domingo, 30 de diciembre de 2012

¿Aprender a seducir?

En el diario tenemos una biblioteca. Una sala para entrevistas forrada de estanterías donde acaban los libros que envía la editorial Alba (del mismo grupo que el diario), los que nos envían personalmente otras editoriales y que no nos llevamos a casa y todos los estudios e informes cuando hemos acabado de pelearnos con ellos. El otro día, refugiada en la biblioteca para hablar por telefono cotilleaba sin mucho interés algunos de los libros y me topé con éste: 'Taller de seducción. Guía para mejorar ka autoestima, gustar a los demás y abrirte al amor', de Enric Castellví. La pregunta que me planteé es evidente: ¿Se puede aprender a seducir? Creía y sigo creyendo que no, que saber hacerlo es algo que tienes o no, que no puedes aprender y que, además, que es una cualidad que surge dependiendo de a quién tengas delante. Pues bien, el señor Castellví defiende que sí se puede aprender. He leído la mitad del libro (las partes de explicación, los ejercicios para practicar ni los he mirado) y, sinceramente, sigo pensando que no, que no se puede aprender a seducir, por mucho que diga el autor de este libro que sí. En 'Taller de seducción' se nos dice, por ejemplo, que a una cita hay que ir arreglado adecuadamente (a las chicas nos recomienda que sepamos bien dónde vamos para no acabar con deportivas en la discoteca o con stilettos en el bosque), oler bien y que tendremos más posibilidades de éxito si somos guapos, altos y delgados. Creo que eso es algo que todos sabemos. ¡Si hasta somos capaces de anular una cita porque nos ha salido una espinilla o nuestra esteticién está de baja y no hemos podido depilarnos! Sí que nos recuerda que hay otras cosas importantes en la seducción, como los gestos, las miradas, los tonos de la voz, los roces aparentemente casuales... Sinceramente, si en una cita tienes que estar pendiente de todo eso, es imposible que la disfrutes. Además, pondrás ojitos sin pensarlo si la otra persona te gusta, jugarás con un mechón de tu pelo (según Castellví esto les gusta a los hombres) inconscientemente si estás nerviosa y lo de tocar como sin querer, si la otra persona no te da pie, puede hacer que te dé una taquicardia sólo pensando en qué momento debes hacerlo. ¡Qué estrés! Vaya, que no he cambiado de idea, que creo que a seducir no se aprende (de la experiencia, puede, pero no leyendo un libro), que las artes de seducción surgen cuando las necesitas y que, además, no todos somos iguales, de manera que lo que a una persona le parezca irresistible será ridículo para otra. ¿Qué pensáis? ¿Se puede aprender a seducir? ¿Cuál es vuestra principal arma de seducción?

"Los hombres, en su gran mayoría, se dejan deslumbrar
por el adorno femenino, por la superficie.
Todo oro y joyas, muy poco de lo que observan es la propia mujer.
¿Y dónde, quizá preguntes, puede encontrarse el objeto
que desencadena tal pasión?
El ojo es engañado por el sabio disimulo del amor"
Ovidio

Título: 'Taller de seducción'
Autor: Enric Castellví
Ilustraciones: Oliveiro Dumas
Editorial: Alba
Páginas: 214
Precio: 14€


viernes, 28 de diciembre de 2012

Círculo de lectores, ¿seguir? ¿O no seguir?

Círculo de Lectores ha estado presente en mi vida desde siempre. De niña, en casa, estaba acostumbrada a que los libros llegaran así. Cuando empecé a leer ansiaba tener la revista entre las manos para ver qué libro escogía (mis padres me dejaban pedir uno, como máximo, por revista). De adolescente ese único libro me sabía a poco y le daba mil vueltas a las páginas hasta escoger sólo uno. Cuando vivía en Barcelona, durante la carrera, me hice socia de Círculo de Lectores (bueno, no sé si fui yo o mi novio, pero llegaba a casa) y entonces ese libro por revista se convirtió en dos. O tres. Dependiendo de lo que me gustara. Cuando me compré el piso una de las primeras cosas que hice fue volver a apuntarme a Círculo de Lectores. Creo que, al menos en esto, no se me puede acusar de falta de lealtad. Ni de fidelidad. Más de tres décadas llenando mi vida sus libros. Y ahora no sé si dejar Círculo de Lectores. Es una idea a la que le doy vueltas desde hace meses y que ya he comentado con María Luisa, mi agente, que es un amor y a la que he cogido muchísimo cariño. Es divertida, simpática, dinámica, llena de energía, me cuenta sus viajes (podéis leer sobre ello en 'Dos adictos a la adrenalina'), me ha abierto las puertas de su casa, conozco a su marido, Julián... Es una mujer fantástica que te alegra el día cuando la ves. Pero estoy un poco decepcionada con lo que, últimamente, ofrece la revista. Me gustaba Círculo de Lectores porque siempre encontrabas libros de los que no habías escuchado nada, que no pertenecían al catálogo de grandes editoriales, que te sorprendían. Ahora esos libros no tienen un hueco en la revista. Todo son o clásicos, muchos de los cuales ya tengo en casa, o novedades. Las mismas novedades que puedes encontrar en la mesa principal de cualquier librería. Incluso en las de aquí que, salvo alguna excepción, no están precisamente bien surtidas. Escribí un correo a Círculo de Lectores explicando qué me pasaba y la respuesta de su supuesto departamento de atención al cliente (supuesto porque se supone que deben tratarte bien, no a patadas, pero bueno, allá ellos) me dejó patidifusa. Me enviaron una respuesta tipo, de las que envían a todo el mundo, no una respuesta personal, ni siquiera firmada por alguien en concreto, en la que me persentaban la trilogía  '50 sombras' (de la que ya había leído el primer volumen), la biblioteca de la RAE (muchos de los cuales ya están en casa, como sabrían si hubieran revisado mis pedidos), y las obras completas de Vargas Llosa (las tengo todas en casa hace años). Una vergüenza, sinceramente, que me indignó aún más y tras la que sigo dándole vueltas a qué hacer. ¿Seguir? ¿O no seguir?

miércoles, 26 de diciembre de 2012

'En la bahía', gorritos de playa y ovejas lanudas

Virginia Woolf dijo de Katherine Mansfield que envidiaba su estilo. Creo que eso es ya un motivo más que suficiente para descubrir a la escritora neozelandesa. Aunque sea con 'En la bahía', un relato largo que publicó en 1922 en la revista London Mercury y que es una auténtica delicia. Una maravilla para leer de un tirón, en el sofá, entrecerrando los ojos y dejando que esas estampas de un verano de principios del siglo XX pasen por delante de nuestros ojos, con el color de las fotos de una lomo. 'En la bahía' explica un día de verano (qué bien suena esa palabra en estos momentos) en la bahía de Crescent, en la Nueva Zelanda natal de Mansfield. Es un recorrido por la gente y los paisajes de ese lugar que se presenta como idílico, uno de esos días de sol en los que todo sale bien (un poco como el vídeo 'London' de Lily Allen), en los que ni el vecino más molesto consigue que te enfades, las olas de la playa tienen la altura perfecta, las ovejas del pastor no se escapan, los maridos quieren volver a casa porque se les olvidó despedirse en condiciones de sus mujeres, las niñas no tiran la sopa al suelo, las criadas canturrean felices... En realidad, en 'En la bahía' no pasa nada. Todo empieza, o pasa por delante de nuestros ojos, o vemos cómo acaba. Pero no sabemos la historia entera. No sabemos si el pastor y su perro con el que despiertan el día y el relato tuvieron problemas para llevar a las ovejas hasta el monte con vistas al mar en el que pastan. No sabemos si Jonathan y Stanley, que compiten por ser los primeros en bañarse en la playa cada mañana (aunque lo parezca no es una tontería, pocas cosas hay comparables al placer de estrenar la arena y el mar al amanecer), tienen más rencillas que esas. No sabemos qué pasa para que Beryl, la señora Fairfield y las niñas estén deseando que el señor salga por la puerta. No sabemos desde cuándo los niños de los Joseph no juegan. Pero es igual. no importa. Porque lo que de verdad quieres es que Mansfield siga llevándote de la mano por esa bahía de Crescent para no dejar de sentir, aunque estés enrollada en una manta en la terraza para al menos escuchar el mar y oler la sal, que ya es verano. Un verano de los años 20. Un verano en color sepia. Un verano en el que las mujeres se bañan en el mar con gorritos de flores y bañadores con faldita. Un verano en el que los hombres aún visten traje y sombrero. Un verano con casetas en la playa. Un verano.

