domingo, 30 de diciembre de 2012

¿Aprender a seducir?

En el diario tenemos una biblioteca. Una sala para entrevistas forrada de estanterías donde acaban los libros que envía la editorial Alba (del mismo grupo que el diario), los que nos envían personalmente otras editoriales y que no nos llevamos a casa y todos los estudios e informes cuando hemos acabado de pelearnos con ellos. El otro día, refugiada en la biblioteca para hablar por telefono cotilleaba sin mucho interés algunos de los libros y me topé con éste: 'Taller de seducción. Guía para mejorar ka autoestima, gustar a los demás y abrirte al amor', de Enric Castellví. La pregunta que me planteé es evidente: ¿Se puede aprender a seducir? Creía y sigo creyendo que no, que saber hacerlo es algo que tienes o no, que no puedes aprender y que, además, que es una cualidad que surge dependiendo de a quién tengas delante. Pues bien, el señor Castellví defiende que sí se puede aprender. He leído la mitad del libro (las partes de explicación, los ejercicios para practicar ni los he mirado) y, sinceramente, sigo pensando que no, que no se puede aprender a seducir, por mucho que diga el autor de este libro que sí. En 'Taller de seducción' se nos dice, por ejemplo, que a una cita hay que ir arreglado adecuadamente (a las chicas nos recomienda que sepamos bien dónde vamos para no acabar con deportivas en la discoteca o con stilettos en el bosque), oler bien y que tendremos más posibilidades de éxito si somos guapos, altos y delgados. Creo que eso es algo que todos sabemos. ¡Si hasta somos capaces de anular una cita porque nos ha salido una espinilla o nuestra esteticién está de baja y no hemos podido depilarnos! Sí que nos recuerda que hay otras cosas importantes en la seducción, como los gestos, las miradas, los tonos de la voz, los roces aparentemente casuales... Sinceramente, si en una cita tienes que estar pendiente de todo eso, es imposible que la disfrutes. Además, pondrás ojitos sin pensarlo si la otra persona te gusta, jugarás con un mechón de tu pelo (según Castellví esto les gusta a los hombres) inconscientemente si estás nerviosa y lo de tocar como sin querer, si la otra persona no te da pie, puede hacer que te dé una taquicardia sólo pensando en qué momento debes hacerlo. ¡Qué estrés! Vaya, que no he cambiado de idea, que creo que a seducir no se aprende (de la experiencia, puede, pero no leyendo un libro), que las artes de seducción surgen cuando las necesitas y que, además, no todos somos iguales, de manera que lo que a una persona le parezca irresistible será ridículo para otra. ¿Qué pensáis? ¿Se puede aprender a seducir? ¿Cuál es vuestra principal arma de seducción?

"Los hombres, en su gran mayoría, se dejan deslumbrar
por el adorno femenino, por la superficie.
Todo oro y joyas, muy poco de lo que observan es la propia mujer.
¿Y dónde, quizá preguntes, puede encontrarse el objeto
que desencadena tal pasión?
El ojo es engañado por el sabio disimulo del amor"
Ovidio

Título: 'Taller de seducción'
Autor: Enric Castellví
Ilustraciones: Oliveiro Dumas
Editorial: Alba
Páginas: 214
Precio: 14€


viernes, 28 de diciembre de 2012

Círculo de lectores, ¿seguir? ¿O no seguir?

