jueves, 30 de abril de 2015

De por qué ya no compro en Mango

M. T. M.
Imaginaos que os regalan ropa para Reyes. Imaginaos que os va grande. Imaginaos que no podéis cambiarla. Parece algo extraño en estos días en que la mayoría de las tiendas permiten cambios, devuelven el dinero o hacen vales para que los gastes cuando quieras. Todo por no perder al cliente. Bien, pues Mango no es una de esas empresas. A Mango los clientes le dan igual. O, al menos, eso parece. Me regalaron ropa para Reyes. Me iba grande (por suerte una ya no es lo que era) así que fui a la tienda que Mango tiene en Ibiza para cambiarla. Pero claro, era mediados de enero, en plenas rebajas. La misma prenda, pero más pequeña, ya no estaba, ni en el establecimiento ni en la web. Y en los percheros del local no había nada decente porque estaban llenos de ropa traída especialmente para las rebajas, esa que nunca antes habías visto en la tienda o que descubres, al despegarse un poco la etiqueta, que viene de otros países (Filipinas, Holanda...) en los que el patronaje es diferente y, por tanto, no se ajusta bien a las hechuras ibéricas. Decidí esperar. Volví a pasar varias veces y el último día antes de que expirara el plazo de devolución, al ver que no había nada, le pedí a la encargada que me hiciera un vale para poder gastarlo más adelante. Pues bien, resulta que no, que no me podían hacer un vale, que no tenía más remedio que quedarme con la prenda o cambiarla, pero ya me advirtieron de que si la cambiaba para alargar el plazo de devolución, que no podría volver a cambiarla por algo que de verdad me gustara. Además, como comprobé más tarde en la central, es "política de empresa" no hacer vales. Algo ridículo cuando tienen cheques regalo que podrían utilizar en esos casos. A eso le llamo yo tener al cliente contento. Pedí la hoja de reclamaciones y, ya firmada, la encargada me ofreció un vale. Eso sí, a cambio de romper la reclamación allí mismo. Eso, en mi tierra, se llama chantaje. Así que me quedé con mi ropa grande y con mi reclamación. Y ellos se quedaron sin una clienta. No he vuelto a entrar en un Mango.

lunes, 27 de abril de 2015

'Si hay que matar, ¡se mata!', una 'femme fatale', un par de muertos y unos terrenos por recalificar


Hacía tiempo que me ponía con una de detectives al estilo clásico. Una de detectives en la que toda una femme fatale entra por la puerta luciendo cuerpazo, problemas y miedo y en la que ellos, ante esa visión, no pueden más que rendirse a sus encantos y ayudarla. Poner todo su empeño en salvarla, protegerla y descubrir al asesino incluso sin tener muy claro si la mujer que hace ostentación de sus curvas y su voracidad sexual es la víctima o una mantis religiosa. Realmente, no le hubiera prestado ninguna atención a ‘Si cal matar, matem’ ('Si hay que matar, ¡se mata!', en castellano), de no haber descubierto que sus autores (Andreu Martín y Jaume Ribera) son los mismos que perpetraron algunas de las novelas con las que más me divertí en mi adolescencia, la serie de Flannagan (si no las habéis leído, da igual que hayáis pasado ya la edad del pavo, tenéis que hacerlo). Y esa ironía y ese punto canalla lo mantienen en el protagonista de esta serie para adultos, el detective Àngel Esquius, viudo, aún de buen ver, que a veces ve y siente a su esposa muerta y con dos hijos treintañeros que en ocasiones le dan más problemas que los matones, asesinos, extorsionadores y clientes con los que trata cada día en el despacho. En ‘Si cal matar, matem’, Esquius tiene que refugiarse en un pequeño pueblo del Pirineo por dos motivos: huir del marido de una clienta, que le ha amenazado, y descubrir quién extorsiona y amenaza a Sara Artigues, viuda, femme fatale, aficionada a hablar con diálogos de películas y con tanto dinero como enemistades en un pueblo dividido y enfrentado por el proyecto que prevé construir un campo de golf en plenno bosque. En esta novela no faltan golpes, intrigas, misterios, sexo, amor, policías, dinero, acción, nieve, robos, personajes extravagantes… Y todo salpicado con ese toque de humor e ironía que Martín y Ribera dominan tan bien.