"Los Joseph nunca jugaban solos ni por su cuenta. Cuando lo hacían, los chicos siempre terminaban tirando agua por los escotes de las niñas o intentando meter cangrejos en los bolsillos de los otros muchachos. Por esta razón la señora J. S. y la pobrecilla señorita de compañía habían establecido lo que ésta denominaba un "brograma" matutino a fin de tenerles "entretenidos y evitar sus trevasuras". El programa consistía en competiciones o carreras y juegos en grupo. Y todo empezaba con un ensordecedor pitido del silbato de la señorita de compañía y terminaba con otro. Incluso había premios: grandes paquetes, envueltos en un papel un tanto sucio que la señorita de compañía extraía de una abultada bolsa de malla con una amarga sonrisita. Los Joseph peleaban espantosamente por conseguir los premios, hacían trampas y se pellizcaban los brazos: todos eran expertos pellizcadores. En la única ocasión en que las niñas Burnell habían jugado con ellos Kezia se llevó un premio, y cuando hubo desenvuelto tres papelotes se encontró con un corchete oxidado."

Título: 'En la bahía'
Autora: Katherine Mansfield
Editorial: Alba
Colección: Alba brevis
Páginas: 96
Precio: 11€

lunes, 24 de diciembre de 2012

Navidad, ¿dulce? Navidad


Los que me conocen saben que estas no son mis fechas favoritas. No me gusta la Navidad. Si pudiera, la borraría del calendario. Y este año aún más. Alguien a quien quería ya no está. Alguien a quien quiero ya no disimula lo que sufre por alguien que no está. Alguien a quien adoro está en el hospital. Alguien que pensaba que era importante, una ilusión, tampoco da señales de vida. Además, me había costumbrado a otras navidades diferentes. El año pasado huí a China. Hace dos años a la India. Dos navidades diferentes, maravillosas, descubriendo el mundo, conociendo otras culturas, abriendo tanto los ojos para no perderme nada que casi se me desencajan... Repetiría otra vez la Nochebuena en la calle, en el mercadillo de Donghuamen, o la magnífica Nochevieja con paseo en tuc-tuc en casa de los Aidasani. Este año lo hubiera hecho a Kenia y Tanzania, a Tahití, a Nueva Zelanda, a Camboya y Birmania... Da igual. A cualquier sitio en el que pudiera olvidarme de que es Navidad y no tuviera que fingir que estoy feliz, aunque fingirlo no es un mal plan cuando no lo eres. Hasta he colocado una corona, muy especial, eso sí, en la puerta de casa para ver si el espíritu navideño me llega, aunque sea por osmosis.

A pesar de todo... ¡FELIZ NAVIDAD!

sábado, 22 de diciembre de 2012

'Pobre gente', amor y miseria en San Petersburgo

Hay una teoría que asegura que no escogemos los libros que leemos, sino que son ellos los que deciden cuándo lo hacemos. Creo en ella. Y me temo que mi biblioteca me conoce demasiado bien. Sólo así me explico que precisamente en este momento, al plantarme frente a ella, me dijera que era el momento de leer 'Pobre gente', la primera novela publicada de Fiódor Dostoievski. 'Pobre gente' es, salvo un par de textos, una novela epistolar. Son las cartas que se intercambian Makar Dévushkin (un administrativo que copia documentos y que vive en una barata habitación de una pensión) y Varvara Alekséievna (huérfana sin posición ni dinero que intenta ganarse la vida con algunos trabajos de costura). Makar y Varvara son parientes lejanos. Makar y Varvara se ven casi todos los días, a través de las ventanas. A veces Makar la visita. A veces Makar la invita al teatro. Pero no sabemos nada de esos encuentros. Dostoievski no nos lo cuenta, nos priva de ellos, su obra se limita a las cartas. En ellas, poco a poco, se ve el cariño que se tienen, un cariño que, carta tras carta, se ve que es algo más. Makar está profundamente enamorado de la joven Varvara (su Várenka, su mátochka, como él la llama cariñosamente), a la que compra regalos con el escaso dinero que tiene. Los sentimientos de Varvara por Makar son también intensos, aunque más velados. Varvara es consciente de la vida que le esperaría junto a un administrativo que esquiva los charcos porque las suelas de sus botas están rotas, cuya ropa transparenta de lo vieja y ajada que está y que sólo puede permitirse la habitación más barata, la que está pegada a la cocina. Varvara es muy consciente de los problemas que pueden rodear a una joven bella y sin recursos, debe enfrentarse a ellos, a que una pariente intente convertirla en una especie de prostituta encubierta. Y a Varvara no le gustan ninguna de esas dos opciones. Por mucho que quiera al pobre Makar. Por muchos lujos que pueda llegar a alcanzar. Del amor disimulado, las cartas pasan al ansia del enamoramiento, a la preocupación por la realidad, a la ansiedad por la pérdida. Un recorrido por las emociones de los protagonistas que no se queda ahí, sino que muestra la miseria del pueblo ruso de finales del siglo XIX. En las cartas abundan los sentimientos, pero en ocasiones estos son una mera excusa para explicar la falta de comida, el frío, la imposibilidad de tener unas botas o un abrigo en condiciones, los amigos que piden dinero porque no pueden mantener a su familia, las peleas en las pensiones para calentar el agua del samovar, la crueldad de la administración rusa, los desalmados que se aprovechan de los que apenas pueden sobrevivir, la vergüenza de un invitado al tomarse en té sin azúcar para no dejar sin a su anfitrión... 'Pobre gente' es descorazonadora. Con un final abrupto, sin una concesión a la esperanza, frío como el clima de San Petersburgo en invierno.

"Me pareció que mi amistad, mi simpatía, no significaban nada para él: él era un sabio, mientras que yo era una estúpida que no sabía nada de nada, que nunca había leído un solo libro... Observé con envidia aquellos largos estantes repletos de libros. Me sentí apesadumbrada, triste, furiosa. Me entraron ganas de leer todos aquellos libros, del primero al último, y decidí que tenía que empezar a leerlos cuanto antes. No sé, es posible que pensara que, si aprendía todo lo que él sabía, sería más digna de su amistad."

Título: 'Pobre gente'
Autor: Fiódor M. Dostoievski
Editorial: Alba
Páginas: 224
Precio: 18€

jueves, 20 de diciembre de 2012

Ariadna, el sueño y su héroe cobarde

'Ariadna', John William Waterhouse

Mirad a Ariadna. Duerme tranquila. Satisfecha. Plena. Un pecho al aire. Los brazos acariciando su propia melena. La tela envolviendo su cuerpo. Las fieras a sus pies. El olor de las flores mezclado con la sal llenando sus sueños de aromas de libertad. Y amor. Y pasión.  Ariadna duerme. Sueña con su héroe, Teseo, el que hace nada dormía junto a ella. Sobre el cálido aliento de las fieras y el suave pecho de Ariadna. Ella es feliz en ese sueño. Eternamente feliz. Siempre con el hombre que manchó sus manos con la sangre del Minotauro. Esa imagen de Ariadna durmiendo feliz me persigue desde la adolescencia. Desde que un verano Robert Graves me atrapó con sus mitos (por cierto, Robert, hace unas semanas que miro tu cuerpo de grana y oro con ojos golosones). Ni dioses ni monstruos mitológicos pudieron con la estampa de esa joven llena de amor y deseo durmiendo  en la costa de Naxos. Estos días ha vuelto con fuerza. 'El fil del mite' (una obra de teatro para escolares) me la trajo de vuelta. Hace dos semanas que deseo que Ariadna no despierte. Que se quede así, durmiendo sobre las fieras, acariciándose el pelo, sintiendo la brisa en su pezón. Que no se levante. Que no abra los ojos. Que no vea que está sola, abandonada en una isla desierta, en un paraíso que ya no lo es. Que no descubra que él, Teseo, su héroe, el hombre por el que se enfrentó a su padre, el ateniense que la deslumbró al bajar decidido hacia la muerte, el enemigo al que reveló el secreto para salir del laberinto, el chico que encendió su amor y su deseo, el héroe que la abrazó aún sudado y lleno de sangre fresca, es un cobarde. Un pusilánime que ahora, mientras ella sigue aún durmiendo feliz, se aleja a toda vela de la costa de Naxos, dejándola a merced del hambre, la sed, el frío, la lluvia, el sol y, lo que es aún peor, a merced del que está a punto de ser un corazón destrozado. Duerme, Ariadna.

