viernes, 30 de agosto de 2013

Essaouira, donde el pescado llega en barcas azules*

Fotos: Marta Torres
Las once y media de la mañana en el puerto de Essaouira. Decenas de barquitas, de un azul que duele a los ojos, reposan ya amarradas, casi amontonadas, en el muelle principal. Un gato perezoso duerme sobre las mismas redes en las que descansa, cumplido el trabajo, alguno de los pescadores. A solo unos metros, en el último muelle, se concentra la vida del pueblo.


Gritan los pescadores, convertidos en pescaderos, ofreciendo los productos recién sacados del mar. Gritan los compradores, intentando llegar a un acuerdo. Grita la policía, reprendiendo a algún vendedor sin licencia. Hasta las gaviotas, centenares de ellas, gritan –graznan– exigiendo parte de los pescados y mariscos que se acumulan en las decenas de puestos.


Apenas unas cajas en las que reposan pulpos, salmonetes, morenas, gallos, gambas, calamares, sepias… Y unas balanzas. No hace falta nada más para vender pescado en este pueblo de la costa atlántica de Marruecos. Algunos exponen su captura del día en el suelo, sobre una sábana blanca. Los más afortunados disfrutan del frescor de una sombrilla de propaganda que parece a punto de combarse por la edad. El pescado brilla bajo el sol. Algunos peces, aún vivos, mueven las aletas. Abren y cierran las agallas buscando aún el oxígeno del agua.


La mayoría de los que curiosean entre los puestos son hombres. Ellos hacen la compra, discuten los precios, miran a los ojos a los pescados buscando la garantía de que hace apenas unos minutos todavía estaban en el océano. Entre los vendedores, también mayoría de hombres. Solo tres mujeres, al final del muelle, completamente cubiertas –ni los ojos se les ven– ofrecen unos cuantos pescados.


Los hombres del mar, en cuclillas frente a sus puestos, destripan, desescaman, limpian, trocean y filetean sus productos con una destreza que no se corresponde con sus romos y viejos cuchillos. Mates por el uso. Mil veces afilados. No hablan. No miran. Solo trabajan. Lanzan los desechos al aire. Las gaviotas los agarran al vuelo. Algunas se pelean por los trozos más suculentos de tripas.


Una gran barca de pesca atraca en el puerto. Decenas de hombres se arremolinan junto a ella para ayudar a descargar. Las cajas de pescado y marisco vuelan sobre sus cabezas. No tocan el suelo. De mano en mano desde la barca a un enorme camión refrigerado que sorprendentemente ha conseguido abrirse paso entre la multitud. Apartan prácticamente a codazos a los escasos turistas que se acercan para ver el espectáculo. Desde el muro que protege el puerto el muelle de venta de pescado parece un hormiguero que se mueve a cámara lenta. En apenas una hora casi no queda pescado en las sábanas. Los vendedores agrupan las escasas piezas que aún no han vendido. Se relajan. 


El muelle vuelve a ser un espacio diáfano y casi silencioso. Se escucha el mar. Las risas de los niños que juegan entre los aperos de pesca que descansan contra la pared. Solo las gaviotas, más golosas que hambrientas a esa hora, continúan con sus gritos. Algunos pescadores aprovechan para remendar sus redes. Otros para recuperar fuerzas, durmiendo descalzos sobre montañas de redes. Como los gatos.

*Publicado en Gastronomía y Restauración 2013

miércoles, 28 de agosto de 2013

'La sociedad Juliette', lo nuestro es sólo sexo

Una novela erótica no es sólo sexo. No debería, al menos. Aunque es importante que el sexo sea bueno, si no hay algo más se queda en eso, en una aventura de una noche que deja buen recuerdo. Y eso es más o menos lo que creo que le pasa a 'La sociedad Juliette', de Sasha Grey. Cierto es que no la he leído en el mejor estado de ánimo posible y que, todo sea dicho, está mucho mejor escrita (el estilo es bueno y no hay repeticiones) que la famosa saga '50 sombras', pero me ha faltado que la historia fuera un poco más allá, que fuera más redonda, que no se limitara a unas fantásticas escenas de sexo. Porque, eso sí, hay que reconocerle a Sasha Grey (exactriz porno, para más señas) que esos momentos están bien escritos, detallados, sensuales incluso cuando son realmente fuertes. 'La sociedad Juliette' cuenta la historia de Catherine, estudiante de cine que se siente profundamente atraída por uno de sus profesores. Tan atraída que no puede dejar de fantasear con él durante las clases. En esa misma clase conoce a Anna, rubia, sexy, desinhibida y consciente de ese poder sexual que parece rodearla. Anna, además, tiene algunos secretos que no dudará en compartir con Catherine, a la que llevará de la mano a la Sociedad Juliette, un mundo de perversiones y sexo que jamás hubiera imaginado conocer y que, contra todo pronóstico, le encanta. Estas fiestas, orgías y encuentros sexuales con desconocidos le permitirán sentirse deseada, algo que hace tiempo que no se siente en casa, con su novio, Jack, que hace meses la mira como si fuera una lechuga iceberg y no como un pastel de chocolate, que es como debe mirarse a una novia. Es en esta historia en la que creo que la autora debería haber profundizado algo más. Igual que en la Sociedad Juliette propiamente dicha, a la que creo que se podría haber sacado mucho más jugo y que queda un tanto diluida. Supongo que esta sensación de que podría haber ido un poco más allá en la trama se debe, igual que en cualquier relación, a que, cuando el sexo es bueno, quieres saber más. Eso sí, lo que no entiendo es que Catherine quiera seguir con un hombre que no la desea. ¿Toda tu vida sin sentirte como un pastel de chocolate? Lo siento, pero no.

"¿Me ves el culo en el espejo?
Es lo que le digo a Jack con la esperanza de llamar su atención.
Está apoyado en el cabecero de la cama una noche, poco después del inicio del primer semestre, leyendo algún artículo.
Yo acabo de salir de la ducha y estoy tumbada, desnuda, boca abajo, perpendicular a la cama, con los brazos cruzados por delante de la cara y la cabeza descansando sobre ellos para poder mirar a Jack. 
Estoy exhibiéndome para él como Brigitte Bardot se exhibe ante su distante marido, el actor Michel Piccoli, en 'El desprecio'. Provoco a Jack con frases de la película para ver cómo reacciona.
Es un juego al que me gusta jugar. No para probar su amor por mí, sino para poner a prueba cuánto me desea.
Levanta la vista en dirección al espejo, muy rápido. Dice: "Sí" y retoma directamente la lectura."

