeron un monstruo a casa. Al principio, parecía un osito de peluche.”



Título: ‘Un monstruo’ 
Autor: Pep Bruno 
Ilustradora: Leire Salaberria 
Editorial: Alba 
Páginas: 28 
Precio: 14,95€ 
Procedencia: biblioteca



miércoles, 7 de diciembre de 2016

'La tierra que pisamos', lo extraño


A veces tiene que llegar lo extraño, lo de fuera, para mostrarnos cómo somos. No cómo hemos fingido ser o cómo creemos que somos. No, para descubrirnos a nosotros mismos cómo somos. Qué somos. Cuáles son nuestros valores. Con qué y con quién están nuestras lealtades. Para cuestionar aquello que hemos asimilado sin preguntas y que nos ha moldeado. Y eso es precisamente lo que cuenta Jesús Carrasco en ‘La tierra que pisamos’, una novela más lenta, más reflexiva, que ‘Intemperie’. Una historia que no te golpea con las palabras, sino con lo que éstas van dejando dentro de tu cabeza, como semillas que, depende de ti, brotarán o no. ‘La tierra que pisamos’ pasa en una España ficticia que imaginamos a principios del siglo XX, una España ocupada por militares venidos de países del norte y en la que los lugareños son prácticamente parias, poco más que esclavos a su servicio. Ambientada en un pueblo extremeño, ‘La tierra que pisamos’ mantiene esa sequedad, esa aridez, esa falta de oxígeno que también (y tan bien) marcan ‘Intemperie’. Lo mismo que las palabras, exactas. Y las frases. Cortas. Y los párrafos. Medidos. Y los capítulos. Adelante y atrás. Creo que es eso lo que hace que página a página no podamos desprendernos de la sensación de que ambas novelas están ligadas. Esa frialdad angosta está presente desde el primer momento, desde que Eva Holman, mujer de uno de esos militares extranjeros, inválido y retirado, descubre a un intruso en el huerto de su casa. Es un hombre. Callado. Que duerme entre las hortalizas, pegado a la tierra. Que lleva un abrigo de buena calidad. Al que el perro sigue amistosamente durante todo el día. Un hombre que se esconde. Que Eva esconde. Y al que da de comer. Y al que limpia la ropa. Y al que protege. Sin saber por qué. Que la separa de los que consideraba los suyos. Un extraño que, sin una palabra, sin apenas una mirada, sin un contacto físico, cambia su manera de ver y entender su propio mundo, su lugar en él, sus relaciones. El hombre no cruza jamás el umbral de la finca, pero se cuela hasta el tuétano en la vida de Eva, quien, a sus años, se resiste a su propio cambio, a algo que no puede evitar. El extraño, con un pasado que Eva va descubriendo, duerme, durante semanas, entre las hortalizas, con la cara y el cuerpo pegados a esa tierra que es la suya, no de quienes la ocupan. Que reclama en silencio. Que guarda lo poco que aún queda de él mismo. De su pasado. De su memoria. De su vida. Esa tierra sobre la que, como Eva, nunca nos hemos preguntado nada.


“Hoy me ha despertado un ruido en mitad de la noche. No un ronquido de Iosif, que, raro en él, a esa hora dormía a mi lado en silencio, medio hundido en la lana del colchón. He permanecido tumbada, con la mirada detenida en las vigas de haya que sustentan el techo, apretando fuertemente las sábanas en busca de una firmeza que el lino, tan sutil, me ha negado.”


Título: ‘La tierra que pisamos’ 
Autor: Jesús Carrasco 
Editorial: Seix Barral 
Páginas: 272
Precio: 18€ 
Procedencia: préstamo Marian

viernes, 2 de diciembre de 2016

'Flores para la señora Harris', la deliciosa historia de la señora de la limpieza y un vestido de Dior


‘Flores para la señora Harris’, de Paul Gallico, es una absoluta delicia. Un cuento que te mantiene en vilo, que te hace sonreír y que, aunque creas que sabes cómo va acabar. No es así. Porque no lo sabes. Porque no acaba de la manera que crees. Y eso es, precisamente, lo que lo hace aún más especial. Más tierno. Más conmovedor. ‘Flores para la señora Harris’ es un cuento ideal para estas fechas. No ocurre en Navidad, no hay ni atisbo de ella, pero tiene algo que te calienta por dentro como lo hace la Navidad cuando eres completamente feliz. O como el caldo de pollo cuando no lo eres del todo. La señora Harris, Ada, es una señora de la limpieza británica, muy británica. Le gustan las flores, cuida a sus clientes como si fueran sus sobrinos y los abandona dejándoles la llave en el buzón cuando hacen algo que ella considera intolerable. La señora Harris es viuda, pero alegre y pizpireta. Educada y con un punto de descaro con el que consigue meterse a todo el mundo en el bolsillo. Sus únicas aficiones son el té y la quiniela que, cada semana, rellena con su mejor amiga, la señora Butterfield. Su vida transcurre en una agradable y aburrida rutina hasta que un día, en casa de una de sus clientas se enamora. De dos vestidos de Dior. Están colgados fuera del armario porque su dueña no sabe cuál ponerse para un gran evento y la señora Harris se queda completamente embelesada. No puede olvidarlos. Los colores, el tacto, las texturas… Y en ese mismo momento decide que ella, sí ella, una señora de la limpieza británica que cobra tres chelines la hora, tendrá un vestido de la maison francesa. Y ahí es donde comienza de verdad el cuento. En el momento en el que la señora Harris, con una voluntad férrea, decide ahorrar en flores, en té, en el cine y en ales del pub para reunir las cerca de 500 libras que cuesta a mediados de siglo XX un vestido de fiesta de Dior más el dinero necesario para el viaje a París. La novela, un cuento largo, en realidad, está escrita con la misma gracia y delicadeza con la que están trazados los personajes. Todos. Encantadores. Sin artificios. Ni en la forma ni el fondo. Algo que me hizo intuir (porque los huelo) que Gallico, del que no sabía nada, podía ser periodista. Personajes y ambientes reales, que casi tocas y vives, convertidos en personajes y ambientes de esos cuentos que calientan el alma.


“La mujer menuda y delgada de mejillas sonrosadas, cabello canoso y ojos sagaces, casi traviesos, tenía la cara apoyada en una ventanilla del avión Viscount de British European Airways, en el vuelo matutino de Londres a París. Mientras el aparato, con un rugido repentino, despegaba de la pista, a ella también se le levantó el ánimo. Se notaba nerviosa, pero en absoluto asustada, porque estaba convencida de que ya no le podía pasar nada. Sentía la felicidad de quien sabe que al fin se ha embarcado en una aventura al final de la cual le aguarda lo que más desea”.


Título: ‘Flores para la señora Harris’ 
Autor: Paul Gallico 
Traductor: Ismael Attrache 
Editorial: Alba 
Colección: Rara Avis 
Páginas: 168 
Precio: 16€ 
Procedencia: biblioteca trabajo

lunes, 28 de noviembre de 2016

Si duele, cura


@Martatorresmol

Si duele, cura. El dolor es necesario. Vital. Si duele es que sigues ahí, luchando. El dolor, como el miedo, mejor cerca. Latentes. Pero ahí. El miedo te mantiene alerta. El miedo indica que tu instinto de supervivencia está sano. Pocas cosas me darían más miedo que no tener miedo. Y que no sentir dolor. Si te duele el cuerpo, es que sigues viva. Si te duele el alma es que, por suerte, no eres un robot. La sociedad en la que vivimos no tolera el dolor. Ni el propio. Ni el de los demás. He perdido la cuenta de las benzodiacepinas y barbitúricos que me han ofrecido en las dos últimas semanas. Y de las caras de sorpresa al rechazarlo todo. Al justificar que el dolor hay que pasarlo, que anestesiarlo no sirve de nada porque entonces se queda, se hace bola y te sorprende luego, el día menos pensado, explotando. Revenido e iracundo. Incontrolado. El dolor pasa. Se agarra a ti al principio. No sabe cómo sujetarse. No se está quieto. Se revuelve. Te aprieta con sus manos heladas para no caerse y te deja sin respiración. Busca calor. Encuentra su sitio. Se acomoda. Se queda quieto. Procura no molestar más de la cuenta. Y te acostumbras. Sabes que ocupa ese hueco que se te ha quedado vacío. Intentas echarlo, pero entonces entiendes que el dolor está ahí por ti. Porque si no llenara ese espacio huérfano, si no lo calentara con tus lágrimas y tu rabia, se pudriría. Y te pudrirías. Así que lo dejas tranquilo. Haces todo lo imposible para que duerma todo lo que pueda. Incluso le cantas nanas para que te deje descansar. Y respirar. Y el dolor, arropado y comprendido, casi querido, se diluye. Cálido. En ese hueco que, lleno de dolor, parece menos lleno de ausencia. Si duele, cura.

