jueves, 31 de enero de 2013

Teresa Forcades: "La salud y la educación deben quedar fuera del negocio"

Vicent Marí / Diario de Ibiza

(Vaya por delante que no soy creyente, vaya no en Dios, que en otras cosas como la música, la literatura y el chocolate sí que creo)
Teresa Forcades (Barcelona, 1966) se hizo popular hace tres años, cuando hizo campaña en contra en la vacunación de la gripe A. El tiempo le ha dado la razón. Ahora hace lo mismo con la del virus del papiloma, que afirma que tiene más riesgos que beneficios. Argumenta con tantos datos que es imposible no creer que es así. Religiosa del monasterio de Sant Benet (curiosamente, de clausura) es la segunda monja más mediática del país. Estudió Medicina, hizo lo que sería el MIR en Estados Unidos y ha continuado su formación en Alemania. Teresa Forcades, que desayuna poco a poco (fruta, frutos secos, un bocadillo, zumo...), habla con calma pero rápido, sonríe de vez en cuando, se asegura de que su interlocutor la entienda, de que no haya ambigüedades posibles. Es un placer charlar con ella, se sea o no creyente. Escucharla me da rabia, coraje. Estoy convencida de que si un hombre de la iglesia dijera lo que dice ella, ya le habrían llamado al orden o, incluso, retirado de la circulación. Pero es una mujer, una monja. Y a las altas instancias no les preocupa que además de poner en duda a las farmacéuticas y denunciar que la salud se está convirtiendo en un negocio muestre su disconformidad con algunos aspectos de la iglesia.

