martes, 29 de marzo de 2011

Y de repente, un arcoiris

Copyright: Marta Torres
Desde pequeña me fascinan los arcoiris. Creo que la culpa la tiene un cuento infantil que leí y releí y que aún hoy, no sé cómo, conservo. A punto de la desintegración, eso sí, de tantas veces que lo tuve en las manos para volver a soñar con la leyenda de los indios americanos que explica que los pájaros eran todos grises hasta que un día de lluvia jugaron deslizándose por los colores del arcoiris y sus plumas se llenaron de colores. Años más tarde, en clase de Naturales, nos explicaron la ciencia de los arcoiris. Recuerdo que cerraba los ojos por si acaso lo que contaba Àngels era incompatible con los pájaros grises embadurnándose de colores. Los años, y alguna década, han pasado, pero sigo quedándome embobada cada vez que veo un arcoiris, especialmente si son como éste con el que hace pocos días me tropecé delante de casa. Había dos, pero creo que el más débil lo desgasté de tanto mirarlo con los ojos entrecerrados, buscando los pájaros grises llenando sus plumas de colores.

domingo, 27 de marzo de 2011

Los reyes de Kafiristan

Un hombre despeinado, mal vestido y con una inquietante cicatriz en forma de rombo en la palma de la mano regresa a la ciudad. Es la India del Imperio Británico. A pesar de su aspecto y sus inconexas palabras el narrador consigue reconocer a uno de los hombres que, tiempo atrás y vestidos como solo un británico sabe, compartieron con él el sueño imposible de ser monarcas de un reino creado de la nada a los pies del Himalaya. Qué fue de aquel sueño que entre risas parecía una broma y de su compañero, por qué parece haber perdido el juicio y casi la vida y qué le causó esa horrible cicatriz que esconde en su mano es lo que, en apenas cien páginas, el premio Nobel de literatura Rudyard Kipling explica en 'El hombre que quiso ser rey', un cuento que hay que leer de una sentada y que hace que se encadenen escalofríos en tu espalda así como el sueño de Daniel Dravot y Peachy Carnehan, los masones que quisieron ser reyes de Kafiristan, se va tornando en pesadilla. El final se atisba mucho antes de llegar a él cuando el superviviente saca de unas bolsas de pelo negro lo único que conserva de la aventura: una cabeza humana en descomposición y una corona de oro y turquesas que pesa cinco libras.
Título: El hombre que quiso ser rey
Autor: Rudyard Kipling
Editorial: Booket
Páginas: 140
Precio: 5,95€

domingo, 20 de marzo de 2011

En La Habana de Chico y Rita

Aún estoy moviendo las caderas y eso que hace días que salí del cine. Pero es que todavía escucho el piano de Bebo Valdés mientras por la retina de la memoria bailan imágenes de la maravillosa Cuba prerrevolucionaria de 'Chico y Rita'. Los primeros minutos cuesta acostumbrarse a la animación de Mariscal. No se parece a ninguna vista antes. Es diferente. Curiosa. Es verdaderamente un dibujo en movimiento. Es imposible no enamorarse de Chico, un extraordinario pianista cubano que busca triunfar; de Rita, una cantante de cuerpo tan voluptuoso como su voz, y de La Habana, una ciudad que aún no tiene desconchones en las fachadas, en la que todo el mundo es feliz y viste con elegancia y en la que es imposible esconderse del mejor jazz. La historia de amor entre los protagonistas, sin embargo, suena a bolero, que es a lo que suenan todos los amores imposibles, esos que se cruzan, aparecen y se evaporan únicamente para volver años más tarde con la misma intensidad. Esos que deseas olvidar y en los que piensas cada día, incluso cuando crees que amas a otra persona. Esos que te hacen temblar las piernas y te dan una patada en el estómago pasen años o décadas. Esos con los que te resignas a vivir y que se resisten a abandonarte.

jueves, 10 de marzo de 2011

El Pacífico Sur suena a jazz

"Mucho antes de convertirse en Lady Aldernay y entrar a formar parte 
de la aristocracia inglesa, mucho antes de que la gente la conociera 
como la glamurosa cantante de jazz Nicole Sanders, Nikki fue sólo 
una niña que vivió en un mundo que alcanzaba apenas un puñado de islas 
del Pacífico Sur, donde ella navegaba como un demonio, 
cantaba para un público de marineros y se erigió en protagonista 
de una doble historia de amor en una corte corroída por la ambición".

No puedo resumir mejor este libro que su propio autor, el madrileño Carlos Poveda. Solo puedo decir que cuando abres las páginas y empiezas a leer hueles la sal del mar, sientes el sol en la piel, el paatsi quemándote la garganta, la arena en los pies y hasta escuchas el jazz sucio de un local lleno de humo mezclado con las olas del océano. Es imposible no sentir nostalgia por todo lo que nos salió bien en las vidas de Nikki (la niña pelirroja en un mundo mayeye), Avanda (la princesa rebelde que huye en la tripa de un avión), Mahati (la valiente comodoro que no teme al temporal ni a la furia del rey) y Tami (el hombre condenado a vivir igual que el príncipe heredero). Imposible también no sentir pena al descubrir que ni el paraíso es garantía de felicidad. Imposible no acabar el libro tarareando... Love or leave me or let me be lonely. You won't believe me but I love you only...
Título: Balada del Pacífico Sur
Autor: Carlos Poveda
Editorial: Círculo de Lectores
Páginas: 356
Precio: 17,95€

miércoles, 2 de marzo de 2011

'Todos eran mis hijos' o el día nefasto de los Keller

Gloria Muñoz y Manuela Velasco enjugándose las lágrimas mientras casi 500 personas aplauden. Kate Keller y Ann Deever aún no las han abandonado. El público aplaude a las actrices, pero son sus personajes los que aún están en el escenario. Se resisten a marcharse y ahí están Kate y Ann llorando a través de los ojos de Gloria y Manuela. No necesito más. Es el último detalle para que la representación de 'Todos eran mis hijos' sea inolvidable. Si ellas lloran yo también puedo llorar. Entré en la sala con miedo. Sinceramente, no confiaba mucho en el talento teatral de Fran Perea (Chris Keller), pero no quería perderme a Carlos Hipólito (Joe Keller) ni dejar pasar una obra de Arthur Miller. Conocía el texto, el principio, el final, los diálogos... Y a pesar de eso el disparo con el que Joe Keller se quita la vida, incapaz de aguantar más la culpa y la verdad escondidas durante años por la cortina de una familia feliz en un barrio feliz, me ha hecho saltar de la butaca. Como si no lo esperara. He pasado dos horas en tensión. Con la sonrisa congelada mientras a mi alrededor casi todos reían las situaciones y comentarios cómicos con los que Miller juega y que hacen más tremenda la verdad. Los demás reían, inocentes. Yo apenas era capaz de sonreír. Sabía la verdad. Gloria Muñoz y Manuela Velasco lloran poseídas aún por Kate y Ann. Kate llora por su marido muerto, por su hijo muerto, por su hijo vivo que ha descubierto la verdad, porque ya no tiene mentiras que tapar, porque se ha quedado sin la necesidad de fingir que todo es perfecto, porque el día fasto fue en realidad un día nefasto. Ann llora por la verdad desvelada, por su padre abandonado, por su novio muerto, porque no sabe si ahora será capaz de amar al hermano de su novio muerto. Las dos lloran por lo mismo: la culpa. Yo lloro por ellas. Y aplaudo.
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