martes, 21 de diciembre de 2010

'Biutiful' o una paliza emocional

Destrozada. Aturdida. Desconcertada. Triste. Descorazonada. Apaleada. Desesperanzada. Hueca. Con un nudo en la boca del estómago que ni las Parcas haciendo horas extras podrían desatar. Así me ha dejado 'Biutiful'. Hacía tiempo que no salía tan mal del cine. No sé si alguna vez he salido de una sala con tan mal cuerpo como después de ver la última de González Iñárritu. Tratándose de él estaba preparada para una historia dura. Pero no estaba preparada para una historia tan dura. Ni una concesión. Ni un momento de respiro emocional. Bardem está espectacular. Inmenso y contenido. No se podía hacer mejor. El resto está a la altura en esta cinta que no es conveniente ver en momentos de bajón ni después de que el sol desaparezca. Demasiado cruda para olvidarse de ella antes de que los pensamientos de la duermevela conviertan el sueño en pesadilla. Todo es desesperanza. Los paisajes tras la muerte. Las calles solitarias y sucias. La casa comida por las humedades. Las madres que pegan. Los niños en los ataúdes. La incomunicación. Los cereales que pretenden ser tortilla de patatas. Las letales estufas de gas. La Barceloneta sembrada de cadáveres. Las sábanas arrugadas. Las cucarachas en los rincones...

sábado, 11 de diciembre de 2010

Buscando las reliquias de la muerte

Han pasado dos semanas desde que vi 'Harry Potter y las reliquias de la muerte' y aún sigo pensando que me gustaría tener una máquina del tiempo para acelerar los meses que faltan hasta que se estrene la segunda parte. También me gustaría que no llegara nunca ese momento, que será el final a unos personajes, situaciones y escenarios que he vivido casi como propios desde hace casi diez años. Aún estoy impresionada por lo que vi en la pantalla. Jamás una de las películas de Potter había encajado de forma tan perfecta en las imágenes que mi imaginación había ido creando al devorar los libros de J. K. Rowling. David Yates lleva hasta el extremo la oscuridad que ya estableció en su primera película de la saga ('Harry Potter y la Orden del Fénix') y que va inundando las páginas de Rowling. Cuando más conscientes son los personajes del mundo que los rodea, más negro se vuelve el entorno. Tremendas las imágenes de Nagini en casa de Bathilda Bagshot, las expresiones de los mortífagos, el ambiente lóbrego de Godric's Hollow y la última escena de Dobby, el elfo doméstico. La espera hasta la batalla final en Hogwarts se me va a hacer demasiado larga.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Maldito (y desternillante) karma

"El día de mi muerte no tuvo gracia". Así comienza 'Maldito karma', la desternillante novela de Savid Safier en la que una presentadora de televisión con pocos escrúpulos acaba descubriendo qué hay después de la muerte por obra y gracia de un wáter espacial fuera de control (qué deceso más poco glamuroso). La historia, sin más pretensiones que divertir al lector, es la aventura de Kim Lange, en sus sucesivas vida reencarnadas para conseguir recuperar a su marido y su hija. Buda puede ser una hormiga pasada de peso, los conejillos de indias tienen su propia personalidad y el amante Casanova puede estar acumulando buen karma en cualquier rincón del planeta para regresar algún día a destrozar corazones. Humanos, por supuesto. 'Maldito karma' no es la novela del siglo. No es ni la novela del año. Pero es uno de esos libros que está bien leer de vez en cuando simplemente porque te lo pasas bien y los devoras en apenas unas horas. Es más, vale la pena solo por una frase: "Si Dios hubiera querido que las personas hicieran footing, habría procurado que estuvieran atractivas en chándal".