viernes, 25 de noviembre de 2016

La muñeca


@Martatorresmol

La pequeña no lloraba. Ya ni siquiera lloraba. Ni pataleaba. Ni gruñía. Ni se enfadaba. Ya no. Igual que ella. Ella tampoco lloraba ya. Ni se entristecía. Ni se compadecía. Ni pretendía entender. Ni buscaba un resquicio por el que escapar. Ni se curaba ni le dolía ni se preocupaba ni soñaba... Ni se permitía esperar un cambio. Sólo esperaba en tensión. Como una presa a la que ronda el lobo. El siguiente insulto. El próximo golpe. Una prohibición más. Esa mirada que la paralizaba. Que conseguía congelarla. Que no saliera con las amigas. Que no riera. Que no hablara con nadie que a él no le gustara. Que volviera directa a casa al salir del trabajo. Esa mirada. Ahí. Siempre. Todas las noches al llegar a casa. Todas las mañanas antes de separarse en el portal, justo antes de besarla. Que vieran todos lo mucho que la quería.

También besaba a la pequeña. Y le revolvía el pelo. Antes se le encaraba. No le gustaba que la despeinara. Protestaba. Le miraba fijamente. Se enfadaba. Le gritaba. Hasta que él cogió su muñeca favorita, la que la niña peinaba amorosamente durante horas, le cortó el pelo con las tijeras de la cocina y la encerró en una preciosa jaula de barrotes blancos y dorados que colgó de la ventana de su habitación. La niña dejó de encararse. Todas las mañanas la veía dirigirse al autobús escolar con paso cansado y el pelo revuelto. Todas las noches la veía mirar con tristeza la muñeca en la jaula. Llena de trasquilones. Despeinada. Todas las mañanas. Todas las noches. 

Una tarde de invierno él encontró la casa a oscuras. En silencio. La recorrió, habitación por habitación. Encendió todas las luces. Encendió su ira. Las esperó. A la niña. A su mujer. Con las tijeras en la mano. No sería el pelo esta vez. Tampoco sería la muñeca. Cegado, no vio la jaula. Los barrotes blancos y dorados estaban doblados. Retorcidos. Estaba vacía. 

A cientos de kilómetros de distancia, la niña peinaba amorosamente el pelo corto de su muñeca. Ella la miraba. Y sonreía. Fuera de su jaula.

viernes, 18 de noviembre de 2016

'La gente feliz lee y toma café', adelante y al norte


Un duelo. Eso es ‘La gente feliz lee y toma café’, una novelita de Agnès Martin-Lugand que se lee de una sentada, sólo parando para intentar aventurar cómo reaccionarías tú ante una desgracia como la suya. Lo empecé con un café con leche frente al mar, esperando una de las primeras barcas de la mañana a Formentera. Veinte minutos de relax antes de una agotadora jornada de trabajo en los que no pude evitar las lágrimas al leer, en las primeras páginas, cómo Diane pierde a su marido y a su hija en un accidente. Cómo se despide del amor de su vida en la cama de hospital. Y cómo se enfrenta a su familia, negándose a ir al funeral, a cambiarse de ropa, a salir, a seguir con su vida, a mantener su negocio… (Sí, suena a melodrama y a película mala de fin de semana por la tarde, lo reconozco) Un año después, y a pesar de los esfuerzos de su socio y mejor amigo Félix, su actitud sigue siendo la misma. Hasta que estalla. Hasta que no puede más con los reproches, con las críticas, con la condescencia… (Qué malo es cuando todo el mundo sabe mejor que tú qué tienes que hacer para superar un duelo) Y decide huir. Al norte. A Irlanda. Al frío. A todo aquello que ella detesta pero su marido adoraba. Y ahí, en un pueblo diminuto escogido al azar en el que es la rara, la extranjera, la novedad, la que esconde un gran secreto, comienza de verdad su duelo. Y ahí el libro se convierte en una especie de comedia romántica en la que sabemos, más o menos, porque llevamos muchas comedias románticas a nuestras espaldas, qué va a pasar, quién hará qué, qué obstáculos habrá… Y ahí es donde, paradójicamente, aunque el libro empeora, se vulgariza y se convierte en uno más, no puedes dejar de leer porque quieres confirmar aquello que crees que sucederá y porque quieres que a Diane le sea fácil empezar de nuevo porque es lo que querrías para ti misma aunque estés casi segura de que, en su situación, tú no irías al norte. Tú irías al sur, siempre al sur.


“Se marcharon armando jaleo por las escaleras. Después supe que seguían haciendo el bobo en el coche, justo antes de que el camión les embistiera. Me dije a mí misma que habían muerto riendo. Me dije que hubiese querido estar con ellos. Y un año depués me seguía repitiendo todos los días que hubiera preferido morir a su lado. Pero mi corazón latía con obstinación. Me mantenía con vida. Para mi gran desgracia.”



Título: ‘La gente feliz lee y toma café’
Autora: Agnès Martin-Lugand
Editorial: Alfaguara
Páginas: 200 
Precio: 17€ 
Procedencia: préstamo Marian


lunes, 14 de noviembre de 2016

'Viaje al turismo basura', de Lloret a Magaluf


Los que vivimos en lugares turísticos y amamos nuestra tierra conocemos bien el turismo, lo que significa para la economía, que seguramente no podríamos prescindir de él... Pero también conocemos su lado oscuro, ése que las administraciones (desde los ayuntamientos al Gobierno central) pretenden no ver para no quedarse sin su parte del pastel. Empezamos a ver a dónde puede llevarnos y no sólo no nos gusta nada, sino que lo tememos. Eso es precisamente lo que cuenta, de una forma exquisita en la que datos, declaraciones e historias personales se entremezclan, mi compañero Joan Lluís Ferrer (seguramente, una de las personas que más saben de turismo y sus consecuencias en Baleares) en ‘Viaje al turismo basura’. Escoger la palabra “viaje” para el título no es un capricho. Este libro, que se lee de un tirón, es un viaje por cuatro zonas turísticas de España: Lloret de Mar, Barcelona, Sant Antoni de Portmany en Ibiza y Magaluf en Mallorca. Joan Lluís analiza en cuatro reportajes la situación en la que se encuentran en este momento estas cuatro localidades en relación al turismo y cómo éste afecta al tejido social, al día a día, al medio ambiente… Además, están ordenados por intensidad, es decir, que Barcelona es el futuro de Lloret si no cambian algunas cosas y Sant Antoni el de Barcelona si no se toman decisiones. Cuatro localidades, cuatro niveles: Lloret de Mar, nivel 1, ‘el desmadre en su rincón’; Barcelona, nivel 2, ‘el caos entra en casa’; Sant Antoni de Portmany, nivel 3, ‘de pueblo a show’, y Magaluf, nivel 4, ‘la patria de los zombis’. Las descripciones de los lugares son tan gráficas que casi parece que estás en ellos y los problemas y situaciones que cuentan vecinos y profesionales son tan espeluznantes que es imposible quedarse impasible a las consecuencias del turismo sin control. Un libro para devorar. Y para pensar.


“Una veintena de jóvenes muere todos los años en las cinco o seis principales zonas de turismo de borrachera de España. Unos fallecen por ingestión de drogas, otros al caer accidentalmente por el balcón cuando están totalmente embriagados, algunos por accidente de coche en las mismas circunstancias y varios ahogados, también a causa del alcohol y las drogas. Son los muertos de la fiesta.”