Círculo de Lectores ha estado presente en mi vida desde siempre. De niña, en casa, estaba acostumbrada a que los libros llegaran así. Cuando empecé a leer ansiaba tener la revista entre las manos para ver qué libro escogía (mis padres me dejaban pedir uno, como máximo, por revista). De adolescente ese único libro me sabía a poco y le daba mil vueltas a las páginas hasta escoger sólo uno. Cuando vivía en Barcelona, durante la carrera, me hice socia de Círculo de Lectores (bueno, no sé si fui yo o mi novio, pero llegaba a casa) y entonces ese libro por revista se convirtió en dos. O tres. Dependiendo de lo que me gustara. Cuando me compré el piso una de las primeras cosas que hice fue volver a apuntarme a Círculo de Lectores. Creo que, al menos en esto, no se me puede acusar de falta de lealtad. Ni de fidelidad. Más de tres décadas llenando mi vida sus libros. Y ahora no sé si dejar Círculo de Lectores. Es una idea a la que le doy vueltas desde hace meses y que ya he comentado con María Luisa, mi agente, que es un amor y a la que he cogido muchísimo cariño. Es divertida, simpática, dinámica, llena de energía, me cuenta sus viajes (podéis leer sobre ello en 'Dos adictos a la adrenalina'), me ha abierto las puertas de su casa, conozco a su marido, Julián... Es una mujer fantástica que te alegra el día cuando la ves. Pero estoy un poco decepcionada con lo que, últimamente, ofrece la revista. Me gustaba Círculo de Lectores porque siempre encontrabas libros de los que no habías escuchado nada, que no pertenecían al catálogo de grandes editoriales, que te sorprendían. Ahora esos libros no tienen un hueco en la revista. Todo son o clásicos, muchos de los cuales ya tengo en casa, o novedades. Las mismas novedades que puedes encontrar en la mesa principal de cualquier librería. Incluso en las de aquí que, salvo alguna excepción, no están precisamente bien surtidas. Escribí un correo a Círculo de Lectores explicando qué me pasaba y la respuesta de su supuesto departamento de atención al cliente (supuesto porque se supone que deben tratarte bien, no a patadas, pero bueno, allá ellos) me dejó patidifusa. Me enviaron una respuesta tipo, de las que envían a todo el mundo, no una respuesta personal, ni siquiera firmada por alguien en concreto, en la que me persentaban la trilogía  '50 sombras' (de la que ya había leído el primer volumen), la biblioteca de la RAE (muchos de los cuales ya están en casa, como sabrían si hubieran revisado mis pedidos), y las obras completas de Vargas Llosa (las tengo todas en casa hace años). Una vergüenza, sinceramente, que me indignó aún más y tras la que sigo dándole vueltas a qué hacer. ¿Seguir? ¿O no seguir?

miércoles, 26 de diciembre de 2012

'En la bahía', gorritos de playa y ovejas lanudas

Virginia Woolf dijo de Katherine Mansfield que envidiaba su estilo. Creo que eso es ya un motivo más que suficiente para descubrir a la escritora neozelandesa. Aunque sea con 'En la bahía', un relato largo que publicó en 1922 en la revista London Mercury y que es una auténtica delicia. Una maravilla para leer de un tirón, en el sofá, entrecerrando los ojos y dejando que esas estampas de un verano de principios del siglo XX pasen por delante de nuestros ojos, con el color de las fotos de una lomo. 'En la bahía' explica un día de verano (qué bien suena esa palabra en estos momentos) en la bahía de Crescent, en la Nueva Zelanda natal de Mansfield. Es un recorrido por la gente y los paisajes de ese lugar que se presenta como idílico, uno de esos días de sol en los que todo sale bien (un poco como el vídeo 'London' de Lily Allen), en los que ni el vecino más molesto consigue que te enfades, las olas de la playa tienen la altura perfecta, las ovejas del pastor no se escapan, los maridos quieren volver a casa porque se les olvidó despedirse en condiciones de sus mujeres, las niñas no tiran la sopa al suelo, las criadas canturrean felices... En realidad, en 'En la bahía' no pasa nada. Todo empieza, o pasa por delante de nuestros ojos, o vemos cómo acaba. Pero no sabemos la historia entera. No sabemos si el pastor y su perro con el que despiertan el día y el relato tuvieron problemas para llevar a las ovejas hasta el monte con vistas al mar en el que pastan. No sabemos si Jonathan y Stanley, que compiten por ser los primeros en bañarse en la playa cada mañana (aunque lo parezca no es una tontería, pocas cosas hay comparables al placer de estrenar la arena y el mar al amanecer), tienen más rencillas que esas. No sabemos qué pasa para que Beryl, la señora Fairfield y las niñas estén deseando que el señor salga por la puerta. No sabemos desde cuándo los niños de los Joseph no juegan. Pero es igual. no importa. Porque lo que de verdad quieres es que Mansfield siga llevándote de la mano por esa bahía de Crescent para no dejar de sentir, aunque estés enrollada en una manta en la terraza para al menos escuchar el mar y oler la sal, que ya es verano. Un verano de los años 20. Un verano en color sepia. Un verano en el que las mujeres se bañan en el mar con gorritos de flores y bañadores con faldita. Un verano en el que los hombres aún visten traje y sombrero. Un verano con casetas en la playa. Un verano.

