viernes, 29 de noviembre de 2013

Alejandro no puede ir a clase

Foto: Daniel Balda
Alejandro tiene 16 años. Le encanta el fútbol, un deporte por el que siente pasión y que no puede jugar. Alejandro sufre una enfermedad que le mantiene atado a una silla de ruedas. Pero disfruta con los partidos como si él marcara los goles. Si le preguntáis a Alejandro cuál ha sido uno de los mejores días de este año para él seguramente os contestará lo que veis en la foto. El día que conoció a Pepe Reina. El día que posó para el calendario solidario de la Asociación de Personas con Necesidades Especiales de Eivissa y Formentera (Apneef). El día en que, al acabar la sesión, pudo charlar con uno de sus ídolos, que había preparado para él y su primo Juan Carlos (también en la foto) un pequeño almuerzo. El día en que Pepe Reina le firmó unos guantes de portero que ahora tiene colgados en su habitación. La misma habitación que es, desde que comenzó el curso, prácticamente una prisión. Alejandro está matriculado en un ciclo formativo de Informática. Pero Alejandro no va a clase. Tiene 16 años y ha superado ya la etapa de enseñanza obligatoria, de manera que la consejería balear de Educación no tiene la obligación de contratar a un auxiliar técnico educativo para que le ayude a llegar con su silla de ruedas a todas partes y le acompañe al baño. Ninguna institución se hace cargo de la situación de Alejandro porque ninguna institución tiene la obligación legal (de moral ya ni hablamos) de garantizar que un chico que quiere seguir estudiando pueda hacerlo. Como los demás. Como cualquiera.  La única opción que le han dado es que su madre le acompañe a clase. Opción que Alejandro rechaza. ¿Qué adolescente quiere tener a su madre detrás en el instituto? Así que Alejandro no va a clase y pasa los días en su casa, en su habitación, mirando los guantes que le recuerdan el día que este verano fue feliz.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

'La piedra de moler', madre soltera en los años 60

Si hubiera sabido de qué iba 'La piedra de moler', de Margaret Drabble, no la hubiera leído. Pero me fío de la colección Rara Avis de Alba y, además, hace unos meses que decidí dejar que las cosas me sorprendieran. Ir al cine sin saber nada de la película, leer los libros sin ni tan siquiera echarle un ojo a la contraportada, comprar discos a sordas, estrenar restaurantes de los que nadie me ha hablado... Si las cosas malas llegan por sorpresa, ¿por qué no dejar que las buenas también lo hagan? Por compensar, digo. En fin, que así acabé leyendo esta novela protagonizada por Rosamund, una joven "con una conversación inteligente, cierto prestigio heredado, un piso estupendo para dar guateques y un magnífico par de piernas" que acaba embarazada del primer hombre con el que se acuesta. Y no es que esté yo mucho por la maternidad ahora. O sí, y por eso prefiero alejarme de todo lo que me recuerda a ella. Tampoco lo sé. El caso es que he leído esta novela desde fuera, sin implicarme, interesándome por esa chica que vive sola en un piso enorme que le han dejado sus padres (que se han ido a trabajar a África), pero sin meterme de lleno en su historia. Me conmovió esa Rosamund que acaba gastando en una fiesta improvisada la botella de ginebra que compra para provocarse un aborto, la que escucha la radio para oír al padre de su hija y sentirlo más cerca, la que se enfrenta sola a todo lo que se le viene encima. Me ha conmovido en esos momentos, pero también la hubiera estrangulado en muchos otros porque no he entendido algunas cosas. A mí, que soy muy para afuera, que no sé esconderme, que no tengo miedo a expresar mis sentimientos, que soy transparente como un cristal, no entiendo que oculte la noticia a la gente que tiene más cerca y que, tarde o temprano, se darán cuenta. No entiendo que no se suelte con nadie. Que sea tan para adentro. Que necesite demostrarse tanto que ella sola puede con todo. Que convierta la valentía en una tortura y una condena. Que no necesite a nadie. Que ni siquiera quiera a alguien. O, si lo quiere, ni siquiera sea capaz de decirlo.