Título: ‘Viaje al turismo basura’
Autor: Joan Lluís Ferrer
Editorial: Editorial UOC
Páginas: 212
Precio: 17€
Procedencia: comprado


sábado, 12 de noviembre de 2016

'Greixonera', mi magdalena de Proust



Hay olores que calman. Que sanan, incluso. Olores que te gustaría que impregnaran siempre la casa. Que te hacen sentir bien. Uno de esos olores es el de la 'greixonera'. Es mi magdalena de Proust. El primer postre que aprendí a preparar. El que me sabe siempre a casa y a infancia. Es un postre sencillo, de pobres. Un pudin que se inventaron en algún momento de la historia las abuelas de mi isla para aprovechar las pastas duras en tiempos en los que no se tiraba nada. Aprendí a hacerlo de niña, viendo a mi madre (una excelente cocinera) prepararlo. Con los años he adaptado un pelín la receta. Para hacerla más mía. Pequeños cambios para darle más sabor (soy una mujer de gustos intensos).

Ingredientes
–Un litro de leche
–400 gramos de azúcar (más unas cucharadas para el caramelo)
–Una rama de canela
–Las pieles de un limón y una naranja
–Un chupito de licor de hierbas
–Siete ensaimadas (de las de verdad, sin crema ni almíbar ni nada, sólo con azúcar)
–Cuatro huevos enteros más cuatro yemas
–Canela en polvo

Elaboración
–Lo primero es hacer el caramelo. Lo podéis hacer directamente en la bandeja en la que vayáis a hornear la 'greixonera' siempre que sea de metal. Poned unas tres o cuatro cucharadas grandes de azúcar y un pelín de agua y al fuego. Suave. Cuando el agua reduzca se irá haciendo el caramelo. En el momento en que pase del color dorado, vigiladlo bien y apartadlo del fuego cuando se empiece a oscurecer un poco más.
–Dejad el caramelo fuera (y lejos) del fuego. Encended el horno para que esté bien caliente.
–El siguiente paso es hacer una especie de leche merengada. En una olla verted la leche y añadidle el azúcar, la rama de canela y las pieles de limón y naranja. Coced hasta que hierba y la leche empiece a subir. Apagad el fuego, echadle el chupito de hierbas y dejad que se enfríe un poco antes de retirar la canela y las pieles.
–Destrozad las ensaimadas con las manos. No hace falta que os rompáis mucho la cabeza, no tienen que ser trozos especialmente pequeños ni iguales. Para nada. De hecho, ahí está la gracia de este postre. Mezcladlas bien con la leche y añadidle uno a uno los huevos y las yemas. Con esto, igual que con los trozos de las ensaimadas, no hay que batirlos perfectamente como si fueran para una tortilla, simplemente mezclarlo todo dándole unas vueltas.
–Volcad todo en la bandeja, sobre el caramelo. Espolvoread un poco de canela y al horno. Mejor que ahora bajéis la temperatura a 180 grados. Hay que dejarla como 45 minutos, pero lo mejor es ir pinchándola con un palito y cuando salga seco estará cocida. Si veis que se oscurece demasiado, cubridla con papel de aluminio.

Nota de la cocinera: A mí me gusta tal cual, pero a los defensores de la nouvelle cuisine pagesa les gusta servirla con un poco de helado. Puesta a subirme al carro, las mejores opciones son el de canela o el de leche merengada. Copiando a Fernando, con quien, sentado a mi siniestra, paso muchas horas del día (y que tiene una fabulosa bitácora de gastronomía: 'Comidiario, blog de cocina punk') acompaño la receta con algo de música. Autóctona, en este caso: 'L'hort', de Projecte Mut, que puso música a este maravilloso poema del ibicenco Marià Villangómez. (Por cierto, el despacho en el que aparece al principio Adrià Collado es la dirección del diario en el que trabajo).



martes, 8 de noviembre de 2016

'Falcó', noches entre falangistas y hupa-hupas


@Martatorresmol

Se acabó. Ya no hay más. No habrá más hupa-hupas en la penumbra de un bar de hotel. Ni más personalidades falsas. Ni más borsalinos medio caídos sobre un ojo. Ni más Players. Ni brasas protegidas en la oscuridad. Ni tiroteos a la orilla de la playa. Ni planes para rescatar falangistas de la prisión. Sólo han sido un par de noches, pero lo suficientemente emocionantes, divertidas y peligrosas como para saber que Lorenzo Falcó, ese mercenario de la convulsa España de los años 30 creado por Arturo Pérez-Reverte, se va a quedar conmigo para siempre. Tuve entre mis manos su aventura varias noches. Soporté la tortura de cerrar varias veces un libro que me pedía a gritos que siguiera, hasta el final, de un tirón. Pero no. Desde las primeras frases supe que no debía ceder. Que debía abandonarlo de vez en cuando. Que no quería leérmelo de un trago y darme cuenta, días después, que no recordaba nada. Las resacas, incluso las librescas, tienen esos efectos y quien devora no degusta. Así que, noche tras noche, dejé a Lorenzo Falcó seduciendo mujeres. O matándolas. En el traqueteo de un tren. O en una playa a oscuras. Aguantando el tipo mientras enseña una documentación falsa. Con el cuerpo en tensión antes de enfrentarse a algo. Fingiéndose uno más cuando ya sabe que se quedará atrás. Conservando la sangre fría mientras tortura. Así fui dejando al que es uno de los personajes más contundentes que he descubierto en los últimos años. Él es la historia. Él es la novela. Tengo la sensación de que da igual qué haga, quién le acompañe, cuál sea el escenario. Todo eso es necesario, imprescindible, para que la trama enganche, pero es él quien consigue que te quedes pegado a esa historia que no puedes evitar imaginar en blanco y negro. En la que la intriga, el suspense y las dudas sobre quién es quién en realidad y por dónde saldrán te mantienen alerta, desconfiada, con las pestañas aguzadas. Falcó no es un buen tipo. Es un cabrón de marca. De esos a los que es mejor no acercarse mucho, a los que no se debe confiar nada, porque nunca sabes si están en tu bando y porque puede cambiar de bando en cualquier momento. Es un personaje que lo tiene todo para caer mal al lector. Y sin embargo, no es así. Serán las escasas lealtades que muestra, la valentía, el orgullo, la seguridad, alguna debilidad, la ironía o las pocas normas que cumple. No lo sé. El caso es que ha acabado seduciéndome y dejándome con ganas de más.

"La mujer que iba a morir hablaba desde hacía diez minutos en el vagón de primera clase. Era la suya una conversación banal, intrascendente: la temporada en Biarritz, la última película de Clark Gable y Joan Crawford. La guerra de España apenas la había mencionado de pasada en un par de ocasiones. Lorenzo Falcó la escuchaba con un cigarrillo a medio consumir entre los dedos, una pierna cruzada sobre la otra, procurando no aplastar demasiado la raya del pantalón de franela."

Título: 'Falcó'
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Páginas: 296
Precio: 19,90€
Procedencia: comprado


sábado, 5 de noviembre de 2016

Anna Ferrer: "Hay que lograr que ninguna mujer india se case antes de los 18 años"


Fotos de la entrevista: Juan A. Riera

Hay días que este oficio vale la pena. Hay días que este oficio vale mucho la pena. No sólo te da la oportunidad de aprender cada día sobre lo más inesperado, sino que, en ocasiones, te brinda el maravilloso regalo de conversar con personas que te conmueven. Es el caso de la británica Anna Ferrer, presidenta de la Fundación Vicente Ferrer, que ha abandonado Anantapur durante unos días para celebrar el 20 aniversario de la fundación en España. Anna tenía apenas 21 años cuando conoció en la India, en una entrevista, a Vicente Ferrer. En ese momento decidió que su vida estaba con él y su proyecto de acabar con la pobreza, objetivo en el que lleva trabajando alrededor de medio siglo y con el que continúa ahora, tras la muerte de su marido, al frente de la Fundación Vicente Ferrer.