Título: 'La Sociedad Juliette'
Autora: Sasha Grey
Editorial: Grijalbo
Páginas: 299
Precio: 17,90€

lunes, 26 de agosto de 2013

China Moses: "Dedicarse a la música es una locura"


BENOIT PEVERELLI
 Muchos pensarán que teniendo como madre a Dee Dee Bridgewater subirse a un escenario a cantar temas que ya interpretaron Dinah Washington, Etta James o Nina Simone es una osadía. Para China Moses (Los Ángeles, 1978), en cambio, es algo natural, orgánico, divertido. Sabe que la compararán con otras cantantes y no le importa. Sube a los escenarios con un único objetivo: divertirse y que se diviertan quienes la escuchan.


China Moses es risueña. Verborreica. Expresiva. Incluso cuando habla en vez de cantar. Fuma. Da sorbos a una copa de vino tinto. Se pierde observando cómo se va poniendo el sol desde el bar del hotel en el que se aloja en Ibiza. Conoce bien la isla, que ha visitado en varias ocasiones como turista, y se ríe pensando lo relajados que estarán «los chicos» [el pianista Raphael Lemonnier, el batería Jean Pierre Derouard y el contrabajista David Salesse], que han aprovechado para bucear. Lleva meses actuando por toda Europa para presentar su último disco, ‘Crazy blues’, en el que rinde homenaje a las grandes mujeres del jazz. No le acompleja la figura de su madre. Al revés. Es hija orgullosa de la cantante Dee Dee Bridgewater, que fue quien la animó a dedicarse a la música y quien, cogiéndola entre sus brazos, le hizo ver que, aunque no cantara como ella, había un camino lleno de canciones esperándola.
—¿Siendo hija de Dee Dee Bridgewater no podía ser otra cosa que cantante?
—Habría podido ser lo que quisiera. Tengo una hermana que es la mánager de mi madre y mi hermano pequeño también se dedica a la música. Tuvimos la suerte de tener unos padres que dejaron a sus hijos ser libres. Mi madre fue quien me empujó al mundo de la música, ella creía que tenía talento. Perdí a mi padre siendo adolescente. Fue muy difícil. Mi madre pensó que la música sería una buena manera de expresarme.
—¿Lo fue?
—Sí. Firmé mi primer contrato con 15 años, con Virgin. He estado haciendo música y actuando toda mi vida. La música siempre ha sido importante para mí y ahora es mi vida.
—¿En qué momento supo que la música sería su vida?
—En 2004, cuando empecé en la MTV. Hacía un show diario, no tenía tiempo para la música y después un año me di cuenta de que la música era realmente importante. Lo supe porque se había alejado de mí. La música siempre ha estado ahí, como algo natural. Está en mi familia, en mi patrimonio cultural, en Estados Unidos todo el mundo escucha música... Ese año en que la sentí lejos me di cuenta de que realmente la necesitaba. Ese fue el momento definitivo. ¡Y ya tenía tres discos! Es curioso. He sido afortunada. Crecí en una familia de artistas y empecé joven. Pero fue en ese momento cuando me di cuenta de que daba igual lo que hiciera, no podría dejar la música. Y ella no me dejaría a mí.
—Como un gran amor.
—Es el amor más grande que he tenido. No hay amor más grande [There is no greater love...] que el que la música siente por mí y el que yo siento por ella. Es alucinante. Hay tantos artistas como yo... Damos muchos conciertos, quizás no somos muy conocidos y no aparecemos en los grandes medios, pero es nuestra vida.
—Hablaba de fortuna. ¿Triunfar es cuestión de suerte?
—Sinceramente, creo que sí. Hay trabajo, por supuesto, pero la suerte es un gran factor en la música. Hay gente que tiene mil veces más talento que yo y no está actuando. Y gente que tiene mucho menos y vende millones de discos. Eso es la suerte y la suerte en la música es muy caprichosa. Hay gente que tiene mucho éxito en un momento dado y al cabo de unos años está buscando un trabajo como el mío. Dedicarse a la música, a cualquier arte, es una locura. Pero algunos no podemos vivir sin ese riesgo, sin esa locura.
—¿Me está diciendo que está loca?
—Sí, supongo. [Ríe] Cuando piensas en las cosas que hicieron mujeres como Nina Simone, Etta James, Dinah Washington o incluso mi madre o Donna Summer... Son mujeres muy fuertes que hicieron lo imposible para poder hacer su música. Aunque algunas tenían niños sucumbieron a esa locura y salieron a la carretera en una época en la que no era aceptable que las mujeres estuvieran en la carretera. Eran hechiceras, sirenas... Lucharon por su sueño.
—¿Y ahora?
—Ahora es fácil. Eres una princesa. Te tratan como a una reina.
—¿Está siendo sincera?
—[Ríe antes de ponerse seria] No, aún es complicado, pero es mucho más fácil. Ellas lucharon para hacérnoslo fácil a las que veníamos.