"Una mezcla peculiar de confianza en mí misma y de cobardía ha caracterizado mi trayectoria vital: casi se podría decir que éstos son los elementos de los que está hecha mi vida. Tomemos, por ejemplo, la primera vez que intenté pasar la noche con un hombre en un hotel. Tenía a la sazón diecinueve años, la edad apropiada para ese tipo de aventuras, y, huelga decirlo, no estaba casada. Sigo sin estarlo, un hecho que tiene cierta importancia, pero ya volveremos sobre ese punto. Si no recuerdo mal, el chico se llamaba Hamish. Sí, eso era, lo recuerdo perfectamente. Tengo que tratar en serio de no menospreciar a nadie. Después de todo, lo que admiro en mí no es la cobardía, sino la confianza."

Título: 'La piedra de moler'
Autora: Margaret Drabble
Editorial: Alba
Colección: Rara Avis
Páginas: 264
Precio: 19€
Otras reseñas de Rara Avis:
-'La formación de una marquesa', Frances Hodgson Burnett
-'Geishas rivales', Nagai Kafu

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Callejones que salen al paso

M. T.
Creo en las señales. En la justicia poética. En los tauro. Y en los leo, ya puestos. En la media naranja, a pesar de los limones. En Truman Capote. En los lápices. En los libros de títulos largos. En las cámaras con ojos de cristal. En el fondo oscuro de los cajones. En el papel de regalo. En las tijeras que recortan camisetas. En las primeras notas de las canciones que te hacen volar. En el olor de las flores frescas. Y en unos girasoles de plástico. En el fuego. En contar el tiempo con olas. En la mano de Fátima que nunca perderé. En el horno encendido. En el sueño de la luna que sonríe. En los callejones que salen al paso.

lunes, 18 de noviembre de 2013

'El dorado', kilómetros de dolor entre África y Europa

'El dorado', de Laurent Gaudé, no es una odisea. No hay frases grandilocuentes. No busca la emoción fácil. No hay sentimentalismo barato. No hace escarnio de la tragedia. 'El dorado' es lo que tiene que ser: un relato del drama que supone para miles de personas de África llegar a las costas europeas. Intentarlo, al menos. Varias historias que se cruzan (un agente al mando de una patrulla que controla las aguas sicilianas, un chico de Sudán que inicia el largo camino desde el interior de África y una mujer que llegó a Europa después de perder en la patera a su bebé recién nacido) en un relato que, sin ser aséptico, sin ser frío, no carga tintas en ningún momento. Y con frases cortas, como a mí me gustan. Las tres historias son suficientemente contundentes como para que no haga falta añadirles nada para que el lector sienta lo mismo que el joven Soleimán: la desesperación, la impotencia, el dolor, el hambre, los golpes, los miles de kilómetros bajo los pies, los robos, el calor, la mala conciencia de saber que la única opción de seguir adelante es cercenar los sueños de otro, la soledad, la enfermedad sin médicos ni medicinas, el miedo... Y a pesar de eso, la esperanza de que detrás del siguiente peor momento espera el paraíso. No hacen falta artificios para sentir lo mismo que el comandante Piracci, que, hastiado de su día a día poniendo fin al sueño de los inmigrantes que intentan llegar a Lampedusa, de rescatar cuerpos del mar, de ver que aquellos que esta vez han llegado vivos no sobrevivirán a un segundo intento, decide hacer el viaje a la inversa, en busca de la mujer a la que rescató en el mar, un fantasma que no entendía que a su bebé seco se lo había tragado el mar, y que ha regresado a África para matar al mafioso que le vendió su entrada al sueño europeo. Las tres historias se acaban cruzando en ese continente inmenso en el que el comandante Piracci podrá, sin apenas una palabra, redimirse de todos los sueños que truncó cuando vestía uniforme.

