miércoles, 31 de julio de 2013

Leonor Watling: "La música pertenece a quien la escucha"

Alejandro Pelayo y Leonor Watling sentados al borde de una idea. Con caña, sedal y un anzuelo flotando entre palabras y melodías aún por crecer. Así nacen las canciones de Marlango. Así y con mucho trabajo previo, matiza la actriz y cantante del grupo, que se encuentra ya a las puertas de grabar el que será su sexto álbum de estudio. Si en el último, ´Un día extraordinario´, cambiaron el inglés por el castellano, en este perderán a una tercera parte del grupo, el trompetista Óscar Ybarra, que se muda a Chicago, lo que deja a Watling y Pelayo sin el «cartílago» que les separaba en sus discusiones creativas y sin momentos para que respiren esas canciones que, más que componer, pescan.

—En los vídeos del proceso de creación de ´Un día extraordinario´ había muchas risas, como si la música no fuera un trabajo.
—¡Es que es lo que más nos gusta hacer! Lo haríamos aunque estuviera prohibido. Tiene una parte de artesanal. Una vez que has encontrado una canción la tienes que trabajar y cincelar, pero es un regalo. Además, grabar el disco todos juntos en un estudio con Suso Saiz de productor es un sueño hecho realidad. Estábamos supercontentos. Si llevas el trabajo bien hecho, grabar es un regalo, si no estás angustiado en el estudio. Fue un placer total.
—¿Las canciones no se hacen, se encuentran?
—Creo que sí. Creo que están por ahí y la sensación que tenemos Alejandro [Pelayo] y yo cuando nos sentamos a componer es de pescar. A veces pescas un zapato, a veces pescas una cosa que es de otro y a veces pescas una canción. Hay una parte importante de trabajo, pero sí, lo de encontrarlas es como pescar. [Ríe]
—¿Cómo se distingue un zapato de una canción?
—Cuando la segunda vez que la tocas te das cuenta de que es un neumático viejo que tienes que volver a tirar al río. [Ríe]
—¿Es difícil pescar una canción buena?
—Es una mezcla. Si estás concentrado, conectado, tienes los deberes hechos y has pensado en las letras, en mi caso, y en las armonías, en el de Alejandro, es más probable que encuentres cosas buenas. Si no, te puedes tirar dos meses quedando todos los días para tocar y no hallar nada. A veces en una semana encuentras seis canciones, hay una parte de deberes, concentración y esfuerzo.

—Usted escribe las letras y Alejandro Pelayo se encarga de la música. ¿Se permiten invadir el espacio del otro?
—Llevamos diez años componiendo juntos, es maravilloso y muy raro porque es difícil que los equipos creativos aguanten tanto. Alejandro trae la armonía, la melodía casi siempre la acabo haciendo yo, pero está tan armado lo que me enseña que casi oigo la melodía. Las letras las escribo yo, pero muchas veces de ideas suyas. De repente se le ocurre una palabra que hace que prenda una letra que yo tenía. Es como jugar al tenis. Depende de lo que yo haga, él va hacia un lado u otro. Sabes lo que va a pasar, qué va a hacer. Lo bueno al cambiar de idioma, que lo hicimos porque teníamos muchas ganas, es que eso ya no es así.
—¿Al cambiar el idioma cambian las reglas?
—Sí. De repente el otro no hace lo que crees que va a hacer, de manera que lo que tú pensabas tampoco vale. Te lleva a otros sitios.
—Te lleva por otros caminos, ¿también complica el proceso?
—Sí, el castellano es mucho más difícil. El inglés es muy elástico, tiene muchos monosílabos, acentúas donde quieres, te puedes inventar palabras, puedes hacer verbos de nombres y adjetivos... El castellano tiene unas reglas, tiene esdrújulas, sonidos complicados, pocos monosílabos... Gramaticalmente es más difícil y como las melodías van muy cosidas a la letra, también son más difíciles de encontrar.
—¿Tiene la sensación de que la gente se ha quedado en la fachada, que no ha visto más cambio que el idioma?
—Lo que uno siente que ha hecho con la música no tiene por qué ser lo que escucha el otro. Lo que tú opines de un tema es igual de válido que lo que opino yo. No por haber escrito la letra tengo más razón que tú en cuanto a lo que significa. Es lo maravilloso de tocar en directo, que una canción que era muy pequeña y que para mí era supermelancólica de repente el público te la devuelve como algo muy energético.