MARTA TORRES. EIVISSA
—¿Las farmacéuticas nos engañan?
—Si fueran solo las farmacéuticas lo podríamos arreglar. El problema es la falta de independencia que tienen la investigación sanitaria y las políticas sanitarias de los poderes económicos. La colisión entre negocio y salud. Hay cosas que deben quedar fuera del negocio, y entre ellas están la salud, la educación y aseguran las pensiones. No puede ser que, si no te salen los números, recortes un servicio esencial. Vamos a un modelo que la historia ha demostrado que no funciona: la privatización de la sanidad. El año 2000, según la OMS, teníamos uno de los sistemas sanitarios punteros, mejores del mundo. No se entiende que lo estemos desmantelando. No lo hacemos por interés público, sino porque  lo privado pasa por delante. Debe haber una regulación. ¿Por qué no tenemos una ley que obligue a publicar los estudios negativos? Una empresa igual hace 20 estudios que salen negativos y el 21, positivo, si solo publicas ese, engañas.
—¿Hay ahora algún caso flagrante de fármaco innecesario como la vacuna dela gripe A?
—La vacuna del virus del papiloma. En 2009, cuando se incluyó el medicamento, médicos y profesionales firmamos un manifiesto porque no estaba demostrada su eficacia y, sobre todo, de su seguridad. Tres años más tarde no podemos asegurar que la eficacia del Gardasil sea de más de cinco años y del Cervarix, de ocho años y medio. Lo más grave es la seguridad. En el último mes se ha demostrado que dos niñas sanas de 14 y 19 años han muerto tras la vacunación y en su cerebro se han encontrado anticuerpos generados por la vacuna que habían atacado a las células de los vasos sanguíneos. Padres y madres deben saberlo. No puede ser que se den informaciones sesgadas. Si te dicen que la vacuna es excelente y luego te preguntan si la quieres, lo lógico es decir que sí. Alguien es responsable de la información, las autoridades sanitarias y los profesionales sanitarios. Cuando dicen que la seguridad está demostrada mienten porque hay muertes y patologías neurológicas cronificadas presumiblemente a causa de esto. En casos como los de Valencia no se pudo demostrar la causalidad. No había tests. Es urgentísimo desarrolar esas pruebas y eso es lo que han hecho estos investigadores de Canadá. Todas las intervenciones médicas tienen riesgos y beneficios y en el caso del papiloma la gente no los conoce. Dicen que el beneficio es cien por cien y que el riesgo es nulo. No es así. El beneficio es incierto y el riesgo puede ser la muerte. Yo, a una hija mía no la vacunaría. Además, tenemos una intervención que es el cien por cien efectiva para prevenir la mortalidad por cáncer de cuello de útero: la citología vaginal, cada dos años. Si hay cáncer, se detecta a tiempo para una intervención.
—¿Qué hacen las autoridades sanitarias?
—En España, un año antes de introducir la vacuna, se cambió la cobertura de la sanidad pública de la citología. Antes era gratis para todas las mujeres cada dos años. Lo pasaron a cada tres. La medida efectiva y sin efectos secundarios la espaciamos y ponemos en riesgo la salud de la población. Cuando quisieron introducir la vacuna la ministra Salgado dijo que no firmaba, la quitaron y pusieron a Bernat Soria, relacionado con la empresa farmacéutica, y firmó.
—Últimamente ha trabajado sobre la medicalización. ¿Hemos confiado a los medicamentos demasiadas cosas?
—Medicalización es usar una perspectiva médica para problemas que no son médicos. Medicalización y farmacologización no tienen por qué ir juntas, pero hoy en día van de la mano. Si algo es un problema médico intentamos encontrar una pastilla para curarlo. Eso es un problema porque tiene efectos sceundarios. Volvemos al caso del papiloma, porque la compañía de la vacuna Gardasil, que es la que se pone aquí, es Merck, que estuvo condenada hace años por poner a la venta un antiinflamatorio, Vioxx, que los tribunales demostraron que había causado la muerte a 27.000 personas. Se demostró que la compañía lo sabía. Le pusieron una multa multimillonaria, la más grande en su momento, pero inferior a las ganancia que tuvo por la venta del Vioxx. Creo que lo están haciendo otra vez con la vacuna. Hemos hablado de las niñas de Estados Unidos, pero hay un caso en Gijón, una niña de 13 años que tenía asma. Se puso la primera vacuna y al cabo de 14 días tuvo el peor ataque de asma de su vida. Al mes le tocaba la segunda dosis, los padres no querían por miedo, pero los médicos dijeron que no pasaba nada. Al cabo de 15 días tuvo un ataque y murió. No se puede decir, como las autoridades sanitarias españolas, que no se ha podido demostrar. ¿Han hecho las pruebas?
—Si usted tiene esta información, ¿las autoridades sanitarias no?
—Hay personas que ocupan cargos de toma de decisiones y que no lo saben. Eso no las excusa, deberían saberlo. Las fuentes de información principales no son independientes de los intereses económicos. Ha habido denuncias recientemente de que las revistas médicas están financiadas por las mismas compañías y hay artículos que no se publican. Otra vez esta alianza que debería desaparecer entre lo privado y la sanidad.
—¿Y los profesionales sanitarios?
—Ahí hay otro factor, la aceleración de la vida. Si en vez de monja, con cinco horas de rezo y seis de trabajo, que muchas veces las paso en la celda estudiando, estuviera en un hospital, estaría todo el día arriba y abajo y al llegar a casa  debería ocuparme de mi familia. Puedes tener la formación para evaluar críticamente lo que está pasando, pero ¿y el tiempo? Un profesional sanitario necesita dos horas al día para formación y estar al día, pero con los nuevos horarios no se puede, es una manera de alienar al personal.
—¿Le han dicho que se calle?
—Cuando lo de la vacuna de la gripe A la consellera Geli llamó al abad de Montserrat para ver si podía influir en que dejara de hacer manifestaciones públicas en contra de la vacunación.
—¿Qué hizo el abad?
—Llamó a la abadesa, solo para que lo supiera. Ella me llamó a mí, que estaba entonces en Berlín, y me dijo que solo me lo hacía saber. Le pregunté si quería que cediera. Me dijo que no. Me dieron libertad.
—Sorprendente.
—Hago crítica de la institución eclesial, pero comparada con la universidad y los hospitales dentro de la iglesia hay más libertad. En el hospital, depende de qué dices y con quién te metes, saltas. En la universidad depende de a qué vaca sagrada le pises el callo, saltas. La experiencia del día a día, no hablo de que la institución eclesial tiene unas estructuras obsoletas y debería cambiar radicalmente, en la base en la que me muevo hay pluralidad de opinión, espíritu de crítica y librepensamiento. Me encuentro bien. Si no, no estaría.
—¿Cómo asumió su monasterio que tuviera tanta popularidad?
—Fue bueno que cuando pasó yo estuviera en Alemania haciendo un postdoctorado porque hubo un alud de llamadas. Fue bueno para reducir la presión del monasterio y de las hermanas todo el día preguntándome si tenía que hacer eso. En una comunidad siempre hay tensiones, no es algo de color rosa donde todo el mundo te apoya siempre. Lo más importante es que en mi comunidad no todo el mundo piensa como yo, no a todo el mundo le parece bien lo que digo y hago, pero todas están de acuerdo en tener una iglesia y una sociedad en las que todo el mundo haga y diga lo que le le dicte su consciencia.
—¿Se le queda pequeño el monasterio?
—Sant Benet es más grande que la mayoría de pisos y tiene unas vistas... [Bromea] Lo primero que hago cada día es cantar con mis compañeras, escuchar una lectura que plantea temas importantes de la vida, un rato de eucaristía, paso un rato tomando conciencia de que el mundo está hecho por amor. Es empezar bien el día. En el trabajo tengo la posibilidad de estudiar y aprender y ayudo en la enfermería. Es una vida que me expande. El ritmo de vida intenso de un monasterio incluye un equilibrio que para mí es liberador.
—¿Es diferente la hermana Teresa de la doctora Forcades?
—Sí, la de médica no es mi labor principal en el monasterio, mi identidad es la de hermana. Si fuera la médica de las demás distorsionaría la relación de base, que es donde me siento identificada como persona plenamente. Hay una profesióin que es importante, pero no es mi identidad fundamental.
—No es la médica de Sant Benet, pero sí la acupuntora.
—Sí, cuando hice el doctorado estudié acupuntura, descubrí una herramienta que puede ayudar a aliviar los dolores y a reequilibrar las funciones vitales. Practico poco ahora, pero tiene resultados positivos.
—Y sin usar fármacos.
—Sin fármacos o combinándolo cuando conviene. No es de tipo dogmático. No creo en la acupuntura, en Dios sí hay que creer o se puede creer, en el amor también, en la belleza... En la acupuntura no. Su eficacia está demostrada y si has visto que funciona la ejerces de nuevo.
—¿El hábito le ayuda a difundir sus ideas o es un obstáculo?
—Hay personas para las que supone un inconveniente y para otras es una ventaja, tienes más credibilidad porque ven que no buscas un lucro o un cargo. Cuando hacía el doctorado y luego en el hospital Joan XXIII de Tarragona, iba con la bata y el velo. Me daba cuenta de que pasaba algo. Un día tomé conciencia de que no me trataban con el respeto debido, estaba acostumbrada a ser médica, con mi bata blanca, y que los pacientes me miraran desde abajo, no quería que fuera así. Me di cuenta de que el velo anulaba la bata blanca. Cuanto más sencilla era la gente más creían que era una de ellos, la gente pobre no me tenía miedo, al revés.
—¿Las monjas deben ganar posiciones en la jerarquía eclesiástica?
—No deben ser excluidas por razones de sexo. Hay una relación que se parece a la que hace unos años había en la sociedad entre hombres y mujeres, un paternalismo, la sensación de que el mundo podría funcionar sin mujeres, dejando a un lado la procreación. Esa es la situación actual en la iglesia. Las comunidades de monjas deben tener un asistente para comunicarse con Roma y debe ser un cura. Es obsoleto. Es interesante ver cómo evoluciona. Hay monjas mayores que no han visto la diferencia entre el trato a las mujeres en la iglesia católica y en la sociedad, pero entran jóvenes y preguntan «¿Qué? ¿Cómo?». Si la situación en la iglesia es esta es porque las mujeres lo permitimos. Somos mayoría en la iglesia, si mañana decidimos cambiarlo, lo cambiamos. No tengo dudas. Aunque  la mayoría de mis hermanas eso de ser curas no lo ven claro.
—¿Cosas como estas le hacen tener dudas?
—Quizás somos la primera generación que creemos que lo normal es que las cosas vayan bien, pero no sé de dónde lo hemos sacado. Antes nacía un niño y se preguntaba ni llegaría a adulto. Muchos morían. De esto hace cuatro días. La vida plantea retos y problemas, existen injusticias, lo normal no es desanimarse sino buscar la solución.
—¿Cree que verá esos ecambios?
—A veces los cambios vienen cuando menos se los espera. No hago predicciones de futuro, me importa el presente. La posibilidad de que de golpe en la iglesia católica o en la sociedad haya un cambio cualitativo importante y tengamos una situación nueva, que tengamos una mayoría para decir basta, no sé qué forma podría tener, pero no lo veo imposible. En la iglesia católica hay tensiones que crecen y estoy a la espera de este momento de cambio.
—Cómo pasa alguien de la idea de tener una pareja y niños a una vida en un monasterio, en celibato y sin el amor romántico.
—Quería tener nueve niños, me encantan los niños. La sexualidad y el anhelo del amor de pareja forma parte de la experiencia humana y no se eliminan con la vocación de monja ni con los votos. La experiencia de la vocación es desconcertante, es una experiencia interior que no esperas y que es muy difícil de explicar en palabras. Esta experiencia incluye la parte afectiva. No se trata de eliminarla y amputarla, pero es muy diferente que se dinamice la afectividad en una relación de pareja o en la vida de comunidad. Te abre interrogantes, retos, anhelos y deseos nuevos. La monja tiene unos caminos muy abiertos y otros muy cerrados. Lo vives más allá de lo que sería una relación puramente sexual. Está la amistad, una amistad profunda.
—¿Entiende que cada vez la gente desconfíe más de la iglesia?
—En España ha pasado algo, esa alianza con el poder político, el nacionalcatolicismo, muchas personas recuerdan haber estado obligadas a ejercer unas prácticas religiosas que no les interesaben y eso es suficiente para estar rebotados tú, tus hijos y tus nietos si se lo explicas bien. Eso en el pasado inmediato. Pero además tenemos hoy en día unos representantes jerárquicos de la iglesia católica que hacen declaraciones contrarias a la sensibilidad de mucha gente o a la justicia. Como en el caso de la homosexualidad. Para la gente que lo vive muy de cerca es indignante hasta el punto de ir al día siguiente a apostatar. «Bórrenme de esta lista que no quiero tener nada que ver con ustedes». Lo entiendo.
—¿Los políticos están en la misma situación que la iglesia? ¿A la gente les cuesta creer en ellos?
—La política está desprestigiada, eso no es bueno porque la política regula la vida en común y si no tenemos eso tenemos la ley del más fuerte. Ver la política, que no el politiqueo, como una actividad necesaria y un servicio público es importante, pero para que esto pase hay que cambiar el marco. Es imposible hacerlo bien con el actual, está viciado: leyes de partidos, listas cerradas, la posibilidad de que uno tenga un programa electoral y luego haga otra cosa... No debe depender de la buena voluntad del político de turno que no nos engañe. No debe poder hacerlo. Propuse la huelga general indefinida, que no es el objetivo, sino la manera de llegar a ese cambio de fondo, renegociar el pacto social, unas leyes que hagan imposible las situaciones en que estamos encontrándonos ahora fraudes sin perseguir y representatividad política que excluye a la gente que quiere hacer reformas. 

