viernes, 27 de diciembre de 2013

La cápsula del tiempo del maestro Albert i Nieto


Fotos: M. T.

«Ahora la sala está muy vacía», comenta Jacint a su abuela, Francesca Salvador Albert, contemplando en el Arxiu Històric de Eivissa algunos de los centenares de libros del maestro Antoni Albert i Nieto (Ibiza 1867-1945) que hasta hace unas semanas ocupaban buena parte de las estanterías. Jacint, bisnieto del ilustre personaje, no está triste. No solo sabe que todos esos volúmenes (y los que quedan en las diez cajas aún por catalogar) estarán ahí si algún día quiere consultarlos, sino que, además, ahora podrá llenar los estantes con sus propias cosas.
En una vitrina de cristal con protección para la luz solar, al fondo del archivo, están, desde ayer, algunos de los muchísimos libros del maestro. Un legado que la responsable del Arxiu, Fanny Tur, y la concejala de Cultura, Lina Sansano, recibieron con los brazos abiertos cuando su nieta se lo ofreció. «Creía que este era el lugar. En casa todos estos libros solo iban a estar cogiendo polvo y llenos de bichitos», comenta Francesca, que aún se sorprende de la cantidad de libros que tenía su abuelo. Y eso que algunos acabaron en el fuego. Aunque de eso prefiere no hablar. Francisca pensaba que la biblioteca de su abuelo cabría en un par de cajas. «Cuando fui a buscarlos había tantos que apenas cabíamos en la furgoneta. Y eso que los llevábamos achuchados», recuerda Fanny Tur.
Todavía no se sabe cuántos volúmenes exactos forman el legado Albert i Nieto. De momento se han catalogado unos 500 entre libros, publicaciones, fotografías y otro tipo de documentos, pero aún quedan nueve cajas llenas en una de las salas del archivo. «Calculamos que habrá alrededor de 800», apunta Tur, que destaca lo «curiosa» que es la biblioteca del maestro.

Un reflejo de su dueño
Y es que en su biblioteca había novelas, diarios, memorias de conferencias que ofrecía y hasta libros sobre higiene, oficios y el cuerpo femenino que utilizaba en clase para enseñar a sus alumnos. Tanto Tur como Sansano señalan que los documentos reflejan muy bien la personalidad del ibicenco. Tur coge una memoria de una ponencia que ofreció a principios del siglo XX en la Sociedad de Amigos del País y en la que ya alerta del nivel de la enseñanza de Ibiza. «¿Puede tolerarse que en pleno siglo XX un territorio que forma parte de una nación que progresa se encuentre en tal lamentable estado de atraso en cuanto a cultura general?», se pregunta Albert i Nieto antes de afirmar: «El analfabetismo es la nota dominante».
Sansano, por su parte, busca un párrafo de 'Antoni Albert i Nieto. Un mestre eivissenc' ('Antoni Albert i Nieto. Un maestro ibicenco'), una biografía en la que el propio Albert i Nieto explica cómo acabó presidiendo el pósito de pescadores, a cuyos hijos impartía clase, cargo del que intentó, sin éxito, huir. Una foto del maestro con sus alumnos del pósito se puede ver en una de las vitrinas, que también acoge la máquina de escribir que usaba: una Blickensderfer de finales del siglo XIX. «Es que en aquel tiempo el maestro era toda una institución y Albert i Nieto era alguien conocido y apreciado», comenta Sansano, que recuerda que el ibicenco fue miembro de la Real Academia de Historia. «Por eso hay muchos libros de historia y de geografía, aunque también los hay de álgebra y aritmética», añade.
Los volúmenes están amarillos y gastados. Algunos libros apenas tienen lomo y los pliegos de páginas parecen sostenerse como por un milagro. Son libros usados. Leídos. Disfrutados. Prestados. «No los tenía, como yo, colocados para apenas tocarlos», comenta Francesca mientras los descendientes más jóvenes del maestro (Jacint, Otilia, Maria y Sharifa) se pierden entre las estanterías del archivo, curioseando libros que no conocen.