—Como si no fuera la suya.
—Lo bueno de la música es que pertenece a quien la escucha. Me da igual lo que me diga Thom Yorke [cantante de Radiohead] que pensaba cuando escribió ´Videotape´. A mí me sirve para lo que me sirve. Hay discos que sentíamos que, musicalmente hablando, eran un paso más grande que este. Del primero al segundo nos pareció que hubo un salto hacia otro sitio, pero la gente no lo sintió tanto. Y no creo que se equivoque nadie, ni nosotros ni quien lo escucha.
—¿Cuando escucha el primer disco, siente que está muy lejos?
—Depende del día. [Ríe] Hay días que pienso ´ostras, está súperlejos´ y otros que no tanto. Hay canciones que han caducado, a las que no volvería, pero otras las seguimos tocando, conociendo y siguen cambiando cada noche.

—¿Es de las que piensa que habría que grabar los discos después de la gira?
—Después de la gira entiendes mejor las canciones, las conoces más y se colocan donde deben estar. Cuando las grabas aún eres muy dueño de ellas y tu opinión marca el tempo y la actitud. Tras un año tocándolas encuentran su sitio. A veces son más rápidas que en el disco, más lentas, más alegres, más tristes...
—¿Le sorprende la personalidad de sus propias canciones?
—Siempre. Hay algunas en las que tienes mucha fe y se desinflan. Y otras que van creciendo, como ´Si yo fuera otra´. Nació como una curiosidad, ´mira qué canción nos ha salido´ decíamos, una mezcla de copla y más cosas. Y, de golpe, en directo, es genial tocarla, la canta la gente y tiene muchísima fuerza.
—Cuando se preparaban para entrar en el estudio, en los ensayos, cambiaban cosas aparentemente pequeñas, el orden de dos palabras de una letra, por ejemplo. ¿Cambia una canción al cambiar dos palabras?
—Sí, sí... Yo voy con los cuadernos encima hasta el último minuto. Alejandro se pone nerviosísimo. No los cierro hasta que las canciones no están grabadas y, a veces, después, en directo, las canto diferente. [ríe] Cambiar una palabra cambia mucho la canción porque la melodía va muy unida y una palabra te marca el camino.

—¿Qué debe tener una canción para que llegue a la gente? ¿Hay un truco? ¿Sabe si funcionará mientras la escribe?
—No, y muchas veces te equivocas. Crees que una canción va a enganchar y la gente te dice que sí, que bien, pero ya está. Y al revés. En el disco dejamos fuera, ´Para qué doler´ porque nos parecía rara. A mí me encanta y a Alejandro también, pero pensamos ´vamos a apartarla porque se lleva todo el disco a otro sitio´ y la dejamos como extra en itunes. Pues ha llegado a la gente. Nunca lo sabes.
—¿Nunca?
—A ver, los que se dedican a escribir hits, sí. Saben qué tienen que tocar y dónde subir medio tono para que se te ponga la carne de gallina. Michael Jackson lo hacía genial. Nosotros no mandamos en las canciones, las seguimos. No vamos con un bisturí quitando y poniendo cosas. Cuando has encontrado una canción la trabajas, pero no sabemos escribir un hit.
—Un amigo músico dice que escribir canciones duele.
—¡Pobre! Algunas duelen, es verdad, pero otras dan muchísimo placer. Cuando escribes una canción te tiene que pasar algo por dentro. Si te da igual, si no te pasa nada, a quien lo escucha tampoco. Pero ese algo no tiene por qué ser dolor, puede ser que cada vez que tocas acabes con una sonrisa. Eso nos pasa con ´Lo que sueñas vuela´. Da igual qué día la toquemos, da igual cómo estemos. Acabas sonriendo.
—¿Tiene que haber verdad?
—La mentira también es parte de contar historias, pero debe estar apoyada en una verdad. Una canción no tiene que ser confesional, no todo el mundo tiene que ser Leonard Cohen. En su caso es todo verdad, todo le ha pasado. Tom Waits mezcla. Seguro que hay mucho confesional, pero vive en una granja con tres hijos y habla de homeless y de gente que va y viene. A mí me valen los dos. Es como los novelistas, los hay que escriben desde la experiencia y otros desde la imaginación. Murakami no creo que haya experimentado nada de lo que ha escrito, si fuera así debería estar encerrado, pero a mí me conmueve igual. No creo que lo confesional tenga un valor en sí mismo, es lo que haces con ello.