BENOIT PEVERELLI
—¿Por eso las homenajea en sus discos?
—Por eso y por otras razones. Tiene mucho que ver con Raphael Lemonnier, el pianista y arreglista.
Antes de conocerle hice tres discos de pop y rhythm and blues, composiciones originales que escribí y coproduje. Le conocí y analicé lo que las cantantes de mi generación estaban haciendo en jazz y blues. Me daba pena. ¡Todas estaban siendo muy suaves! Hay muchas cantantes estupendas, pero tenía la sensación de que se había perdido algo, la parte divertida. No puedo improvisar con la voz como mi madre, eso es algo que tienes o no, no se aprende. Era importante rendir homenaje a esas mujeres que siempre estuvieron al filo de todo. Al filo del jazz, al filo del blues. Dinah Washington fue un buen punto de partida porque ella hizo jazz, pop, blues... Tocaba el piano, aunque no en el escenario. Ella es un ejemplo de que jazz y blues no van separados.
—¿Por qué se separan, entonces?
—Supongo que queda chic. ¡Pero el jazz no es la parte chic! El jazz rompía todas las reglas: ‘Si esto se toca así, toquémoslo de otra manera’. Raphael y yo intentamos recordar a la gente que hay una parte fácil y divertida en el jazz. No siempre tiene que ser tranquilo y centrado en el solo. Cantantes como mi madre o Etta James eran dinámicas en el escenario, cantaban muy alto, se movían... Me gustan esas mujeres y esa es mi elección: no hacer jazz puro, blues puro, soul puro... Quería contar la historia de esas mujeres.
—¿La gente intenta encasillar la música?
—Sí. Siempre dejo claro que no soy una cantante de jazz. No tienes que serlo para cantar un estándar. No hay una única manera de cantar jazz. ¿Dinah Washington canta como Ella Fitzgerald? No. ¿Billie Holiday es como Nancy Wilson? No. Pero todas son cantantes de la cultura negra americana. Me gustaría que el jazz tradicional tuviera cabida en festivales de rock. Espero que la gente entienda que no intento ser una cantante de jazz. La parte divertida del jazz, el jazz vocal, se ha olvidado un poco. Parece que tienes que ser muy Diana Krall para ser cantante de jazz. Ella es fabulosa, pero ser cantante de jazz no es solo eso.
—Dígame el nombre de alguna cantante actual que le fascine.
—Cécile McLorin Salvant. Tiene 23 años y hace lo que le da la gana con su voz. Es divertida en el escenario, puede improvisar, ir de los tonos muy graves a los muy agudos... Ella representa esa apertura que creo que se había perdido. Las voces son muy suaves y los álbumes muy caros. No tiene por qué ser así. Hay que divertirse. Yo intento divertirme.
—Hablaba de energía. En un escenario, ¿es más importante que la voz?
—Sin duda. Soy una gran fan de Neneh Cherry, tiene esa energía que hace que quieras saltar y bailar cuando la escuchas. La energía es lo más importante, puedes montar un gran show, puedes tocar perfecto, la banda puede estar en su sitio, el cantante también... Y te deja indiferente. Es en los fallos, en el toque humano, cuando las cosas son perfectas. A veces el bajo se pierde, o a mí se me olvida algo. Pero está bien. El resultado final depende del público, del escenario, de si tenemos el vino correcto o no... Por eso prefiero los directos a los discos. Los álbumes son un apoyo, un souvenir, pero la música que hacemos, soul, blues, jazz, funk, disco, acid jazz... Tiene que experimentarse en vivo.
—¿Me está diciendo que algo perfecto no tiene por qué ser bello?
—Puede serlo, supongo. Tengo grabaciones de mi madre que rozan la perfección. Es bonito, no importa cuántas veces escuches esa canción, siempre se te ponen los pelos de punta. Hay magia, savoir faire, la capacidad de atrapar ese instante en una grabación. Yo no soy buena en eso. Prefiero el instante que solo puedes recordar en tu mente, o en un vídeo de 30 segundos con un sonido malísimo. Prefiero cuando ese instante no dura.

BENOIT PEVERELLI
—Habla maravillas de Lemonnier. ¿Qué importancia tiene para usted la química con sus músicos?
—Mucha. Muchísima. Tenemos que llevarnos bien. Raphael y yo llevamos siete años. ¡Es la relación más larga que he tenido con un hombre! [Ríe] Esa química es importante. Lo es todo. He trabajado con personas con las que no me llevaba bien y, aunque haces buena música, algo falla. Raphael [se queda ensimismada mirando una persona que se zambulle en la piscina] es una persona muy calmada, sabe muchísimo y estoy aprendiendo mucho de él. También él de mí. Creo que por eso nos llevamos bien. Estamos todo el día diciéndonos ‘¿has escuchado esto? No, pues escucha. ¡Oh! Es fantástico’. Estamos compartiendo cosas constantemente.
—Compone algún tema ¿Necesita escribir canciones?
—No. Hay tantas buenas canciones, que no tengo por qué escribirlas. Es divertido, genial, trabajar con otros escritores y compositores para crear canciones. Pero hay muchísima buena música en el mundo, mucha que aún está por descubrir. Componer no te hace mejor artista. Mira Whitney Houston, nunca escribió una canción y era increíble interpretando. Nina Simone sí compuso. Son dos épocas, dos genios, dos personas. ¿Quién puede juzgar quién es más importante? No se pueden comparar. Michael Jackson tampoco compuso mucho.
—Y nadie duda de que sea un gran artista.
—Efectivamente. El otro día, un buen amigo percusionista, me puso sesiones de Jackson a capella. Escuchas solo eso y sabes que estás escuchando la grandeza. Ves cómo una letra y una melodía se proyectan en una persona. Eso es el talento. Sé que no soy un genio, no soy una buena compositora, si alguien viene con una buena canción, la grabo. No siento que necesite hacer un álbum entero con mis canciones para que me respeten más. Es estúpido pensar que eres más artista porque compones.
—Pero la mayoría lo piensa.
—Sí, supongo que en algún momento se le perdió el respeto al intérprete. Frank Sinatra o Donna Summer eran intérpretes. Piensas en Stevie Wonder y dices que Frank Sinatra no es tan bueno como él. Stevie Wonder cambió la música, sí, lo sabemos, era un gran cantante y compositor y escritor, pero hay que respetar a los dos.


