lunes, 28 de junio de 2010

Y de repente me miras


Y de repente me miras. Y el mundo se arruga y corre a esconderse bajo mis pies. Me miras. Y detrás de tus gafas tus ojos no se mueven. Ni un milímetro. Hablas. No escucho. El ruido de mis pensamientos corriendo a la velocidad de la luz de una neurona a otra me convierte en sorda. Te busco un refugio. A la derecha. Un sendero por el que desviarte. A la izquierda. La excusa para desenfocarme y cambiar de plano. Pero no. Sigues ahí. Tus globos oculares encadenados a los míos. Y me rindo. Y te miro con avaricia hasta que te marchas llevándote las palabras que apenas he escuchado. Arrastrando las cadenas rotas que ya no atan ninguna retina.

martes, 1 de junio de 2010

Un entremés a destiempo

Lo confieso: tenía esperanzas en que Muriel Barbery, la francesa que me hizo sonreír melancólica con 'La elegancia del erizo', fuera otra Anna Gavalda ("Supergavalda", como la llama Cenicienta en su país de maravillas) de la que echar mano cuando el mundo se va desmoronando a mi paso. Por eso sucumbí. Por eso compré 'Rapsodia Gourmet' cuando lo vi casi sepultado entre Asensis, Revertes y Navarros. Caí a pesar de que unas palabras de la solapa (es un decir, ahora no recuerdo si era la solapa, la contraportada o la fajilla roja que lo envolvía) deberían haberme hecho sospechar. 'Rapsodia Gourmet' no es el libro que escribió Barbery después de la exitosa historia de los habitantes de la calle Grenelle. Es su primer libro. Y éste no es uno de esos casos, al menos no para mí, en los que los inicios de un novelista son tan buenos o mejores que los siguientes pasos. Las horas previas a la muerte del crítico gastronómico Pierre Arthens son un brillante ejercicio literario. No hay fallos. El vocabulario es extraordinario. Una delicia para los que somos felices entre fogones. Pero falta algo. Algo más allá de los platos y los adjetivos: coger los cuchillos y abrir el alma de Arthens, en canal, como las de las erizas Renée y Paloma.
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