—Sus letras son muy visuales. ¿Las ve antes de escribirlas?
—Soy muy visual y, de hecho, Alejandro y yo nos comunicamos mucho con fotos o películas. A veces las veo antes de escribirlas y a veces después, al acabarlas me doy cuenta de que son como una escenografía, un paisaje.
—¿Tiene que ver con su faceta como actriz?
—No, siempre he sido así, como toda mi generación. El cine tiene cien años y desde hace 50 todos somos muy visuales.
—¿Es más fácil vivir de la música que del cine?
—Es complicado vivir de las dos cosas. Lo que pasa es que en la música los proyectos son a menor escala. El mínimo para hacer un concierto o un disco no existe en el cine, solo en el teatro. El mínimo para hacer una película es demencial, incluso la más pequeña necesita 20 o 30 personas. En la música puedes seguir trabajando, no sé si viviendo bien, pero trabajando. Y en el cine no.
—¿Diez años después, los periodistas hemos dejado de preguntarle si es una actriz que canta o una cantante que actúa?
—A mí lo que más me gustaba era lo de ´este es el capricho de una actriz´. Alejandro siempre contestaba: ´Claro, y de un músico clásico y de un trompetista´. Evidentemente tener una banda es un capricho, un delirio [ríe]. Me siguen preguntando con qué me quedaría si tuviera que elegir. No hace falta. Son compatibles. Esa pregunta es interesante si eres deportista olímpico y astrofísico, en algún momento vas a tener que decidir, pero en mi caso lo que puede pasar es que cambie la dimensión. Que deje de hacer películas y haga teatro alternativo, o que deje de grabar discos y toque en un garito chiquitito. Lo que haces no es solo a lo que te dedicas, es parte de quien eres. Lo he intentado, he intentado simplificar mi vida, pero no puedo.

—Un trompetista. Óscar Ybarra siempre queda en un segundo plano, ¿cuál es su papel?
—Óscar se va a vivir a Chicago en septiembre, así que en el siguiente disco, si tenemos suerte, vendrá a tocar alguna trompeta. Es una pieza fundamental porque le puso el tiempo a la música. Nos obligó a tener un espacio en las canciones para un instrumento que es como la voz, no las lleva. Óscar es fundamental también en el dúo creativo formado por Alejandro y yo. Lo mismo que hace en las canciones, ese espacio que las obliga a respirar, lo hace con nosotros. Es como el cartílago entre los huesos, un colchón, un espacio que se agradece mucho cuando estamos discutiendo un arreglo en una canción como si fuéramos dos toros de lidia.
—¿Discuten mucho?
—Sí, nos llevamos muy bien y eso nos da licencia para discutir mucho, pero siempre desde la pasión por lo que hacemos. En esa tensión es donde surge lo interesante.
—Dice que siempre lleva el cuaderno a mano. ¿Qué es lo último que ha escrito?
—Cosas para el próximo disco, que está muy avanzado. Grabamos en octubre. Los cuadernos nunca están a la altura. Lo que he escrito hoy lo he tirado.
—¿Tira muchas páginas?
—Sí, porque escribo mucho. Igual si fuera más económica y condensara más... Pero lo escribo todo porque si no se me olvida.
—¿No se ha pasado al móvil?
—No, no lo consigo. Hay una parte de placer en escribir, en el boli y el papel. A veces empiezo con una idea, sigo tres páginas por el gusto de escribir y de esas tres páginas lo único que vale es la última frase, lo demás se tira.


martes, 16 de julio de 2013

Cerrado temporalmente

Foto: Marta Torres
Por reformas. Por descanso del personal. Por vacaciones. Por defunción. Por inventario. Vuelvo en cinco minutos. Por agotamiento emocional. Porque no quiero hacer rebajas. Porque al dos de corazones le falta la mitad. Porque me dormí esperando. Porque me cansé de perseguir sueños. Porque me quedé sorda de tanto intentar escuchar una canción que aún no existe. Porque se me escapó la cometa. Porque siento cerca las polillas. Porque hay emoticonos que matan. Porque Hulk debe poder tocar la guitarra. Porque los caracoles no corren.
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