"Aunque parezca extraño, a pesar de que hace muchos años que trabajo como detective privado, nunca he conseguido saber qué y cómo es exactamente una mujer fatal. 
A mí, este adjetivo, fatal, aplicado a una persona, me lleva a pensar en un individuo peor que malo, pésimo, nefasto, desgraciado, peligroso, mortal de necesidad, desagradable, inoportuno y, por lo tanto, repelente y, en consecuencia, feo. Nos obstante, tengo entendido que las mujeres fatales son tremendamente atractivas. Sirenas seductoras y malvadas que te atraen hacia los arrecifes para hacerte naufragar."

Título: 'Si hay que matar, ¡se mata!'/'Si cal matar, matem'
Autores: Andreu Martín y Jaume Ribera
Editorial: Flamma/Columna
Páginas: 286/292
Precio: 19,50€/22,25€

jueves, 23 de abril de 2015

Y para Sant Jordi... Un cuento

M. T. M.
El Músico decía que le daba igual la lluvia. Que no la notaba. Que después de toda la vida debajo del agua las gotas no eran más extrañas que el aire. No existían. Se lo decía, empapado, a la Niña que llevaba rato mirándolo. Escuchándolo. Le observaba desde abajo, con los ojos atravesando el plástico transparente de su paraguas. No lo entendía. Si se quitaba el paraguas se mojaba. Sentía frío. Notaba las gotas resbalar por su nuca y haciéndole cosquillas en la espalda. No entendía que el Músico no sintiera nada.
-Tú y tu guitarra tenéis el corazón de piedra- concluyó, seria, dudosa.
El Músico encogió los hombros. No valía la pena contestar. ¿Qué iba a entender una cría sobre la vida? Dejó de tocar. Guardó con mimo la guitarra en su funda y se marchó. Con la música a otra parte. Donde no hubiera niñas cotillas, sabihondas y metomentodo que le preguntaran por la lluvia. No sirvió de nada. Volvió a pensar en ella por la noche. Buscaba notas y acordes perdidos mientras escuchaba el agua contra los cristales. Rellenó su vaso. Inspiración de alta graduación. Le pareció que los ojos del indio que le miraba desde la botella eran los de la Niña. Grandes. Redondos. Serios. Al primer sorbo sintió algo extraño en el pecho. Un chirrido. Se quitó la camiseta y se miró. Extrañado. ¿Tenía una puerta en el pecho? ¿En el lado izquierdo? Era de hojalata vieja, un poco herrumbrosa, y no ajustaba bien. ¿Eso siempre había estado ahí? La abrió despacio, con los dedos temblorosos. ¿Y si le dolía? ¿Y si abría y se escapaba de sí mismo? Pero no. No pasó nada. Sólo un ruido largo y desafinado que se le quedó pegado a los tímpanos durante horas y al cerebro durante años. Allí dentro algo se movía. Miró. Un corazón. Granate, marrón y blanco. Y palpitaba. ¡No era de piedra! Se iba a enterar la Niña cuando la pillara… Pero… Había algo raro. Se frotó los ojos, dio otro sorbo y se fijó bien. El corazón cargaba otro corazón. Pequeño, con un mástil y seis cuerdas. Aguzó el oído. ¡Sonaba! Y muy bien. Rió a carcajadas. Miró con más atención. ¿Qué era eso negro que le cubría el corazón? Se atrevió a colar los dedos entre las costillas. Lo tocó. Plástico. Tiró un poco. No dolía. Lo sacó. Estaba empapado. Lo abrió. Un impermeable, con una calavera en la espalda.

A la mañana siguiente seguía lloviendo. Salió a la calle. Se mojaba. Sintió frío. Notaba las gotas resbalar por su nuca y haciéndole cosquillas en la espalda. 
Por: Marta Torres Molina