martes, 18 de diciembre de 2012

Zapatos de rubíes buscan camino de baldosas amarillas

Los vi hace años. Me enamoré de ellos hace años. Desde entonces no he dejado de verlos. De visitarlos. De acercarme a ellos cada vez que pasaba cerca de la tienda. Sabía que eran mis zapatos. Mis zapatos para Oz. Mis zapatos de Dorothy. Lo sabía desde que los vi aquella primera vez. Desde que me los probé aquella tarde sabiendo, con todo el dolor de mi corazón, que no me los podría llevar. Eran mis zapatos, sí, pero mi economía no pensaba lo mismo. Sabe Dios (y todos los que me conocen un poquito) que, si fuera millonaria, sólo me permitiría un capricho excéntrico: gastaría parte de mis millones en comprarme los zapatos (supuestamente de rubíes) con los que Judy Garland recorrió el camino de baldosas amarillas. Desde que los vi en aquel escaparate supe que los quería. Pero no era el momento. No podía pagar más de 200 euros por unos zapatos. Por muy bonitos que me parecieran. Por muy Beverly Feldman que fueran. Por muy de piel suave que estuvieran hechos. Por mucho que se ajustaran a mis pies como si los hubieran confeccionado sólo para ellos. Han estado conmigo todos y cada uno de los días de mi vida desde que los vi. Me he pasado varios años pasando por la tienda, alegrándome cada vez que comprobaba que seguía habiendo un 36 a la venta. Maldiciendo cada vez que llegaban las rebajas y seguían valiendo lo mismo. Hasta hace poco. Hace nada. Tras tres años viéndolos llamarme con sus guiños de cristal desde la estantería, son míos. No puedo dejar de mirarlos. No puedo dejar de probármelos. De pasar los dedos con cuidado por sus lentejuelas. De mirar con una sonrisa su suela de piel, ésa desde la que el hada dorada de los zapatos me grita: 'Dress up and go out!'. Eran para mí. Me han esperado tres años. Los he esperado tres años. Ya tengo zapatos. ¿Alguien sabe dónde está mi camino de baldosas amarillas?

viernes, 14 de diciembre de 2012

Un chute de ánimos llamado Premi Baladre

Hace tiempo que lo sé, pero me daba pudor compartirlo. Sólo se lo he contado a una persona de las que pasan por aquí, pero me apetece que lo sepáis. Hace mucho tiempo, cuando era sólo una niña con flequillo y falda de cuadros me entretenía inventando historias, las escribía en hojas de papel que luego leía y releía hasta casi desgastar aquellas palabras de lápiz. En la adolescencia seguí igual, pero mi cómplice ya no era un lápiz, sino una Olivetti electrónica que hacía un ruido de mil demonios cuando escribía de un tirón toda la línea. El primer año de carrera aún conseguí enlazar algunas frases. Pero ahí me paré. Sólo una vez, el último año, para la asignatura de 'Leyendas medievales' volví a sentarme frente a una máquina (ya era un ordenador) para dar vida a una historia. Ahí se quedó todo. No volví a escribir. Bueno, escribir, escribo todos los días en la redacción, pero no me refiero a eso. En estos diez años de profesión no me han faltado las ganas, pero sí las fuerzas. Si te pasas todo el día delante del ordenador, lo último que quieres hacer al llegar a casa es volver a sentarte en la misma postura para hacer lo mismo. Hasta hace un tiempo. No mucho, en realidad. He vuelto a recuperar la costumbre de escribir. Cuentos infantiles, de momento. Un par, no más. Uno de ellos, 'Bernat i la portella secreta', me acaba de dar una alegría. Bernat, mi Bernat, ese niño que acaba enrolado en las tropas de Guillem de Montgrí y que descubre cómo entrar en las murallas de Medina Yabisah el 8 de agosto de 1235, ha ganado el accésit del Premi Baladre, que convoca cada año en Institut d'Estudis Eivissencs. Lo de menos es el dinero (aunque los 500 euros no están nada mal), ni que lo publiquen o no (si ellos no lo hacen ya lo haré yo cuando pase este año), sino el chute de ánimos para seguir que supone.

martes, 11 de diciembre de 2012

'El amor', palabras que frenan, frases que atan

'El amor' es, seguramente, el libro que me ha dejado más descolocada de Marguerite Duras, con la que hace unos días viví un reencuentro gracias a 'Los caballitos de Tarquinia'. La historia, mientras la leía, no me decía nada. Y, dos días después de acabarla, en cambio, me devora por dentro. Formalmente es quizás uno de sus libros más bellos. Sus frases suenan bonitas. No por lo que dicen. Sí por el ritmo que encierran. Sincopado. Obligándote a parar. A detenerte. A frenar en cada uno de los muchísimos puntos y seguido que trufan sus páginas. Nunca arrancas del todo. Nunca puedes despegarte de las palabras. Cuando empiezas a hacerlo otro punto te ata de nuevo a los caracteres. Duras escribe con frases cortas. Muy cortas. Seis palabras. Cinco. A veces tres. No necesita más. La historia de 'El amor' no necesita más. No requiere largas frases. No exige la subordinación. No admite los puntos y coma. La escritura es reposada y a golpes, como la vida de los tres protagonistas de esta historia (una mujer encinta, un viajero y un hombre que camina), meros fantasmas que vagan por una isla, por una playa solitaria que les une, cruzándose, hablándose, contándose, entendiéndose. Sin, aparentemente, existir. Dentro de los límites de esa playa (a un lado el malecón, el río al otro) no hay más presencia que ellos tres, que dejaron atrás sus existencias. La mujer, en un baile. El viajero, junto a sus hijos y su mujer. En un nombre que no recuerda el hombre que camina. Aquello existió. Ahora no existe nada. Esa playa, ese hotel, son la nada que se los come cada día. La nada de la que parecen despertarles el fantasma del deseo, un sentimiento que pensaban haber dejado tan atrás como sus existencias. ¿Es deseo? ¿Es amor? ¿Es vida? ¿Es real? No lo saben. Ni siquiera se lo preguntan. Sólo quieren un mínimo hálito de vida en esa playa que nadie más pisa. Que nadie más ve. Que nadie más conoce.

"Una noche negra.
Ella pasa por delante del hotel.
El viajero está en el balcón, la ve pasar por el camino de tablas, su sombra se destaca sobre el mar.
Ella camina lentamente, sin detenerse, hacia el malecón. No se vuelve hacia el hotel. Va directa, en la noche.
El hijo, es el hijo, su nacimiento.
Esta noche, él, el otro, la sigue. Ella avanza, le ignora. Él continúa siguiéndola. Ella se lanza, animal, se abalanza.
Ella desaparece detrás de la masa negra del malecón, se pierde en la arena, en el viento ilimitado.
Él se pierde a su vez, desaparece a su vez.
Nada más. Sólo el espesor innumerable, adormecido.
Al día siguiente, día de sol.
El viajero camina alrededor de S. Thala bajo el sol.
Se aleja, no penetra en ella. Camina por una carretera flanqueada por casas cerradas: islas en el océano de piedra.
Busca en S. Thala, más allá."

Título: 'El amor'
Autor: Marguerite Duras
Editorial: Tusquets
Páginas: 112
Precio: 1,5€ (mercadillo solidario)

sábado, 8 de diciembre de 2012

'Aroma árabe', gastronomía y relatos

Me apasiona la cocina. Desde siempre. Desde niña. Es algo que saben los que me conocen bien y que podíais intuir aquí. Los días de lluvia disfruto despertándome pronto (como siempre, por otro lado), paseando por el mercado y encerrándome en la cocina durante horas, cocinando (descalza si es verano) con la única compañía de una copa de vino y buena música. Me gustan los libros de cocina. Me gusta mirarlos, leer con calma las recetas, pasar las páginas imaginando los platos. Como una novela. Me gustan los que no se limitan únicamente a ingredientes y pasos, los que son algo más. A esos los trato con un cariño especial, no ponen nunca una letra en la cocina, para que no se manchen. Todos ellos viven en la vitrina del salón, cerca de la puerta de la cocina y protegidos del polvo por el cristal. 'Aroma árabe', del palestino Salah Jamal, es uno de los libros de cocina a los que tengo más cariño y que más utilizo. Me fascina el mundo árabe y por eso este libro es especial. No es un recetario al uso. En cada capítulo hay una receta, es cierto, pero Jamal no desvela los secretos de la maqlouba (una especie de paella árabe), las warak inab (hojas de parra rellenas), la harira (sopa de Ramadán), la kafta (carne picada) o la fattush (ensalada de pan tostado) antes de explicar experiencias, relatos, curiosidades, consejos... Al final, lo de menos es la comida, que se presenta como mera excusa para explicar, por ejemplo, que la mujer de su tío daba de comer muttabal o baba ganoush (puré de berenjenas) para que sus hijas fueran hermosas, que el tabboule (ensalada de trigo) se preparaba en tiempos anteriores a los omeyas, que nunca un árabe servirá a un invitado mjadarah (arroz con lentejas) porque lo consideraría una ofensa, que la maqlouba tiene su origen en el plato con los restos que se daba a los pobres, que la harira es el plato con el que cada día durante el Ramadán los fieles rompen su ayuno o que el propio Jamal, de niño, cargaba, del horno del barrio a su casa, sobre su cabeza protegida con unos trapos la kafta.

He hecho casi todas las recetas de este libro, que volví a coger hace sólo unos días para preparar un sencillo plato que me encanta, el humus. No necesito el libro, esta receta le saldría bien hasta al más negado para la cocina (sólo hay que batir con la batidora medio kilo de garbanzos cocidos, dos dientes de ajo sin el germen, el zumo de un limón, medio vaso de tahína, una cucharadita de sal, un chorrito de aceite de oliva y un pellizco de comino), pero me gusta sacarlo de su estantería y releer algunas de sus historias.