Marta Torres Molina. Diario de Ibiza

Anna Ferrer habla pausada, tranquila, en un español con fuerte acento británico en el que se cuelan algunas muletillas (ok, because, so...) para enlazar ideas y frases. Habla con la templanza de quien está convencido de su trabajo, de aquello a lo que ha dedicado toda su vida, y mirando directamente a los ojos. Su pasión cuando habla de ello es contagiosa y nada la despista de su mensaje. Ni el alegre parloteo de las voluntarias ibicencas de la fundación que, emocionadas, llegan al encuentro con ella en Sant Miquel. Ni las fotos que dispara Jordi Folgado Ferrer, su sobrino, mientras atiende a la entrevista. Nada consigue distraerla cuando habla de aquello a lo que ella y su marido, del que sigue hablando en presente, han dedicado su vida.
—Vicente Ferrer estaba convecido de que se podía acabar con la pobreza en el mundo. ¿Usted también lo cree posible?
—Sí, se puede erradicar la pobreza en el lugar en el que estás trabajando para ello. Aunque si de verdad quieres ayudar a las personas a salir de la pobreza extrema tienes que trabajar al nivel de la tierra. Trabajar con ellos. En los pueblos. No hay que trabajar más allá, en Nueva Delhi o en Europa. No. Hay que trabajar en el sitio en el que están esas familias, esas personas a las que quieres ayudar. Es muy importante, fundamental, trabajar mano a mano con ellos. Ellos conocen sus condiciones de vida y saben qué necesitan para mejorar, salir de la pobreza y tener una vida digna. Para conseguirlo también necesitas una buena organización. No es algo fácil, pero creo que durante años hemos construido en España y en la India una buena organización y un buen grupo de personas que nos apoyan.
—Se nos llena la boca hablando de solidaridad, cooperación, ayuda... ¿Son sólo palabras o de verdad la gente cumple?
—Para nosotros no son sólo palabras. En España, en Eivissa, en todos sitios, a pesar de la crisis, que ha sido muy fuerte y durante la que muchas personas han perdido sus casas o sus trabajos, han seguido ayudando. Y a pesar de que ya no está Vicente [Ferrer], ese gran hombre, tenemos un fantástico grupo de colaboradores y padrinos en España: 130.000. Y no sólo aquí. En la India, en nuestra zona, el proyecto se está extendiendo. Tenemos un grupo de 145.000 familias, cada una de ellas tiene una hucha de barro y durante todo el año van metiendo una rupia, dos, cinco, diez... (seguir leyendo)

miércoles, 2 de noviembre de 2016

'Mater familias', un crimen en el Aventino


Conocí a Lindsay Davis y su magnífico investigador de la Roma clásica, Mardo Didio Falco, hace mucho años, de adolescente, cuando un profesor de esos que ya quedan pocos nos hizo leer ‘La plata de Britania’ para que nos hiciéramos una idea de cómo era un día cualquiera en la Roma del siglo I. Aquella fue la primera novela, pero luego vinieron muchas más ('La estatua de bronce', 'La Venus de cobre', 'La mano de hierro de Marte'...) . Desde entonces, de forma regular, me he sumergido en las aventuras de Didio Falco y su querida (y corajuda) Helena. Pues bien, ahora he descubierto a Flavia Albia, la niña britana que ambos adoptaron y que, a sus 29 años, es una atractiva viuda con mucho carácter (no esperaba otra cosa de una mujer criada por Helena) y que, curiosamente, ha heredado de su padre la misma afición a meterse en jaleos y a investigar aquello que la guardia y la Administración romana consideran normal. Todo ello mientras codirige el negocio familiar, una modesta casa de subastas. Y ahí, en un cofre medio chamuscado que los acaudalados Calixto quieren subastar en pleno verano, encuentra Flavia un cadáver en avanzado estado de descomposición que nadie, aparentemente, sabe quién es. La investigación, en la que debe enfrentarse a los prejuicios de la sociedad por ser mujer, se entrelaza con otro encargo de un gran amigo, Manlio Fausto: investigar a los candidatos (por cierto, ¿sabíais que candidato viene de candidus, blanco, porque los aspirantes blanqueaban sus togas con yeso para que se vieran más blancas?) a las elecciones. En ‘Mater familias’ Lindsay Davis hace gala una vez más del profundo conocimiento de la sociedad romana, de su manera fluida y ágil de narrar, de sus cómicos diálogos (por suerte Flavia Albia también ha heredado la ironía y el sarcasmo de su padre) y de unas tramas en las que todo, en un momento dado, encaja y que te hacen dar vueltas a quién será el asesino, o el ladrón, o el chantajista… Cuando llegas a la última página tienes la sensación de haber caminado por el Aventino, montado en burro por alguna de las siete colinas, dirigido una subasta, retozado por primera vez con el hombre de tu vida en una infecta posada, aguantado el tipo frente a un cadáver putrefacto y un embalsamador aún más pútrido, descubierto las vergüenzas de los que aspiran al poder, sonreído al sentarte en un banco con brazos de delfín, lucido con elegancia togas de gasa, apabullado a hombres con tu inteligencia... Ya estoy esperando la próxima de Flavia Albia.


“Celebrar una subasta en julio es un craso error. ¿Quién queda en Roma entonces? Los que pueden escapar han huido ya a sus retiros campestres en regiones más frescas de Italia. Los demás yacen en su lecho de muerte o se han quedado aquí para esquivar a sus parientes. Es inútil intentarlo. A todo el mundo se le pega la túnica al cuerpo; el sudor resbala por los cuellos grasientos. A los mozos de cuerda se les caen las cosas y se marchan resoplando con fastidio.”


Título: ‘Mater familias’ 
Autora: Lindsay Davis 
Editorial: Ediciones B 
Páginas: 384 
Precio: 21€ 
Procedencia: regalo mamá

domingo, 30 de octubre de 2016

Un callejón, una cerradura


@Martatorresmol

Camina decidida. En la noche, huérfana de luna. Por ese callejón de hormigón pútrido. De asfalto carcomido. Aguanta el gesto ante los buhoneros del placer disuelto en cuchara, del acelerón de billete enrollado, del olvido de humo. Se le echan encima. Pegajosos. Sombras negras que le susurran al oído. Sibilantes. Sus infectas voces se mezclan con los reclamos soeces de las sirenas de una noche. La perturban. Se le cuelan por el espinazo. Fríos. Como las gotas de lluvia. Cada pocos pasos, el brillo de la hoja de una navaja. La llama de un mechero. El punto de luz de un cigarro. Chispazos de ojos que le congelan la sangre. Aguza el oído por encima del tamtam de sus pasos. Otros pasos, unos metros por detrás, al mismo ritmo que los suyos. Viento. Fósiles de antiguos carteles medio despegados peleándose con la corriente. Rodaduras en otras calles. Frenazos. Un claxon solitario y obsceno que enmudece ese otro caminar que debería inquietarla. Que acosa el suyo. Lo pisa mientras ella sigue pendiente del viento, los pasos, de las voces, los pasos, del asfalto carcomido, los pasos, del brillo de una navaja, los pasos. Los suyos, ahora, más rápidos, directos a la luz de las farolas que riega la concurrida avenida en la que está su portal.

Mete la llave en la cerradura de casa. Miedo. Un hilo de luz al entreabrir la puerta. Terror. Le escucha trasteando en la cocina. Pavor. Se hace el silencio. Y entonces sí. El cuerpo se le paraliza. Se le seca la garganta. Tiembla. Y espera. Sólo espera.

jueves, 27 de octubre de 2016

'Madre e hija', esas pequeñas grandes historias


Las historias pequeñas no dejan de ser historias. No dejan de ser, incluso, grandes historias. Las historias diminutas que guarda cada casa, cada cuerpo, quizás sean las historias más grandes. Grandes historias pocas veces contadas porque… ¿a quién le importa nuestra cotidianidad? ¿Nuestros problemas? ¿Nuestras preocupaciones? ¿Lo que nos pasa a cada uno de nosotros de piel para adentro? ¿Nuestras pequeñas miserias y alegrías? Ésas que vacían y llenan nuestras vidas cada día. Pues esas historias insignificantes son las que llenan las páginas de ‘Madre e hija’, de Jenn Díaz, a la que la faja de la editorial vende (por boca de otro, eso sí, que si no estaría feo) como la “heredera” de Ana María Matute. A ver… ‘Madre e hija’ está contundentemente bien escrita y derrocha humanidad y sensibilidad en cada una de sus páginas, pero no sé yo si es suficiente como para recibir ese calificativo. No aún, al menos. La novela es la historia de una familia, de las mujeres de una familia, mejor dicho. Porque, como Lorca, la casa claustrofóbica que pinta Díaz se ha quedado sin hombres. En ella están Gloria (la madre), Ángela y Natalia (las hijas) y Dolores (la tía). La madre es fría y dura y distante y crítica. La tía, que nunca conoció varón, es dulce y sumisa y cariñosa y comprensiva. Y descubre, en su madurez, que quiere a un hombre joven al que no se permite amar. Las hijas son sus versiones modernizadas. Ángela es una madre y esposa que cree tener siempre la razón y desprecia todas las formas de ver, entender e interpretar que no sean la suya. Natalia es soltera, amante de un hombre casado, empática y una mujer acogedora que vive su desgracia sin aspavientos. Cuatro mujeres. Cuatro formas de ver la vida. De sentir. De vivir. Cuatro maneras de asumir y sufrir los vínculos familiares.


