lunes, 25 de enero de 2010

Norah Jones y los amores peludos

http://www.youtube.com/watch?v=Z_F5xyP6cuE

La primera vez que escuché (y hablo de escuchar bien, cuando pones un cd por primera vez y lo escuchas en penumbra con una copa de vino y mirando y remirando el libretillo) 'The Fall', el último disco de Norah Jones, no podía dejar de repetir en mi cabeza que me gustaban más los anteriores. Sin embargo, al llegar al último tema, 'Man of the hour', todo cambió. Sonreí, suspiré, reí y salí de debajo de mi vieja manta de osito cazamariposas (la primera que colocaron en mi cuna) para volver a escucharla. Una y otra vez. Hasta que me la supe de memoria. Como treinteañera recién estrenada que comparte su vida con una bestia peluda de cuatro patas no he podido evitar adoptar como himno de mi momento vital esta preciosa canción que no deja de ser una versión del popular 'cuando más conozco a los hombres más quiero a mi perro'. Y aunque no llegue a ese extremo, es verdad que estos amores peludos de cuatro patas a los que está dedicada la canción no te decepcionan, te dan un cariño incondicional (siempre que nadie les ofrezca un buen chuletón), siempre están ahí y da igual el estado y la hora a la que llegue a casa, sólo con oír las llaves en la puerta ya están contentos.
I know you'll never bring me flowers
flowers, they will only die
and though we'll never take a shower together
I know you'll never make me cry.

martes, 19 de enero de 2010

Holmes y Watson, pura química


Ansiosa estaba ya por ver el duelo Downey Junior-Law en 'Sherlock Holmes'. La habían estrenado el viernes y dos días después todavía no había pasado por el cine. Descubrí al detective creado por Conan Doyle a través de la serie de dibujos en la que todos los personajes (desde Lestrade a Moriarty) eran perros en esa preadolescencia en la que se me despertó un voraz apetito lector. Leí casi todas las aventuras del habitante del 221b de Baker Street y ya entonces caí rendida a los pies de la singular pareja formada por Holmes y Watson. Era prácticamente lo único que me interesaba de la versión de Guy Ritchie. No me importaban los neblinosos y oscuros decorados, ni las frenéticas aventuras, ni siquiera el perfecto vestuario inglés de tweed, tirantes de cuero y favorecedores sombreros. Sólo ellos dos. Holmes y Watson. El impulso y el cerebro. El genio y la lealtad. Downey Junior y Law. Ninguno de los dos podría estar mejor, pero Robert Downey Junior está insuperable. Gracioso e histriónico en su punto justo. Un gentleman con un toque del doctor House y otro del Ichabod Crane de Johnny Depp al que Jude Law da la justa réplica del amigo prudente, aventurero a la fuerza por lealtad. Miradas y medias sonrisas que traspasan la pantalla. Pura química sin ambigüedades. ¡Quién fuera Irene Adler…!

viernes, 15 de enero de 2010

Lágrimas con dos de azúcar


Desayuno en los bares. Siempre. Bueno, casi siempre. El primer café de la mañana no sabe igual en casa. Necesito la calma ajetreada de un bar. Los camareros yendo y viniendo, el murmullo de los clientes, el clinclineo de cucharas y tazas, la televisión de fondo… Tantos ruidos se mezclan para envolverme en un silencio en el que sólo estamos yo, mi libro, un café con leche con dos de azúcar y media tostada con tomate. En casa no es igual. Soy incapaz de desayunar tranquila. Una lavadora que poner. La cama por hacer. Tiempo para un barrido rápido. Un ajetreo silencioso que convierte el desayuno en un momento de estrés. Hace pocas mañanas he estado a punto llorar al ver frente a mí un café con leche, placer que parecía imposible. Bares cerrados porque era lunes. Bares cerrados por Navidad. Bares cerrados por vacaciones. Bares cerrados por defunción de la caja registradora. Una pesadilla de la que desperté en un solitario bar de carretera con un café con leche con dos de azúcar servido en vaso alto.