"Desde los orígenes de este plato, a principios del siglo XX, y hasta los años setenta, el hommos ha sido considerado como un plato destinado únicamente al desayuno. Su aroma propio, junto al de las cebollas tiernas, el acompañamiento habitual del hommos, siempre me recuerda de forma inconfundible aquellos madrugadores recorridos que realizaba de pequeño desde mi casa a la escuela. Los escolares caminábamos por el centro de la larga y estrecha calle adoquinada de la Kasbah, que atraviesa toda la ciudad antigua de Nablús. A aquellas horas tempranas, a lo largo y a ambos lados de la travesía, los mercaderes se reunían -y aún siguen haciéndolo- en pequeños grupos alrededor de un plato de hommos y bajo la tutela y bendición de versículos del Corán salmodiados por el sheij Abdel Baset (el mejor), que emanaban de los transistores de las tiendas de comercio."

Título: 'Aroma árabe'
Autor: Salah Jamal
Editorial: Zendrera Zariquiey
Páginas: 215
Precio: 14,95€

miércoles, 5 de diciembre de 2012

"Leeré a Baudelaire por ti"



"Yo mataré monstruos por ti" es, además de un verso de 'Un día en el parque', de Love of Lesbian; el maravilloso cuento que creó Santi Balmes a raíz de esa canción, y el estupendo libro de relatos de Víctor Balcells Matas, toda una declaración de amor. Tierna, infantil, graciosa, dulce, valiente. Prefiero matar mis propios monstruos. Si no te ensucias las manos con su sangre no mueren nunca. Pero es bonito que alguien esté dispuesto a hacerlo por ti si un día te has dejado la espada en casa porque no te combina con los zapatos, no quieres interrumpir la maratón de 'Sexo en Nueva York', tienes agujetas o, simplemente, has salido de fiesta con las chicas dejándote al monstruo iracundo encerrado en casa. "Yo mataré monstruos por ti" es una de esas cosas que te gusta oír. Un 'me gustas' te ilusiona. Un 'me encantas' te estremece. Un 'te quiero' dicho por la persona apropiada te vuelve del revés. Es cierto. Pero un "yo mataré monstruos por ti" te alegra el día. Supongo. Nunca me lo ha dicho nadie. Pero sí, alguna vez, me han dicho cosas bonitas. Palabras que recuerdo a veces, en momentos de bajón, como un bálsamo para el ánimo. Una de esas cosas que me hicieron estremecerme, sonreír y pensar que la vida era bella fue un "he leído 'Las flores del mal' por ti". Palabras mayores para una amante de Baudelaire. Con un fin de semana sin puente ni días libres por delante necesito pensar en palabras bonitas. ¿Confesáis las vuestras?

lunes, 3 de diciembre de 2012

'Los caballitos de Tarquinia', siempre, siempre, siempre Marguerite Duras

Sin los libros de Marguerite Duras el mundo sería un poco peor. Sería un poco peor para los que tenemos la costumbre, suerte, desgracia, manía, tendencia, de enturbiar con sexo el amor y ensuciar con amor el sexo. Sólo ella nos entiende. Sólo ella crea personajes como nosotros. Sólo ella comprende que algunos necesitamos fundir una cosa con la otra, aunque cada una tiene su propio espacio, para sentirnos vivos, queridos, deseados. Todo al mismo tiempo. Aunque sea mentira. 'Los caballitos de Tarquinia' es un ejemplo más de esa manera de escribir de Duras en la que nada se cuenta y todo se insinúa. Hay quien no leerá más que la historia de dos parejas ("no hay nada que encierre tanto como el amor") que pasan unas aburridas vacaciones en un agobiante pueblito de costa y las conversaciones veladas de una de las mujeres con un recién llegado. ("era una buena moza, pero al verla los hombres no pensaban en el amor") Pero hay quien verá más allá. Que entenderá los silencios de Sara, ("el día que llegaste, soñé contigo") las miradas del hombre, las complicidades entre Diana y Jacques, las necesidades de la chica que cuida del niño, las discusiones de Ludi y Gina. Y verá, no en lo que se cuenta, sino en lo que no se cuenta, la auténtica historia. ("cómo te necesito") Una historia claustrofóbica, ("cómo te deseo") en la que el calor se engancha a la piel, en la que se oyen las olas del mar, en la que se saborean los camparis, ("me gusta la idea de haberme acostado contigo") se agradece la ligera brisa de la noche y se nota cómo las sandalias se pegan al asfalto a mediodía. Una novela en la que un hombre que no tiene nombre, el hombre, ("me gustaría poder subir a tu habitación y ya no pensar más en él") un marinero con una motora en la que todos quieren montar, que luce siempre una impoluta camisa blanca, que dice más con los ojos ("miró a Sara como un ladrón") que con las palabras, que se mueve despacio, es el causante de que esos sentimientos ahogados puedan salir a la superficie y boquear, como peces, un par de veces antes de volver al fondo ("tienes que querer venir").  'Los caballitos de Tarquinia' no es, en apariencia, más que eso, unos días de verano en la costa. ("cuando un sentimiento es tan desmesurado, es siempre equívoco") La diversión y aburrimiento de dos parejas y sus amigos durante las vacaciones. Las rutinas. Los problemas. 'Los caballitos de Tarquinia', entre líneas, es mucho más. Es la pasión negada, el deseo velado, el amor que, pese a todo, se resiste a irse, la sexualidad contenida, el cariño eterno.

"Sara se levantó tarde. Algo más de las diez. Y seguía haciendo el mismo calor, como siempre. Hacían falta unos segundos, todas las mañanas, para acordarse uno de que estaba pasando las vacaciones. Jacques dormía aún, y la chica de servicio también. Sara se dirigió a la cocina, bebió apresuradamente un tazón de café frío y salió al porche. El niño era siempre el primero en levantarse. Estaba sentado, completamente desnudo, en las gradas del porche, contemplando a la vez la circulación de las lagartijas por el jardín y de las barcas por el río.
-Me gustaría ir en una motora- dijo al ver a Sara.
Sara se lo prometió. El dueño de la motora a la que se refería el niño había llegado hacía sólo tres días y nadie aún le conocía bien. Pero le prometió a su hijo que le subiría a la barca."

Título: 'Los caballitos de Tarquinia'
Autora: Marguerite Duras
Editorial: Quinteto
Páginas: 232
Precio: 1,5€ (mercadillo solidario)

sábado, 1 de diciembre de 2012

1 de diciembre, Día Mundial de la Lucha contra el Sida, día de recuerdos

Foto: Marta Torres

Hoy es 1 de diciembre. Día Mundial de la Lucha contra el Sida. Una enfermedad que, por desgracia, conozco bien, aunque en casa, de niña, siempre se refirieran a ella como "neumonía". De neumonía enfermaba ella constantemente. De neumonía murió. Apenas había llegado a la adolescencia y me lo creí. No lo puse en duda. Lloré por su muerte de neumonía. Lo repetí como lo repitieron todos. Algunos con más convicción. Otros con la boca pequeña. Pero a principios de los 90 aún era difícil hablar de ello. Aún hoy lo es. Aún hoy las personas con VIH y los enfermos de sida (no es lo mismo estar infectado que desarrollar la enfermedad) siguen temiendo la reacción de la gente. Miedo a dar miedo. A perder besos, abrazos y caricias y ganar miradas de pena y de rechazo. Fueron los años, el conocimiento, las preguntas y los silencios los que me fueron llevando de la mano a la verdad. Mi tata, mi bellísima tata, la que me descubrió las pizzas, la que me llevó por primera vez a un mercadillo, la que me enseñó que la coca-cola con pajita no te pica en la garganta, la que a los tres años me regaló el biquini más fashion que he tenido nunca, la que desafina conmigo cantanto 'La abeja Maya' en una grabación que oigo cada vez menos por miedo a que se desintegre, la que me escucha contarle que estoy triste porque un niño en la guardería me ha quitado "la pala goja", mi guapísima y divertida tata, no murió de neumonía.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Isak Dinesen se va a la cantina

 Las aventuras de Karen Blixen, Isak Dinesen cuando escribía, en África se van de cantinas. A la cantina de Norah (envíame tu dirección de correo postal a oystergirl1305@hotmail.com), en realidad. Así lo ha decidido random.org en el último sorteo, de momento, de la campaña 'Adopta un libro', ya que gracias a una nueva estantería tengo algo más de sitio para mis libros. Ya he dicho varias veces aquí que 'Memorias de África' es uno de los libros que más me han gustado de los que he leído este año, así que espero que disfrute con los recuerdos de la aristócrata en Kenia, país en el que fue feliz y del que le dolió marcharse. Todo ese amor y ese dolor están plasmados en este libro. Espero que le guste.