Una ´Pepa´ editada en 1820
Una de las «joyas» de este legado es una edición de 1820 de la Constitución española de 1812. También destaca un manuscrito de poesía: una hoja blanca, doblada en cuatro durante décadas, sin apenas un tachón. Abrir los libros de Albert i Nieto ha sido abrir una caja de sorpresas. Muchos de ellos están cuajados de folios manuscritos, notas, esquinas dobladas para marcar páginas que consultaba de forma habitual. Especialmente curiosos son los textos que escribía sobre diversos temas (la antigua Roma, los etruscos, álgebra...) y que guardaba en el libro que tuviera más a mano. En uno sobre los antiguos oficios, lleno de ilustraciones, asoma toda una lección de historia condensada en un folio casi marrón por el paso del tiempo. En algunas de las notas hay incluso dibujos. «Siempre encuentras algo», confirma su nieta. «Cuando recibes estos legados es como abrir una cápsula del tiempo», comenta la archivera.
Tur está convencida de que el ejemplar de 'De la Tierra a la Luna', de Julio Verne, editado en 1936, y que apenas se sostiene, pasó por las manos de muchos de los alumnos del maestro. En breve se incorporarán al legado algunos documentos que su nieta acaba de encontrar en un rulo metálico. «Intenté desenrollarlos y el papel crujía», explica. En ese rulo está la orla de cuando el maestro acabó el Bachillerato y algunos otros títulos académicos. «También tengo algunas fotos de vestidos payeses que le enviaban de Francia», comenta Francesca, a quien Jacint comunica, con una sonrisa, que ya sabe qué pueden poner en las estanterías donde hasta hace poco estaban los libros del tatarabuelo: «¡La consola!».

miércoles, 25 de diciembre de 2013

El Belén de Isabel y Jesús

Marta Torres
Subiendo a la catedral, en la última calle empedrada, viven Isabel y Jesús, Traspas y Torijano. En el patio interior de su antigua casa, en el mismo lugar en el que se han casado sus hijos, montan cada Navidad su belén. Un nacimiento que la gente puede ver desde la calle Mayor, pegando la cara a los barrotes de la puerta. El belén ocupa la zona cubierta del patio y crece cada año. La virgen (un maniquí de la tienda de Isabel vestida con trajes que ella misma usa en la feria medieval de mayo) está embarazada hasta la noche del 24. Ayer, los que subieron a la catedral para la misa del gallo fueron los primeros en ver al niño en el pesebre. Estos días es Jesús, pero el resto del año se llama Arjuna, que es el nombre que le pusieron al muñeco. Cuando Isabel y Jesús tuvieron a su nieto Darío, éste se empeñó en que faltaban el buey y la mula, pero él prefería una vaca (Paca) y un burro (Asno), así que Jesús e Isabel (que son artistas) los incorporaron hace un par de años al belén. Esta Navidad han llegado dos pastorcillos con aspecto de juglares, una gallina ponedora y una pareja de patos. El año que viene ya están pensando en invitar también a los Reyes Magos. Eso sí. Si lo hacen, no visitarán el patio hasta la noche del 5 de enero.

viernes, 20 de diciembre de 2013

'La sal de la vida', y la chispa, y el picante...

No soy de lecturas conjuntas. Ni de retos. Y no es que no me guste comentar libros con otras personas o marcarme metas. Al revés. Me encanta. Pero me gusta la cercanía, la casualidad, la sorpresa, lo inesperado. No soy de lecturas conjuntas, pero no sé resistirme cuando alguien cree que un libro me va a gustar. A mí. A Marta (o a Dorothy, son la misma). No a cualquiera. Si no a mí. Es una tentación. Y yo, en eso, comulgo con Wilde. 'La sal de la vida', de Anna Gavalda, se saltó todas las montañas de libros que crecen en mi biblioteca. Cosas de Goyo, que sabe tentarme como pocos con un libro, un sofá y una manta. 'La sal de la vida' es una delicia pequeñita, como el único canapé que consigues en una fiesta y que te sabe a poquísimo pero cuyo sabor recuerdas a pesar del paso del tiempo. 'La sal de la vida' comienza en un coche en el que Garance y su hermano Simon se dirigen a una boda. En el coche va también Carine, la mujer de Vincent, que no tiene muy buena relación con su cuñada. Al coche acaba subiendo Lola, la otra hermana, pero sólo Carine acabará en la ceremonia que toca. 'La sal de la vida' refleja tan bien la relación entre hermanos (el cariño, las bromas, las jugarretas infantiles, los celos, la complicidad...) que es inevitable sonreír, pensar, entender y emocionarse con la pequeña aventura, la última quizás, de estos cuatro hermanos (cuatro, sí, hay un cuarto, Vincent, que aparece más tarde). 'La sal de la vida' se lee de una sentada, en un par de horas. Si no te vence el sueño cuando cambias la manta compartida por la cama. Gavalda, aunque se ponga alegre, no puede deshacerse de esa melancolía de colores que impregna todas sus novelas y, no sé otros, pero a mí me tocó especialmente un detalle, casi al final de esta especie de road-book que podría haberse prolongado unas cuantas páginas más. Supongo que la sal de la vida, como la chispa, como el picante, debe llegar en pequeñas dosis. Para echarla de menos.