martes, 29 de enero de 2013

'El velo alzado', la sed y el miedo al veneno

“La sed puede más que el miedo al veneno
La sed de Mortimer, el hijo pequeño (segundón, enclenque, afeminado…) de una buena familia, por Bertha, la prometida de su hermano, el primogénito (fuerte, inteligente, decidido…) puede más que la certeza de que no es tan dulce, tan cándida y tan buena como aparenta. Bertha trata a su futuro marido con frialdad, con distancia, pero juguetea y se muestra pícara con su futuro cuñado, que está completamente embelesado con su perfil marfileño y sus perfectos rizos rubios. No importa que, ya a solas, ella se muestre desdeñosa e incluso desagradable, él mantiene la esperanza de que Bertha acabe siendo suya.  Explicado así, ‘El velo alzado’ parece una mera historia de amor y desamor. Pero no. Casi diría que esta novelita de George Eliot es más un relato de terror emocional. Porque es inevitable sentir miedo por lo que le depara el futuro al pobre Mortimer si sigue prendado de ella, si no desiste en la firme convicción de ser su esposo. Desde fuera, siguiendo las palabras, es fácil ver que Bertha juega con él. Se casará con el heredero, aunque seguirá jugando toda la vida a seducir al pequeño. El destino, sin embargo, cambia los planes de la familia. De Bertha. Y de Mortimer, que pronto descubrirá aquello de ‘ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad’. Da igual lo que pasa a lo largo de las páginas de ‘El velo alzado’ (expresión que se refiere a descubrir la verdadera cara de una persona), eso es lo de menos. Lo que importa, lo que te atrapa, son las sensaciones, los sentimientos, lo que no se explica claramente pero se intuye por el comportamiento de los personajes, muy escasos, que pueblan esta historia.

“Mi fin se acerca. En los últimos tiempos he sufrido varios ataques de angina pectoris, y, si todo marcha como de ordinario, tengo esperanzas fundadas, me dice el médico, de que mi vida no se prolongue muchos meses más. A no ser que pese sobre mí la maldición de una fortaleza física excepcional, de manera similar a lo que sucede con mis facultades mentales, no gemiré mucho más tiempo bajo el peso insoportable de la existencia terrena. Si fuera de otra manera –si llegara a alcanzar la edad deseada y prevista por la mayoría de los hombres- podría decidir si el dolor causado por una esperanza decepcionada puede superar al del conocimiento anticipado. Por que sé cuándo moriré y todo lo que sucederá en mis últimos momentos.”
Título: ‘El velo alzado’
Autor: George Eliot
Editorial: Alba
Colección: Alba Brevis
Páginas: 96
Precio: 9€




miércoles, 23 de enero de 2013

'La luz en casa de los demás', concepción misteriosa en el 315 de Grotta Perfetta

Confieso: comencé este libro sin muchas ganas. Confieso: lo he acabado emocionada. Emocionada con la historia de Mandorla. Emocionada con la decisión de Maria, su madre, antes de morir. Emocionada con la comunidad de vecinos del número 315 de la calle Grotta Perfetta. Y todo eso a pesar de que las primeras 50 páginas me costaron un mundo. Pero quizás no es que Chiara Gamberale no se aclare en los comienzos de esta singular novela, sino que yo no estaba muy concentrada. No lo sé. Pero el caso es que las primeras 50 páginas se me hicieron un mundo. Pero luego apenas me he podido despegar de Mandorla, sus sentimientos, sus aventuras, su vida, su día a día desde la muerte de su madre, a la que todos los vecinos del edificio adoraban. María fallece, dejando una carta, una bomba para la comunidad: el padre de Mandorla vive en el 315 de Grotta Perfetta. María vivió una tarde de pasión con uno de los hombres de la comunidad en el cuarto de la lavadora, en el sexto piso. Sin más familia a la que la niña pueda recurrir, en una junta de vecinos deciden que Tina Polidoro, la maestra soltera del primer piso, adopte a Mandorla, que vivirá una temporada con cada uno de los vecinos hasta que descubran quién es su padre. Así, Mandorla pasa de los amigos imaginarios de la señora Polidoro, a las marchas del Orgullo Gay con Paolo Michelangelo, a las infidelidades de Samuele Gró, las divagaciones entre porro y porro de Lorenzo Ferri, los ambientes elitistas y el amor entre los adolescentes de buena familia con los Barilla. La vida de Mandorla está llena de momentos divertidos, pero todos ellos teñidos de una gran tristeza, de una melancolía de la que la niña, a la que todos quieren pero a quien nadie quiere realmente, no puede despegarse en ningún momento, desde la muerte de su madre hasta la mayoría de edad. Ni siquiera cuando cree enamorarse siente que la quieren. Ni siquiera entonces se libra de sus miedos, del miedo al abandono, a la sociedad, personalizados en Mundoperro, un heroinómano del  barrio que aparece siempre en sus pesadillas y con el que teme encontrarse en cualquier momento, a pesar de que hace años que nadie ha visto.

"María murió como se muere a mediados de diciembre, como se muere un martes, como se muere siempre si no te lo esperas en absoluto y, un momento antes de salir despedido de la moto y caer al suelo, rebotando sobre un coche aparcado en doble fila, estabas pensando: mañana, a las seis menos cuarto, dentista.
Tenía el pelo por debajo de la cintura, una falda de un color vivo, treinta años más o menos, una hija de seis, un trabajo fijo en una gestoría de administración de fincas y bastantes personas que la querían de verdad, observa el chico de la funeraria, lo bastante experimentado ya para no preguntarse más por qué ocurren ciertas cosas, pero no lo suficiente como para dejar de observar de vez en cuando a quiénes les ocurren.
y es que funerales como ése no se veían todos los días."