Adopta un libro: participantes 'Memorias de África'

Siento el retraso, pero ando un tanto despistada últimamente. Ya sabéis que 'Memorias de África', de Isak Dinesen, ha sido uno de los libros que más me han gustado de los que he leído este año. Es también, de momento, el último de la campaña 'Adopta un libro'. Acabo de montar (a falta de un puñetero último tornillo rebelde) una estantería blanca en el dormitorio, sitio para unos cuantos libros, así que se han acabado temporalmente los problemas de espacios. Cuando vuelva a no saber dónde meter los libros, volverán las adopciones.

Os dejo la lista de participantes. Si no hay quejas, esta noche mismo os digo el ganador.


-2-5 Marilú de Cuentalibros
-6-12 Carmen, de Carmen y amigos
-20-23 Norah Benett, de En el rincón de una cantina
-24 Shorby , de Loca por incordiar
-25-31 Rober, de El desván de las palabras
-32-38 Lu, de Mi mundo con dos lunas
-39-42 Marisa G., de Books and company
-43-46 Margaramon, de Libros, exposiciones, excursiones
-47-50 Dona invisible, de Rere la pista s'Stefan Zweig
-51-54 Sese, de Embolica que fa blog
-55-58 Sandra Ballesteros, de Piano de azúcar
-59-65 Elysa, de Diseños by Elyely
-66-69 Tatty, de El universo de los libros
-70-73 Maria Oliver, de Viste no visto
-74 Bea, de Vinividivinvi
-75-Zeno

Mucha suerte a todos

"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong."

miércoles, 28 de noviembre de 2012

'El tren de Estambul', de viaje con Graham Greene

Siempre me han fascinado los trenes. Algo normal en alguien que vive en una isla en la que no los hay y que de pequeña pensaba que los trenes eran algo mágico que sólo existía en los libros y las películas. A un tren sólo pueden subir y bajar cosas buenas. Un hombre que baja de un tren es una promesa llena de misterio. Una mujer que sube a él es una historia por descubrir. Han pasado muchos años. Me he subido a algunos trenes. Pero sigues fascinándome.  Así que un libro cuyo título incluyera las palabras tren y Estambul (la ciudad en la que siempre soy feliz) y que además estuviera escrito por Graham Greene, el hombre que acuñó en la imprescindible 'El americano impasible' una de las mejores frases sobre periodismo que he leído nunca ("...soy un reportero y dios sólo existe para los que escriben editoriales") no podía escurrírseme. 'El tren a Estambul' es una especie de novela negra sin asesinatos. Es un viaje en el Orient Express, desde Ostende a Estambul, en el que los personajes que suben y bajan suman a sus historias las que viven en el larguísimo trayecto, no exento de sorpresas, sobre todo para aquellos que esconden algo. Y casi todos esconden algo. En los vagones conviven un joven empresario judío preocupado por el negocio familiar de pasas; una corista que sólo tiene un impermeable blanco, que siempre tiene frío y que es capaz de vender su virginidad por el sueño de una vida estable; una periodista alcohólica que divide su obsesión entre la historia que persigue y no perder a su bella amante; la amante, dispuesta a conseguir un futuro mejor; un escritor de éxito a quien únicamente preocupa desplegar sus plumas de pavo real; un asesino huido de la justicia; un líder comunista con pasaporte falso... Todos ellos cruzan sus vidas en los pequeños vagones del tren. Unos con más suerte que otros. Un tren claustrofóbico, oscuro, que parece no tener ventanas porque siempre mira hacia dentro, que muta a sus pasajeros, cuyo lujo no oculta la miseria de los que viajan. Graham Greene, como siempre, mostrando lo que apenas se ve.

"El sobrecargo cogió la última tarjeta de desembarco y observó a los pasajeros que cruzaban el húmedo muelle gris, entre una multitud de raíles y agujas, y doblaban las esquinas formadas por camiones abandonados. Iban con las solapas de los abrigos levantadas y los hombros encogidos; en las mesas de los largos vagones las lámparas estaban encendidas y brillaban a través de la lluvia como una cadena de cuentas azules. Una grúa gigante avanzó y descendió, y el estrépito del montacargas acalló durante un momento el penetrante sonido del agua: el agua que caía del cielo encapotado, el agua que golpeaba contra los flancos del vapor y contra el muelle. Eran las cuatro y media de la tarde."

Título: 'El tren a Estambul'
Autor: Graham Greene
Editorial: Edhasa
Páginas: 382
Precio: 1,5€ (mercadillo solidario)

sábado, 24 de noviembre de 2012

Gervasio Sánchez: "La única verdad incuestionable de una guerra son las víctimas"

Gervasio Sánchez, durante la entrevista.
/ Juan A.  Riera /Diario de ibiza

 Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) es el tipo de periodista que todos los que nos dedicamos a este oficio soñamos ser alguna vez. Cuenta lo que ve con sus palabras y con sus imágenes. Ambas igualmente potentes y desgarradoras. Sánchez lo tiene claro: en los conflictos hay que estar del lado de la población civil, las auténticas víctimas de una guerra, muchas veces olvidadas. Cubrió la mayoría de los conflictos bélicos de América Latina de los años 80 y principios de los 90, estuvo en la guerra de los Balcanes y en Sierra Leona, donde vivió uno de los momentos más duros de su vida. No teme decir las cosas claras, cargar contra aquello que considera injusto. Su discurso cuando recibió el premio Ortega y Gasset de periodismo en 2008, recordando que España defendía la paz mientras vendía armas, levantó ampollas. 

Marta Torres. Eivissa
—¿Hemos hecho de la guerra un espectáculo?
—En la guerra ocurren cosas difíciles de imaginar por la violencia incisiva que tiene y a los periodistas, a veces, nos falta la paciencia para evaluar no solo lo más visible, los muertos y los heridos, sino para hablar de sus consecuencias y mostrar lo que ocurre con rigurosidad y tratando a los protagonistas, que son las víctimas, con la dignidad que se merecen. Hay una tendencia a cubrir las guerras de forma superficial. Llegamos sin informarnos o creyendo que somos los protagonistas. Es inaceptable. Estás ahí para documentar el drama de gente que no sabe por qué muere y por qué sufre. La guerra llegó a sus vidas y muchas veces no saben qué pasa. Te dicen: «Un día me dieron un fusil y me puse a pegar tiros porque me dijeron que el del otro lado era el enemigo». Es grave que un periodista haga espectáculo del dolor y trate a los que sufren la guerra de forma bochornosa.
—¿A qué se refiere?
—Pues si un hombre, una mujer, un niño o un anciano están agonizando, no tienes derecho a maltratarlos más. Debes actuar con sensibilidad. A veces tienes que dejar de hacer fotos porque es un insulto. Debes tratar a esta gente, independientemente de que tengas prisa, debas mandar una historia o conseguir una exclusiva, con la dignidad que se merecen. Entrar en un campo de refugiados y hacer fotos de niños agonizando con moscas en la cara es muy fácil. No tienen fuerza para quitarse las moscas.
—¿A dejar de hacer fotos en esos momentos se aprende o es algo que se lleva dentro?
—El estrés que sufres en una guerra, si no estás acostumbrado o acabas de llegar, es comprensible. Nadie está preparado para resistir la violencia de un conflicto armado. Tienes que aprender. Mi primer consejo a alguien que va por primera vez a una guerra es que se junte con personas de las que pueda aprender en positivo. Que se aleje de la gente que dice que no tiene miedo, es peligrosa. Si ves que manipula, aléjate. Si monta historias, aléjate. Evita acercarte a los que usan el periodismo para hacerse un nombre.

Niñas en una furgoneta destrozada en Sarajevo, 1994. / Gervasio Sánchez
—¿Se pasa miedo?
—El miedo es el mejor antídoto contra la estupidez. Te permite analizar lo que está ocurriendo, saber que seguir adelante te puede costar la vida, aunque a veces no tienes otro remedio. Pero una cosa es el miedo y otra es el pánico. Una persona en pánico en un conflicto es peligrosísima porque debes preocuparte de que no te alcancen las balas e intentar que a esa persona tampoco. El miedo te permite ver desde un punto de vista conservador la decisión que vas a tomar. Si no lo ves claro, retrocede. Nunca sabes lo que está pasando o si estás en tierra de nadie. Esto era típico de los Balcanes, no seguías adelante porque no tenías información. Si no sé lo que pasa a dos kilómetros, pregunto a la gente. Si no hay nadie en la calle, si hay vacas abandonadas, hay que tener cuidado.
—¿En España se cubren bien las guerras?
—No hay tradición de cobertura de conflictos y ningún medio ha creado una escuela de periodistas. El Mundo es el que mejor periodismo de conflictos hace. Tiene a Javier Espinosa, Mónica García Prieto, 
Mónica Bernabé y Rosa Meneses. Algunos son del diario, otros freelance, trabajan con mucha cordura en Libia, Irak, Agfanistán y Siria. Diarios como La Vanguardia o El País tienen tradición de corresponsalías, pero no de enviados especiales. En los últimos años, con la idea de que tener a alguien en los conflictos es muy caro, no se han cubierto.
—¿A las televisiones les preocupa más mostrar que tienen alguien allí que el hecho de que informe realmente de lo que pasa?
—Eso lo cuenta muy bien Arturo Pérez-Reverte cuando dice que empezó a darse cuenta de que esto estaba muerto el día que le obligaban a entrar ocho veces en los informativos y eso impedía que buscara información. Se había convertido en un monigote, sólo interesaba que estuviera con una alcachofa de TVE diciendo cosas que no podía documentar y que leía de teletipos censurados. La Guerra del Golfo del  91 fue de escándalo. Las televisiones se gastaron un montón de dinero para no cubrir la guerra, sólo para tener sobre el terreno a personas muy cabreadas porque no podían moverse. Entraban en directo en los  informativos y en programas. Pasaba el día y no habían podido salir del hotel.

