viernes, 26 de noviembre de 2010

Maldito (y desternillante) karma

"El día de mi muerte no tuvo gracia". Así comienza 'Maldito karma', la desternillante novela de Savid Safier en la que una presentadora de televisión con pocos escrúpulos acaba descubriendo qué hay después de la muerte por obra y gracia de un wáter espacial fuera de control (qué deceso más poco glamuroso). La historia, sin más pretensiones que divertir al lector, es la aventura de Kim Lange, en sus sucesivas vida reencarnadas para conseguir recuperar a su marido y su hija. Buda puede ser una hormiga pasada de peso, los conejillos de indias tienen su propia personalidad y el amante Casanova puede estar acumulando buen karma en cualquier rincón del planeta para regresar algún día a destrozar corazones. Humanos, por supuesto. 'Maldito karma' no es la novela del siglo. No es ni la novela del año. Pero es uno de esos libros que está bien leer de vez en cuando simplemente porque te lo pasas bien y los devoras en apenas unas horas. Es más, vale la pena solo por una frase: "Si Dios hubiera querido que las personas hicieran footing, habría procurado que estuvieran atractivas en chándal".

viernes, 12 de noviembre de 2010

Réquiem por unos zapatos

Ayer, después de nueve años, me despedí de ellos. Reuní el valor suficiente. Los saqué de su caja gris, los miré durante unos minutos, me los probé por última vez y los tiré a la basura. Me hubiera gustado quemarlos en la chimenea que no tengo, ver cómo desaparecían mientras los lloraba con lágrimas del tamaño de una rodaja de mortadela de Bolonia. Pero acabaron en una prosaica bolsa de basura. Me costó tirarlos. Toda la noche me atormentaron tentaciones de recuperarlos a pesar de que hacía más de un año que no me los ponía. Destrozados, con la punta pelada, el tacón limado y prácticamente sin suela. Imposibles de poner. Acabaron su vida útil como parte de un disfraz. Ellos, a los que durante casi una década les estuvieron reservadas las madrugadas de fiesta y las citas más esperadas. Fue amor a primera vista. Abandonados en un rincón de una estantería, escondidos por toneladas de stilettos negros, parecía que estaban esperándome. No miré el número. Tampoco el precio. Sabía que eran para mí. La noche que los estrené no podía dejar de mirar los destellos de su piel entre rosa y dorada. Los protegí de la arena cuando la madrugada terminó en la playa, durmieron en el hueco de la chimenea de un bar mientras mis cansados pies descalzos seguían bailando a la espera de que echaran el cierre y fueron copa de un poeta en una cálida noche de septiembre. Descansen en paz.
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