viernes, 17 de abril de 2015

'Los huesos del invierno', el country de la metanfetamina

En las montañas de Orzak hace frío, muchísimo frío. Y Ree Dolly, apenas una adolescente que se hace cargo de su madre enferma y sus dos hermanos, no lleva medias. Sólo ligeros vestidos con botas y el viejo abrigo de su abuela, que no abrocha. El frío del que no se despega es de las pocas cosas que le recuerdan que está viva, que lo que le pasa no es una pesadilla. El padre de Ree, uno de los mejores cocineros de meta de las montañas ha desaparecido después de pagar su fianza. Está en libertad condicional y, si no se presenta en la comisaría, perderán la casa, que ha puesto como aval. Así que Ree, a pesar del invierno, del frío, del silencio hostil con el que responden sus familiares y conocidos, de la desesperación y del peligro que supone enfrentarse a algunos de los fabricantes de metanfetamina de la región, está dispuesta a encontrar a su padre. 'Los huesos del invierno', es un golpe que te deja KO, un puñetazo en el estómago que te deja sin aliento del que no te recuperas hasta que cierras el libro. Con cada palabra que lees se te encogen un poco más las entrañas, incapaz de cree que la vida puede ser así de cruel. Con cada página te hundes más y te das cuenta de que hay personas, como Ree, a las que parece que sólo les está destinada una desagradable lucha continua para salir adelante. A pesar del hambre. De las palizas. Y del frío.

"Nubes de nieve habían sustituido el horizonte, coronaban el valle de oscuridad y una racha juguetona de viento movía la carne colgada de las ramas oscilantes. Ree, pelo castaño, dieciséis años, cutis lechoso y abruptos ojos verdes, estaba con los brazos al aire de cara al viento, que le agitaba el vestido amarillo y le enrojecía las mejillas como a bofetones. Parecía más alta con las botas militares, fina de talle pero fuerte de brazos y hombros, un cuerpo a medida para saltar sobre la necesidad."

Título: 'Los huesos del invierno'
Autor: Daniel Woodrell
Editorial: Alba
Colección: Novela negra
Páginas: 216
Precio: 18€

lunes, 13 de abril de 2015

'Muchachas', demasiados cabos sueltos

“Una historia de chicas que llevan la batuta”. Así define ‘Muchachas’ la contraportada del libro. Pues, después de más de 400 páginas yo, sintiéndolo mucho, no he visto esa batuta. Tampoco he visto esa historia de chicas. Aparecen, sí, les pasan cosas que te hacen desear leer más sobre ellas, también, pero, al final, Katherine Pancol se centra únicamente en una de ellas, Stella, y se olvida de las otras dos, de Hortense y de Josephine, y, sinceramente, yo quiero saber qué pasa con ellas. Se supone que las tres protagonistas (Stella, Josephine y Hortense) cruzan sus vidas en algún momento de la historia, pero esa relación ni es clara ni importante para el argumento. De hecho, Hortense y Josephine parecen estar ahí únicamente para sumar páginas a la historia de Stella. Y es una pena, porque me gusta cómo escribe Pancol y me gustan las vidas que va hilvanando. ‘Muchachas’ comienza con la bella Hortense paseando con Nueva York pensando en sus diseños e intentando que Gary, ese músico maravilloso con el que vive hace tres años, siga tan enamorado de ella como hasta ahora. Luego continúa con Stella, chatarrera de un pueblito francés con una historia familiar de malos tratos y amenazas a sus espaldas. Y sigue con Josephine, que disfruta en la Toscana de unas vacaciones con ese hombre perfecto que no puede creerse que la quiera, a ella, tan fea, tan desgarbada. Y luego vuelve a Stella, que tiene que esconder a su amor sin papeles y a su hijo de su sádico padre. Y entonces deberíamos volver a Hortense y a Josephine, ¿no? Pues no. Pancol se queda ahí, en la apasionante y dura vida de Stella, que te atrapa, no lo discuto, pero que no deja espacio para que las demás historias se desarrollen. Y eso, comenzar historias y olvidarse de ellas, es un pecado imperdonable.
"-¡Qué fea es la gente!- suspira Hortense recolocándose las gafas en la punta de la nariz-. No es de extrañar que yo tenga tanto éxito...
Sentada en el marco de la galería del salón, vestida con un cárdigan verde anís, pitillo de color rojo y manoletinas arlequín en los pies, observa las idas y venidas de los transeúntes en la calle.
-Son bastos, son gordos, son grises, tiemblan, hacen muecas, se quejan, parecen quejicas tontos del bote..."

Título: 'Muchachas'
Autora: Katherine Pancol
Editorial: La esfera de los libros
Páginas: 416
Precio: 19,90€
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