Título: 'La luz en casa de los demás'
Autora: Chiara Gamberale
Editorial: Círculo de Lectores
Páginas: 474
Precio: 18€

domingo, 20 de enero de 2013

Una médula para Esperanza

Vicent Marí /Diario de Ibiza
Hay días en que este trabajo se hace cuesta arriba. Y no por la falta de horario ni por el sueldo ni por los jefes. No. Hay días en que este trabajo se hace muy duro por las historias sobre las que debes escribir. Días en los que la gente te cuenta sus problemas, problemas reales, y te vas a casa agotada por el esfuerzo de tener que superar las lágrimas y la rabia para escribir y pensando que la vida puede ser de verdad muy cruda. Días en los que sabes que no usarás todo lo que te cuentan porque es demasiado personal, aunque te lo estén contando. Días en los que te enfadas por no hacer más para ayudar a la gente. El día en que Esperanza y yo tomamos un café fue uno de esos días.


MARTA TORRES | DIARIO DE IBIZA El de Esperanza Ribas, ibicenca de 48 años -«en la mente tengo 18, pero ahora el cuerpo me dice que tengo 58»-, es un grito de auxilio: «Te necesito. Hazte donante de médula. Puedes salvarme la vida». Diez palabras impresas en un póster, sobre una fotografía suya, que presiden la puerta de bares y establecimientos de Sant Antoni y Cala de Bou, su barrio, y que dentro de poco estarán por toda la isla. Esperanza tiene leucemia aguda y, en estos momentos, su vida depende únicamente de un trasplante de médula. «No hay más opciones», comenta, haciendo un esfuerzo por contener una lágrima.
El calvario de esta mujer, vital, optimista y sonriente a pesar de todo, comenzó en marzo de 2010, una fecha grabada a fuego en su mente. Recepcionista en un hotel, acabó la temporada de 2009 especialmente agotada, confiando en que el descanso del invierno le devolvería las fuerzas. Pero los meses pasaban y seguía cada vez más cansada. «Fui al médico porque estaba a punto de volver a trabajar y aún me notaba débil», explica. Esperanza pensaba que le dirían que tenía anemia y le recetarían hierro y unas vitaminas. Pero no. El médico la envió de urgencia a Mallorca, al entonces hospital de referencia, Son Dureta. «Me dijeron que estaba al límite», recuerda.
Allí, en una habitación para inmunodeprimidos, lejos de su casa y de su familia, pasó muchos de los ocho meses, de abril a noviembre, que tuvo que estar en Palma. Hasta dos meses y 20 días llegó a estar de un tirón en aquella «cárcel» de la que, en vista de su estado anímico y a pesar de que no alcanzaba los mínimos de defensas para salir, la dejaron escapar unos días. Un descanso, no exento de riesgos, que los médicos confiaban que le sirviera para recuperar fuerzas. «Salir de allí fue como volver a la vida. Hueles el aire, escuchas los pájaros. Es difícil de explicar», recuerda. Soportó tres ciclos de quimioterapia y se sometió a un autotrasplante que costó un poco que surtiera efecto. Pasó tres meses «casi bien» antes de que la leucemia volviera en marzo de 2012. «Marzo otra vez», susurra.

Temió tener que volver a pasar otra larga temporada encerrada en una habitación como aquella. Con la única compañía de libros, música, televisión e internet. Una ventana para ver un trocito de mundo y un familiar con mascarilla. No fue necesario. Los médicos sustituyeron esa habitación por un tratamiento relativamente nuevo: Vidaza. Siete días de inyecciones intramusculares seguidas de tres semanas de descanso, otros siete días de inyecciones, otras tres semanas de descanso y así repetidamente hasta que el trasplante alogénico (esto es, de otra persona) se reveló como su única opción.
Las expectativas eran, en principio, buenas. «Tengo cinco hermanos, así que dijeron que sería fácil», recuerda. Las esperanzas se esfumaron rápido. Ninguno de ellos era compatible. Ahora ha dejado el Vidaza, le han hecho transfusiones de sangre y plaquetas un par de veces y espera encontrar a alguien compatible que pueda salvarle la vida. «El hematólogo, José Balanzat, dice que encontrar un donante fuera de la familia no es fácil, que es como encontrar una aguja en un pajar, pero confío en encontrarla», afirma decidida con una sonrisa.Salir a la calle a buscar esa aguja fue una decisión fácil. Sin las inyecciones de Vidaza, Esperanza se sentía con fuerzas y tenía la necesidad de no quedarse aguardando con los brazos cruzados. «No soy de estarme quieta», apunta. Justo en ese momento se le acerca Paco, un amigo del barrio. Le pregunta qué tiene que hacer para ser donante. Confiesa que nunca antes había pensado en todas esas personas cuya vida depende de un trasplante de médula. «Iré», promete. «Gracias», responde, sincera, Esperanza. «Cuantas más personas se hagan los análisis y sean donantes, más posibilidades hay para todos nosotros. No se trata solo de mí, sino de todos los que están y estarán en mi situación», reflexiona mirando el cartel, colgado frente a ella, en la puerta del bar en el que se toma un té con leche. «Si hiciera ahora el cartel, lo cambiaría. No pondría ´puedes salvarme la vida´. Escribiría ´puedes salvar una vida´», reflexiona encogiéndose de hombros. Esperanza insiste en que, ahora mismo, para ser donante de médula sólo hay que hacerse unos análisis de sangre. "No es como antes, que era más complicado", apunta antes de recordar que, incluso, el trasplante, en la actualidad, no tiene nada que ver con cómo se hacían hace unos años. Nada de operaciones dolorosas.

Los carteles no son su única acción. Ha pedido al Ayuntamiento de Sant Antoni que le deje instalar una mesa informativa en el Passeig de ses Fonts y también a los responsables en Ibiza de la Fundación Banco de Sangre y Tejidos de Balears que, cuando la gente vaya a donar sangre, les pregunten si también quieren hacerse la prueba para la donación de órganos. «Nos han dicho que lo harán, que es algo lógico», apunta.
Esta campaña que ha iniciado para salvar su vida la mantiene despierta y animada en unos momentos en que sus defensas están bajas y la obligan a pasar mucho tiempo en casa. Leer, escribir poesía y su afición a la cerámica, además de su familia y amigos, la mantienen cuerda. «Es lo que más me ha costado. Yo era una persona que estaba siempre en la calle haciendo mil cosas», recuerda. En casa el apoyo es total. Sus hermanos fueron sus grandes cómplices cuando les comentó la idea de salir a buscar esa médula que necesita. Incluso su hijo, Dani, de 16 años, que el primer día que vio a su madre en los carteles sintió un poco de vergüenza, se ha implicado en la campaña y explica a todo el que se lo pregunta qué puede hacer para ayudarla, que no tiene más opción que la de esperar a que aparezca un donante compatible. No sabe el tiempo que tiene. Los médicos no se lo han dicho. Solo sabe que, excepto en algunos momentos malos en los que se viene abajo, es optimista. Tiene esperanza.