"Los Joseph nunca jugaban solos ni por su cuenta. Cuando lo hacían, los chicos siempre terminaban tirando agua por los escotes de las niñas o intentando meter cangrejos en los bolsillos de los otros muchachos. Por esta razón la señora J. S. y la pobrecilla señorita de compañía habían establecido lo que ésta denominaba un "brograma" matutino a fin de tenerles "entretenidos y evitar sus trevasuras". El programa consistía en competiciones o carreras y juegos en grupo. Y todo empezaba con un ensordecedor pitido del silbato de la señorita de compañía y terminaba con otro. Incluso había premios: grandes paquetes, envueltos en un papel un tanto sucio que la señorita de compañía extraía de una abultada bolsa de malla con una amarga sonrisita. Los Joseph peleaban espantosamente por conseguir los premios, hacían trampas y se pellizcaban los brazos: todos eran expertos pellizcadores. En la única ocasión en que las niñas Burnell habían jugado con ellos Kezia se llevó un premio, y cuando hubo desenvuelto tres papelotes se encontró con un corchete oxidado."

Título: 'En la bahía'
Autora: Katherine Mansfield
Editorial: Alba
Colección: Alba brevis
Páginas: 96
Precio: 11€

lunes, 24 de diciembre de 2012

Navidad, ¿dulce? Navidad


Los que me conocen saben que estas no son mis fechas favoritas. No me gusta la Navidad. Si pudiera, la borraría del calendario. Y este año aún más. Alguien a quien quería ya no está. Alguien a quien quiero ya no disimula lo que sufre por alguien que no está. Alguien a quien adoro está en el hospital. Alguien que pensaba que era importante, una ilusión, tampoco da señales de vida. Además, me había costumbrado a otras navidades diferentes. El año pasado huí a China. Hace dos años a la India. Dos navidades diferentes, maravillosas, descubriendo el mundo, conociendo otras culturas, abriendo tanto los ojos para no perderme nada que casi se me desencajan... Repetiría otra vez la Nochebuena en la calle, en el mercadillo de Donghuamen, o la magnífica Nochevieja con paseo en tuc-tuc en casa de los Aidasani. Este año lo hubiera hecho a Kenia y Tanzania, a Tahití, a Nueva Zelanda, a Camboya y Birmania... Da igual. A cualquier sitio en el que pudiera olvidarme de que es Navidad y no tuviera que fingir que estoy feliz, aunque fingirlo no es un mal plan cuando no lo eres. Hasta he colocado una corona, muy especial, eso sí, en la puerta de casa para ver si el espíritu navideño me llega, aunque sea por osmosis.

A pesar de todo... ¡FELIZ NAVIDAD!

sábado, 22 de diciembre de 2012

'Pobre gente', amor y miseria en San Petersburgo

Hay una teoría que asegura que no escogemos los libros que leemos, sino que son ellos los que deciden cuándo lo hacemos. Creo en ella. Y me temo que mi biblioteca me conoce demasiado bien. Sólo así me explico que precisamente en este momento, al plantarme frente a ella, me dijera que era el momento de leer 'Pobre gente', la primera novela publicada de Fiódor Dostoievski. 'Pobre gente' es, salvo un par de textos, una novela epistolar. Son las cartas que se intercambian Makar Dévushkin (un administrativo que copia documentos y que vive en una barata habitación de una pensión) y Varvara Alekséievna (huérfana sin posición ni dinero que intenta ganarse la vida con algunos trabajos de costura). Makar y Varvara son parientes lejanos. Makar y Varvara se ven casi todos los días, a través de las ventanas. A veces Makar la visita. A veces Makar la invita al teatro. Pero no sabemos nada de esos encuentros. Dostoievski no nos lo cuenta, nos priva de ellos, su obra se limita a las cartas. En ellas, poco a poco, se ve el cariño que se tienen, un cariño que, carta tras carta, se ve que es algo más. Makar está profundamente enamorado de la joven Varvara (su Várenka, su mátochka, como él la llama cariñosamente), a la que compra regalos con el escaso dinero que tiene. Los sentimientos de Varvara por Makar son también intensos, aunque más velados. Varvara es consciente de la vida que le esperaría junto a un administrativo que esquiva los charcos porque las suelas de sus botas están rotas, cuya ropa transparenta de lo vieja y ajada que está y que sólo puede permitirse la habitación más barata, la que está pegada a la cocina. Varvara es muy consciente de los problemas que pueden rodear a una joven bella y sin recursos, debe enfrentarse a ellos, a que una pariente intente convertirla en una especie de prostituta encubierta. Y a Varvara no le gustan ninguna de esas dos opciones. Por mucho que quiera al pobre Makar. Por muchos lujos que pueda llegar a alcanzar. Del amor disimulado, las cartas pasan al ansia del enamoramiento, a la preocupación por la realidad, a la ansiedad por la pérdida. Un recorrido por las emociones de los protagonistas que no se queda ahí, sino que muestra la miseria del pueblo ruso de finales del siglo XIX. En las cartas abundan los sentimientos, pero en ocasiones estos son una mera excusa para explicar la falta de comida, el frío, la imposibilidad de tener unas botas o un abrigo en condiciones, los amigos que piden dinero porque no pueden mantener a su familia, las peleas en las pensiones para calentar el agua del samovar, la crueldad de la administración rusa, los desalmados que se aprovechan de los que apenas pueden sobrevivir, la vergüenza de un invitado al tomarse en té sin azúcar para no dejar sin a su anfitrión... 'Pobre gente' es descorazonadora. Con un final abrupto, sin una concesión a la esperanza, frío como el clima de San Petersburgo en invierno.