“Todo sería más fácil si mamá no fuera mamá. Ahora tía Dolores y Natalia no vivirían solas, no sentirían tantos y tantos remordimientos –esa sensación elástica y perversa de la culpabilidad. Gloria también sería más feliz si no fuera como es, tan arisca, huyendo siempre de la generosidad de los demás, un poco neurótica; pero hace tiempo que Natalia ya no está preocupada por no querer a su madre como debería hacerlo una hija, y hace más tiempo todavía que no se enfada con sus impertinencias, una madre es una madre.”



Título: ‘Madre e hija’
Autora: Jenn Díaz
Editorial: Destino
Colección: Áncora y Delfín
Páginas: 192
Precio: 17,50€
Procedencia: regalo Sant Jordi


lunes, 24 de octubre de 2016

'Las que limpian los hoteles': ¿Quiénes son las camareras de piso?



¿Os habéis preguntado cada vez que estáis en un hotel quiénes son las camareras de piso? ¿Cómo es su día a día? ¿Cuántas habitaciones limpian y adecentan además de la vuestra? ¿A qué hora empiezan? ¿Cuándo acaban? ¿Cuánto cobran? Pues bien, quizás después de leer ‘Las que limpian los hoteles’, de Ernest Cañada, no sólo tendréis las respuestas a todas esas preguntas, sino que también, quizás, antes de escoger un hotel para vacaciones, escapadas o viajes de trabajo os aseguréis de que esas mujeres reciben el sueldo que se merecen y tienen unas condiciones de trabajo dignas. ‘Las que limpian los hoteles’ está formado por decenas de pequeñas entrevistas a mujeres que trabajan como camareras de pisos en establecimientos de las principales zonas turísticas de España: Playa de palma, Lloret de Mar, Malgrat de Mar, Cambrils, Barcelona, Madrid, Cádiz, Málaga, La Coruña, Cáceres, Valencia y Oxford. Testimonios que, de no saber el lugar y la época, jamás pensaríamos que se trata de mujeres que trabajan ahora mismo en España. En una industria que bate récords cada año y que llena los bolsillos de unos empresarios que, en su mayoría, no revierten esos beneficios en su personal. Dolores, Angelina, Isabel, Soledad, Esther, Pepi… Todas coinciden en lo principal: cobran alrededor de 2,5 euros por habitación, su sueldo mensual no suele alcanzar los mil euros, la presión que reciben no les permite ni siquiera parar la media hora que se supone que tienen para comer, desayunan analgésicos y antiinflamatorios para soportar el dolor de años deslomándose en las habitaciones, ninguna llega a jubilarse a los 65 años porque sus cuerpos no aguantan más, cada vez tienen que hacer más y más habitaciones, cada vez con más camas, pero con el mismo tiempo y el mismo personal. Las entrevistas ponen los pelos de punta. Explican cómo las reformas en los hoteles para adaptarse a los gustos de los clientes las han perjudicado: no es lo mismo pasar la ducha por una cortina de baño que tener que acabar con la cal de las mamparas, no e slo mismo hacer una cama de matrimonio que una de matrimonio de tamaño extragrande y dos supletorias, no es lo mismo limpiar un cuarto que tener que dejar impoluta una leonera después de una noche de excesos. Los hoteles no cuentan con suficiente ropa de cama y baño de repuesto, de manera que tienen que dar viajes constantes a la lavandería. Cada vez las estancias son más cortas, de manera que tienen que hacer a fondo más habitaciones de salida cada día. Cada vez el servicio está más externalizado, de manera que el empresario ni las protege ni se preocupa de sus condiciones laborales. En todo eso pienso ahora cada vez que, después de un día de paseo o trabajo, vuelvo a la habitación de un hotel y veo la cama perfectamente estirada, el baño limpio, mi neceser colocado en la estantería del lavabo y mi camisón primorosamente colocado en la esquina de la cama.


“Estamos hechas polvo, seguimos trabajando a fuerza de pastillas”.
“Muchísimo trabajo y muchísima presión, vamos reventadas”.
“Cuando en la mañana te pasan la lista de trabajo, te das de cabeza contra la pared”.
“A mí me han robado la salud, y como a mí a todas mis compañeras”.
“Cuando tenían que hacerme fija me dijeron que me inscribiera en una ETT”.
“Te hacen un contrato de un año y luego te echan a la calle porque si no tienen que hacerte fija”.
“De cobrar sobre los mil euros pasamos a ganar 720, haciendo el mismo trabajo o incluso más”.



Título: ‘Las que limpian los hoteles’
Autor: Ernest Cañada
Editorial: Icaria
Páginas: 192
Precio: 18€
Procedencia: préstamo Marian


jueves, 20 de octubre de 2016

'Intemperie', sequía, crudeza y crueldad


No me he podido desprender aún de la roña. De la pestilencia. De los gusanos que se te comen las entrañas. Porque eso es ‘Intemperie’, de Jesús Carrasco, una novela sobre gusanos que te comen por dentro. Y que te siguen comiendo días después de haber terminado con esa historia en la que el sufrimiento de un niño es el protagonista absoluto. Le conocemos escondido. Agazapado en un agujero en el suelo. Cubierto con unas ramas. Temblando ante la posibilidad de que lo encuentren. Un agujero tan pequeño que no le permite ni bajarse los pantalones para orinar. En ese agujero inicial hay miedo. Terror. Un sentimiento que no le abandonará a lo largo de su huida. Que le perseguirá. Que se intensificará con la angustiante sequía que asola el campo. Sin agua para beber. Ni para limpiarse. Una tortura diaria sólo mitigada por la cercanía, la empatía y la protección de ‘el viejo’. Un hombre sin nombre, como el niño, que sólo es ‘el niño’. Un cabrero que, intuyendo de qué huye, lo acoge bajo su protección. Que le da de comer. Al que lleva a los pastos más secos pero más escondidos. Con el que comparte la poca agua que tiene. Al que enseña a ordeñar. Al que defiende poniendo su mísera vida en peligro. Por el que saca las pocas fuerzas que le quedan ya. Un hombre que lee más allá de la ropa sucia y el pánico, conocedor al detalle de lo que le pasa al pequeño, que por primera vez en su vida siente algo parecido al cariño. Pero que esto último no os engañe. 'Intemperie' es una novela dura y seca. Escrita de la misma forma. Con frases directas. Con adjetivos certeros. Sin vueltas ni retruécanos para que todo pase mejor.  No es una historia con un niño como protagonista como las que escribe John Boyne. No hay ni una concesión a la ternura. Ni a la esperanza. A nada que pueda hacerte resoplar de alivio. En la España de la sequía, de los alguaciles autoritarios, de los pueblos abandonados, de los padres duros, del agua podrida y de los tullidos abandonados a su suerte hay personas que saben que no pueden esperar jamás un respiro.


“Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar. Berreos como jaras calcinadas. Tumbado sobre un costado, su cuerpo en forma de zeta se encajaba en el hoyo sin dejarle apenas espacio para moverse.”


Título: ‘Intemperie’
Autor: Jesús Carrasco
Editorial: Seix Barral
Páginas: 224
Precio: 16,50€
Procedencia: Préstamo Marian


domingo, 16 de octubre de 2016

'Tierra del fuego', el dolor, el odio, el perdón...