BENOIT PEVERELLI
—¿Por qué hay canciones que siempre estarán ahí?
—No lo sé. Por la energía, por las interpretaciones. Hay quien tiene esa fuerza, ese je ne sais quoi, algo que cuando te miras al espejo por la mañana sabes que no tienes. No todo el mundo está llamado a ser una superestrella, un gran compositor o a cambiar la música. Y debe ser así. Imagina que todos fuéramos superhéroes. ¡Sería aburrido! Pero la gente que canta esas canciones son superhéroes. Mi madre viene de otro planeta, yo sé que no vengo de ahí, pero eso no significa que no pueda seguir haciendo música.
—¿Tiene la sensación de que las comparan?
—Sí, muchas veces.
—¿Y cómo lo hace para salir al escenario?
—¡Bebo mucho! [Ríe] Es broma. Dando lo mejor de mí. Siempre habrá alguien que te compare, a quien no le gustes, pero también siempre habrá alguien a quien le llegue lo que haces. Creo que puedo llegar a la gente, por eso llevo siete años actuando. Debes hacer todo lo que puedas. Es lo que me dijo mi madre cuando tenía 15 o 16 años. Encontré una cinta suya, de adolescente, en un talent show. Me quedé sin aliento, lloré. Le dije que no entendía cómo ella pensaba que yo tenía suficiente talento, porque ella siempre tuvo ese algo especial. Me cogió entre sus brazos y me dijo: ‘Cariño, está bien. Tienes que hacer lo mejor con lo que tienes y poner toda tu persona, tu mente, tu cuerpo y tu alma en el escenario. No puedes cantar como yo, pero tienes algo y la gente lo sentirá’. Me comparan con mi madre, no está mal.
—Podría darle miedo que lo hagan.
—Sí, podría ser aterrador tener ese talento frente a ti y sentir que no vales, pero mis padres siempre me apoyaron. Es lo que pienso cada vez que canto temas como ‘Why don’t you do right’, ‘Work song’ o ‘I just want to make love to you’. La gente siempre tiene una versión en la cabeza y siempre te comparas.
—¿No es una pena estar pensando en otra versión?
—En el escenario vienen muchas cosas a mi cabeza.
—¿Me está diciendo que piensa en otras cosas en el escenario?
—Sí, soy una mujer, puedo hacerlo. [Ríe]
—¿En qué piensa ahora?
—En la gira de ‘Crazy blues’. Mucha gente piensa que el jazz no está suficientemente reconocido, que no sale en los medios, que no tiene respeto. Nunca he viajado tanto como con el jazz. Hay jazz en todo el mundo. Nadie en Francia, por ejemplo, sabía que aquí había un festival. Estaba en Mónaco en la gala de la Cruz Roja y Bob Sinclair pensaba que venía a cantar en una discoteca. No sabía que había un festival con 25 años de historia. Hay jazz en todos los lugares y, a pesar de eso, hay quien suplica más atención. Pero creo que es cool mantener como un secreto.
—Ya que hace versiones, cuál es la última versión que le ha llegado.
—¡Uf! Escucho muchas. Del último disco de Cécile McLorin Salvant, ‘You bring out the savage in me’ Adoro esa versión, grito cada vez que la escucho.


viernes, 23 de agosto de 2013

'Una pasión vintage', yo también quiero un vestido pastelito que me haga feliz

Un libro sobre amor, sobre moda, sobre ropa vintage. Un libro que habla de Fortuny, de Madame Grès, de Madeleine Vionnet. Lo siento, pero 'Una pasión vintage', de Isabel Wolff, me tenía ganada desde antes de levantar esa maravillosa tapa. Además, lo he leído en el momento adecuado. Cuando lo necesitaba. En dos mañanas tirada en la piscina y en dos tardes de megasiesta. Necesitaba algo así. Necesitaba una historia sin complicaciones, en la que las cosas, al final, salgan bien, aunque eso no significa que no duelan. 'Una pasión vintage' es la historia de Phoebe Swift, la historia de cómo la muerte de su amiga Emma, diseñadora de sombreros, la persigue mientras ella se esfuerza en cumplir su sueño, en vivir de su pequeña tienda de segunda mano, que abre después de abandonar un importante puesto en la casa de subastas Christie's. Es la historia de cómo huye de Guy, el hombre con el que se iba a casar y al que culpa de la muerte de Emma, de cómo se deja atrapar por Miles, mucho mayor que ella y con una hija insoportable, y cómo se resiste a la seducción de Dan, periodista ocasional y daltónico que monta un cine en su jardín. Contado así, no parecería más que una novela de chick-lit más, pero no. También es la historia de un abrigo muy especial, el de Thérèse, el que, antes de la Segunda Guerra Mundial, le hizo su madre y que no se puso nunca porque había alguien que lo necesitaba más que ella. Es la historia de los durísimos recuerdos de la anciana que siente que nunca cumplió una misisón. Además, como apasionada de la moda, y de la ropa vintage (mi joyita particular es un vestido largo de los 70, de estampado psicodélico y escote bañador) me ha encantado pasarme dos días dentro de Village Vintage, la tienda recién inaugurada de Phoebe, cotilleando entre las perchas, tocando los tejidos, sorprendiéndome con estampados nunca vistos, imaginando quién ha llevado antes esas prendas y probándome uno de esos vestidos pastelito que, al salir del probador, te paso lo que te pase, hacen que te sientas feliz.

"Trabajé sin parar hasta las cuatro escogiendo las prendas del almacén de arriba para colgarlas en los percheros. Al echarme en el brazo un vestido de tarde de los años 20, acaricié su satén de seda y recorrí con los dedos las cuentas recamadas y las perfectas puntadas hechas a mano. Esto es lo que me gusta de la ropa vintage, pensé. Me gustan sus hermosas telas y sus perfectos acabados. Me gusta saber que se han invertido una gran habilidad y mucho arte en su confección."

Título: 'Una pasión vintage'
Autora: Isabel Wolff
Editorial: Lumen
Páginas: 422
Precio: 19,90€

miércoles, 21 de agosto de 2013

Phlegm y su robot de 16 metros

Pernera derecha de los pantalones de Phlegm. / Marta Torres
Los pantalones de Phlegm acumulan los restos de decenas de murales. Miles de horas pintando al aire libre. «La pintura de tres años», comenta el artista mirando el cuadro abstracto de la pernera derecha de su pantalón. Phlegm tiene un nombre, que no quiere hacer público, y una edad, que prefiere guardarse para él (aunque parece rondar la treintena), igual que su rostro, que insiste en esconder de la cámara. «Todo está en mis dibujos», justifica este británico (de Sheffield, al norte de Inglaterra, confesar eso no le supone ningún problema) de grandes ojos verdes y larguísimas rastas antes de subirse a la grúa para pintar un mural dentro del Bloop Festival que se celebra en Sant Antoni (Ibiza).

Cuaderno del grafitero. / Marta Torres
En una mochila que tampoco ha escapado a los goterones de pintura guarda la libreta en la que ha dibujado ya la obra que decorará la pared de un edificio frente a la estatua de Es Verro. La saca con mimo. Negra, de papel de alto gramaje, hojas ligeramente tostadas llenas ya de bosquejos a lápiz y trazos en tinta. Duda antes de mostrar lo que ha preparado para esa pared de 16 metros de alto. Duda mucho. Se rinde. Abre la libreta. Una vez más, prefiere que hable su obra a hablar él. En cinco días la pared será una metáfora del control, el lema escogido este año para el festival, representada por un robot. Y hasta aquí quiere adelantar, aunque ya tiene definido hasta el más pequeño trazo.
Phlegm usa muy poco las palabras. Prefiere estar subido a la grúa, con su pintura y sus esprays (50 kilos y 90 botes han preparado, detalla el organizador del Bloop Festival, Matteo Amadio) dando vida a un mundo en blanco y negro que lleva años creando y que nunca le abandona. Igual que su cuaderno. «No puedo estar muy lejos de él», confiesa. Gasta decenas cada año. A pesar de eso, hace mucho tiempo que no ha comprado ninguno. «Es lo que me regalan para Navidad», justifica. Necesita vivir atado a la libreta porque él vive atado a sus dibujos.
 