"Primero he notado el contacto de la arena en la mejilla. Una caricia rugosa que me arañaba con cada movimiento. He intentado abrir los ojos, en vano. La cabeza me da vueltas. La sangre me late en las sienes. Ya no tengo fuerzas. Sólo oigo el tambor sordo del dolor que me oprime el cráneo y me provoca punzadas en las mandíbulas. Cierro los ojos. Pierdo el conocimiento de nuevo. El dolor se apodera de mí."

Título: 'El dorado'
Autor: Laurent Gaudé
Editorial: Salamandra
Páginas: 236
Precio: 14,95€

viernes, 15 de noviembre de 2013

Paco Guirado "Todos hemos sido el patito feo"

La Carreta
Siempre me han gustado los títeres. De niña me parecían mágicos y ahora me lo siguen pareciendo. Entonces la magia era que estuvieran vivos. Ahora la magia es que siga habiendo títeres que enganchen con sus historias a los niños. Paco Guirado lleva 27 años dando vida a esos muñecos. "El del títere es un mundo apasionante", afirma Guirado, director de la compañía La Carreta, que representó en Ibiza dos cuentos clásicos: 'El patito feo' y 'El libro de la selva'.
Marta Torres | ibiza
-¿Los cuentos clásicos aún pueden enseñar?
-Sin duda. Son clásicos por eso. ¿Quién no se ha sentido patito feo en algún momento? ¿El diferente, el distinto?
-Pero habrá que adaptarlos.
-Por supuesto. Hay que hacer una adaptación plástica y teatral y también de la historia, ver qué queremos resaltar.
-¿En una sociedad en la que manda la estética, el mensaje del patito feo es una batalla perdida?
-No. Cala hondo porque todos nos hemos sentido así en algún momento, todos hemos sido el patito feo: el gordito de la clase, el que lleva gafas, el gitano, el rumano... Hoy, con la emigración, más que nunca muchos niños se ven reflejados en esa historia. Nuestro patito es un cisne porque hemos querido ser fieles a la historia, pero nuestro cisne no es bellísimo. Y el patito no es feo, es solo distinto, y gusta a todo el mundo porque es un encanto. No hemos querido poner el acento en la fealdad, sino en la diferencia.
-Yo que le iba a recriminar que el patito siempre acaba siendo un bello cisne...
-Nuestro cisne está desdibujado y la transición dura apenas quince segundos.
-¿Es más fácil hacer llegar mensaje de 'El libro de la selva'?
-También es complicado. Mowgli es un puente entre la civilización, el mundo de los humanos, y el de los animales. Aprende las leyes de la selva, a cuidarse del tigre, pero también a amar y respetar la naturaleza. Descubre su diferencia, que es un niño y debe vivir con los hombres. En nuestro espectáculo no deja nunca la selva. Las noches de luna llena vuelve al cubil de los lobos. Ambos mundos deben coexistir.
-Sus espectáculos se basan en cuentos clásicos, ¿hay alguno que no hayan llevado a escena porque no han podido modernizarlo?
-Hay cuentos llenos de tópicos, machistas. Hay que entender que pertenecen a la época en la que fueron escritos y, sin cambiar su esencia, debes cambiar las formas. Adaptarse a los tiempos. Hay cuentos con cosas muy sospechosas, sobre todo si eres chica. La princesita siempre limpiando y esperando al novio que la salve del ogro... Hay cuentos que nos generan rechazo.
-¿No se les puede dar la vuelta?
-Está muy bien si sacas eso de contexto: todos, no solo la mujer, necesitamos la ayuda de los demás. Lo último que hemos hecho es 'La Bella y la Bestia'. No tiene nada que ver con la versión de Disney. Nos apetecía contar esa historia porque tiene un mensaje muy bonito: la belleza está en el interior. En todos los espectáculos procuramos, además de divertir y enseñar, llenar el alma de quien los ve, no sólo los ojos. Hemos descuidado el alimento del espíritu.
-¿Disney ha hecho mucho daño?
-Disney ha hecho daño en unas cosas y un favor en otras. Lo bueno: crear el público familiar, ir todos juntos a ver una película y que todos salgan contentos. Le estoy agradecido por ello. Pero muchas de las historias de Disney están llenas de topicazos que habría que revisar.
-¿En el mundo de las consolas cómo se tiene a un niño pendiente de los títeres?
-La respuesta está en la esencia pura del títere, la sencillez Cuanto más sencillo es algo, más capaz de atraparte es. El títere no deja de ser un muñeco. El mundo de los muñecos es algo cercano para el niño desde el momento en que nace y cuando se hace mayor juega con los muñecos, habla por ellos. Hace teatro de títeres sin saberlo. Ésa es la magia del teatro de títeres.
-¿Sólo eso?
-El niño tiene capacidad de creer, no está intoxicado como algunos adultos. Se deja seducir, aunque sabe que son muñecos. Nos ven manejarlos, hablar, no nos ocultamos. Y a pesar de eso lo creen a pies juntillas. A veces, cuando acaban el espectáculo quieren ver a los títeres. No nos gusta. Sacamos un muñeco y lo animamos porque cuando los ven colgando de la pared escuchamos «¡son muñecos!». Los habían creído de tal modo que se desilusionan cuando los ven sin movimiento. El títere es un muñeco al que das vida.
-Se le da vida. ¿También muere?
-Sólo si en la historia quieres tratar la muerte. Pero no es habitual. Mueren de modo ficticio, como en el teatro español e italiano de guiñol. Se liaban a cachiporrazos y mataban al policía, pero luego salía de nuevo, a saludar, seguía vivo. No moría. Es difícil que un títere muera.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