miércoles, 16 de enero de 2013

'Un jardín en Badalpur', vida de una rajkumari huérfana

Zahr es huérfana. Su madre, occidental, se enamoroó y se casó con el rajá de Badalpur, embarazada de su primera hija, huyó de la India rumbo a Europa, a París, donde tuvo a su preciosa niña y, poco después, murió, dejándola huérfana. Hija de un poderoso rajá. Pero huérfana. Zahr ha pensado toda la vida que su padre también había fallecido e intenta sobrevivir y mantener su salud mental en el orfanato en el que se cría y en las diferentes familias que la adoptan y que, una vez y otra, sea por el motivo que sea, acaban devolviéndola a las monjas. Zahr ha pasado su infancia y adolescencia sintiéndose abandonada, sintiendo que no era digna de que nadie la quisiera cuando, por fin, descubre que su padre, el rajá de Badalpur, sigue vivo. Y no sólo eso. Sigue vivo y quiere conocer a la preciosa hija que perdió el mismo día en que perdió a su hermosísima esposa. Y así, ya adulta, Zahr viaja por primera vez a la India, a su familia, al padre perdido, a los olores, gentes y paisajes tantas veces imaginados. Pero la de Zahr no es sólo la historia de Zahr. 'Un jardín en Badalpur' (gracias a Papá Noel, que siempre acierta) es también la historia de su autora, Kenizé Mourad, de quien ya leí y me encantó 'En la ciudad de oro y plata': nacida en París, criada en un orfanato, que no supo hasta los quince años que sus padres eran el rajá Amir y la princesa Selma de Turquía. Zahr no es otra que Kenizé. Todo lo que ve y lo que siente la protagonista de su novela es lo que vio y lo que sintió ella misma al ponerse en contacto con un mundo, el de los musulmanes en la India, que era el suyo pero que no entendía. Zahr, salida de la universidad de París, del ambiente promiscuo de los movimientos políticos, se encuentra, de golpe, en una sociedad en la que la mujer no tiene voz ni voto, que debe esconder sus formas, que no puede dar la mano ni besar en la mejilla a un hombre, que no puede pasear sin carabina con un chico y ni siquiera pensar en la posibilidad de que la besen antes del matrimonio... Zahr, además, debe enfrentarse a un hermano mayor que quiere despojarla de lo único que le deja su padre en herencia, el jardín que su madre adoraba, el único lugar en el que Selma se sentía feliz, a una sociedad que exige a la mujer (sea musulmana o hindú) que se ocupe de las cosas de la casa y no opine, que permite que los maridos quemen a sus esposas por la dote, que no concibe que las mujeres puedan heredar, que castiga a las que quieren coger las riendas de su vida y salir adelante sin un marido. Zahr no puede asumir eso. Se ahoga. Se siente más vulnerable que en cualquiera de las guerras que ha cubierto como periodista. No puede vivir así, luchando contra los hombres, contra toda una sociedad, contra la tradición, contra dos religiones, contra su familia, contra sus amigos, incluso, lamentablemente, contra las propias mujeres, que ven en la actitud de Zahr (que las anima a reclamar aquello a lo que por ley tienen derecho, a leer de verdad el Corán para ver que hay cosas que no dice, a buscar su propio destino) la de una libertina parisiense.

"Hace una hora que espera, sola en la pesada humedad de esta madrugada india, en medio de una muchedumbre bulliciosa y multicolor que, entregada a la alegría de los reencuentros, hace resonar el gran vestíbulo de llegada del aeropuerto de Nueva Delhi; una hora que soporta con fingida indiferencia bajo las miradas que la miran con curiosidad.
Ya una docena de familias, apiadadas, se han acercado a brindarle ayuda: en la India la hospitalidad es un deber sagrado, sobre todo con los extranjeros. Es impensable que se quede así: si les da su dirección será un placer para ellos acompañarla, por supuesto dando un rodeo por su casa para que se refresque con una taza de té. Interviene un responsable de la compañía aérea, con aire importante: la mensahib no seguirá a nadie: si quiere indicarle un número de teléfono él avisará a sus amigos, que quizás se han equivocado de vuelo. Después, con unas cuantas frases contundentes, ha despedido a la decena de porteadores famélicos que se disputaban su maleta y la ganga de llevarla al "mejor taxi" de la fila bamboleante alineada bajo el sol."

Título: 'Un jardín en Badalpur'
Autora: Kenizé Mourad
Editorial: Espasa
Páginas: 560
Precio: 19,90€

viernes, 11 de enero de 2013

Cosas que (me) curan

Hay cosas que curan. Pequeñas cosas que sanan en esos días en los que el ánimo parece haberse tomado vacaciones. Curan los amigos, las risas, el cariño... Sí, pero hay otras pequeñas cosas que también curan. Éstas son algunas de las mías. ¿Cuáles son las vuestras? ¿Qué os cura cuando estáis de bajón?


Un desayuno en Ca n'Anneta
Café con leche en vaso, pan (el medio panecillo de toda la vida, nada de baguette) con tomate de verdad, sillas y mesas de madera y un ambiente muy especial en el que se mezclan extranjeros de los que no hablan castellano a pesar de que llevan 50 años en la isla y el señor que apenas ha salido del pueblo y que se toma su carajillo de pie en la barra después de dejar el campo y los animales arreglados. Un libro frente a los ojos, que se desvían constantemente al vaivén de personas que entran al bar a buscar el correo en los buzones de madera de hace décadas, los mismos en los que los primeros hippies, aquellos jóvenes norteamericanos de familia bien que no querían ir a Vietnam, recogían cartas y paquetes.


Flores frescas
Si fuera millonaria, tendría la casa llena de flores frescas siempre. Peonías. Fuera la estación que fuera y costara lo que costara traerlas. No lo soy. Me conformo con modestos claveles. Rojos. Rosas. Morados. Verlos frente a la cama al despertarme me alegra el día.


A todo volumen
Si los pensamientos no me dejan vivir silenciarlos es la única manera de no oírlos. Giro la rueda del volumen. Hacia la derecha. Hasta que está tan fuerte que apenas me escucho cantar. Sorda y desgañitada. Felicidad momentánea. El pelo revuelto, las mejillas sonrosadas, los pensamientos en silencio.


Lectura frente al mar
El mar me cura. La playa en soledad. La arena caliente bajo mi espalda. El ronroneo de las olas. Las gotas que salpican. Las barcas abandonadas bajo una sabina hasta el próximo verano. Un libro entre las manos. Unas horas de paz. De calma. Unas horas en las que no hay preocupaciones. Cada ola las hace más pequeñas.


Mi crema de calabaza
Sí, la mía. Es la que más me gusta. Me cura su calor. Me cura su sabor. Me cura sostener la taza caliente entre las manos. Me cura la fuerza que hay que hacer para cortar la calabaza. Me cura pasarme dos horas en la cocina cuidando de ella para que quede perfecta. Me cura el ruido de la cucharada de yogur griego al caer sobre ella.