"En nuestra cabeza hay montones de cosas. Montones de cosas que quedan muy lejos de esas tonterías racistas. Cosas como música y escritores. Senderos, manos y escondites. Trocitos de estrellas fugaces anotados en recibos de tarjetas bancarias, páginas arrancadas, recuerdos felices y recuerdos horribles. Canciones y estribillos que siempre recordamos. Mensajes guardados, libros importantes, ositos de gominola y discos rayados. Nuestra infancia, nuestras soledades, nuestros primeros amores y nuestros proyectos de futuro. Todas esas horas buscando escondites y todas esas puertas custodiadas en los baños del colegio."

Título: 'La sal de la vida'
Autora: Anna Gavalda
Editorial: Seix Barral
Páginas: 180
Precio: 12€

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Corazón... embutido

M. T.
Se lo había ofrecido. Se había abierto el torso en canal y le había dicho que era suyo. Le demostró cómo latía fuerte cuando se acercaba y cansado y triste cuando no estaba. Le había dejado tocarlo con la punta de los dedos. Le había dejado abrirlo para asegurarse de que allí dentro no había nadie más. Lo había zarandeado delante de sus ojos. Sonaron sus palabras y cayeron sus momentos. Y seguía sin saber si lo quería. Se fue, lo sacó del pecho, lo trituró, lo embutió, lo metió en una cesta de picnic y volvió. Él nunca había probado un salchichón tan bueno. A ella nunca le habían mordido el corazón.

lunes, 16 de diciembre de 2013

'Ha vuelto', ¿y si Hitler reapareciera?

¿Qué pasaría si Hitler no hubiera muerto y reapareciera en la Alemania actual? Pues, según 'Ha vuelto', de Timur Vermes, nadie le creería y su intención de volver a hacerse con el gobierno alemán sería tomada como una broma, una ironía, una comedia. Comencé 'Ha vuelto' con muchas ganas. Pensaba encontrar una historia pasada de vueltas, con la que me reiría, cargada de exageraciones y en la que Hitler quedara ridiculizado. Y creo de verdad que ésa era la intención de Vermes, pero no le ha salido. No, al menos, como él quería que le saliera. El libro es cómico, pero no todo lo que debería. Creo que le sobran unas cien páginas y muchas muchas explicaciones y descripciones. Y Hitler es demasiado simpático y entrañable y sensible. Y ese demasiado es peligroso. Creo que de todo, con el tiempo, se puede hacer broma, pero creo que en este caso Hitler debería haber sido un personaje mucho, muchísimo, más ridículo de lo que ha resultado. Y era posible. Pero no me creo a un Hitler que se enternece cuando ve fotografías de una familia judía que acabó en la cámara de gas. No me lo creo. Quizás es que no he entendido el humor alemán como entiendo el británico, pero creo que a Vermes o le traiciona un poco la ideología o se ha enamorado demasiado de su personaje como para permitir que haga el ridículo. A pesar de eso, esta novela tiene algunos momentos buenos, sobre todo al principio, y algunas reflexiones sobre el mundo del espectáculo y los medios de comunicación en las que deberíamos detenernos un poco. Todos toman a Hitler por un imitador más del dictador. Uno de los mejores, un diamante en bruto, por lo bestia de su discurso y por meterse de lleno en su papel. Nadie, obsesionados por las audiencias y el negocio, se pregunta quién es esa persona, de dónde viene, qué ha hecho antes, qué piensa realmente, qué está queriendo decir. Pero más allá de esta reflexión y de algunos momentos buenos, la verdad es que la novela me ha decepcionado. Me ha faltado ironía. Y sarcasmo. Y corrosión. Y mucha mala leche.