'Rosa candida', los hombres sin espinas

M. T.
Lees la última frase. Cierras el libro. Te plantas frente al espejo de cuerpo entero de la habitación. Desnuda. Miras todas tus ciactrices. Las palpas. Nada. Vuelves a mirarte, a palparte buscando cuál está sangrando, cuál se ha abierto mientras leías la delicada y dura 'Rosa candida' de Audur Ava Ólafsdóttir. Cuál de todas las que se han ido haciendo visibles en tu piel con el paso de las páginas es la que te duele tanto. 'Rosa candida' no es más que el viaje de Lobbi, un joven islandés de 22 años, hasta un monasterio en un país extranjero en el que intentará devolver la vida a la que en tiempos fue la rosaleda más hermosa, exuberante y completa del mundo, una rosaleda en la que quiere plantar la rosa candida que cultivaba su madre, una rosa de ocho pétalos y sin espinas. No es más que eso, un chico con un sueño relativamente fácil de cumplir. Una historia que no debería doler ni picar ni escocer ni cosquillearte por dentro. Pero detrás de Lobbi y su proyecto hay mucho más. Hay una hija nacida de la aventura de una noche. Hay una madre muerta en un accidente de coche. Hay un hermano autista. Hay un padre protector que intuye todo y finge no saber nada. Hay una mujer que estará siempre en su vida por un rato de sexo en un invernadero. No debería doler. Y sin embargo duele porque la historia de Lobbi y esa rosaleda en decadencia es la historia de las cosas no dichas, de las que no se dicen, de las que se esconden, de las que se enquistan y convierten en difícil lo fácil. En imposible lo lógico. En desesperanza la ilusión. Lobbi siente mucho, pero calla casi todo. Y nada destruye más que un silencio. Lobbi es sensible y dulce y tierno y apasionado. Pero contenido. Callado. Sólo con su hija, Flora Sol, que llegará al pueblo con su madre por unas semanas, expresa todo lo que lleva dentro. Lobbi es como ese musgo del que habla durante el viaje en coche, suave y mullido, pero el peor enemigo de las piernas a la hora de caminar porque destroza los tendones. Cuando Goyo me recomendó esta novela esperaba una historia intensa, una novela de paisajes y emociones, pero no esperaba acabar desnuda, delante de un espejo, desesperada porque no encuentro la vieja cicatriz que sangra.