El artista, en la grúa empezando a pintar. / Marta Torres
Gigantes amables, robots con sentimientos, fósiles con sorpresa, casas destartaladas con vida propia, humanos que parecen reptiles... Dibujos que recuerdan a las ilustraciones del siglo XVIII. Un punto tétricos e ingenuos al mismo tiempo. En los que un ejemplar del extinto dodo parecería menos fuera de lugar que un pavo real. Cuando se le pregunta si su obra es la de un niño triste encerrado en un caserón Phlegm sonríe: «Aún soy un niño. Es muy posible que sea así». «Me gusta la tristeza. Si el trabajo es siempre feliz, si es alegre todo el tiempo, no es verdad, no es real», esboza en una de las frases más largas que salen de la boca de esre artista cuyas obras llenan rincones en calles de todo el mundo (Croacia, Canadá, Noruega, Sri Lanka, Reino Unido, Italia, España, Eslovaquia, Estados Unidos...).

Detalle de un mural en Montreal. / Phlegm
Intenta que sus dibujos de calle, los que pueden ver los niños, no sean muy oscuros. «A mí, de pequeño, las ilustraciones que me llamaban la atención eran las más tétricas y ahora los niños están acostumbrados a juegos en los que vuelan cabezas», indica. Así que, a pesar de eso, en sus murales no faltan figuras y elementos inquietantes: calaveras, esqueletos, cocodrilos a los que les arrancan los dientes, ojos que todo lo ven...

Con guantes de esquí pintó este mural en Oslo. / Phlegm
Phlegm, que ya participó el año pasado en el festival, prueba la grúa que usará para pintar el mural de Sant Antoni. Ya ha hecho algunos trazos, pero el calor (34 grados) le disuade de continuar hasta que el sol caiga un poco. La sombrilla de colores que han colocado en la máquina no alivia demasiado. A los cinco minutos el artista está chorreando. Pintará durante la puesta de sol. Y de noche. «Seguramente durante cinco días. Quizás seis», detalla. Prefiere el frío al calor para trabajar al aire libre. Incluso con temperaturas extremas, como en Oslo, donde tuvo que usar guantes de esquí para trabajar, pinta mejor que sudando la gota gorda. Aunque en ocasiones ha sido imposible burlar los 40 grados. Como en Sri Lanka. «No era un buen lugar para quedarme de noche pintando», asegura.

Un poco de color en Sri Lanka. / Phlegm
Descubrir que un mural suyo ha desaparecido no le preocupa ni le molesta ni le quita el sueño. «Ha pasado varias veces. Han pintado encima. Está bien, es una capa más», comenta. Tampoco le angustia la posibilidad de que confundan sus obras callejeras con un grafiti sin ningún valor. «No firmo nunca mis trabajos. No me importa que la gente sepa que lo he hecho yo. Lo que me interesa es que lo vean, que vean algo bonito cuando van al trabajo, el arte gratuito, que no está a la venta ni hay que ir a buscar en galerías», consigue esbozar pese a sus reticencias a hablar sobre lo que hace.
Lo único que firma, con un sello en relieve, son los libros de ilustraciones que autoedita y a los que dedica todo su tiempo y energía. La obra mural, que nació como un reto para él, es casi un descanso, tomar aire fresco sin abandonar ese mundo que bulle en su cabeza y sus cuadernos y en el que, confiesa, pasa mucho más tiempo que en el mundo real, en el que parece moverse con mucha menos comodidad.

Unos de sus gigantes amables, en Londres. / Phlegm
Sus personajes, para él, están vivos. Cambian. Evolucionan. La primera vez que los pinta nunca están completos. Falta algo. Sobra algo. Siempre está pensando en ellos. «No dejo de dar vueltas a eso en mi cabeza en ningún momento», afirma el artista, que pone cara de sorpresa cuando se menciona la palabra ‘trabajo’ para referirse a lo que hace. «No es un trabajo, es mi vida, no es lo que hago, es lo que soy», justifica. La respuesta es obvia si se le pregunta por las vacaciones: «¿Podrías tomarte vacaciones de ti mismo?». En definitiva, que su concepto de descanso es «pintar muros más pequeños». Sí, el artista sin nombre ni cara ni edad sonríe y hasta bromea cuando se suelta un poquito. Solo un poquito.

Parte de una obra en una pared de Nueva York. / Phlegm
Varios turistas pasan frente al solar en el que se ha instalado la grúa. Señalan hacia arriba. Dos niños del edificio sobre el que pintará miran curiosos a través de los barrotes del balcón. Phlegm permanece ajeno a todo eso. Como el niño que era hace algunas décadas, ignora la clase y sólo piensa en su mundo de mecanismos antiguos y personajes en blanco y negro al que ya ha empezado a dar vida.

Obra en Ibiza ya acabada. / Phlegm

lunes, 19 de agosto de 2013

'Una dama extraviada', idealizando a la señora Forrester

No como idealizar a alguien para que ese alguien se haga mucho daño cuando le retiras el pedestal en el que no te pidió estar. La idealizada en 'Una dama extraviada', de Willa Cather, es Marianne Forrester, la señora Forrester. Una mujer bella, joven (mucho más joven que su anciano marido), que deja que los chicos del aburrido pueblo de Sweet Water se bañen y jueguen en los alrededores de su casa y cuyo delicioso e inocente coqueteo hace felices a los que visitan. El joven Neil, uno de esos jóvenes, sucumbe al encanto de Marianne, de la que, aunque en la novela no se especifica, se enamora platónicamente. El hecho de que ella esté casada con un hombre muy mayor, al que trata con cariño y del que cuida en todo momento, no hace más que añadir una capa más a ese encanto que la señora Forrester destila al inicio de esta historia ambientada en el Oeste norteamericano de principios del siglo XX. A lo largo de la novela, en la que, aparentemente no pasa nada, esa idealización va cayendo por su propio peso. La señora Forrester no es lo que parece. No está tan enamorada de su marido como se esfuerza en demostrar, no es tan ajena a los cantos de sirena de la pasión como parece, no le hace tantos ascos al dinero como aparenta... La novela, en realidad, no cuenta una historia en sí, sino que nos conduce por los sentimientos del joven Neil, que pasa de la idealización al desprecio más absoluto. Es precisamente ese viaje por las emociones de Neil y ese cambio en cómo vamos viendo a la señora Forrester lo más interesante de esta novela cuya historia, por otro lado, no da para mucho. Lo que no he conseguido ver, por más vueltas que le he dado, es la similitud entre esta novela y 'El gran Gatsby'. Esa similitud que hizo que Scott Fitzgerald enviara una carta a Willa Cather preocupado por si pensaba que le había plagiado. En fin... Él sabría.