viernes, 8 de enero de 2010

Botas de agua y stiletto con esparadrapo

Desde que leí el texto de la carátula de 'Piedras', dirigida por Ramón Salazar, sabía que me gustaría. Hablaba de mujeres y de zapatos. Así como se iba acercando la hora marcada para la primera sesión en casa del Cinefórum del Señor Aníbal iba teniendo cada vez más ganas de descubrir la relación de las cinco protagonistas con sus zapatos. Adela (Antonia San Juan) camina por su vida con tacones anchos que espantan los sueños que no se atreve a tener. Leire (Najwa Nimri) cubre con esparadrapo las suelas de los stilettos de marca con los que reina en el pódium, un engaño que extiende sus tentáculos hasta la cama que comparte con su novio Kun. Las pantuflas que Maricarmen (Vicky Peña) no se quita jamás son la metáfora perfecta de su día a día lleno de juanetes emocionales. Isabel (Ángela Molina) se empeña en meter su pie del 38 en carísimos zapatos del 36 de la misma manera que se empecina en vivir un matrimonio que ya se le ha quedado pequeño. Anita (la fantástica Mónica Cervera) pasea a su perro Alpino por una calle, siempre la misma, con menos desniveles que las planas suelas de sus zapatillas. Madrid, que aparece preciosa en la película, es el escenario de estas historias y alguna más que, aunque tienen momentos cómicos, son tan trágicas como un niño que quiere jugar al fútbol y que sólo lleva unas botas de agua rojas.

martes, 5 de enero de 2010

Un año en papel



Hace un año que emprendí un viaje a lomos del elefante de un Nobel. Un viaje de papel y tinta que me condujo a 50 lugares sin salir de mi orejero. He estado en el singular hotel de un pueblo perdido entre montañas habitado por tenderas sospechosas y masajistas espeluznantes, he descubierto que el mundo de los muertos sigue siendo un lugar hostil para los adolescentes que no siguen la corriente y que el mundo real está lleno de Bridget Jones. He sonreído a la señora Muir y su fantasma con Javier Marías y visto el holocausto nazi con los ojos de un ratón en blanco y negro. Fui a Bruselas con el déspota de Bruno y paseé por Londres de la mano de mis siempre adoradas Jane Austen y Elinor Dashwood. Volví a huir de Jamaica (y ya van tres veces) con los niños Bas-Thornton, añoré no ser una más en la familia Durrell para compartir sus aventuras en Corfú y lo pasé realmente mal la noche que Harper Lee pinta negra y sin luces para Scout y Jem Finch. Supe lo que es pasar una noche en vela en una ciudad de Japón. Cerré un ojo al sentir en las palabras de Amélie Nothomb las arcadas que provoca que un pulpito vivo se agarre a tu lengua cuando intentas devorarlo. Superé la llorada muerte del superhéroe Donald con el sexo de cien españoles. Espantada por la Camorra huí a Suecia para meterme en la fascinante trama de Blomkvist, Salander y Berger. De vacaciones en la Costa Brava me topé con Corrales, Sakamura y sus muertos rientes y más muertos, pero serios, me encontré en una escapada a Mallorca. Anna Gavalda me presentó a un cocinero duro por fuera y tierno por dentro que me enseñó a hacer las galletas que semanas después preparé para unos niños que vivían en un castillo destartalado donde descubrí parte del secreto de la felicidad casi absoluta, esa que no consigue Jack con su corazón de reloj y que parece estar muy cerca de los vecinos de un barrio de Quebec en el que el frío modifica la trayectoria de los peces de colores. Mattia y Alice, que por más que se empeñan siguen siendo números primos, no llegarán nunca a ese barrio por el que me han dicho que han visto pasear descalza a una Cenicienta alérgica a las perdices.

sábado, 2 de enero de 2010

Enamorada de las Hula Girls


En mi videoclub (sí, sigo yendo al videoclub) a veces me miran raro. Sobre todo cuando me ofrecen casi de contrabando (aún no han tenido tiempo de ponerla en las estanterías) la última novedad que les acaba de llegar y respondo que no me interesa mientras les entrego la carátula de algún dvd que en dos años, con suerte, igual han alquilado cinco personas. No suelo hacer caso al mohín de la dependienta y salgo feliz con mi película. Algo así me pasó hace un año con 'Hula Girls'. No sé ni por qué la cogí. Supongo que buscaba algo alegre y que aquellas japonesas sonrientes y vestidas de hawaianas en la portada de la cinta de Lee Sang-il me hicieron gracia. La verdad es que me encantó. Así que una de estas tardes de fiesta he obligado a mi familia a verla, no sólo porque pensé que les gustaría si no porque a mí me apetecía repetir. Y si a primera vista fue un flechazo, a segunda vista me he enamorado de la historia de estas mujeres de un frío pueblo minero de Japón que (atención al argumento porque está basada en un hecho real) en 1965 aprenden a bailar el hula para trabajar en un parque temático sobre Hawai.
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