Fotos: Jean Pierre Ledos y Elena C. Graiño

Hace más de una hora que han echado el telón (es un decir, porque en ‘Tierra del fuego’ no se abre ni el cierra el telón, todo se ve) y aún no he reaccionado. Tengo delante un txakolí y unos pinchos. Pero me cuesta beber. Me cuesta comer. Me cuesta sonreír. Me cuesta olvidar. En mi cabeza retumban aún los diálogos que Claudio Tolcachir pone sobre el escenario en su adaptación de esta obra de Mario Diament basada en un hecho real. Resuenan las palabras. Las discusiones. Los argumentos. Las canciones. Los gritos. El ruido de la mesa arrastrada sobre las tablas. Resuenan hasta los silencios. Y me duele. Porque de eso, del dolor que nace del odio, trata esta impactante obra. Del dolor y del odio que sienten israelís y palestinos. De la incapacidad de escuchar al otro. De la imposibilidad de comprender a quien tienes enfrente. De cerrarse en banda y no ver que el enemigo no es más que un espejo de ti mismo. Un dolor y un odio que, en realidad, es el mismo en los dos bandos. «El dolor, como la sed, te hace ver espejismos», afirma una de las actrices en una de esas conversaciones que van y vienen en el tiempo y que tienen como protagonista absoluta a Yael (Alicia Borrachero, inmensa, magnífica, sobrecogerdora), una azafata israelí que hace 22 años fue víctima de un atentado palestino. Ella salió herida, pero su amiga Nirit, a punto de casarse, falleció. Es una israelí que milita por la paz y que decide, en contra de todos (de su marido, de sus hijas, de la madre de Nirit...) ir a ver a su casi verdugo a la cárcel, de donde no ha salido en todo ese tiempo. La obra empieza con esos primeros minutos. Tremendos. Y continúa luego a una velocidad emocional que apenas puedes asumir porque las charlas de Yael (con su marido, que siente que la ha perdido; con el terrorista, que un día fue un niño que soñaba con viajar a Tierra del fuego; con la madre de su amiga, que no podrá volver a ser feliz; con el abogado del palestino, que quiere que dé un paso más allá en el perdón, y con su padre, que en la guerra del 48 empuñó un arma y dirigió un batallón que disparó contra mujeres y niños) te llevan de un lado al otro. De un bando al otro. De un sentimiento a otro. Y siempre, siempre, sin poder desprenderte del dolor. Ni del odio. «El odio siempre está, el odio no te traiciona». Asumid eso. Digeridlo. Con el estómago. Con la cabeza. Con el corazón. Si podéis.

Director: Claudio Tolcachir
Autor: Mario Diament
Actores: Alicia Borrachero (Yael Alón), 
Tristán Ulloa (Illán), 
Abdelatif Hwidar (Hassan), 
Juan Calot (Dan Alón), 
Adela Gutiérrez (Gueula)
 y Hamid Krim (George)
Escenografía y vestuario: Elisa Sanz
Iluminación: Juan Gómez Cornejo
Versión Española: David Serrano
Producción ejecutiva: Olvido Orovio
Dirección de producción: Ana Jelin
Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas

viernes, 14 de octubre de 2016

'Sicilia sin muertos', corrupción y ratas muertas


@Martatorresmol

Pocas novelas se me antojan tan actuales como ‘Sicília sense morts’ (Sicilia sin muertos en la edición en castellano), de Guillem Frontera, una comedia negra un tanto singular ambientada en una Mallorca gobernada por lo que parece ser un gobierno del PP que, a pesar de que pretende dejar a un lado su pasado corrupto, no lo consigue. Supongo que habría que decir eso de que cualquier parecido con la realidad en esta novela es pura coincidencia, pero la verdad es que los parecidos son más que evidentes. Es inevitable, para los que conocemos  los ambientes políticos y periodísticos de la Comunitat isleña no ponerle cara y voz a algunos personajes. Pero no hace falta conocer esos ambientes para disfrutar de la trama, apasionante, de este libro, que toma el título de la definición que uno de los personajes hace de la isla, como una Sicilia sin muertos. Definición que, así como avanzan las páginas, descubrirá si es cierta o no. Todo comienza cuando el presidente balear recibe una rata muerta. Sí, una rata muerta hace muchos días a la que ya se están comiendo los gusanos. Una imagen realmente asquerosa. No es la única. Recibirá más. Una tras otra. Al tiempo que iremos descubriendo todos los chanchullos en los que anda metido, favores que debe, historias personales turbias, intimidades que no deben salir a la luz, mafiosos con los que se relaciona… Todo ello con la ayuda de otros personajes clave: un columnista al borde de la jubilación que tiene cuentas familiares pendientes con el poder, una redactora de sucesos empecinada en descubrir la verdad, un consejero con una enfermiza afición a filtrar informaciones a los medios, un empresario capaz de hundir el gobierno… Una novela que, una vez que empiezas, no puedes dejar de leer. La necesidad de saber más, de descubrir quién está detrás de las ratas muertas, de las corruptelas, de qué otra vuelta de tuerca serán capaces los políticos para esconder o justificar sus acciones, es más poderosa que el sueño o, incluso, el cansancio. Eso sí, página a página, es inevitable sacudir la cabeza pensando que, más que de una novela, se trata de un relato bastante aproximado de lo que ocurre en buena parte de los despachos de los cargos públicos de este país.


“Vio que la secretaria había llorado, así lo indicaban una leve inquietud en su rostro, siempre tan embetunado con cosméticos, y aquel casi imperceptible encogimiento de todo el cuerpo. Habría dicho que estaba a punto de volver a estallar en sanglots, pero también que sabría contenerse.”



Título: ‘Sicília sense morts’ / Sicilia sin muertos
Autor: Guillem Frontera
Traductora: Rita da Costa
Editorial: Club Editor
Páginas: 320
Precio: 20€
Procedencia: Préstamo Marian


lunes, 10 de octubre de 2016

'Martin Eden', el aprendizaje


La noche en la que Martin Eden conoció a Ruth fue el principio de su fin. Pero decir eso es adelantarse más de 400 páginas en esta subyugante novela de Jack London en la que la naturaleza y el mar (la Mar), sus pasiones, están sin estar. Una novela que llevaba años deseando leer y que disfruté hace unas semanas entre sol, sal, algas y arena. En esta historia la aventura se intuye, se recuerda, se huele, pero, en realidad, todo ocurre en la civilización, entre cuadros y libros y trajes y cordialidad y enfrentamientos velados y estrictos modales y prejuicios y conflictos de clase. La noche en la Martin Eden conoce a Ruth es la primera vez en su vida en la que se siente sucio, en la que le sobran las madrugadas de jarana, las peleas portuarias, las mujeres de una noche, el sudor… Le sobran hasta esos músculos y esa rudez que, curiosamente, tanto perturban a Ruth en ese primer encuentro en un ambiente, una casa bien, al que no hubiera accedido de no haber salvado la vida del hermano de la dama. Así que ahí está él, un hombre guapo y atractivo, fuerte, sintiéndose pequeño ante la languidez y la cultura de Ruth. Hombre decidido, esa misma noche Martin decide no sólo que no será la única noche en la que sus ojos se encuentren con los de Ruth, sino que la próxima vez estará a lo que él considera su altura. Y así, el joven pasa las noches y los días leyendo todo lo que se supone que debe leer, empapándose de libros, aguantando las miradas de estupor que le dirigen, por su aspecto de marino perdido en tierra, en la biblioteca. Pero a él le da igual. Él quiere aprender, ser otro, salir de la pobreza y la incultura. Un camino que emprende sin pensar que, en ese mismo momento, se aleja de los suyos, de lo conocido, sin estar aún cerca de los otros, del estatus que desea alcanzar. Se aleja de sí mismo. La noche en la que Martin eden conoció a Ruth empezó a perderse. Su pasión por la lectura y la escritura (Martin Eden sueña con ser escritor y envía decenas de historias a editoriales y publicaciones) son pura vagancia para su familia, que no duda en acabar echándole de casa. El joven sufre como un condenado durante su aprendizaje, que le obliga a empeñar y desempeñar su abrigo y su bicicleta en un bucle del que parece no salir nunca, que le obliga a, de vez en cuando, volver a aceptar trabajos duros y sucios. Un aprendizaje que, como tanto ansía, le acerca a Ruth, aunque no como esperaba. Comparten lecturas y conocimientos, pero su procedencia y su origen es demasiado diferente y sus interpretaciones políticas y sociales de esos mismos conocimientos son, en consecuencia, totalmente opuestas. Hasta el punto que, en determinados momentos, el protagonista piensa con melancolía en las madrugadas de jarana, las peleas portuarias, las mujeres de una noche… Una historia apasionante. O dos, en realidad. Porque mientras London (el fantástico Jack London) nos mete en la nueva vida de Martin Eden, en su miseria y sus ambiciones, en esos rincones oscuros y pobres que puedes oler y de los que quieres salir, al mismo tiempo el lector no puede evitar viajar al pasado del protagonista, a su vida antes de la noche en la que conoció a Ruth, a un día a día de aventuras, de mares lejanos, de incertidumbre y de libertad, de lugares abiertos que huelen a sal y de los que no huirías.

