domingo, 28 de febrero de 2010

El fuego que todo lo une

Un grupo de desconocidos. Árboles. Unos bancos de más de cien años. Queso. Carne asada en las brasas. Una yegua embarazada. Café de caldero. Risas. Un tronco más al fuego. De repente alguien saca un álbum de fotos antiguo. Lo coge como un tesoro de cristal y lo pone en tus manos. Imágenes de los años 40 llenas de hombres que desconocían la camiseta y llevaban sombrero y mujeres de peinados perfectos que miran conquetas a la cámara mientras pasean cogidas del brazo, como si fueran la versión ibicenca de 'Las chicas de la Cruz Roja'. Las risas provocadas por las hierbas en las que han bañado el flan suben de volumen al fondo de la sala mientras el papel de cebolla te descubre nuevos recuerdos en blanco negro de los antepasados de unos desconocidos a los que te ha unido el fuego de una chimenea en la época del aire acondicionado. De mayor, quiero una casa con chimenea.

viernes, 19 de febrero de 2010

Quiero una casa en un árbol

http://www.youtube.com/watch?v=FxFEh1HVhWs

Hace varios días que me hormiguean los tímpanos. Están impacientes. Igual que me pican las pestañas cuando espero el olor a papel nuevo y tinta caliente de algunos libros o doy calambrazos a quien me toca cuando preparo un viaje. Sé que en unos días, cuando me mude a la casa en el árbol que Leonor, Alejandro y Óscar han estado construyendo ('Life in the treehouse', el cuarto disco de Marlango sale a la venta el 2 de marzo), esta marabunta de hormigas dejará de pasearse por mis oídos. Pensé que escuchando el aperitivo de 'The long fall' se calmarían, pero eso sólo ha servido para impacientarlas todavía más. Entorno los ojos y escucho. Fuera llueve. Oigo las gotas apalizando las ventanas y me estremezco antes de tiempo al ver el reflejo de un rayo. Fuera llueve, pero yo estoy ya en la casa del árbol, ese lugar que aunque nunca tuve sólo me recuerda cosas buenas. Cierro los ojos. Mis oídos se llenan de mañanas perezosas, sonrisas de verano, el olor del primer café del día, pieles de primavera…

All we have is this free fall
You'll walk in and I'll wake up
I will wear my summer smile
And the world ends another round
Make it long and take it slow
All we have is this free fall

martes, 16 de febrero de 2010

Polillas cardiacas

 
Intento levantarme. Quitar el polvo de la mortaja y salir de nuevo al mundo de los vivos de corazón. Esos que se enamoran (o que creen que se enamoran), que recuerdan el aleteo de las mariposas en el lugar que deberían ocupar sus jugos gástricos, que permanecen frente a ti mirándote con los iris mientras las pupilas están en otro sitio, esos de los que la gente se enamora. Lo intento... Una voz pausada ...me lo propongo... Unas gafas de pasta ...de verdad... Una tímida mirada azul ...trato de mover la losa bajo la que disfruto de una sombra tan agradable como traidora... La poblada barba nueva ...apenas se mueve... Una maleta con muchos viajes ...sólo unos centímetros... Una calva futura ...un poquito más... Una sonrisa detrás de la barra ...sólo un poquito más... Tu nombre adivinado ...lo justo para ver el sol... Un txacolí ...para notar un poco de calor... Un roce al pasarme el bolígrafo ...y dejar de tiritar... Lo intento. Pero no sirve de nada. A cada milímetro que se abre mi losa veo más claro que seguiremos siendo líneas paralelas. Ni un punto en común. Unas palabras desde la distancia. Abro mi caja torácica. Ni rastro de las mariposas. Sólo hay polillas.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Sentido y prejuicio

No, no me he liado con los títulos de las obras de mi adorada Jane Austen. Es una autodefinición (para bien y para mal). Hace muchos años, en la post adolescencia, creo, leí las sus dos obras más conocidas. Llevaban tiempo ahí, a la vista, pero meterme en la Inglaterra de principios del siglo XIX me daba pereza hasta que Emma Thompson, Hugh Grant y Kate Winslet me llevaron de la mano hasta 'Sentido y sensibilidad' (o 'Juicio y sentimiento', como prefiráis). Ya entonces me gustaron las señoritas Dashwood. Pero sólo me gustaron. Lo mismo que Elizabeth y Jane Bennet de 'Orgullo y prejuicio', a las que conocí poco después y que me sirvieron para reírme a carcajadas al ver en el casi perfecto Mark Darcy de 'Bridget Jones' una versión del siglo XX del duro por fuera y tierno por dentro señor Darcy que surgió de la imaginación de Jane Austen. Hace unos meses aproveché un viaje a Londres para recuperar a las Dashwood y hace apenas un par de días que he terminado de nuevo los malentendidos amorosos y familiares de las Bennet en una preciosa edición ilustrada que me regalaron. Y todo es diferente. Doce años después de la primera lectura todo ha cambiado. Entonces no había un espejo mirándome desde las páginas recordándome mis virtudes y, sobre todo, mis defectos. Al menos yo no lo veía. Ahora abro 'Sentido y sensibilidad' y me veo en Elinor Dashwood, en su sentido común que actúa de freno para todo lo que nace más abajo del cerebro, en su preocupación por las formas, en su obsesión por la educación, su falta de coraje para recuperar lo que piensa perdido para siempre. Algo similar me ocurre con Elizabeth Bennet y cómo boicotea su felicidad intentando demostrarse a sí misma, sólo a sí misma, que la primera impresión es la buena, incluso cuando su corazón le grita desde el fondo de su caja torácica que se equivoca. Casi dos siglos me separan de las protagonistas de Jane Austen. El camafeo que adorna mi vestido es una monstrua de tela con ojos de botón y no necesito que nadie me saque a bailar en los bailes en sociedad. Vuelvo a abrir los libros. Y ahí está. Otra vez. Ese brillo en el que vuelve a aparecer mi reflejo.
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