Calor turquesa
Pocas cosas me dan un calor más agradable que mi mantón turquesa. De lana de Formentera (calentita y que no pica), hecho por una ancianita. Me enamoré de él en pleno septiembre, en un divertido día de trabajo en la isla vecina. Coche alquilado, una de mis fotógrafas favoritas y acelerones para acabar el trabajo cuanto antes y poder recorrer carreteras y playas. Casi me muero del calor al probármelo, pero fue amor a primera vista. Casi siete años después sigue igual de perfecto. Y cada vez que me lo pongo recuerdo aquel divertido día. Calor instantáneo.


Velas
Sueño con una casa con chimenea. Me gusta el fuego. Las velas son un mero sustituto. Siempre, de noche, enciendo varias. Me siento cómoda con su calidez.


Estrenar stilettos
Duelen, sí. Pero la sensación de subirse a unos tacones fabulosos por primera vez, cura el alma. Y la autoestima.


Aroma de Tahití
La esencia de las flores de tiaré y coco resbalando por mi cuerpo. Cierro los ojos. Olor a paraíso. Suavidad de seda.


Un abrazo
¿Hacen falta explicaciones?

miércoles, 9 de enero de 2013

'La sonrisa de las mujeres', menu d'amour en Le temps des Cerises

Lo siento. Me ha gustado 'La sonrisa de las mujeres'. Es más, lo siento mucho porque me ha gustado mucho 'La sonrisa de las mujeres'. No es un gran libro, no es una gran historia, no son unos grandes personajes, no es una gran literatura, pero tiene algo. Tiene ángel. Es como esa gente que no es guapa ni lista ni divertida ni especial y a pesar de todo eso te conquistan desde el primer segundo. Y he comenzado pidiendo perdón porque he leído varias reseñas que dejan verde a la novelita de Nicolas Barreau, así que antes de que alguien se anime a leerla, pido perdón por si luego no le gusta. O le decepciona. O no es lo que esperaba.  'La sonrisa de las mujeres' es una deliciosa historia de amor, llena de sentido del humor, ambientada en París y protagonizada por un escritor, un editor y la propietaria y cocinera de un coqueto restaurante. Con todos esos ingredientes (París, la cocina, los libros...) ¿alguien dudaba de que pudiera gustarme? Pues sí, yo misma. A punto estuve de no leerlo, de regalarlo. Menos mal que no lo hice, porque me ha ayudado a que las tres tardes de la horror-Navidad que tardé en devorarlo hicieran esos días más agradables. 'La sonrisa de las mujeres' es la historia de amor entre Aurélie Bredin, propietaria del restaurante Le temps des Cerises (sí, como la popular canción francesa, la tenéis abajo, cantada por Yves Montand), vaga con el corazón roto por París cuando descubre en una librería 'La sonrisas de las mujeres'. Su sorpresa es aún mayor cuando empieza a leerlo y descubre que la protagonista es ella (su mismo aspecto, su mismo vestido, su mismo restaurante...). Al acabar las páginas del libro está enamorada por completo de Robert Miller, el escritor, un apuesto inglés que vive en un cottage con su perro y que es coleccionista de coches antiguos. Desde ese momento sólo tiene un objetivo: conocer a Miller, preguntarle por qué ella es la protagonista de su libro (está convencida de que la vio un día en el restaurante y se quedó prendado de ella), invitarlo a Le temps des Cerises, prepararle el infalible menu d'amour de su padre, seducirlo y ser feliz con él el resto de sus días. Para llevar a cabo su plan necesita la ayuda de André, el editor en Francia de Robert Miller, a quien la petición de Aurélie pone en serios problemas, personales y profesionales. Como en cualquier comedia romántica que se precie, no todo es fácil, nada es lo que parece, en algún momento el amor está a punto de acabar en una alcantarilla rumbo al Sena pero, por suerte, al final todo acaba como debe acabar. Ese final feliz que siempre (siento ser tan convencional) espero en este tipo de novelas. Si hubiera que ponerle un pero sería que, a veces, al empezar los capítulos no se sabe del todo cierto si quien habla es Aurélie o André. Pero no es nada que no se descubra en la tercera o cuarta línea así que se lo perdono. A una novela que te hace sonreír pensando que quizás sea verdad que el amor existe, se le puede perdonar eso.

"Cuando aprendí a leer en el colegio y las distintas letras se unieron para formar un conjunto con sentido, me planté delante de ella con mi uniforme azul oscuro y descifré las palabras que había escritas: 'Sólo un tipo de libros ha contribuido a aumentar la felicidad en nuestro mundo: los libros de cocina.'
La frase es de Joseph Conrad, y debo reconocer que durante mucho tiempo pensé que ese hombre tenía que ser un famoso cocinero alemán. Por eso fue mayor mi sorpresa cuando más tarde encontré por casualidad su novela 'El corazón de las tinieblas', que compré con cariño pero que nunca leí.
En cualquier caso, el título sonaba tan melancólico como mi estado de ánimo aquel día. A lo mejor era el momento oportuno de coger el libro, pensé con amargura. Pero yo no leo cuando estoy triste; yo planto flores."

Autor: Nicolas Barreau
Editorial: Círculo de Lectores
Páginas: 240
Precio: 17,95

lunes, 7 de enero de 2013

Mejores y peores lecturas de 2012

Este año no me puedo quejar. Me ha costado mucho encontrar lecturas que de verdad me decepcionaran a la hora de hacer el balance entre las 63 que han caído este año. Y me ha costado casi tanto, o más, escoger sólo algunas de las que de verdad me han llenado, divertido, emocionado... Supongo que depende del momento. Supongo que, cualquier otro día a cualquier otra hora o quizás sólo unos minutos antes o después la selección hubiera sido muy diferente.


LOS PEORES DE 2012
(Empiezo con ellos para acabar con buen sabor de boca)
-'Palmeras en la nieve', de Luz Gabás: Sé que a muchos de los que la han leído les ha fascinado esta novela ambientada en Fernando Poo cuando aún era colonia española. Sinceramente, no me desagradó del todo. Es más, la historia que sucede allí, la de hace décadas, me gustó muchísimo. Pero me decepcionó muchísimo también la historia de la actualidad. Una descompensación que me arruinó la lectura.
-'La reina oculta', de Jordi Molist (o Jorge Molist, que firma diferente según el idioma): Una historia de caballeros, princesas y aventuras que me atrapó durante sus primeras páginas, pero que me costó un mundo acabar. Además, el final no me convenció y leí las últimas páginas muy enfadada.
-'La delicadeza', de David Foenkinos: Otra lectura que a la mayoría ha apasionado y que a mí me decepcionó. No por la historia, que me pareció maravillosa, sino por su protagonista, Nathalie, con la que no conecté en ningún momento. Y, para mí, empatizar con los protagonistas es básico.
-'Isla de Pascua', de Jennifer Vanderbes: Tiene todos los ingredientes para ser una gran novela: un escenario exótico (la isla de Pascua), dos protagonistas interesantes (una investigadora actual y una aventurera de hace más de un siglo) y un misterio (el rongorongo, la escritura de los antiguos habitantes de la isla). Y, sin embargo, da la sensación de que la autora llena páginas y páginas de cosas intrascendentes mientras deja a un lado las importantes. In-fu-ma-ble.
-'Loca Novelife', de Elvira Rebollo: Un regalo de la editorial Baile del Sol que comencé con muchísimas ganas en vista de las reseñas que había leído y que acabé porque acabo siempre todo lo que empiezo. Me perdí al principio y no entendí a su protagonista.
-'Lo que sé de los hombrecillos', de Juan José Millás: No descubrí nada que no supiera, que adoro a Millás como articulista, pero que no le acabo de soportar como novelista. El libro es un ejercicio gracioso pero se me hizo largo y no lo acabé de entender. Prescindible.