“Abrió la puerta con una llave y entró, seguido de un joven que se quitó torpemente la gorra. Su rudo atuendo evocaba el mar, y era obvio que no estaba en su elemento en aquel espacioso vestíbulo. No sabía qué hacer con la gorra, e iba a guardarla en el bolsillo del abrigo cuando el otro se la cogió. Lo hizo en silencio, con naturalidad, y el joven se lo agradeció.”

Título: ‘Martin Eden’
Autor: Jack London 
Editorial: Alba 
Colección: Alba Maior 
Páginas: 430 
Precio: 30€ 
Procedencia: biblioteca del trabajo

jueves, 6 de octubre de 2016

'Anna', el tierno y crudo apocalipsis de Ammaniti


@Martatorresmol

Ahora sí. Ya está. Ya no me quedan más libros de mi adoradísimo Niccolò Ammaniti por leer. No me queda ninguna más de esas historias suyas que me crujen por dentro como si mis entrañas fueran de guirlache. Porque eso es lo que vuelve a hacer en ‘Anna’, un apocalipsis crudo y tierno al mismo tiempo en el que los protagonistas, los únicos protagonistas, son los niños. Ésos a los que conoce bien, cuyas personalidades traza con el mimo y la certeza de un pintor hiperrealista. ‘Anna’ tiene algo de ‘El señor de las moscas’, de Spielberg, de ‘Mecanoscrito del segundo origen’, de ‘La carretera’, de Tim Burton… Todo cocinado con ese estilo único, tan suyo, que te atrapa, te envuelve, te seduce y te lleva de la mano como si fueras un personaje más. Ammaniti, una vez más, es ese niño travieso que te coge el corazón con las dos manos y juega con él, página a página, antes de irse con una sonrisa dejándotelo tirado por el suelo, hecho cisco, para que tú lo compongas como quieras. O como puedas. ‘Anna’ toma el nombre de su protagonista, una adolescente que cuida de su hermano pequeño, Astor, en un mundo apocalíptico en el que los adultos han desaparecido, víctimas de un virus, La Roja, que afecta a todos aquellos que dejan atrás la adolescencia. Nadie vive más allá de los trece o los catorce años. Con suerte. Un mundo en el que encontrar un bote de Nutella escondido en cualquiera de los supermercados esquilmados es un sueño. Donde el esqueleto decorado de la madre muerta es el mayor tesoro. Un entorno en el que conservar a quienes quieres es una obsesión y una utopía y en el que las teorías y supersticiones sobre aquello que puede conseguir que el virus no sea una sentencia de muerte lleva a los moribundos a una tribu tiránica y oscura. La huida de La Roja es un camino largo para Anna y Astor, en el que los acompaña Mimoso, un perro que un día fue una auténtica máquina de matar, y en el que encuentran a Pietro, el chico que se rinde a Anna y que cree que la esperanza, la posibilidad de llegar a dultos, está en unas zapatillas mágicas que un día un amigo vio en un catálogo. Pietro… Sólo con leer ese nombre, conociendo a Ammaniti, ya me puse a temblar.


“Tendría tres o cuatro años. Estaba sentado muy quieto en una butaquita de piel de imitación, con la cabeza gacha. Llevaba una camiseta verde de manga corta, unos pantalones vaqueros con los bajos doblados, unas zapatillas de deporte. En una mano tenía un trenecito de madera que le colgaba entre las piernas como si fuera un rosario.”

Título: ‘Anna’
Autor: Niccolò Ammaniti
Editorial: Anagrama
Páginas: 304
Precio: 19,90€
Procedencia: Comprado


sábado, 1 de octubre de 2016

Los veinte malos caminos de 'El niño nada'



Marta Torres Molina | Ibiza
'El Niño Nada', de Víctor Escandell, no se lee. En 'El Niño Nada', del ilustrador ibicenco, se entra. Y se intenta salir. Para ello hay que conseguir llegar a Ítaca, el final del libro, cuyo camino no discurre página a página. Es un poco más complicado. Hay 21 posibles recorridos, pero sólo uno es el bueno, mejor dicho, el que conduce al final. El resto llegan a un punto muerto –«game over, c'est fini»– en el que al lector no le quedará más remedio que desandar lo andado (desleer lo leído) para recuperar el camino bueno y tomar las decisiones correctas. Porque eso es lo que tiene que hacer el lector: escoger.
Los que fueran niños en los años 80 reconocerán en seguida la estructura de los libros 'Elige tu propia aventura', de Timun Mas. En ellos se ha inspirado Escandell, que pasó horas de su infancia y adolescencia con «aquellos libros azules y rojos». Eso sí, hay algunos cambios. El ibicenco, que trabaja en Barcelona, ha dedicado mucho tiempo a buscar la fórmula para que el lector que escoja uno de los caminos erróneos pueda volver atrás.


El ibicenco ha invertido los viernes –«y algunos sábados y las vacaciones»– de los últimos cinco años en dar forma a 'El Niño Nada. Aventuras sin límite de un tipo limitado'. De lunes a jueves se dedica a los encargos, pero los viernes «desde siempre» se los ha dedicado a él. A desarrollar sus propios proyectos. A esbozar lo que le gusta. A imaginar sus propias historias. A escribir y dibujar sin más censura que la autocensura. Y sin saber siquiera si, una vez acabados, se publicarán.


La estructura de este último libro responde a la necesidad de Escandell de no aburrirse: «Seguir durante tanto tiempo con un mismo estilo me mataba y esta historia me permitía que cada ilustración fuera diferente». Sólo hay que echar un vistazo a las 150 páginas del libro para comprobar que en ellas conviven ilustraciones dulces, oscuras, realistas, tiernas, crudas, dantescas, naif, coloridas, en blanco y negro... (seguir leyendo)


viernes, 9 de septiembre de 2016

'Desde la sombra', un fantasma del siglo XXI


Cuando Damián se esconde en un viejo armario en unos grandes almacenes huyendo del trabajador de seguridad que le ha pillado robando un pillacorbatas no tiene ni idea de que acabará convertido en un fantasma. O sí. Porque quizás Damián Lobo es, ya, un espectro. Alguien invisible a quien nadie ve, por quien nadie se preocupa y a quien sólo le suena el móvil cuando le llegan mensajes de publicidad. Su soledad es tal que aprovecha cualquier momento para fantasear con la idea de que protagoniza una eterna entrevista con increíbles picos de audiencia en la que desvela sus miserias. Miserias que, aplaudidas y comentadas imaginariamente, se convierten en proezas y anécdotas hilarantes. El armario será su oportunidad de desaparecer, de mutar definitivamente en fantasma, en una presencia en la casa de Lucía, María y Fede. Lucía, la madre, percibe que algo pasa en casa. Que alguien limpia los cacharros, hace la cama, pone lavadoras y recoge la ropa. María y Fede, en cambio, acostumbrados a que se lo hagan todo, no perciben nada. Es la perturbadora historia que narra Juan José Millás en ‘Desde la sombra’, la primera de sus novelas que me ha convencido del todo, que he disfrutado leyendo y que me ha tenido enganchada durante sus cerca de 200 páginas. Se nota su mano en ese tono un tanto surrealista de la historia que, a pesar de todo, es realmente verosímil. ¿Nos sorprende creer en fantasmas? ¿Nos sorprende que alguien, en un momento dado, quierea desaparecer? ¿Nos sorprende el voyeurismo?  No. No. Y no. Se lee de un tirón. Y, por si acaso, yo he revisado a fondo todos mis armarios.

