jueves, 26 de agosto de 2010

El pecado cursi de Marian Keyes

Hoy tengo que confesar mi pecado literario: me gustan las novelas de treinteañeras al estilo Bridget Jones. Pero con dos condiciones: que no sean muy ñoñas y que tengan mucho sentido del humor con algo de mala leche. No es que lea muchas (dos al año quizás), pero las disfruto como una enana. Acabo de devorar 'La estrella más brillante', la última de Marian Keyes, que sería fantástica si no fuera por el final. Estaba preparada para unas últimas páginas en las que todo acaba bien. Todos enamorados de la persona que desde el primer capítulo se veía que les correspondía, con los problemas de trabajo solucionados, los amigos más amigos que nunca, los enemigos eliminados del mapa (elegantemente, of course), los chicos malos revolviéndose en el fango, las arpías humilladas por ellas mismas… En fin, nada fuera de lo común en estas novelas. Para lo que no estaba preparada era para el punto de ñoñería de las últimas 30 páginas. Mira que me lo veía venir, pero pensaba: "No puede ser. Seguro que esto no es". Pues sí. Era. Así que las bien entrelazadas vidas de los habitantes del 66 de la calle Star (Katie y sus tacones, que lidian con estrellas de rock; Lydia, la taxista con la lengua más afilada de Irlanda; Fionn, el hombre que prefiere las coliflores a las personas; Maeve y Matt, que disfrazan de ingenuidad sus miedos) se quedaron en nada con el horroroso y superultramegacursi final. No vuelvo a leer un libro suyo hasta que se me pase el enfado. Ea.

domingo, 22 de agosto de 2010

Oscuras viñetas para las últimas horas de Pasolini

Hay quien no entiende que tarde más en leer un cómic de 90 páginas que un libro de 700. Es bien sencillo. La imaginación de las palabras es más veloz que la curiosidad de los dibujos. Leo la viñeta y puedo estar cinco minutos escrutando todos y cada uno de sus trazos. Fijándome en los detalles. Buscando lo que lo dicen las letras. Acabada esa primera lectura vuelvo al principio, para leerlo de corrido. Así lo he hecho con 'El caso Pasolini' (gracias, Fer), una historia en la que la dureza y la sordidez traspasan el papel. Saber que fue real hace que, en ocasiones, me pareciera que algunas viñetas, en blanco y negro, estaban pintadas con los colores deslucidos de los recuerdos. El relato de Maconi sobre las últimas horas del artista italiano tensa al lector desde la primera viñeta, en la que un coche solitario en una noche oscura en la playa de Ostia ya adelanta la macabra historia que discurrirá tira tras tira. Un asesinato sin aclarar. Una muerte sin explicaciones. Un terrible final para un hombre que temía que no le comprendieran: "La muerte no consiste en no poder comunicar sino en ser ya para siempre incomprendido".

jueves, 5 de agosto de 2010

Middlesex, de los gusanos de seda a las sirenas

No podía resistirme. No sólo porque, de momento, me lanzo al vacío lector con las recomendaciones de quien me la regaló. Esa niña en blanco y negro a punto de destrozar un corazón rosa de la portada también tuvo algo que ver. No podía resistirme. Ahora no sé cómo había podido vivir hasta este momento sin conocer la historia de Callie-Cal Stephanides. Sin respirar el ambiente de la casa de Middlesex. Sin palpar la caja en la que los gusanos de seda hacen su magia. Sin ver un corsé blanco a la luz de la luna o sin oler el cloro en el que nadan sirenas y tritones esclavos de sus cuerpos. 'Middlesex' me ha dejado hueca. Han pasado los días (creo que algo más de una semana) y tengo la sensación de que ningún otro libro, ninguna otra historia, ningunas otras palabras podrán llenar el vacío al que me condenó la última de las 673 páginas del premio Pulitzer de 2002. Reconozco que al principio tenía dudas. Me encantaba la narración, pero no entendía los saltos adelante y atrás en el tiempo. Me gustaban tanto las peripecias de los abuelos del protagonista que me enfurecía cuando éste cortaba las aventuras de emigración, incesto y contrabando para plantarme frente a su presente. Pero es igual. Es solo un detalle. Una minucia. Un enfurruñamiento que se fue diluyendo página a página y que casi he olvidado, relegado al fondo del saco de los enfados por las increíbles escenas pintadas por Eugenides. A veces entrañables. A veces duras. Pero siempre bellas. El hielo rompiéndose bajo las ruedas de un coche. El amor bajo la lona de una barquita. La piscina oscura en la que nadan seres mitológicos. La puerta blindada a los espíritus…
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