LOS MEJORES DE 2012
(Me da que son demasiados)
-'Memorias de África', de Isak Dinesen: África ha marcado este año. Ese continente cada vez me llama más y los recuerdos de la baronesa Karen Blixen en su adorada Kenia me hicieron soñar con ese continente. Si tuviera que quedarme sólo con un libro de este año, sería éste. Sin duda.
-'El antropólogo inocente', de Nigel Barley: Si no hubiera sido por M. y Sorokin no hubiera llegado a este libro, también ambientado en África y también una historia real, la de este antropólogo que convivió un año con una de las tribus más desconocidas de África, los dowayos.
-'Cuentos de Eva Luna', de Isabel Allende: Con él quise ser parte de todas y cada una de las 23 mujeres que pueblan estos relatos, escritos con una delicadeza exquisita.
-'Ébano', de Ryszard Kapuscinski: Poco más puedo decir de lo que dije en su momento. Ryszard Kapuscinski es dios. Escribe como dios. Miraba el mundo como dios. Leído. Releído. Vuelto a leer. Sé que no será la última.
-'Seis sospechosos', de Vikas Swarup: Desde que vi a mi madre enganchada a este libro durante un viaje a la India supe que quería leerlo. Fabuloso. Un asesinato y seis sospechosos que sirven de excusa para que el escritor de la conocida '¿Quién quiere ser millonario?' muestre seis indias muy diferentes. Desde la de los millonarios a la de los intocables.
-'Que empiece la fiesta', de Niccolò Ammaniti: Sin duda, este escritor es el descubrimiento de este año. Le conocí con esta divertida y alocada visión de la sociedad italiana, pero descubrí después que Ammaniti es mucho más que un escritor divertido.
-'Algún día este dolor te será útil', de Peter Cameron: Hacerse adulto duele. Y eso es lo que nos enseña Peter Cameron a través de los ojos de James. Una novela que es inevitable comparar con 'El guardián entre el centeno', pero que vale la pena por ella sola.
-'Una forma de resistencia', de Luis García Montero: Es, sin duda, el libro más bonito que he leído este año. Lleno de palabras preciosas.
-'Yo confieso', de Jauma Cabré: Una muestra de que, cuando las cosas se hacen bien, da igual que todo parezca complicado, que haya muchísimas páginas, que las historias se mezclen, que te hagan saltar de una década a otra o de otro siglo a otro, que algún personaje no te guste... Todo eso, en este libro, la igual. Una obra maestra.
-'Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea', Annabel Pitcher: Me gustan las historias que cuentan los niños, siempre que estén bien contadas. Y ésta lo está. Es una historia tierna y dura al mismo tiempo. Emocionante. Lloré durante dos días después de haberlo leído. No podía parar.
-'La hija de Robert Poste', de Stella Gibbons: Imposible no reírse con las ocurrencias de Flora Poste, una señorita de ciudad, en Cold Comfort Farm, ese lugar de paletos al que llega cuando se queda huérfana y sin posibles. Una encantadora revolución.
-'Alehop', de José Antonio Fortuny: Uno de los libros del año. Una sátira de la sociedad actual, de la manera de actuar de los políticos y de cómo el pueblo acaba siendo una manada de borregos. Surrealista y necesaria. Empiezas riendo y acabas con la sonrisa congelada.
-'Bichos y demás parientes', Gerald Durrell: El naturalista británico es siempre garantía de risas. La segunda entrega de su divertidísima Trilogía de Corfú no es para menos. Cada vez que leo un libro suyo sigo pensando lo mismo: ¡Cómo me hubiera gustado vivir en esa alocada familia!
-'Tú y yo', Niccolò Ammaniti: Otra perla de Ammaniti. El libro que más me ha emocionado este año, por lo cerca que me queda la historia. No hay que dejarse engañar por el título, no es una historia de amor. Es muchísimo más. Aún sigo teniendo la sensación de estar en ese sótano.
-'El abuelo que saltó por la ventana y se largó', de Jonas Jonasson: Otro libro divertido (han sido varios este año) y un poco surrealista que me encantó. Por sus personajes secundarios, por la aventura del protagonista y por las historias de la historia del siglo XX.


sábado, 5 de enero de 2013

1 de enero con sabor a sal


Doce y cuarto del mediodía del 1 de enero. Hace sol. Menos que los últimos días, pero sol. La arena está mojada aún. Y fría. El agua, helada. Los pies, hasta hace nada en las botas, se me quedan congelados mientras las olas vienen y van. Hace días que digo que quiero bañarme en el mar para empezar el año. Lo necesito. Necesito meterme en el agua, zambullirme, y nacer de nuevo en este 2013. A mis espaldas, los pantalones, las botas forradas de borreguito, la chaqueta. Unos latinos, que parecen continuar la fiesta, gritan. Sólo entiendo algunas palabras sueltas: "darling", "beach"... Por un momento dudo. No sé si me atreveré. El agua está realmente fría. Pero sí. Sin pensarlo entro decidida en el mar. Pasos cortos pero imparables. Hasta que el agua me llega a la cadera. Y entonces estiro los brazos y me zambullo de cabeza. Buceo unos segundos. El frío intensifica el olor a sal. Abro los ojos. Veo algunas hojas muertas de posidonia y el azul infinito veteado hoy del marrón de la arena que el oleaje hace bailar. No siento frío. Ya no. El agua no parece estar tan fría. Salgo de nuevo a la superficie. Me pican un poco los ojos. Eso me gusta. Siempre me ha gustado. Odio las gafas de bucear, aunque abra los ojos bajo el mar. El aire sí está frío. Se me eriza la piel al contacto del viento con el agua. Vuelvo a zambullirme. Bajo el mar se está tan bien. Tan calentita. Ingrávida. En silencio. Salir es una tortura. Vuelve el frío. Tirito. Siento el agua chorreando por mi espalda desde mi melena enredada por las olas, el bikini lleno de arena, la sal pegada a mi piel. La toalla, enorme, no consigue acabar con el frío. Algunos paseantes, envueltos en bufandas y abrigos miran con curiosidad. Me visto, pensando ya en la larguísima ducha caliente que me espera en menos de cien metros y dos tramos de escaleras. Tirito, pero es agradable, me siento nueva.

jueves, 3 de enero de 2013

'India mon amour', Dominique Lapierre, un Rolls viejo y la solidaridad

"Fue en la campiña de Bengala.
Una niña caminaba cansinamente sobre el estrecho dique que separaba dos arrozales. Llevaba una bolsa llena de libros y cuadernos. Volvía de la escuela y seguramente no había comido nada desde el amanecer. Me dirigió una bonita sonrisa y me saludó con la mano.
Hurgué en mis bolsillos con la esperanza de encontrar algo que poderle dar. Sólo encontré una galleta y se la di. Me lo agradeció como si le hubiera puesto la Luna en la mano, y luego retomó su camino.
La seguí con la mirada.
Unos minutos más tarde sus pasos se cruzaron con los de un perro esquelético. vi que la niña partía en dos la galleta y le daba la mitad al animal.
La India me acababa de dar la lección más bella de todas acerca de lo que significa compartir."