"Sergio O'Kane estaba preguntando a Damián Lobo con qué pez se identificaba más:
–¿Con el tiburón, con la sardina...?
–Con el tiburón, no –respondió Lobo–, carezco de la agresividad que le es propia, soy una persona con escrúpulos. Tampoco con la sardina. No sé, quizá con la morena.
—¿Por qué la morena?
—No es gregaria, se mimetiza con el paisaje, y vive en aguas tropicales. Yo soy un poco friolero.
Sergio O'Kane no existía, era una construcción mental que Damián Lobo utilizaba para hablar consigo mismo."



Título: 'Desde la sombra'
Autor: Juan José Millás
Editorial: Seix Barral
Precio: 18,50€
Procedencia: regalo

martes, 6 de septiembre de 2016

Entre famosos y afronautas


Entrada a la exposición de Juana Biarnés.

Siguiendo las flechas negras se llega al ´Muchismo´ de Cristina de Middel. Las flechas blancas conducen al ´A contracorriente´ de Joana Biarnés. Ambas en el Centro Cultural de la Villa, en Madrid. Ambas en PhotoEspaña 2016. Ambas impactantes. Ambas relacionadas con Ibiza.
Para la primera fue un lugar de paso, cuando del arte pasó al fotoperiodismo a la espera de quedarse en la línea del medio. La segunda escogió la isla como refugio de un fotoperiodismo que viraba al rosa y que había dejado del interesarle.

Dos de las imágenes de la exposición de Cristina de Middel.

Así, en rosa, aparece su nombre en el gigantesco collage que preside la entrada a la exposición de la fotoperiodista catalana. Su nombre arropado por portadas del diario Pueblo, carnets de prensa y fotografías en blanco y negro de cuando los famosos posaban espontáneos. La mirada profunda de una Sara Montiel con beata mantilla y profundo escote. Palomo Linares a carcajada batiente mientras Sammy Davis Jr saluda con su montera, su capa y su estoque. Rocío Dúrcal pillada en un descanso del rodaje de ´Las Leandras´. Sonrisas y ojos alzados ante un Tom Jones de espaldas. Rudolph Nureyev aplaudiendo una pose de Antonio ´El Bailarín´. Ambos en chanclas y bermudas en el caluroso Madrid de 1971.

Exposición de Biarnés.

La voz de la propia Joana Biarnés parece salir del panel. Casi se la escucha. Aguzando el oído el visitante juraría que la oye explicar cómo ella y Massiel viajaron a París a escoger el vestido con el que actuó en Eurovisión en 1968: «Fuimos a Dior, pero pensé que era mejor Courrèges». No son fabulaciones del visitante. Joana Biarnés está hablando. Su voz sale de la pequeña y oscura sala en la que se proyecta un documental sobre su vida.

Biarnés, con su cámara, rodeada de compañeros.

Una proyección en la que Biarnés explica lo mala estudiante que era, lo que le gustaba ver a su padre hacer fotos de deportes los fines de semana, cómo decidió matricularse en la Escuela Oficial de Periodismo, cómo uno de los profesores, Manuel del Arco, la puso a prueba enviándola, sabiendo que no soportaba la sangre, a hacer fotos a un matadero y cómo ese mismo profesor, al ver las impactantes fotos de matarifes despiezando sin piedad con un pitillo entre los labios, auguró: «Usted será buena reportera». Una proyección en la que la catalana rememora las imágenes que captó de las tremendas riadas de Terrassa de 1962 y el momento en que tuvo que enarbolar su carnet de prensa en un campo de fútbol...
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Un visitante en 'Muchismo'.


martes, 30 de agosto de 2016

Cicatrices de verano

@Martatorresmol

Tenía los ojos llenos de vacaciones. De verano. La tez colorada. El corazón exaltado. El alma caliente. La piel salada. La camiseta y las bermudas sucias de aventuras. Los brazos y piernas doloridos, pero con ganas de más. Las deportivas gastadas. Las manos callosas. El pelo lamido por el sol. Y el cuerpo cosido a cicatrices.

Las contemplaba orgulloso. Las acariciaba con la yema del dedo y se le escapaba la sonrisa ingenua que sólo despierta el primer amor. Nadie le creería. Era imposible que lo hicieran. ¿Quién en su sano juicio le imaginaría en un pequeño bote en Corfú observando pulpos? ¿O temeroso de una cabeza de cerdo hincada en un palo? Podía detallar a cualquiera el tacto rugoso de las cientos de lianas de las que se había colgado en su balanceo infinito por la selva y la suavidad del pelo y las escamas del dragón blanco de amable sonrisa sobre el que voló por un mundo que se deshacía a pedazos. En apenas un verano había aprendido a distinguir a las brujas en medio de una multitud e infinidad de conjuros que practicó una y otra vez con su varita de acebo. Había navegado por el Mississipi, y por el Caribe varias veces. Una en pleno huracán y otro a la búsqueda de un tesoro. Aún notaba la sal pegada a su piel. Una costra tan fina como la claustrofobia que atenazaba su sueño cada noche desde que se refugió de un horror peor que la guerra en un oscuro escondite tras una estantería llena de libros. Durante unos días había sido un temible pirata capaz de regresar de entre los muertos para rescatar a una princesa respondona...

Había vivido todo eso. Sólo tenía que cerrar sus ojos llenos de verano para recordarlo. Todas esas aventuras eran suyas. Y nadie le creería, se decía el pequeño. Sentado en la acera, buscaba una respuesta en el fondo del sucio charco que tenía a sus pies. Era lo más parecido al océano que había visto durante las vacaciones, pensó sacudiéndose las migas del bocadillo antes de regresar, corriendo y ansioso, a la biblioteca. Había dejado a medias un interesante duelo en París. Le esperaban nuevas cicatrices.

domingo, 28 de agosto de 2016

'La noche en que Frankenstein leyó el Quijote', mera lectura escolar


Reconozco que cuando leí el título de este libro de Santiago Posteguillo no pude (ni quise) resistirme. ‘La noche en que Frankenstein leyó el Quijote’ me llamó la atención desde el primer momento. Lo empecé a leer minutos después de tenerlo, animada por los cantos de sirena de innumerables reseñas. Y... media hora y un par de capítulos después ya estaba decepcionada. El volumen recoge una veintena de intrahistorias de la literatura. Anécdotas, curiosidades. Sobre libros y autores. Todas ellas escritas en forma de pequeños relatos que seducen al lector. Al lector que las descubra en ese momento, que no las conociera, que no se hubiera preocupado nunca por leer no ya a historias y a autores, sino sobre historias y sobre autores. No es mi caso. Conocía la anécdota que da título al libro, y la del origen del orden alfabético, y las leyendas sobre Shakespeare y Marlowe y las teorías sobre la autoría del Lazarillo, también los orígenes de Rosalía de Castro y la truculenta historia de Anne perry antes de ser Anne Perry, cuando era Juliet Hulme. Conocía a Auguste Maquet y su responsabilidad en las mejores obras de Alejandro Dumas, había leído el discurso de ingreso en la RAE de Zorrilla y sabía que la publicación del primer volumen de Harry Potter le debía mucho a la casualidad y al buen ojo de una niña. Acabé el libro. Lo acabé porque acabo todos los libros que empiezo. Y lo acabé muy rápido. Porque hay que alabarle a Posteguillo que está bien escrito (y eso no es sencillo) y que se lee con facilidad. Entiendo que es una lectura que pueda encantar, fascinar, alucinar y alumbrar a una caterva de lectores. Entiendo que es un libro necesario, que seguramente habrá despertado en muchos la curiosidad por las historias reales que rodean a las historias que leen. Pero me sentí estafada. Esperaba apasionantes historias ignotas sobre literatura y me encontré con decenas de pequeñas anécdotas que ya conocía. Que había leído, que me habían explicado profesores en el instituto y en la universidad. Nada nuevo. Nada esperado.


“El anverso, la cara que todos ven de la literatura, son las novelas, los poemas o las obras de teatro representadas sobre un escenario. Eso es lo que se ve, lo que iluminan las luces de las librerías, lo que se anuncia en las páginas web de sus equivalentes virtuales en la red, lo que resplandece a las puertas de los grandes teatros, pero ¿qué hay detrás?”



Título: ‘La noche en que Frankenstein leyó el Quijote’
Autor: Santiago Posteguillo
Editorial: Planeta para Círculo de Lectores
Páginas: 240
Precio: 12,95€
Procedencia: comprado


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