Niñas refugiadas albanokosovares, 1999. / Gervasio Sánchez
—¿Esto tiene vuelta atrás?
—Me encantaría, porque para mí el periodismo es tan importante como la sanidad y la educación. Es compromiso. Pero las empresas periodísticas no se diferencian de las de coches o tornillos. No se han dado cuenta de que del periodismo no se puede sacar un beneficio como si fuera una cadena de montaje... (seguir leyendo)

miércoles, 21 de noviembre de 2012

'La librería ambulante', enamorada del señor Mifflin

Sé que me enamoraría sin remedio del señor Mifflin. De un hombre alegre, parlanchín, bromista, que te enseña un oficio, que tiene una caravana llena de libros y un perro y, sobre todo, que te rescata de la esclavitud de tu día a día sólo puedes enamorarte. Así he acabado 'La librería ambulante', de Christopher Morley (Pensilvania, 1890), prendada de ese hombre bajito, pelirrojo, que te persigue por los caminos y duerme al raso sin que lo sepas porque teme que te pase algo y que luce con orgullo un ojo morado después de una pelea por recuperar lo que le han robado. La obra de Morley es una auténtica delicia, un regalo para la lectura. Es como las galletas  de jengibre, dulce sin empalagar, dulce con un puntito pícaro. Esta maravilla comienza con su protagonista, Helen McGill, casi cuarentona, regordeta y soltera, harta de su granja, de sentirse esclava de la tierra y, sobre todo, de su hermano, granjero convertido en escritor de éxito que cada vez pasa menos tiempo entre coles y patatas y más frente a la máquina de escribir. Así, cuando el singular señor Mifflin se presenta en la puerta de su finca con la intención de venderle a Andrew, al que admira profundamente, 'El Parnaso', su querida librería ambulante, porque quiere retirarse a nueva York a escribir una gran novela, Helen ve las puertas del cielo abiertas. No dejará que Andrew se haga con el carromato cargado de libros y la deje aún más sola a cargo del huerto y los animales. Helen saca sus ahorros, los que había juntado para comprarse un Ford, y lo adquiere ella misma. Lo compra y huye antes de que su hermano regrese para comer, dejando la comida en el fuego y la granja a cargo de una de las chicas que les ayudan. Se sienta en el pescante, junto al librero pelirrojo y, por primera vez en su vida toma las riendas de su vida. Riendas que la atan a la vieja Peg, a una caravana que es su casa y su modo de vida y a los caminos de Estados Unidos. El señor Mifflin, todo un caballero, se quedará un día con ella, para enseñarle los trucos del oficio de vender libros, a aprovechar las horas de la comida y la cena para llegar a las casas con sus historias, a hacer que todos deseen un libro. Porque, si hay algo seguro, es que 'El Parnaso' parece tener siempre el libro ideal para cualquiera que se acerque. El plácido y emocionante inicio de su nueva vida, sin embargo, se convierte rápido en una trepidante y rocambolesca huida de Andrew, que no parece entender que Helen quiera ver qué se cuece fuera de los límites de su granja. Una maravilla, insisto, de verdad. Ya no quiero un príncipe en su brioso corcel, quiero un señor Mifflin con una librería ambulante.

"¡Dios!", dijo, "cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor y barcos que navegan en la noche. En un libro cabe todo, el cielo y la tierra, en un libro de verdad, quiero decir. ¡Repámpanos! Si en lugar de librero fuera panadero, carnicero o vendedor de escobas la gente correría a su puerta a recibirme, ansiosa por recibir mi mercancía. Y heme aquí, con mi cargamento de salvaciones eternas. Sí, señora, salvación para sus pequeñas y atribuladas almas. Y no vea cómo cuesta que lo entiendan."

Título: 'La librería ambulante'
Autor: Christopher Morley
Editorial: Periférica
Páginas: 182
Precio: 16,95€

sábado, 17 de noviembre de 2012

'El coronel Chabert', de Marías a Balzac

Esta es la segunda vez este año que leo a Balzac. La primera fue en abril, con uno de los relatos que Daviblio regaló a sus seguidores para celebrar Sant Jordi. La segunda, ahora, también es un regalo. Un pequeño libro que acompañaba 'Los enamoramientos', de mi adoradísimo Javier Marías, un regalo con justificación, ya que el protagonista de esta novela, Javier Díaz-Varela es un apasionado de la prodigiosa pluma de Balzac en general y de esta obra, 'El coronel Chabert' (imprescindible leerla de un tirón), en particular, ya que le reafirma en sus planes sin escrúpulos. En la primera ocasión, 'El elixir de larga vida', conocí a Juan Belvídero, despreocupado, alegre y apasionado del sexo. En ésta al coronel Chabert, un héroe de guerra napoleónico al que han dado por muerto y que regresa a su ciudad, pobre de solemnidad por las miserias que ha pasado, dispuesto a recuperar su vida, su dinero, su casa, su nombre y a su bella mujer. Pero no es tan fácil. Su aspecto y la afición a la bebida barata a la que le ha llevado su nueva vida hace que no le tomen en serio. Sólo un joven abogado parisiense, Derville, se toma la paciencia de escuchar su triste historia, de adelantarle dinero para que pueda llevar una vida un poco más digna y de ponerse en contacto con su mujer, que no ha tardado en volver a casarse y en tener hijos con otro acaudalado señor. La historia es tan estremecedora como vívida. Ves realmente a Chabert, su carrick viejo y ajado, el colchón de paja en el que duerme, sus pasos cansados, la peluca sucia que se pega al sombrero y no a la cabeza... Sientes la impotencia de ese hombre intentando recuperar la vida que le arrebataron cuando lo dieron por muerto, sepultado en una montaña de cadáveres de la que consiguió escapar. Si te quitan el nombre, la mujer, la casa y el dinero... ¿qué te queda? Es imposible no pensar que, a pesar de que está vivo, en realidad Chabert, aunque camine, coma, fume, beba, sienta, se enfade, pase frío, admire la belleza o hable, sigue estando muerto. Sigue siendo un muerto. Un incordio para los que le lloraron. Da bandazos entre los vivos, intentando recordar que sigue ahí. Pero el mundo no está pensado para que los muertos regresen.

"-Caballero -le dijo Derville-, ¿con quién tengo el honor de hablar?
-Con el coronel Chabert.
-¿Cuál de ellos?
-El que murió en Eylau -contestó el anciano."

Título: 'El coronel Chabert'
Autor: 'Honoré de Balzac
Editorial: Alfaguara
Páginas: 107
Precio: Gratis (regalo con 'Los enamoramientos')