Así empieza 'India mon amour', de Dominique Lapierre, que no ha sido lo que me esperaba, pero me alegro de haberlo leído. Empieza bien, empieza genial, empieza divertido, sentido, emocionante... Empieza con la historia del propio Lapierre, un escritor de éxito que quiere ir a la India, que quiere recorrer ese país con su amigo Larry Collins (también escritor) con un Rolls Royce nuevo del que se ha enamorado. Un coche fiable para las difíciles carreteras indias. Empieza con las aventuras de ambos a bordo de su Rolls viejo de segunda mano por las carreteras de un país del que se enamora desde el primer instante y al que dedicará novelas, tiempo y muchísimo dinero para ayudar a algunos de sus más desfavorecidos habitantes. Empieza contando historias de la India: que los elefantes son marajás difuntos, que un marajá murió de agotamiento por satisfacer sexualmente a sus 365 mujeres, que en el Bengal Club prohibían la entrada a los perros y a los indios, el ruido que hacen los cráneos de los difuntos al estallar en las piras funerarias en Benarés o la espectacular ceremonia para honrar a la gigantesca estatua de Bahubali a la que bañan en leche de coco, azafrán, arroz, jugo de caña y sándalo entre otras cosas. Especialmente emocionante es el recuerdo de su encuentro con Gaston Grandjean, un enfermero que trabaja en uno de los barrios más pobres de Calcuta (esos en los que los desechos humanos recorren las calles, apenas hay una fuente de agua, los niños no tienen zapatos y la salud es un lujo), y con Hasan Pal, un conductor de ricksaw, personajes, ambos, que inspirarían su novela más famosa, 'La ciudad de la alegría'. Lapierre explica cómo Grandjean lo mira con desprecio en un primer momento, pensando que únicamente es otro millonario que no quiere irse de la India sin ver la miseria que se esconde a los pies de los hoteles de cinco estrellas, y cómo esa mirada cambia con el tiempo, cuando el escritor se muestra decidido a ayudar de verdad, cuando entra en las casas de los más pobres, cuando su mujer abraza sin miedo a los leprosos que han perdido sus dedos y sus caras. Y hasta aquí. Hasta aquí el libro es una especie de fabuloso cuaderno de viaje que permite conocer las condiciones en las que viven millones de indios, condiciones en las que nos parece mentira que se pueda vivir. A partir de aquí, las últimas páginas de 'India mon amour' son una especie de loa de la labor que el propio Lapierre ha desarrollado en la India. Una labor importantísima, eso no lo discuto, pero queda feo vanagloriarse uno mismo de ella. Sobre todo cuando se explica lo que los niños, los políticos y los colaboradores han destacado de la labor de Lapierre. Entiendo que lo haga, porque su proyecto allí, Action pour les enfants des lépreux de Calcutta, necesita toda la ayuda posible para seguir funcionando, pero queda feo. Quizás esa parte se podría haber incluido en un anexo, no como parte del propio libro. Pero es sólo mi opinión. 'India mon amour' me ha traído de nuevo a la cabeza los intensos momentos que viví en la India, un país que me fascinaba desde niña, que me enamoró siendo ya una mujer adulta y al que estoy deseando volver.

"Nuestra inmersión en el corazón del horror no ha hecho más que empezar. James nos lleva hacia otro barrio donde ha recogido a muchos de sus protegidos. El lugar se llama Pilkhana. Es una de las concentraciones humanas más densas del planeta. Aquí, setenta mil personas se hacinan en un espacio apenas más extenso que tres campos de fútbol. El entorno está tan contaminado que se nos inflaman los ojos y la garganta. Atravesamos un encabalgamiento de cuchitriles sin agua, sin electricidad, sin ventanas; callejas bordeadas de cloacas a cielo abierto; talleres propios de trabajos forzados, sin aire ni luz; una sucesión de establos pestilentes. Es un universo alucinante lleno de ratas, escolopendras, cucarachas... James nos revela que, aquí, la esperanza de vida no llega a los cuarenta años, y que nueve de cada diez habitantes no disponen siquiera de una rupia al día para sobrevivir, es decir, lo que hoy serían unos dies céntimos de euro. La mayor parte de esta gente son campesinos a los que un desastre climático -una sequía, un ciclón, una inundación, tan frecuentes en esta región del mundo- ha expulsado de sus tierras. No hay ninguna duda: este lugar es la antesala del infierno."

Título: 'India mon amour'
Autor: Dominique Lapierre
Editorial: Planeta
Páginas: 264
Precio: 17€


martes, 1 de enero de 2013

Con otros ojos...


Mirar otra vez. Mirar de nuevo. Volver a mirar. Mirar de otra manera. Con otros ojos. Ése es mi único propósito de año nuevo. Ni bajar más a correr, ni hacer dieta (en todo caso no abandonar la actual), ni apuntarme a ruso, ni ser más buena (o más mala, depende), ni dejar de fumar (no lo hago), ni beber menos (hace tres años que rebajé la dosis considerablemente), ni pasar más tiempo con mi familia (vivimos a dos calles y nos vemos todos los días)... No. En 2013 mi propósito de año nuevo es simplemente ése: aprender a mirar. A ver la vida con otros ojos. A hacer conmigo misma eso que ya intento hacer todos los días en el trabajo. No evitaré los espejos. Te creeré cuando me digas que me quieres. No me preocuparé por lo que no ha llegado. No me boicotearé. No lloraré por quien no vale la pena. Por suerte, como dice mi amiga Bea,  Papá Noel es muy listo y para que mirar con otros ojos sea más fácil me ha regalado unas preciosas gafas rojas. De momento, han conseguido que ría más. Río, o sonrío, cada vez que alguien, al verme, me canta la musiquilla que sonaba mientras las azafatas del 'Un, dos, tres' sumaban los puntos.

Símbolo también de este cambio, una canción. La descubrí ayer mismo, yendo en coche con mi hermana, y desde entonces no he dejado de cantarla. Divertida, llena de energía y muy pegadiza. Me pone de buen humor. Mi himno de 2013.

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