"Estoy intentando comprender cómo piensan las mujeres y llego a la conclusión de que la vida emocional de Anna debe de ser más compleja y variada que la de los chicos que conozco. A veces parece preocupada, pero lo que me produce más quebraderos de cabeza es lo ausente que se la ve tantas veces, como  si no estuviera verdaderamente en el sitio en que está, incluso, como si estuviera intentando resolver muchos problemas al mismo tiempo. Aunque esté sentada apenas a cuarenta centímetros de mí, al otro lado de la mesa de la cocina, tan cerca que si fuéramos una pareja de enamorados yo podría besarla sin necesidad de cambiar de sitio, es como si no se percatara siquiera de mi presencia."

Título: 'Rosa candida'
Autora: Audur Ava Ólafsdóttir
Editorial: Alfaguara
Páginas: 280
Precio: 18,50€

lunes, 11 de noviembre de 2013

Corazón... de piedra

Nieves de Los cuentos de la China
La mujer con nombre de invierno coleccionaba piedras con forma de corazón. Corazones convertidos en piedra. Perdidos. Abandonados. Rechazados. Olvidados a la intemperie. Cicatriz sobre cicatriz sobre cicatriz... Piedras. A veces las acariciaba. Calientes. Intentaban recordar cómo latir.

viernes, 8 de noviembre de 2013

'Los lugares secretos', cuando la que domina es ella

Ni Christian Grey y su sadomaso de dulce de leche. Ni la deslabazada sociedad Juliette. Ni los moratones de la sumisa Sophie. 'Los lugares secretos', de Paula Soler, no tiene nada que ver con ninguna de esas tres historias de esta nueva ola de literatura erótica. 'Los lugares secretos' me la creo. Supongo que ahí está la clave de esta novela en la que el sexo, siendo el tema central, no pasa por encima de la trama, de la historia, de los personajes. Puedo creerme que Irene sea real. Una mujer joven, guapa, rica tras heredar el imperio hotelero de su marido y a la que le gusta llevar las riendas en el sexo. Las riendas, los látigos, las fustas, los cinturones. También me creo a David. Un hombre guapo, joven, con un buen empleo y a punto de casarse con su novia, a la que quiere pero no desea, porque es lo que siente que debe hacer. Dos personas que se encuentran por casualidad, que se gustan, que descubren sus secretos y que acaban jugando en la habitación secreta de Irene. Me creo ese juego. Me creo las ganas. Me creo las dudas. Me creo los sentimientos que van surgiendo. Y me lo creo porque los dos tienen una vida fuera de ese cuarto en el que Irene se viste de látex y cuero y David se deja esposar y azotar hasta explotar de placer. Porque a David se lo come la ansiedad de una nueva vida que no tiene claro que quiera. Porque a Irene la llevan de cabeza sus hijastros, que la sangran económicamente y que están dispuestos a hundirla. Porque en ese cuarto, que tiene la presencia justa (incluso menos de la esperada en un libro erótico), ella domina y él se somete, pero cuando están fuera la relación es de igual a igual. Me la creo porque por primera vez me he sentido en sus pieles en ese cuarto. En la de Irene y sus corsés. En la de David y sus esposas. Y me los creo. Porque se equivocan. Porque se pierden. Y porque se encuentran.

"Todo es importante en este juego sexual. La atracción por el otro es primordial, desde luego, pero existen muchos otros factores a tener en cuenta. Las palabras, los objetos, el entorno... elementos dispersos que deben formar un conjunto dode el sumiso se sienta gozosamente intranquilo. De pie ante el armario, hago memoria para recordar las dos conversaciones mantenidas con David. Sus sueños juveniles, ese aire protector cuando cogió en brazos al perrito extraviado, su reacción intensa al sentir las manos atadas a la espalda... Su nota."