"Me pareció que mi amistad, mi simpatía, no significaban nada para él: él era un sabio, mientras que yo era una estúpida que no sabía nada de nada, que nunca había leído un solo libro... Observé con envidia aquellos largos estantes repletos de libros. Me sentí apesadumbrada, triste, furiosa. Me entraron ganas de leer todos aquellos libros, del primero al último, y decidí que tenía que empezar a leerlos cuanto antes. No sé, es posible que pensara que, si aprendía todo lo que él sabía, sería más digna de su amistad."

Título: 'Pobre gente'
Autor: Fiódor M. Dostoievski
Editorial: Alba
Páginas: 224
Precio: 18€

jueves, 20 de diciembre de 2012

Ariadna, el sueño y su héroe cobarde

'Ariadna', John William Waterhouse

Mirad a Ariadna. Duerme tranquila. Satisfecha. Plena. Un pecho al aire. Los brazos acariciando su propia melena. La tela envolviendo su cuerpo. Las fieras a sus pies. El olor de las flores mezclado con la sal llenando sus sueños de aromas de libertad. Y amor. Y pasión.  Ariadna duerme. Sueña con su héroe, Teseo, el que hace nada dormía junto a ella. Sobre el cálido aliento de las fieras y el suave pecho de Ariadna. Ella es feliz en ese sueño. Eternamente feliz. Siempre con el hombre que manchó sus manos con la sangre del Minotauro. Esa imagen de Ariadna durmiendo feliz me persigue desde la adolescencia. Desde que un verano Robert Graves me atrapó con sus mitos (por cierto, Robert, hace unas semanas que miro tu cuerpo de grana y oro con ojos golosones). Ni dioses ni monstruos mitológicos pudieron con la estampa de esa joven llena de amor y deseo durmiendo  en la costa de Naxos. Estos días ha vuelto con fuerza. 'El fil del mite' (una obra de teatro para escolares) me la trajo de vuelta. Hace dos semanas que deseo que Ariadna no despierte. Que se quede así, durmiendo sobre las fieras, acariciándose el pelo, sintiendo la brisa en su pezón. Que no se levante. Que no abra los ojos. Que no vea que está sola, abandonada en una isla desierta, en un paraíso que ya no lo es. Que no descubra que él, Teseo, su héroe, el hombre por el que se enfrentó a su padre, el ateniense que la deslumbró al bajar decidido hacia la muerte, el enemigo al que reveló el secreto para salir del laberinto, el chico que encendió su amor y su deseo, el héroe que la abrazó aún sudado y lleno de sangre fresca, es un cobarde. Un pusilánime que ahora, mientras ella sigue aún durmiendo feliz, se aleja a toda vela de la costa de Naxos, dejándola a merced del hambre, la sed, el frío, la lluvia, el sol y, lo que es aún peor, a merced del que está a punto de ser un corazón destrozado. Duerme, Ariadna.