miércoles, 14 de noviembre de 2012

De por qué no he hecho huelga

Marta Torres / Diario de Ibiza
No quiero este gobierno. Tiemblo cada vez que saca las tijeras. Me duelen las historias que me han contado en la cola del paro. Me estremezco de horror con cada familia que se queda sin su casa. He abrazado mientras lloraban a madres de niños discapacitados a las que han arrebatado las ayudas de la Ley de Dependencia. Me entristezco cuando los estudiantes me cuentan que apenas hacen  exámenes y trabajos porque este curso son muchos en clase y el profesor, con el aumento de horas, no puede corregir tanto. Me da miedo que pierdan la vista las personas que llevan más de un año y medio esperando una cita con el oftalmólogo y los dolores de los que hace nueve meses que aguardan que les llamen para entrar en un quirófano. Hay noches que las historias de Alberto, Carmen, Juan Carlos, Francisca, Inés y muchos otros que me han contado sus problemas en los últimos meses no me dejan dormir. Y a pesar de eso hoy he ido a trabajar. Esta mañana he cogido mi libreta, mi arsenal de bolígrafos, mi grabadora y mi cámara de fotos y me he ido primero a la redacción y después a la manifestación. ¿Por qué? Por principios y por rebote. Por principios porque no trabajo de periodista, soy periodista. Veo el mundo con esos ojos, para lo bueno y para lo malo (hay cosas en las que preferiría no haber reparado), incluso de viaje me fijo en detalles que los demás no ven y estoy convencida de que en un análisis de sangre me encontrarían posos de tinta. No concibo no informar de algo importante. Y el 14N había que contarlo. Y ahí viene el rebote. Los periodistas de prensa diaria toda la vida hemos celebrado las huelgas el día antes, así el día de la convocatoria los periódicos son unas pocas páginas sin contenido propio, sin reportajes ni entrevistas ni crónicas, sólo con noticias de agencia, y además se cubre bien la jornada de paro. Porque la gente tiene derecho a estar informada. Los periodistas no trabajamos con barras de pan, tiestos de plantas o cafés con leche, trabajamos con dos derechos fundamentales, el derecho a la información y el derecho a la libertad de expresión. Señores representantes sindicales, no entiendo que nos hayan pedido a los periodistas de los diarios lo mismo que nos piden todos los días los políticos (los mismos a los que critican) y sus responsables de prensa: que no informemos, que nos quedemos en casa, que no salgan los diarios (un secreto: la magia protege a los diarios, siempre salen, da igual si se va la luz, se cae el sistema o hay problemas en la rotativa, acaban saliendo), que con algún digital que lo cuente tienen suficiente. ¡En la situación en la que está el papel! ¡Con la falta de rigor que impera en la mayoría de los digitales! Así que hoy mi libreta, mi bolígrafo dorado, mi grabadora con 21 cortes de voz, mi vieja Nikon y yo hemos salido a la calle para contar cómo ha ido su 14N. Con la cabeza bien alta.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Pure imagination...


"¿Te puedo imaginar...?"
¿Podría imperdírtelo si me molestara?
¿Podría obligarte a ello si lo deseara?



Come with me
and you'll be
in a world of pure imagination
take a look
and you'll see
into your imagination...

'Las chicas de la sexta planta', una chica de más

Tengo una norma: no ver nunca películas en las que sale Natalia Verveke. Pero también tengo una debilidad: Carmen Maura. Así que la debilidad pudo con la norma (como siempre, me pierden mis debilidades) y acabé viendo 'Las chicas de la sexta planta', del francés Philippe Le Guay. Y, como me esperaba, todas esas chicas, mujeres que emigraron a Francia para ganarse la vida como empleadas domésticas, me conquistaron menos una, María, interpretada por Verveke que, para más inri, es la protagonista de esta película que, por lo demás, se deja ver y tiene su gracia. 'Las chicas de la sexta planta' explica la desoladora vida en Francia de cinco españolas que han huido del país y que viven en unas condiciones miserables. Todas ellas comparten la sexta planta de una finca en varias de cuyas viviendas trabajan como cocineras, niñeras y mujeres de la limpieza. No tienen un baño en condiciones ni agua caliente, pasan frío y duermen en unos zulos en los que apenas caben sus míseras posesiones, las cuatro cosas que consiguieron embutir en sus maletas de cartón. La revolución llega a esa sexta planta cuando llega María, la más joven de todas, a servir en la casa de los Joubert. Su fuerte carácter primero repele y después consigue encandilar al señor Joubert, cuyo amor platónico por la criada le empuja a conocer las condiciones de vida de las españolas y, en la medida que puede, intentar mejorarlas. La relación entre las chicas, cómo se ayudan unas a las otras, las pequeñas peleas, esa camaradería surgida de la pobreza, es lo mejor de la cinta, en la que la supuesta historia de amor entre María, que está deseando volver a España, y el señor Joubert es absolutamente prescindible.

sábado, 10 de noviembre de 2012

'Las tribulaciones de Wilt', enamorado de una terrorista, defensor del sodomizador de cocodrilos

Siempre vuelvo a Tom Sharpe. Y a mi querido Wilt. Nunca falla. Siempre consigue sacarme una sonrisa, cuando no una carcajada, con esas locuras que le persiguen, el surrealismo para el que parece ser un imán. Este parece ser el año de África y del humor. De África porque el cuerpo y el corazón me piden huir al sur (¿por qué parece que al sur se huye mejor?) y del humor porque es una necesidad vital en el mundo cada vez más gris que nos rodea (¿sería 'Momo' una obra premonitoria?). Y ahí están Wilt y Sharpe, otra vez, haciéndome reír. En esta ocasión nos encontramos un Wilt como nunca lo hemos visto. Es jefe del departamentyo de Artes Liberales del Politécnico en el que trabaja como profesor, vive en una casa grande en un buen barrio al que acaba de mudarse con su mujer, Eva, y las pequeñas, impertinentes y deslenguadas cuatrillizas. Pero nada puede irle bien a Wilt. Si la vida no se complicara, no sería él. En esta ocasión debe apagar dos fuegos: uno en casa y otro en la universidad. En casa debe enfrentarse a la tentación que vive arriba, una au-pair sueca que Eva ha contratado para que le ayude a cuidar de las niñas y de la que Wilt, hastiado de esa diosa Hera sin control que tiene como mujer, tarda dos segundos en enamoriscarse (después de pasarse días quejándose porque no quiere a nadie en el piso de arriba) antes de descubrir que los hombres que suben regularmente a su habitación nos on amantes apasionados si no miembros de la misma banda terrorista de la que forma parte su querida sueca. En el trabajo se encuentra teniendo que defender ante la comisión a uno de los profesores de su departamento, que ha grabado un vídeo para las clases en el que se sodomiza a un cocodrilo. Que el animal fuera de juguete y que el sodomizador estuviera completamente vestido parecen no ser atenuantes. Así, Wilt, ese hombre apocado, sin energía, que deja que la vida pase por su lado castigándole con los problemas más surrealistas acaba teniendo que enfrentarse a toda una cúpula terrorista cuando secuestran a sus cuatrillizas y la vecina que las cuida. Sus métodos y planes, tan desternillantes como siempre.

"Desde el momento en que ella se había lanzado sobre él en la cocina en un frenesí de lubricidad, Wilt había sido mordido, arañado, lamido, masticado y chupado con una violencia y una falta de discriminación que resultaban francamente insultantes, por no decir peligrosas, y que le habían hecho preguntarse por qué se molestaba aquella zorra en matar gente a tiros cuando podñia haberlo hecho de forma más fácil, más legal y decididamente más atroz. En cualquier caso, nadie en su sano juicio podría acusarle de ser un marido infiel. En todo caso, más bien lo contrario; sólo el más concienzudo y abnegado padre de familia se arriesgaría a meterse en la cama voluntariamente con una asesina buscada por la policía."

Título: 'Las tribulaciones de Wilt'
Autor: Tom Sharpe
Editorial: RBA
Páginas: 233
Precio: 1,5€ (mercadillo solidario de segunda mano)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Las radiofórmulas las carga el diablo




Las radiofórmulas las carga el diablo. Coche en el taller. Coges uno prestado. Metes la llave en el contacto. Salta la radio, sintonizada en una de esas radiofórmulas infames que nunca escuchas, y el pasado te da un guantazo que te deja noqueada. Vuelves a ser la tierna, dulce e ingenua que eras hace ocho años. Aquella ilusionada que estaba convencida de que la ecuación 'amigo íntimo + sexo = amor verdadero' nunca fallaba. Aquella chica de la que te desprendiste sin darle muchas vueltas, dejándola atrás cual piel de serpiente, sigue ahí mientras escuchas esa canción, que tampoco te gustó nunca, y que va plantándote ante los ojos la sonrisa que le delató, la madrugada en que pusimos las cartas boca arriba, aquel vestido negro, los croissants, las horas de charla, las excursiones en el viejo volkswagen, la playa... Bendito off. Fuera fantasmas. Vuelves a ser la que decidiste ser.

domingo, 4 de noviembre de 2012

'Bichos y demás parientes', sigo queriendo ser una Durrell

Hace un tiempo ya confesé, tras leer 'Mi familia y otros animales', que quería ser una Durrell. Ahora, después de la no menos divertidísima 'Bichos y demás parientes' me reafirmo: quiero ser una Durrell. En este libro, la segunda parte de la Trilogía de Corfú, en la que el naturalista británico recuerda las largas temporadas que pasó de niño con su familia en Grecia, el pequeño Gerald explica algunas de las miles de aventuras que vivió en la isla que quedaron fuera de la primera entrega. Es imposible no reírse con las ocurrencias del niño, cuya pasión por los animales de todo tamaño y condición desespera a sus hermanos e incluso llega a poner en peligro a la familia. Ninguno de los personajes tiene desperdicio. Volvemos a encontrarnos con el iracundo Larry, que pierde los papeles con cada nuevo inquilino que Gerald lleva a la casa; Margo, constantemente peleada con el acné y los kilos; Leslie, prácticamente un autista a quien sólo las armas sacan de su ensimismamiento; Spiro, el fiel chófer y hombre para todo de la familia, y la señora Durrell, mi favorita, una mujer que permanece impasible a las locuras y trastadas de cualquiera de sus hijos. No puedo evitar imaginármela como si se acabara de fumar un porro, sinceramente. Tampoco faltan en esta ocasión las visitas inesperadas de los amigos de Larry y las fiestas en un lugar que, comparado con el frío y gris Londres, era el paraíso para el pequeño Gerald, que en este libro explica cómo una marquesa le regala una lechuza blanca y cómo intentó comprarle a un gitano su oso bailarín, entre otras aventuras. Uno de los momentos más curiosos es el inicio del libro, una conversación en la que Larry, Margo y Leslie piden a la señora Durrell que impida que Gerald escriba la segunda parte de 'Mi familia y otros animales'.