Título: 'Los lugares secretos'
Autora: Paula Soler
Editorial: Grijalbo
Páginas: 304
Precio: 15,90€

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Antonio Rodríguez de las Heras: "Gran parte de la información que vemos en la red son garabatos"

Foto de perfil de twitter

Antonio Rodríguez de las Heras es director del Instituto de Cultura y Tecnología de la universidad madrileña Carlos III, donde también fue decano de la facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación. En 1990 recibió el premio Fundesco de ensayo por el libro 'Navegar por la información' y hace unos días ofreció en Ibiza la lección inaugural de la Universidad Nacional de Enseñanza a Distancia titulada 'Nuevos lectores, otra escritura'.


—¿Qué es más peligroso? ¿La falta o el exceso de información?
—La falta de información. Es más peligrosa, más dañina. Un exceso como el que tenemos ahora es una perturbación, pero también una oportunidad de pasar a un nuevo modelo de sociedad, la del conocimiento.
—¿Estamos gestionando bien este exceso de información?

—No, el exceso de información es un fenómeno perturbador porque altera las formas que teníamos hasta ahora.
—¿Qué hacemos mal?

—El receptor, con el cerebro sometido a un exceso de información, es un receptor desatento que fractura los mensajes, pero el emisor sigue trasladando esa información en formatos y estrategias que ya no se corresponden con la actitud que tiene el receptor.
—Comenta que, saturados de información, hacemos con ella como con la comida, picoteamos.

—Sí, eso hace que no se tenga una información completa. El receptor se defiende de ese exceso de información desmenuzándola, desmigajándola. La información se rompe. La respuesta de la sociedad de la comunicación es que esa información, si ya es concisa, debe serlo mucho más que antes y que, sin embargo, el receptor pueda encajar esas piezas y componer un discurso coherente. La clave es encontrar nuevos formatos de comunicación.
—Eso está costando, los digitales no acaban de cuajar.

—Sí, porque es un cambio profundo, crucial, no es sólo tecnológico. Lo que estamos observando, y los síntomas son claros, es que detrás de estas perturbaciones hay un cambio cultural y eso supone nuevas formas de comunicación.
—¿En algún momento estará resuelto?

—Sí, todo proceso evolutivo es siempre una encrucijada. Puede llevar a mejor o,por el contrario, precipitarnos por caminos no deseados. Es un proceso crítico, arriesgado.
—Si el lector o el oyente o el espectador fracturan la información, quedan lagunas. ¿No las rellena?

—Sí, cuando el mensaje se acorta en exceso las razones se sustituyen por emociones para que la información tenga la suficiente intensidad. Es peligrosisímo. No debe faltar la emoción en ningún fenómeno de comunicación, pero que esta prime por encima de las razones nos lleva a una sociedad frágil que se mueve por impulsos emocionales.
—¿Los medios no acortamos bien los mensajes?

—El papel de los medios es capital. Hay que ser comprensivo, están en el centro de este huracán y es natural que sufran mucha más perturbaciones y desorientación que otras actividades. La formación periodística es fundamental y también un trabajo de creatividad para encontrar fórmulas. No son recetas, hay que ensayar.
—Habla de la formación periodística, pero ahora no se diferencia un informador de quien no lo es. La gente da creadibilidad a lo que cualquiera cuelga en internet, esté confirmado o sea un rumor. Se equipara un tuit a una información bien elaborada.

—Sí, uno de los fenómenos de la sociedad sobreinformada, entendida como señales que nos traspasan, está en lo que llamo la capilaridad de la información. La posibilidad de generar información llega hasta el último ciudadano. Cualquiera puede colgar desde su móvil la foto de un suceso al que no han llegado a tiempo los medios, o enviar un comentario. Se ha roto la visión piramidal de la información, ahora es sociedad en red. Pero en esa capilaridad, en esa red, hay núcleos importantes, los que hacen latir la red informativamente. Ser uno de esos nudos potentes es el nuevo papel de los medios.
—¿Y los medios en papel dónde quedan?