"Lo que más me sorprendió fue el pueblo. Yo, desde luego, hice lo humanamente posible por destruir todo lo que le permitiera seguir viviendo en este suelo profanado por el enemigo. Puentes, centrales eléctricas, carreteras, estaciones de ferrocarril: ordené destruirlo todo. Ésa fue la orden que di. ¿Cuándo? En marzo, y creo que me expresé con claridad a este respecto."

Título: 'Ha vuelto'
Autor: Timur Vermes
Editorial: Seix Barral
Páginas: 384
Precio: 19,50€

miércoles, 11 de diciembre de 2013

'Yo fui a EGB', cuando rebobinábamos los casetes con un boli Bic

'Yo fui a EGB'. Y tampoco entiendo por qué desapareció el Frigurón, ni 'El planeta imaginario' ya puestos, y me corté los bordes de la boca con los flash, y grabé casetes con canciones de amor robadas a la radio, y tuve un chándal verde con hombreras azules, y llené las carpetas con fotos recortadas de la SuperPop, y ningún chicle me ha sabido nunca como los Bang Bang de fresa ácida, y me puse el pelo pincho cuando tocaba, y llamaba a KITT pegando los labios a mi reloj de plástico negro, y sigo comprando Peta Zetas cuando los encuentro. Era de Pantera Rosa (Tigretón ¡Puaj!), no aprendí a patinar con aquellas cosas adaptables con tiras de cuero, se me daba genial jugar a la goma (sigo haciendo una rueda perfecta con las piernas bien estiradas), cada Navidad soñaba con el Tragabolas, nunca hice el cubo de Rubik, volvía para atrás en los libros 'Elige tu propia aventura' si la opción no me gustaba,y aún guardo los álbumes de cromos de Willy Fogg, D'Artacán, David el gnomo y algunos delicados cromos de jugar que amarillean. La Bruja Avería me aterraba y fascinaba al mismo tiempo, recuerdo la emoción de la primera vez que fui al videoclub, sigo ilusionándome cuando anuncian en la tele que harán 'Los Goonies' o 'La historia interminable', me peleé con los tiralíneas, rellenaba con alcohol los rotuladores Carioca, rebobinaba las cintas con un boli Bic y no, tampoco vi nunca a mi profesor de gimnasia corriendo o saltando el potro. Nunca había pensado en ello todo junto, pero todo esto (y muchas más cosas que no contaré para no aburrir) es lo que he recordado leyendo 'Yo fui a EGB', de Javier Ikaz y Jorge Díaz. Ellos aseguran que han dejado mucho material fuera de este libro. Un libro (una maravilla de edición de Plaza y Janés) que es como la caja de Pandora, lo abres y salen de él miles de recuerdos de las horas de patio, de aquella época en la que la máxima preocupación era que el profesor no se diera cuenta de que ibas a sacar punta para hablar con alguien, en la que te peleabas con tu madre por el largo de la falda, en que escuchabas y bailabas heavy a escondidas. Un libro al que sé que volveré una y otra vez. Aunque sólo sea para ver las fotografías y sonreír. Recordando.

"Grabábamos con el dedo en el PAUSE, intentando parar la grabación antes de que el locutor de la radio hablara y nos estropeara la canción. Primero en el radiocassette, después en la minicadena (que de mini no tenía nada) y que ya incorporaba esa doble pletina con la que podíamos hacer copias de todas las cintas de nuestros amigos. Nos pasábamos la infancia grabándolo todo y apuntando los títulos de las canciones en inglés tal y como nos sonaba en castellano. Una de 'Nuevas', otra 'Para bailar', la de 'Fiesta' y una de 'Lentas'."

Título: 'Yo fui a EGB'
Autores: Javier Ikaz y Jorge Díaz
Editorial: Plaza y Janés
Páginas: 256
Precio: 18,90€