"La señora Forrester siempre estaba allí, en el umbral de la puerta, para recibir a los que llegaban, de cuya proximidad la avisaba el retumbar de las herraduras y el runrún de las ruedas al pasar por el puente de madera. Si en ese momento se encontraba en la cocina, ayudando a la cocinera bohemia, salía con el mismo delantal, blandiendo una cuchara de hierro impregnada de mantequilla, y puede incluso que le ofreciera al recién llegado unos dedos manchados de cereza. Nunca se detenía a recogerse los rizos: resultaba encantadora sin arreglar, y ella lo sabía."

Título: 'Una dama extraviada'
Autora: Willa Cather
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica (LX)
Páginas: 206
Precio: 16,90€

viernes, 16 de agosto de 2013

Djemaa el-Fna, entre naranjas, menta y caracoles con comino*


Fotos: Marta Torres
A las diez de la mañana, Djemaa el-Fna, la plaza principal de Marrakech, está viva. A las dos del mediodía, con un sol inclemente, Djemaa el Fna sigue viva. A las siete de la tarde, a punto de caer la noche, la plaza continúa viva. A las doce de la noche, cuando las calles que la rodean no pueden estar más oscuras, a Djemaa el-Fna aún le quedan unas horas de vida. La plaza siempre huele a comida. Siempre hay algo que comer en la plaza central de Marrakech.

Durante el día, frutos secos y zumos de naranja. O de limón. O de granada, si es la época. Es el más caro (80 céntimos de euro al cambio). Los puestos de zumo conviven en la plaza con bailarines de Gana, coloridos aguadores con sus sombreros rojos y sus vasos de metal, encantadores de serpientes, monos amaestrados, mujeres que pintan con henna, dentistas tuaregs… Las montañas de naranjas, que parecen sostener los puestos, se clavan en los ojos. Perfectas. De color intenso. Casi idénticas unas a otras.

En la otra punta, casi donde Djemaa el-Fna pierde su nombre, se concentran las paradas de frutos secos. Ristras interminables de higos secos. Casi fosilizados unos. Más carnosos otros. Orejones que compiten en color con las naranjas. Anacardos, cacahuetes, almendras, pistachos… Y dátiles. Muchos dátiles. Del color del ámbar al color del chocolate pasando por los que parecen caramelo. Y casi tan dulces como este.


A su lado, pretendiendo esconderse, aunque su olor les delata, inmensos bloques de manojos de menta. Manojos generosos, imposibles de coger si no es usando las dos manos. Los vendedores apenas se ven, camuflados entre las hojas verde intenso. Solo las manos sobresalen de las paredes de menta cuando despachan su mercancía, imprescindible para el té moruno, que los marraquechíes se llevan en enormes bolsas que completan la compra del día.


En los alrededores de la plaza algunos campesinos ofrecen sus productos en carros: cebollas, melones, zanahorias... En el interior del zoco, en algunas de las calles menos concurridas, las piernas de cordero cuelgan sobre los mostradores de las carnicerías. Grasa blanca y carne de un rojo intenso.


A primera hora de la tarde la plaza parece un hormiguero. Decenas de hombres cargados con carretillas, toldos y hierros buscan su lugar en la plaza, las líneas y el número que marcan su lugar exacto en el enorme restaurante al aire libre en el que dentro de unas horas se convertirá la plaza. Antes de que suene la llamada del muecín de la mezquita de la Koutoubia, que se ve desde la plaza, los centenares de puestos están montados.


Vestidos con batas blancas, los cocineros empiezan a preparar la cena: brochetas de pollo o cordero, kefta (albóndigas hechas a la brasa), verduras asadas, chuletas, pastelas (hojaldre relleno con cebolla, paloma o pollo y frutos secos y aderezada con azúcar y canela), cuscús de varios tipos y todas las clases imaginables de tajines (guiso que se elabora en unas cazuelas de barro de tapa en forma de cono). Los tajines (de pollo con limón y aceitunas, de cordero con ciruelas, de ternera y verduras...) cuecen durante horas a fuego lento sobre las parrillas, extendiendo su olor por toda la plaza.


Al remover su contenido, de las ollas de cobre de algunos puestos sale un sonido de guijarros movidos por la corriente. Son caracoles a la marroquí (con curry, comino, tomillo, menta, pimentón, naranja, guindillas...), plato que pocos turistas se atreven a probar.


Pasear entre carritos, bancos y mesas es complicado. Imposible conseguirlo sin que al menos media docena de camareros intenten sentar al paseante en una de sus mesas. En algunos de los puestos el personal canta cada vez que alguien sucumbe a las delicias que venden con vehemencia los relaciones públicas.


Entre ellas no se encuentra la cerveza –únicamente un restaurante en toda Djemaa el-Fna incluye alcohol en su carta– algo que deben repetir prácticamente cada vez que toman la comanda a turistas. Tampoco hay postres. Los dulces árabes (delicadas y contundentes pastas de cacahuete, pistacho, miel...) hay que comprarlas a los jóvenes que las ofrecen en unos carros, que pasean hasta entrada la madrugada, cuando la plaza, envuelta en el humo de las centenares de cocinas trabajando a pleno rendimiento, empieza a vaciarse.