—Queramos o no, otro de los cambios son los soportes y los espacios. Es obvio que hay que ir a un soporte digital y el espacio, en vez de la página es la pantalla. Uno de los muchos desafíos de la prensa es una buena transformación de la escritura al nuevo soporte y al nuevo espacio.
—Hay varias provincias que se han quedado sin diarios. ¿Es un efecto perverso de esa sociedad en red?

—Lo es. En estos momentos, como en todo proceso crítico, se producen incorporaciones y pérdidas, como los cierres de diarios. ¿Por qué? Porque nos desprendemos de cosas sin haber alcanzado aún las que pretendemos. Esa es la crisis. Esa etapa de incertidumbre.
—¿Con estos cambios tan rápidos se puede prever cuál será la situación dentro, por ejemplo, de diez años?

—Solo podemos darnos cuenta del profundo cambio en el que estamos inmersos y de su velocidad. Se puede esbozar algún escenario de futuro y ese escenario pasa por formas radicalmente, repito, radicalmente, distintas de transmitir la información. Sea un poema o la noticia de un suceso.
—Tiene usted la teoría de que dos olas han arrasado la sociedad de la comunicación actual.

—Sí, dos olas que están inundando, que no arrasando, la sociedad. Reblandeciendo todo lo que estaba sólidamente establecido. La primera ola viene del siglo XX, la revolución de las comunicaciones. Fue extraordinario. Es la ola de los medios de comunicacióno. Hasta entonces estábamos en los valles reducidos de lo cotidiano y de pronto, a través de la fotografía, de las revistas ilustradas, de la televisión y del cine empezamos a ver el mundo de una manera que hasta ese momento era inalcanzable.
—¿Y la segunda ola?

—Llega en el siglo XXI, en el que construimos un espacio nuevo de comunicación, la red, el mundo en red, con la posibilidad de comunicar sin el muro de la distancia y de la demora. Eso altera todas las formas que teníamos de comunicarnos, que suponían transportar la información solventando la distancia y con una demora.
—¿Esta obsesión por la rapidez implica la falta de reflexión antes de lanzar un mensaje?

—Evidentemente, la educación de los nuevos comunicadores, la educación general también tiene que adaptarse a condiciones que antes no se exigían. Soy partidario de que en las escuelas se enseñe a escribir en el móvil, a leer en el móvil, a usar las imágenes que pueden capturar en un móvil, es decir, que se enseñen las nuevas formas de escritura.
—Sin faltas de ortografía, espero.

—Sí, pero aceptando las nuevas normas que, a lo mejor, serán distintas a las del papel. Puede haber fórmulas aceptadas, como contracciones, y es inevitable enseñar a escribir de forma mucho más concisa sin que eso quiera decir que sea incorrecta. Hay que aprender a escribir conciso, claro y correcto, algo que en la hoja de papel igual no era tan necesario.
—¿Es posible ofrecer un mensaje suficientemente completo si es muy conciso?

—Sí, y hay que ir aprendiendo, es inevitable en los modos actuales de comunicación. Una de las maravillas de la lengua, de la palabra, es que soporta, incluso se enriquece, cuando le retiras palabras.
Debes saber decir en mensajes breves lo que necesites, emociones o razones. Un discurso puede ser extraordinariamente barroco o azoriniano. Y ambos tener extraordinariamente potencia.
—Disculpe, pero pocos escriben en los digitales como Azorín.

—Por eso hay que enseñar. En estos momentos Internet es como el muro de una casa en el que la tentación de todos, especialmente los niños, es pintar garabatos. Con la escuela, esas ganas de emborronar el muro se pueden convertir en escritura. Mucha de la información que estamos viendo ahora en la red son garabatos. Para solucionarlo está la educación.
—Le veo más integrado que apocalíptico con este tema.

—Sí, siempre he defendido que es una gran ocasión para un cambio profundo. También es una necesidad. Así que la respuesta es un estado de ánimo positivo, pero cada uno debe aportar imaginación.
—¿No cree que la confusión entre la información profesional y la que no lo es puede derivar en una sociedad desinformada? ¿O informada solo por los poderes políticos y económicos?