martes, 18 de diciembre de 2012

Zapatos de rubíes buscan camino de baldosas amarillas

Los vi hace años. Me enamoré de ellos hace años. Desde entonces no he dejado de verlos. De visitarlos. De acercarme a ellos cada vez que pasaba cerca de la tienda. Sabía que eran mis zapatos. Mis zapatos para Oz. Mis zapatos de Dorothy. Lo sabía desde que los vi aquella primera vez. Desde que me los probé aquella tarde sabiendo, con todo el dolor de mi corazón, que no me los podría llevar. Eran mis zapatos, sí, pero mi economía no pensaba lo mismo. Sabe Dios (y todos los que me conocen un poquito) que, si fuera millonaria, sólo me permitiría un capricho excéntrico: gastaría parte de mis millones en comprarme los zapatos (supuestamente de rubíes) con los que Judy Garland recorrió el camino de baldosas amarillas. Desde que los vi en aquel escaparate supe que los quería. Pero no era el momento. No podía pagar más de 200 euros por unos zapatos. Por muy bonitos que me parecieran. Por muy Beverly Feldman que fueran. Por muy de piel suave que estuvieran hechos. Por mucho que se ajustaran a mis pies como si los hubieran confeccionado sólo para ellos. Han estado conmigo todos y cada uno de los días de mi vida desde que los vi. Me he pasado varios años pasando por la tienda, alegrándome cada vez que comprobaba que seguía habiendo un 36 a la venta. Maldiciendo cada vez que llegaban las rebajas y seguían valiendo lo mismo. Hasta hace poco. Hace nada. Tras tres años viéndolos llamarme con sus guiños de cristal desde la estantería, son míos. No puedo dejar de mirarlos. No puedo dejar de probármelos. De pasar los dedos con cuidado por sus lentejuelas. De mirar con una sonrisa su suela de piel, ésa desde la que el hada dorada de los zapatos me grita: 'Dress up and go out!'. Eran para mí. Me han esperado tres años. Los he esperado tres años. Ya tengo zapatos. ¿Alguien sabe dónde está mi camino de baldosas amarillas?

viernes, 14 de diciembre de 2012

Un chute de ánimos llamado Premi Baladre

Hace tiempo que lo sé, pero me daba pudor compartirlo. Sólo se lo he contado a una persona de las que pasan por aquí, pero me apetece que lo sepáis. Hace mucho tiempo, cuando era sólo una niña con flequillo y falda de cuadros me entretenía inventando historias, las escribía en hojas de papel que luego leía y releía hasta casi desgastar aquellas palabras de lápiz. En la adolescencia seguí igual, pero mi cómplice ya no era un lápiz, sino una Olivetti electrónica que hacía un ruido de mil demonios cuando escribía de un tirón toda la línea. El primer año de carrera aún conseguí enlazar algunas frases. Pero ahí me paré. Sólo una vez, el último año, para la asignatura de 'Leyendas medievales' volví a sentarme frente a una máquina (ya era un ordenador) para dar vida a una historia. Ahí se quedó todo. No volví a escribir. Bueno, escribir, escribo todos los días en la redacción, pero no me refiero a eso. En estos diez años de profesión no me han faltado las ganas, pero sí las fuerzas. Si te pasas todo el día delante del ordenador, lo último que quieres hacer al llegar a casa es volver a sentarte en la misma postura para hacer lo mismo. Hasta hace un tiempo. No mucho, en realidad. He vuelto a recuperar la costumbre de escribir. Cuentos infantiles, de momento. Un par, no más. Uno de ellos, 'Bernat i la portella secreta', me acaba de dar una alegría. Bernat, mi Bernat, ese niño que acaba enrolado en las tropas de Guillem de Montgrí y que descubre cómo entrar en las murallas de Medina Yabisah el 8 de agosto de 1235, ha ganado el accésit del Premi Baladre, que convoca cada año en Institut d'Estudis Eivissencs. Lo de menos es el dinero (aunque los 500 euros no están nada mal), ni que lo publiquen o no (si ellos no lo hacen ya lo haré yo cuando pase este año), sino el chute de ánimos para seguir que supone.