viernes, 12 de noviembre de 2010

Réquiem por unos zapatos

Ayer, después de nueve años, me despedí de ellos. Reuní el valor suficiente. Los saqué de su caja gris, los miré durante unos minutos, me los probé por última vez y los tiré a la basura. Me hubiera gustado quemarlos en la chimenea que no tengo, ver cómo desaparecían mientras los lloraba con lágrimas del tamaño de una rodaja de mortadela de Bolonia. Pero acabaron en una prosaica bolsa de basura. Me costó tirarlos. Toda la noche me atormentaron tentaciones de recuperarlos a pesar de que hacía más de un año que no me los ponía. Destrozados, con la punta pelada, el tacón limado y prácticamente sin suela. Imposibles de poner. Acabaron su vida útil como parte de un disfraz. Ellos, a los que durante casi una década les estuvieron reservadas las madrugadas de fiesta y las citas más esperadas. Fue amor a primera vista. Abandonados en un rincón de una estantería, escondidos por toneladas de stilettos negros, parecía que estaban esperándome. No miré el número. Tampoco el precio. Sabía que eran para mí. La noche que los estrené no podía dejar de mirar los destellos de su piel entre rosa y dorada. Los protegí de la arena cuando la madrugada terminó en la playa, durmieron en el hueco de la chimenea de un bar mientras mis cansados pies descalzos seguían bailando a la espera de que echaran el cierre y fueron copa de un poeta en una cálida noche de septiembre. Descansen en paz.

lunes, 25 de octubre de 2010

Daniel Defoe en la piel de una mujer

"Además, hay tantas clases de idiotas, una variedad tan infinita 
de ellos, y es tan difícil saber cuál de todos es el peor, 
que no puedo sino decir: nada de idiotas, señoritas, ni uno solo, 
ni idiotas locos, ni idiotas sobrios, ni isiotas astutos, ni idiotas necios, elegid cualquier cosa menos un idiota; es más, 
sed cualquier cosa, incluso una vieja solterona, 
la peor maldición de la naturaleza, antes que casaros con un idiota".

Lo lógico sería pensar que estas palabras salen de la boca de una mujer. Y así es, en principio al menos. Las dice Roxana, la protagonista de 'Roxana, o la cortesana afortunada'. Quien las pone en su boca es, sin embargo, su autor, el escritor Daniel Defoe. Me parece sorprendente que a principios del siglo XVIII un hombre pensara así cuando aún hoy en día hay personas que están convencidas que preferible estar con cualquiera a estar solo. Las aventuras de Roxana, si bien utilizan el lenguaje y las construcciones propias de la literatura de la época, a las que te acostumbras en un par de páginas, me han sorprendido. La protagonista cuenta en primera persona su desafortunado matrimonio con un fabricante de cerveza que la deja en la ruina y con cinco hijos, lo que le hace descubrir cómo sacar provecho de su belleza, forma de vida que prolonga hasta bien cumplidos los 50 años, y decidir que no quiere ser jamás esclava de ningún hombre, un punto de vista demasiado moderno para la época que hizo que la propia Virginia Woolf calificara como "indiscutiblemente grande" es novela, inédita en español hasta ahora.
Título: Roxana, o la cortesana afortunada
Autor: Daniel Defoe
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 414
Precio: 24 euros

domingo, 17 de octubre de 2010

Un caradura de cómic

Vaya por delante que no soporto a Santiago Segura. Me parecía un tío simpático hasta que a un compañero lo trató sin ni una pizca de la simpatía de la que hace gala cuando tiene que promocionar alguno de sus Torrentes. Dicho esto, en 'El Gran Vázquez' está fantástico. La película (otra que el tráiler vende como la comedia que no es del todo) muestra la vida del creador de Tío vázquez, La Familia Cebolleta, Anacleto agente secreto o Las hermanas Gilda, al que presenta como un caradura simpático que hace auténticos malabarismos para pagar lo mínimo y que no duda en sablear a sus jefes, que una y otra vez vuelven a acogerle en la editorial Bruguera. Salpicada con algunos toques de humor, lo cierto es que no es una comedia y en algunos momentos la vida de Vázquez es realmente patética para el espectador. Además de Segura, en la cinta de Óscar Aibar, están fantásticos Mercé Llorens (que interpreta a una de las muchas esposas con las que Manuel Vázquez tiene hijos), Álex Angulo (el contable que decide, de una vez por todas, parar los pies a los desmanes económicos del historietista) y Enrique Villén (el sufrido jefe que se deja engañar a sabiendas por Vázquez). Una ambientación magnífica, un poco 'Cuéntame...' pero sin esa pátina que lo convierte todo en verde, pero eché de menos más guiños a sus personajes. Aunque Anacleto, las Gildas y Tío Vázquez surgen de vez en cuando del papel, se me quedaron cortos, igual que el papel de Ibáñez, magistralmente interpretado por Manolo Solo.