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Los lugares sin mar*

Foto: J. torres
Puerto de Denia. Diciembre de 1983. Mi madre, mi padre, mi abuela Margarita y yo en un R5 crema. "Marta, despídete del mar, que no lo vas a ver hasta que volvamos". El que habla es mi padre, con su tono de broma. Y yo, con cuatro años y siete meses, miro el mar del puerto. Y no entiendo. En mi mundo aún no existen los lugares sin mar. El mar está siempre ahí. Lo veo cada mañana por la ventana al despertarme. Lo veo, intermitente, entre los edificios, camino del colegio. Lo veo cuando vamos de paseo los domingos. Mi cabeza no concibe lugares sin mar. Lugares que no huelen a sal. Lugares que no suenan a olas. Lugares sin pescadores con la cara surcada de arrugas cosiendo las redes. Pero los hay. Y ése, llorando porque no me quiero despedir del mar, es el primer descubrimiento del primer viaje de mi vida. A Murcia, a Córdoba, a Granada, al pueblo. En un R5 crema en el que también descubro que a algunas abuelas, mejor no arrugarles la falda apoyando tu cabeza en su regazo para dormir. Descubro que los lugares sin mar son lugares con fuentes de las que sale un agua dulce que se puede beber. Y no dejo una sin probar por el camino. Yo las busco. Mis padres intentan esquivarlas, hartos de auparme a todos los caños que se cruzan en mi camino. Descubro que en los lugares sin mar a veces nieva. Y que la nieve está fría. Y que no se parece en nada a las bolitas de porexpán con las que las niñas de los lugares de mar jugamos a que nieva. Y que moja. Descubro que en los pueblos se pellizcan las mejillas de las niñas. Y que no se puede entrar en una casa sin que te pongan delante un plato de comida. Descubro que en los lugares con fuentes el agua no se compra en botellas. Y que en los lugares con nieve hay chimeneas con fuego de verdad que calienta los corazones, cuece los pucheros, asa la matanza y quema las faldas de las niñas de mar que no pueden resistirse a ese calor que huele, que suena y que siente. Como el mar que, a pesar de la advertencia de mi padre, buscaba siempre en el horizonte y por el que preguntaba cada noche antes de acostarme. Aquella niña descubrió que hay lugares sin mar. Y aquella niña sigue ahí. Y sigue descubriendo miles de cosas en cada viaje. Y sigue negándose a despedirse del mar.

*Esta entrada tiene una gemela, en el blog de Goyo, que se ha liado el descubrimiento viajero a la cabeza

lunes, 2 de diciembre de 2013

'Martín Paz', cuando Verne se inspiró en Perú

'Martín Paz' es una rareza en la obra de Julio Verne. No hay nada futurista, no aparece la ciencia, no hay personajes excéntricos... De 'Martín Paz', si no estuviera firmado, no diríamos jamás que se trata de una obra del escritor francés. Esta novelita corta, escrita en su juventud, está ambientada en el Perú colonial y no cuenta más (o cuenta nada menos) que la difícil relación que se establece entre los nativos, los colonos españoles y los mestizos, condenados a no ser nunca parte de los unos y de los otros. Para los indios son españoles, para los españoles son indios. Martín Paz es un indio. Un indio guapo que, como ya se encarga Verne de especificar, no tiene algunos de los rasgos físicos que, al ojo europeo, afean las facciones. Además, es hijo del líder de la revolución indígena. Pero Martín Paz se enamora de Sara, la bella hija de un judío cuya obsesión por el dinero le lleva a vender la mano de su hija a Andrés Certa, un mestizo adinerado que confía en conseguir la aceptación de la sociedad mediante este matrimonio. Martín Paz no está dispuesto a renunciar a su amor (correspondido, por cierto). El judío no está dispuesto a renunciar a la fortuna. Andrés Certa no está dispuesto a renunciar a su futura posición social. Y el padre de Martín Paz no está dispuesto a renunciar a la revolución por más que su hijo se haya enamorado de una española. Una novelita de juventud que se lee de un tirón y que permite, a pesar de las rarezas, intuir la prosa de Julio Verne.

"Las mujeres, cuidadosamente tapadas con la toca que les cubría el rostro, circulaban alrededor de los grupos de fumadores. Algunas señoras con traje de baile, peinadas sólo con su abondante cabello recogido con flores naturales, se paseaban gravemente en sus carretelas. Los indios pasaban sin levantar los ojos del suelo, sintiéndose demasiado humildes para mirar, sin manifestar ni por el gesto ni por la palabra la sorda envidia que les devoraba. Con los indios contrastaban los mestizos, rechazados como ellos a las últimas capas sociales, pero cuyas protestas eran más ruidosas."

Título: 'Martín Paz'
Autor: Julio Verne
Editorial: RBA
Colección: Hetzel
Páginas: 62 (en el mismo tomo
Precio: 1€
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