 *Publicado en 'Gastronomía y Restauración'

miércoles, 14 de agosto de 2013

'El libro de la señorita Buncle', el falso John Smith revoluciona el apacible Silvestream

Antes de empezar a leerlo sabía que 'El libro de la señorita Buncle', de D. E. Stevenson me iba a gustar. Por el título, por las reseñas que había leído, por el texto de la contraportada, porque soy fan de la colección Rara Avis de Alba y porque, qué queréis que os diga, alguien que lleva los genes de Robert Louis no podía defraudarme. Eso por no mencionar que la autora se llama Dorothy... 'El libro de la señorita Buncle' es divertidísimo. Se lee en un par de sentadas, los personajes son fabulosos, la historia es interesante sin ser complicada y durante las casi 400 páginas del libro casi parece que paseas por Silverstream (un pequeño pueblito inglés). La señorita Buncle es una solterona que no se preocupa por su aspecto y que, aburrida, decide escribir un libro. Sin ni una pizca de imaginación, los personajes son sus vecinos y el lugar en el que ocurre todo, su propio pueblo. Lo firma con un pseudónimo, John Smith, y, contra toda esperanza, se convierte en un éxito de ventas, en el best-seller de la editorial del señor Abbott, quien, en un principio, no tiene muy claro si 'El perturbador de paz' es la obra de un genio o de alguien sin mucho en su cerebro. Cuando el libro se publica, el apacible pueblo se revoluciona, ya que algunos de los vecinos se sienten tremendamente ofendidos por los retratos que Barbara Buncle hace de ellos en el libro. Y es que algunos son auténticas caricaturas. Algunos llegan, incluso a organizar una auténtica caza de brujas para descubrir quien es el tal John Smith que ha aireado sus enfados, falsedades, amores secretos y miserias. Pero el libro también tiene sus efectos positivos. Para algunos de los habitantes de Silvestream y para la propia Barbara, que, afortunadamente, sale de la miseria sin tener que dedicarse a la cría de gallinas y gana, incluso, para cambiar su aspecto y dejar de ser una "cuarentona flacucha y sin estilo". Una obra que es imposible acabar sin haber soltado un par de carcajadas.

"El miércoles por la mañana, el señor Abbott no dejaba de mirar el reloj mientras despachaba otros asuntos. Le ilusionaba la entrevista con john Smith. A pesar de los años que llevaba en la editorial, no había perdido el entusiasmo ni se le había agriado el carácter. Los autores noveles y prometedores siempre podían contar con un apoyo. Ya no se esforzaba en prever el éxito o el fracaso de las novelas, pero seguía publicándolas con la esperanza de que todas ellas triunfaran en el mercado.
El viernes anterior, Sam Abbott, su sobrino, que acababa de entrar en la compañía de Abbott & Spicer, irrumpió en el santuario del señor Abbott con una deplorable falta de buenos modales y anunció:
-Tío Arthur, el autor de este libro es un genio o es un imbécil."

Título: 'El libro de la señorita Buncle'
Autora: D. E. Stevenson
Editorial: Alba
Colección: Rara Avis
Páginas: 384
Precio: 22€

lunes, 12 de agosto de 2013

Adiós a Statuas d Sal



Han estado ahí desde siempre. Desde mi adolescencia. Empezaron cuando aún era casi una niña. Los escuché por primera vez poco antes de mi mayoría de edad. Les conocí por trabajo unos años más tarde. Les fui conociendo poco a poco. Entrevista a entrevista, reportaje a reportaje, crónica a crónica, concierto a concierto. Dejaron de ser Statuas d Sal para ser Joan, Omar, David, Juanma y Fernando. Les aprecio, admiro lo que han hecho, les tengo cariño. Y me da pena que se hayan separado. Pero me alegro por ellos. Por la despedida que tuvieron, con unas 6.000 personas a sus pies y sobre un escenario cuidado al milímetro en el que les acompañaron casi todos los músicos que en estos 23 años de vida han formado parte del grupo. Joan tenía una botella de hierbas para irle pegando tragos a lo largo de los alrededor de 30 temas que tocaron, David se puso su sombrero cowboy, Fernando dejó espacio para otra batería, Omar trabajó durante horas en el sonido antes de convertirse en músico, Juanma sudó lo suyo montando a pleno sol. Era el momento. Hacía tiempo que se veía venir. Lo habían intentado todo. Han publicado seis discos, abandonaron la isla para triunfar (aún se carcajean al recordar cómo sus vecinos en Madrid pensaban que eran cinco gais roqueros de Ibiza), hicieron una gira por buena parte de España (aprovechaban la alfombra de la batería de Fernando para dormir en la furgoneta), grabaron el himno del Espanyol y consiguieron un contrato con Sony que se convirtió en una jaula de oro a la que no llegaba la comida y que les tuvo dos años prácticamente sin tocar. Me sigo sonrojando cuando escucho 'Merengue'. Hay frases de 'Un día es un día' y de 'Frágil' que me tatuaría. Hay días que 'La cura' me hace llorar. Ellos no lo saben, pero en este tiempo me han enseñado muchas cosas. Que los baterías zurdos lo tienen complicado para tocar en una jam session, que no hay que buscarles sesudas explicaciones a los nombres de los grupos, que los locales de ensayo hablan, que la música hay que quererla y tomarla en serio, que las canciones favoritas dependen del día, que hay recuerdos que unen para siempre y que las cosas, a veces, se acaban.



viernes, 9 de agosto de 2013

'El alcalde de Casterbridge', cuando un hombre vendió a su mujer por cinco guineas

Poco imaginaba Michael Henchard (futuro alcalde de Casterbridge) las consecuencias que tendría ofrecer a su mujer, Susan, a quien pagara cinco guineas por ella. Así empieza 'El alcalde de Casterbridge', de Thomas Hardy, con un hombre joven bebido en una taberna al aire libre y hastiado de su mujer y su hija, Elizabeth Jane, apenas un bebé. Con una mujer, Susan, harta de un marido borracho que la desprecia. Con un capitán de navío, Newson, que paga conforme las cinco guineas que pide Henchard y se lleva de la mano a Susan y su hija. Poco imaginaba en ese momento Michael Henchard que esa locura etílica le iba a perseguir durante el resto de su vida. El error le anima a dejar la bebida, al menos durante los mismos años que tiene en este momento, y hacer lo posible por convertirse en un hombre de provecho. Pasará de aparvador a empresario del heno. De don nadie a alcalde de Casterbridge. Pero la venta de su mujer le perseguirá hasta el fin de sus días, que estarán llenos de mentiras, engaños, malentendidos, dudas... La vida tranquila y de éxito que lleva casi veinte años después de aquella venta cambia por completo cuando al pueblo llegan, igual que un día se fueron, Susan y Elizabeth Jane, convertida en una preciosa joven. Una sorpresa que altera la vida y el corazón de Henchard, que en esos momentos es alcalde de Casterbridge, un hombre rico y está a punto de casarse con Lucetta, una joven con la que se siente obligado a comprometerse después de tener más intimidad de la convenida socialmente. Una historia en la que todo cambia constantemente, en la que en ocasiones los sentimientos se sacrifican en beneficio de las apariencias, en la que es imposible adivinar qué pasará porque es imposible saber si los personajes actuarán siguiendo sus impulsos o las convenciones y en la que la fortuna y la mala fortuna tienen casi tanto protagonismo como el propio alcalde de Casterbridge.