martes, 11 de diciembre de 2012

'El amor', palabras que frenan, frases que atan

'El amor' es, seguramente, el libro que me ha dejado más descolocada de Marguerite Duras, con la que hace unos días viví un reencuentro gracias a 'Los caballitos de Tarquinia'. La historia, mientras la leía, no me decía nada. Y, dos días después de acabarla, en cambio, me devora por dentro. Formalmente es quizás uno de sus libros más bellos. Sus frases suenan bonitas. No por lo que dicen. Sí por el ritmo que encierran. Sincopado. Obligándote a parar. A detenerte. A frenar en cada uno de los muchísimos puntos y seguido que trufan sus páginas. Nunca arrancas del todo. Nunca puedes despegarte de las palabras. Cuando empiezas a hacerlo otro punto te ata de nuevo a los caracteres. Duras escribe con frases cortas. Muy cortas. Seis palabras. Cinco. A veces tres. No necesita más. La historia de 'El amor' no necesita más. No requiere largas frases. No exige la subordinación. No admite los puntos y coma. La escritura es reposada y a golpes, como la vida de los tres protagonistas de esta historia (una mujer encinta, un viajero y un hombre que camina), meros fantasmas que vagan por una isla, por una playa solitaria que les une, cruzándose, hablándose, contándose, entendiéndose. Sin, aparentemente, existir. Dentro de los límites de esa playa (a un lado el malecón, el río al otro) no hay más presencia que ellos tres, que dejaron atrás sus existencias. La mujer, en un baile. El viajero, junto a sus hijos y su mujer. En un nombre que no recuerda el hombre que camina. Aquello existió. Ahora no existe nada. Esa playa, ese hotel, son la nada que se los come cada día. La nada de la que parecen despertarles el fantasma del deseo, un sentimiento que pensaban haber dejado tan atrás como sus existencias. ¿Es deseo? ¿Es amor? ¿Es vida? ¿Es real? No lo saben. Ni siquiera se lo preguntan. Sólo quieren un mínimo hálito de vida en esa playa que nadie más pisa. Que nadie más ve. Que nadie más conoce.

"Una noche negra.
Ella pasa por delante del hotel.
El viajero está en el balcón, la ve pasar por el camino de tablas, su sombra se destaca sobre el mar.
Ella camina lentamente, sin detenerse, hacia el malecón. No se vuelve hacia el hotel. Va directa, en la noche.
El hijo, es el hijo, su nacimiento.
Esta noche, él, el otro, la sigue. Ella avanza, le ignora. Él continúa siguiéndola. Ella se lanza, animal, se abalanza.
Ella desaparece detrás de la masa negra del malecón, se pierde en la arena, en el viento ilimitado.
Él se pierde a su vez, desaparece a su vez.
Nada más. Sólo el espesor innumerable, adormecido.
Al día siguiente, día de sol.
El viajero camina alrededor de S. Thala bajo el sol.
Se aleja, no penetra en ella. Camina por una carretera flanqueada por casas cerradas: islas en el océano de piedra.
Busca en S. Thala, más allá."

Título: 'El amor'
Autor: Marguerite Duras
Editorial: Tusquets
Páginas: 112
Precio: 1,5€ (mercadillo solidario)

sábado, 8 de diciembre de 2012

'Aroma árabe', gastronomía y relatos

Me apasiona la cocina. Desde siempre. Desde niña. Es algo que saben los que me conocen bien y que podíais intuir aquí. Los días de lluvia disfruto despertándome pronto (como siempre, por otro lado), paseando por el mercado y encerrándome en la cocina durante horas, cocinando (descalza si es verano) con la única compañía de una copa de vino y buena música. Me gustan los libros de cocina. Me gusta mirarlos, leer con calma las recetas, pasar las páginas imaginando los platos. Como una novela. Me gustan los que no se limitan únicamente a ingredientes y pasos, los que son algo más. A esos los trato con un cariño especial, no ponen nunca una letra en la cocina, para que no se manchen. Todos ellos viven en la vitrina del salón, cerca de la puerta de la cocina y protegidos del polvo por el cristal. 'Aroma árabe', del palestino Salah Jamal, es uno de los libros de cocina a los que tengo más cariño y que más utilizo. Me fascina el mundo árabe y por eso este libro es especial. No es un recetario al uso. En cada capítulo hay una receta, es cierto, pero Jamal no desvela los secretos de la maqlouba (una especie de paella árabe), las warak inab (hojas de parra rellenas), la harira (sopa de Ramadán), la kafta (carne picada) o la fattush (ensalada de pan tostado) antes de explicar experiencias, relatos, curiosidades, consejos... Al final, lo de menos es la comida, que se presenta como mera excusa para explicar, por ejemplo, que la mujer de su tío daba de comer muttabal o baba ganoush (puré de berenjenas) para que sus hijas fueran hermosas, que el tabboule (ensalada de trigo) se preparaba en tiempos anteriores a los omeyas, que nunca un árabe servirá a un invitado mjadarah (arroz con lentejas) porque lo consideraría una ofensa, que la maqlouba tiene su origen en el plato con los restos que se daba a los pobres, que la harira es el plato con el que cada día durante el Ramadán los fieles rompen su ayuno o que el propio Jamal, de niño, cargaba, del horno del barrio a su casa, sobre su cabeza protegida con unos trapos la kafta.