"Tras la última copa con Katerina y Stefanos, partimos soñolientos, por los olivares que plateaba una luna grande y blanca como una magnolia. Los autillos se llamaban con lamentoso gemido, y a nuestro paso alguna que otra luciérnaga nos hacía un guiño verde esmeralda. El aire cálido olía al sol del día, a rocío, a cien esencias de hojas aromáticas. Con el contento y el sopor del vino, creo que en aquella marcha entre los grandes olivos retorcidos, atigrados por la luz de la luna, todos nos sentimos arribados a puerto y aceptados por la isla. Bajo la mirada blanda y serena de la luna, éramos ya corfiotas bautizados. La noche era espléndida, y con la mañana se abriría para nosotros otro día dorado. Era como si Inglaterra no hubiera existido nunca."

Título: 'Bichos y demás parientes'
Autor: Gerald Durrell
Editorial: Alianza
Páginas: 333
Precio: 12€

jueves, 1 de noviembre de 2012

Adopta un libro: 'Memorias de África'


 
Seguramente a muchos no les sorprenda el nuevo libro en adopción. Dije que era uno de los que más me habían gustado de los leídos este año, que tenía como escenario un continente fascinante y cuya protagonista (y autora, añado ahora) era una mujer valiente. Como ya olían algunos, se trata de 'Memorias de África', de Isak Dinesen, pseudónimo de Karen Blixen. Aunque podéis leer la reseña aquí, lo primero que me gustaría dejar claro es que 'Memorias de África' no es una historia de amor. Repito: 'Memorias de África' no es una historia de amor. Por mucho que la película (maravillosa, por cierto) que protagonizaron Meryl Streep y Robert Redford (desde que la vi sueño con que un hombre que no sea peluquero me lave el pelo) lo convirtiera en eso para la gran pantalla. En todo caso, el libro es una apasionada y melancólica declaración de amor a África, continente en el que la baronesa Blixen vivió tras casarse y del que se marchó a la fuerza. Si de ella hubiera dependido se habría quedado en Kenia, en su finca, con sus sirvientes, pegada a su rifle y a todo lo que de verdad amó. Un relato apasionante cargado de ternura, de visitas inesperadas, de animales salvajes, de peligros, de tristeza, de amistad y de noches cuajadas de estrellas.

Para llevaros este ejemplar (nuevecito, dudo que alguien lo haya abierto nunca) sólo tenéis que ser seguidores del blog, tener uina dirección en España y dejar un comentario en esta entrada antes del 25 de noviembre diciendo que queréis el libro. Si os lleváis la imagen del libro y hacéis un enlace a esta entrada tendréis tres puntos más y los que ya comentasteis la reseña tendréis tres puntos extras.

"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías. 
La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. no era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles de Europa..."

martes, 30 de octubre de 2012

Irene de Andrés: "Es importante encuadrar las cosas que damos por sentadas"

Irene de Andrés
De vez en cuando conoces personas que te estimulan, que te reconcilian con algún pequeño aspecto de la sociedad, que te hacen mantener en la esperanza en que el ser humano no está definitiva e irremediablemente atontado. Irene de Andrés (Ibiza, 1986) es una de esas personas. Hace cerca de dos años, cuando la conocí, era una promesa del arte contemporáneo que acababa de ganar el premio joven de fotografía de El Cultural. En estos momentos es una artista con todas las letras cuyo trabajo han reconocido con el premio Generaciones 2013. Y no me refiero a que pinte muy bien, esculpa como nadie o cree grandes instalaciones tan apabullantes como vacías. No. Irene de Andrés te hace pensar, darte cuenta de las cosas, ver la realidad, sentirte idiota por no haber pensado antes algo aparentemente tan obvio. O sea, una artista de verdad, de las que prentende, con su obra, dar una patada a la conciencia de los que tienen la suerte de ver sus proyectos, con los que quiere que seamos conscientes de la importancia de la manera de mirar, de no fiarnos de los encuadres que nos dan hechos, que lo que queda fuera del marco también existe, que el horizonte tiene más de una ventana, que los paraísos comunes no son reales si no que alguien nos los ha metido en la cabeza, que los ojos también engañan... En definitiva, ver más allá. En estos momentos, los que estéis o paséis por Madrid podéis ver colaboración en el proyecto 'Iceberg' en la nave 16 de El Matadero. Ahora prepara su próximo proyecto, 'Donde nunca pasa nada', sobre discotecas abandonadas, ruinas postindustriales. A finales de este verano expuso en su isla natal 'Límite visual', uno de sus proyectos anteriores, excusa para hablar de horizontes, paraísos y ruinas: "Más que un lugar, mi paraíso son personas"

*Especialmente para M., que siempre quita importancia a sus encuadres.

domingo, 28 de octubre de 2012

'La otra Bolena', dos Bolenas en la cama de Enrique VIII

Hacía mucho tiempo que una novela histórica no me apasionaba como ‘La otra Bolena’, de Philippa Gregory, otro de esos libros que llevaban años en la siempre creciente montaña de pendientes. Me ha tenido una semana maldiciendo las largas jornadas laborales que me impedían dedicarle horas y horas a la apasionante historia de las dos hermanas Bolena, Ana y Mary, en la corte de Enrique VIII, una corte amable y divertida cuando las hermanas llegan de su formación cortesana en Francia y que, con el paso de los años y las intrigas, acaba convirtiéndose en un lugar peligroso. El libro comienza con el reencuentro de las hermanas, apenas unas niñas, en la corte de Enrique VIII y Catalina de Aragón, un primer encuentro que deja muy claro cuál es la relación entre las dos hermanas Bolena: rivales condenadas a ayudarse en la lucha de su familia, los Howard, por ascender en la corte. Ana y Mary, para sus padres y, sobre todo, su tío, el verdadero y temible director de orquesta del baile por el poder, son meros peones en un tablero de ajedrez. Él decide, cuando el rey pierde el interés por la reina Catalina, que la rubia y exuberante Mary se meta en su cama (a pesar de que está casada), se convierta en su amante y, si es posible, le dé lo que la reina española no ha podido: un heredero. En estos primeros compases de la novela, tan profusamente documentada que casi podría servir como libro de historia, el rey Tudor se nos presenta como un hombre atractivo, galante, pasional y tierno. Un hombre que no teme mostrar sus sentimientos, que casi no conoce el miedo y que únicamente en algunos instantes de ira deja entrever el monstruo en el que puede convertirse. Una transformación en la que mucho tiene que ver la Bolena más conocida, Ana, a la que la familia aconseja que ocupe el puesto de Mary durante sus embarazos, cuando no puede satisfacer la insaciable sed sexual de Enrique. Sin embargo, Ana tiene sus propios planes. No será la amante del rey, quiere ser la reina de Inglaterra y utilizará su belleza y su intelecto (tambien trucos aprendidos de prostitutas para mantener al rey entretenido en la cama sin llegar a dormir con él hasta el matrimonio) para conseguir que Enrique anule su matrimonio con Catalina de Aragón, enfrentándose al pueblo, a sus aliados y al Papa. Un proceso que se prolonga años, que le cuesta la salud y que acaba convirtiendo al Enrique VIII en un tirano irascible al que es mejor no molestar. A grandes trazos, porque ‘La otra Bolena’ es una historia apasionante cargada de secundarios fabulosos y de momentos de tensión, una historia que se adentra en la falsedad de la corte inglesa, en la hipocresía como única forma de sobrevivir, en el hambre desmesurada de poder, en un mundo en el que el amor está prohibido y que te obliga a pensar siempre lo peor de todos los que te rodean.


"Ana y mi padre se retrsaron debido a las tormentas primaverales y me descubrí esperando infantilmente que el barco se hundiera y ella se ahogara. Ante la idea de su muerte sentía una confusa punzada de auténtica angustia mezclada con júbilo. Apenas existiría el mundo para mí si no tuviera a Ana... apenas había suficiente mundo para las dos."

Título: 'L'altra Bolena' / 'La otra Bolena
Autora: Philippa Gregory
Editorial: Columna / Planeta
Páginas: 708 / 608
Precio:  22,50€
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