"El sol matutino entraba a raudales por las hendiduras de la lona cuando el hombre se despertó. Una cálida claridad invadía todo el interior del entoldado, y un moscardón azul zumbaba musicalmente de un lado a otro. Fuera de ese zumbido, no se oía nada. El hombre miró a su alrededor: los bancos, la mesa apoyada en caballetes, su cesta de herramientas, el fogón donde se había cocido la furmity, los tazones vacíos, algujos granos de trigo desparramados, corchos que salpicaban la hierba del suelo. Entre el batiburrillo distinguió un pequeño objeto reluciente y lo recogió. Era la alianza de su mujer.
Ante su memoria pasó en una confusa sucesión el hilo de los acontecimientos de la noche anterior, y se llevó maquinalmente la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Un frufrú de billetes le recordó el pago efectuado por el marinero."

Título: 'El alcalde de Casterbridge'
Autor: Thomas Hardy
Editorial: Alba
Páginas: 540
Precio: 12€

miércoles, 7 de agosto de 2013

Línea de flotación

Marta Torres
Cosas que siempre se hunden: los corazones rotos cuando el agua se cuela por los costurones de sus remiendos.
Cosas que nunca se hunden: el hielo.

lunes, 5 de agosto de 2013

'Todas las chicas besan con los ojos cerrados', calorías para el corazón

Que no es una novela de ni para chicas. Que esconde tanta verdad que hace cosquillas y duele al mismo tiempo. Que si eres mujer te descubres en decenas de estupideces, pensamientos y sensaciones. Que si eres mujer pones los ojos en blanco al ver sobre el papel las tonterías, cabronadas, desengaños y dudas de todos los hombres que han pasado por tu vida. 'Todas las chicas besan con los ojos cerrados', de Enric Pardo, es una novela mucho menos ligera de lo que parece, algo así como una manzana rellena de tiramisú. Te la comes pensando que apenas tiene calorías y cuando quieres darte cuenta te ves corriendo 35 minutos para quitártela de las caderas. Del corazón, en este caso. 'Todas las chicas besan con los ojos cerrados' cuenta la historia de Álex, treintañero que vive en Barcelona y que se queda prendado de Natalia, una belleza de ojos grises, cuando la ve en una fiesta. El destino (Enric Pardo, vaya) decide que se encuentren, que sean pareja, que se separen, que se encuentren de nuevo... Y es que la de Álex y Natalia es una de esas relaciones eternas. Esas relaciones de las que, incluso en los peores momentos, sabes que no vas a poder deshacerte. De esas relaciones con las que eres consciente que el Destino (sí, con mayúsculas) se divierte jugando contigo y casi oyes sus carcajadas cada vez que te planta de nuevo ante esa persona. Hay veces que piensas que Álex es gilipollas, te dan ganas de gritarle incluso cuando ves que perderá a Natalia por una tontería (una tontería joven y monísima que le considera un dios en su trabajo, para entendernos). Pero hay otras veces que te pones roja y se te encoge el estómago viendo en Natalia comportamientos estúpidos, inseguros u orgullosos que has repetido mil veces y de los que te avergüenzas porque te hicieron perder a quien no querías perder. Por eso, porque te ves, y porque los ves, 'Todas las chicas besan con los ojos cerrados' no es la novelita ligera y divertida que aparenta. Por eso, porque te enfrenta a ti misma, y porque te enfadas con todos ellos, deja más huella de la que imaginarías al leer sus primeras páginas.

"No hay nada más triste que un gin tonic caliente.
No hay nada más triste que un polvo sin ganas.
No hay nada más triste que sentirse solo en una fiesta.
Y Álex se siente muy solo en esta fiesta.
Está en casa de Martín, su mejor amigo, una especie en extinción: leal, divertido, alegre y con don de gentes. el típico chico feo que cae bien a todo el mundo. el típico chico feo que tiene muchas amigas y cuya vida sexual es tirando a inexistente. A nula. Ni un polvo por compasión. Ni un piquito de despedida. Ni un arrumaco de amor borracho."

Título: 'Todas las chicas besan con los ojos cerrados'
Autor: Enric Pardo
Editorial: Reservoir Books
Páginas: 254
Precio: 15,90€

viernes, 2 de agosto de 2013

¿No sabes cómo explicarlo?

Portada de Diario de Ibiza el día después del accidente / M. T.
 "No sé cómo explicarlo". Con estas palabras intentaba una de las periodistas enviadas la semana pasada a toda prisa a Santiago de Compostela definir lo que estaba viendo (y viviendo, porque los periodistas vemos, oímos y vivimos) en la capital gallega después del terrible accidente ferroviario en el que murieron 79 personas. "No sé cómo explicarlo", dijo en un par de ocasiones durante el programa 'La Sexta Noche'. ¿"No sé cómo explicarlo"? ¿"No sé cómo explicarlo"? Explicar las cosas, como puedas o sepas, intentando que la gente se entere de lo que está pasando es el trabajo de los periodistas. Un trabajo por el que, de momento, hoy,  algunos aún tenemos la suerte de cobrar un sueldo a fin de mes. Si no sabes cómo explicar las cosas. Si estás en el lugar y en el momento en el que está pasando algo y no sabes explicarlo, perdona, pero no eres periodista. Quizás tienes el título, quizás trabajas en una televisión, quizas incluso eres una de las redactoras estrella de un programa que pretende ser una opción seria los sábados por la noche... Quizás. Pero no eres periodista. Ves la plaza del Obradoiro triste, has visto a la gente cabizbaja por las calles, has visto el dolor en decenas de rostros en la puerta del hospital, has visto a los heridos, has visto una y otra vez esa mantas infantiles cubriendo los cadáveres junto a las vías, has sentido el horror en la voz de los supervivienres, has escuchado a los que ayudaron a sacar personas, sin saber si estaban vivas o muertas, de los vagones en un primer momento... ¿Y no sabes cómo explicarlo? Perdona. Vete a servir copas, hazte artesana hippy o enciérrate en un despacho y dedícate a organizar la parrilla, pero no quieras jugar a los periodistas. ¿Qué pensarías si el médico que te está operando, de golpe, anestesiada y con las entrañas al aire, dijera "no sé cómo hacerlo"? Pues eso.
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