He hecho casi todas las recetas de este libro, que volví a coger hace sólo unos días para preparar un sencillo plato que me encanta, el humus. No necesito el libro, esta receta le saldría bien hasta al más negado para la cocina (sólo hay que batir con la batidora medio kilo de garbanzos cocidos, dos dientes de ajo sin el germen, el zumo de un limón, medio vaso de tahína, una cucharadita de sal, un chorrito de aceite de oliva y un pellizco de comino), pero me gusta sacarlo de su estantería y releer algunas de sus historias.

"Desde los orígenes de este plato, a principios del siglo XX, y hasta los años setenta, el hommos ha sido considerado como un plato destinado únicamente al desayuno. Su aroma propio, junto al de las cebollas tiernas, el acompañamiento habitual del hommos, siempre me recuerda de forma inconfundible aquellos madrugadores recorridos que realizaba de pequeño desde mi casa a la escuela. Los escolares caminábamos por el centro de la larga y estrecha calle adoquinada de la Kasbah, que atraviesa toda la ciudad antigua de Nablús. A aquellas horas tempranas, a lo largo y a ambos lados de la travesía, los mercaderes se reunían -y aún siguen haciéndolo- en pequeños grupos alrededor de un plato de hommos y bajo la tutela y bendición de versículos del Corán salmodiados por el sheij Abdel Baset (el mejor), que emanaban de los transistores de las tiendas de comercio."

Título: 'Aroma árabe'
Autor: Salah Jamal
Editorial: Zendrera Zariquiey
Páginas: 215
Precio: 14,95€

miércoles, 5 de diciembre de 2012

"Leeré a Baudelaire por ti"



"Yo mataré monstruos por ti" es, además de un verso de 'Un día en el parque', de Love of Lesbian; el maravilloso cuento que creó Santi Balmes a raíz de esa canción, y el estupendo libro de relatos de Víctor Balcells Matas, toda una declaración de amor. Tierna, infantil, graciosa, dulce, valiente. Prefiero matar mis propios monstruos. Si no te ensucias las manos con su sangre no mueren nunca. Pero es bonito que alguien esté dispuesto a hacerlo por ti si un día te has dejado la espada en casa porque no te combina con los zapatos, no quieres interrumpir la maratón de 'Sexo en Nueva York', tienes agujetas o, simplemente, has salido de fiesta con las chicas dejándote al monstruo iracundo encerrado en casa. "Yo mataré monstruos por ti" es una de esas cosas que te gusta oír. Un 'me gustas' te ilusiona. Un 'me encantas' te estremece. Un 'te quiero' dicho por la persona apropiada te vuelve del revés. Es cierto. Pero un "yo mataré monstruos por ti" te alegra el día. Supongo. Nunca me lo ha dicho nadie. Pero sí, alguna vez, me han dicho cosas bonitas. Palabras que recuerdo a veces, en momentos de bajón, como un bálsamo para el ánimo. Una de esas cosas que me hicieron estremecerme, sonreír y pensar que la vida era bella fue un "he leído 'Las flores del mal' por ti". Palabras mayores para una amante de Baudelaire. Con un fin de semana sin puente ni días libres por delante necesito pensar en palabras bonitas. ¿Confesáis las vuestras?