—Es un proceso evolutivo y, como en cualquier otro, podemos desembocar en el más absoluto de los totalitarismos, como nunca se había ni soñado. O, por el contrario, abre unas posibilidades al individuo, al ciudadano, que hasta ahora tampoco teníamos. Ahí está la encrucijada.
—¿De qué depende el camino que se tome?

—De muchos factores, pero también de la disposición que tengamos a darnos cuenta de que se pueden tomar los dos caminos. Hay riesgos y cada uno, la prensa y la educación, debemos buscar, en la medida de nuestras posibilidades, el camino que creemos que supondría una gran oportunidad de cambio.

lunes, 4 de noviembre de 2013

'Madame Proust y la cocina kosher', ladrillos en el horno y los secretos del joven Marcel

Madame Proust escribe diarios. Habla de su hijo Marcel, aspirante a escritor, de vida disoluta, enfermizo y amante de la noche, la juerga y de dejar propinas demasiado elevadas a los chicos guapos que le atienden. Madame Proust está preocupada, preocupada como sólo las mujeres  de finales del siglo XIX podían estarlo. Preocupada por lo que pudieran pensar los demás, preocupada por las diferencias políticas entre su marido y el resto de la familia, preocupada por la frágil salud de su hijo mayor, preocupada porque hay que contratar a alguien del servicio... Preocupada, en definitiva. Así se muestra, día a día, en los diarios que plasma Kate Taylor en 'Madame Proust en la cocina kosher'. Diarios imaginarios que otra joven, canadiense, traduce y estudia en París, en una biblioteca en la que siente que los bibliotecarios la desprecian y en la que recuerda algunos momentos de su vida, ligada con la de Sarah Bensimon, madre de su mejor amigo, Max, que nunca superó que la separaran de su familia, judía, para ponerla, a salvo del Holocausto e infeliz, en Canadá, con una pareja, también judía, que no puede tener niños. Las tres historias se entremezclan a lo largo de las páginas de este libro, una maravilla en la que entras de puntillas y acabas corriendo porque necesitas saber qué pasa con Marcel, que lleva años sin ir a su trabajo en la biblioteca y que no acaba de arrancar con sus propias obra, ni con las traducciones de Ruskin. Necesitas saber por qué Max nunca cayó rendido a los encantos de la narradora, que aún sigue buscando sus rizos oscuros en todos los hombres que se cruzan con ella. Necesitas saber cómo Sarah consigue hacer de la cocina kosher todo un arte en su cocina con dos hornos, dos vajillas, dos cuberterías y dos pilas de lavar, único incentivo en una vida que arrastra, más que vive, desde que salió a la fuerza de París.

"Sophie necesitaba unas piedras, pero no se le ocurría dónde encontrarlas en plena ciudad. Aunque no buscaba grandes pedruscos, tampoco estaba dispuesta a conformarse con un puñado de grava que podía coger clandestinamente del diminuto jardín urbano que sobresalía apenas un metro sobre la acera delante del piso bajo del edificio situado a tres puertas del suyo. Mientars pensaba dónde podía encontrar especímenes de mayor tamaño, se acordó con una mezcla de cariño y de arrepentimiento del cubo de latón lleno de pequeños cantos y conchas marinas que durante muchos años la pequeña había guardado en su habitación: recuerdos que había recogido en la playa durante las vacaciones y de los que se había negado a separarse al llegar el momento de tomar el tren de regreso a casa. Sophie se acordó también de los frecuentes paseos por los bosques cercanos, donde sin duda debía de haber todo tipo de rocas dispersas bajo los árboles. Pero la niña había crecido y se había marchado, y hacía ya tiempo que el cubo de latón yacía sumido en el olvido."

Título: 'Madame Proust y la cocina kosher'
Autora: Kate Taylor
Editorial: Siruela
Páginas: 420
Precio: 23,95€
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