lunes, 3 de diciembre de 2012

'Los caballitos de Tarquinia', siempre, siempre, siempre Marguerite Duras

Sin los libros de Marguerite Duras el mundo sería un poco peor. Sería un poco peor para los que tenemos la costumbre, suerte, desgracia, manía, tendencia, de enturbiar con sexo el amor y ensuciar con amor el sexo. Sólo ella nos entiende. Sólo ella crea personajes como nosotros. Sólo ella comprende que algunos necesitamos fundir una cosa con la otra, aunque cada una tiene su propio espacio, para sentirnos vivos, queridos, deseados. Todo al mismo tiempo. Aunque sea mentira. 'Los caballitos de Tarquinia' es un ejemplo más de esa manera de escribir de Duras en la que nada se cuenta y todo se insinúa. Hay quien no leerá más que la historia de dos parejas ("no hay nada que encierre tanto como el amor") que pasan unas aburridas vacaciones en un agobiante pueblito de costa y las conversaciones veladas de una de las mujeres con un recién llegado. ("era una buena moza, pero al verla los hombres no pensaban en el amor") Pero hay quien verá más allá. Que entenderá los silencios de Sara, ("el día que llegaste, soñé contigo") las miradas del hombre, las complicidades entre Diana y Jacques, las necesidades de la chica que cuida del niño, las discusiones de Ludi y Gina. Y verá, no en lo que se cuenta, si no en lo que no se cuenta, la auténtica historia. ("cómo te necesito") Una historia claustrofóbica, ("cómo te deseo") en la que el calor se engancha a la piel, en la que se oyen las olas del mar, en la que se saborean los camparis, ("me gusta la idea de haberme acostado contigo") se agradece la ligera brisa de la noche y se nota cómo las sandalias se pegan al asfalto a mediodía. Una novela en la que un hombre que no tiene nombre, el hombre, ("me gustaría poder subir a tu habitación y ya no pensar más en él") un marinero con una motora en la que todos quieren montar, que luce siempre una impoluta camisa blanca, que dice más con los ojos ("miró a Sara como un ladrón") que con las palabras, que se mueve despacio, es el causante de que esos sentimientos ahogados puedan salir a la superficie y boquear, como peces, un par de veces antes de volver al fondo ("tienes que querer venir").  'Los caballitos de Tarquinia' no es, en apariencia, más que eso, unos días de verano en la costa. ("cuando un sentimiento es tan desmesurado, es siempre equívoco") La diversión y aburrimiento de dos parejas y sus amigos durante las vacaciones. Las rutinas. Los problemas. 'Los caballitos de Tarquinia', entre líneas, es mucho más. Es la pasión negada, el deseo velado, el amor que, pese a todo, se resiste a irse, la sexualidad contenida, el cariño eterno.

"Sara se levantó tarde. Algo más de las diez. Y seguía haciendo el mismo calor, como siempre. Hacían falta unos segundos, todas las mañanas, para acordarse uno de que estaba pasando las vacaciones. Jacques dormía aún, y la chica de servicio también. Sara se dirigió a la cocina, bebió apresuradamente un tazón de café frío y salió al porche. El niño era siempre el primero en levantarse. Estaba sentado, completamente desnudo, en las gradas del porche, contemplando a la vez la circulación de las lagartijas por el jardín y de las barcas por el río.
-Me gustaría ir en una motora- dijo al ver a Sara.
Sara se lo prometió. El dueño de la motora a la que se refería el niño había llegado hacía sólo tres días y nadie aún le conocía bien. Pero le prometió a su hijo que le subiría a la barca."

Título: 'Los caballitos de Tarquinia'
Autora: Marguerite Duras
Editorial: Quinteto
Páginas: 232
Precio: 1,5€ (mercadillo solidario)

sábado, 1 de diciembre de 2012

1 de diciembre, Día Mundial de la Lucha contra el Sida, día de recuerdos

Foto: Marta Torres

Hoy es 1 de diciembre. Día Mundial de la Lucha contra el Sida. Una enfermedad que, por desgracia, conozco bien, aunque en casa, de niña, siempre se refirieran a ella como "neumonía". De neumonía enfermaba ella constantemente. De neumonía murió. Apenas había llegado a la adolescencia y me lo creí. No lo puse en duda. Lloré por su muerte de neumonía. Lo repetí como lo repitieron todos. Algunos con más convicción. Otros con la boca pequeña. Pero a principios de los 90 aún era difícil hablar de ello. Aún hoy lo es. Aún hoy las personas con VIH y los enfermos de sida (no es lo mismo estar infectado que desarrollar la enfermedad) siguen temiendo la reacción de la gente. Miedo a dar miedo. A perder besos, abrazos y caricias y ganar miradas de pena y de rechazo. Fueron los años, el conocimiento, las preguntas y los silencios los que me fueron llevando de la mano a la verdad. Mi tata, mi bellísima tata, la que me descubrió las pizzas, la que me llevó por primera vez a un mercadillo, la que me enseñó que la coca-cola con pajita no te pica en la garganta, la que a los tres años me regaló el biquini más fashion que he tenido nunca, la que desafina conmigo cantanto 'La abeja Maya' en una grabación que oigo cada vez menos por miedo a que se desintegre, la que me escucha contarle que estoy triste porque un niño en la guardería me ha quitado "la pala goja", mi guapísima y divertida tata, no murió de neumonía.
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