martes, 12 de octubre de 2010

Cataplasma para el alma

Armonía: Conveniente proporción y correspondencia 
de unas cosas con otras.
Mística: Parte de la teología que trata de la vida espiritual 
y contemplativa y del conocimiento y dirección de los espíritus.

Hay libros que curan. Llenos de palabras e imágenes que son cataplasmas para el alma dolorida, desasosegada, decaída. 'Tres tratados de armonía', de Antonio Colinas, es uno de ellos. Un libro bello. Un libro sincero en el que el poeta leonés encuentra el sosiego de la soledad, la meditación y la contemplación. Un libro sin artificios para leer sin prisas colándose en los ojos del escritor, guía de recuerdos y sensaciones por unos párrafos llenos de noches azules, estrellas, tierra húmeda, Vía Láctea, paseos por el campo, la casa restaurada de los antepasados, el bosque y, sobre todo, el silencio. Un silencio salpicado de viento, mar, pájaros e insectos. El silencio de los que viven lejos de las ciudades. 'Tres tratados de armonía' recupera el primer 'Tratado de armonía' publicado hace veinte años y el 'Nuevo tratado de armonía', a los que suma el 'Tercer tratado de armonía', el último viaje del poeta a su interior. Un viaje en el que León y Eivissa se mezclan en un mismo valle, el del conocimiento.

"Cierra los ojos, respira la música de las cigarras, respira la luz. Ya eres luz"

domingo, 19 de septiembre de 2010

La doble vida d'en John o un sábado de carcajadas

Ver a Darth Vader con una capa rosa de Piolín y utilizando un rastrillo de playa como espada láser es una imagen que me será difícil olvidar. Como a algunas de las más de 400 personas que estuvieron la noche del sábado en Can Ventosa. Reconozco que si mi madre no fuera tan fan de Joan Pera es posible que no hubiera ido a ver 'La doble vida d'en John', lo que hubiera sido un error. Desde el minuto uno hasta el final apenas paré de reír. Bueno, sí, 15 minutos. El cuarto de hora del entreacto que, aunque entiendo que es necesario para que los actores descansen, debo decir que siempre me rompe el ritmo. Y, hecha la queja de rigor, solo puedo decir que salí encantada y con agujetas en las mejillas. No es solo que Joan Pera esté divertidísimo, es que Lloll Bertran y David Verdaguer están geniales en esta comedia que protagoniza un taxista (Joan Pera) que viviría una apacible vida en Wimbledon con Antonella (Lloll Bertran), su hija Vicki (Laia Pellejà) y su inquilino Stanley (David Verdaguer) si no fuera porque también vive en Stanford con su mujer Antonia (Rosa Serra) y su hijo Gavin (Pau Ferran). Lo cierto es que la historia, dirigida por Àngel Llàcer, es lo de menos, únicamente la excusa para diálogos y gestos con los que es imposible mantener las mandíbulas selladas. Esta mañana, copa de vino por medio, aún recordábamos algunos de los momentos más hilarantes: los tropezones con el sofá, E.T. en el salón, Stanley-Jesucristo bajando la escalera con sudario turquesa...

martes, 14 de septiembre de 2010

El hombre de sus sueños

Tengo un amigo que sostiene, desde hace años, una teoría: "Woody Allen hace una película buena y una mala. Cuanto más buena sea la buena, tanto mala será la siguiente". Teniendo en cuenta que la anterior, 'Si la cosa funciona', me pareció brillante, ésta debería haberme parecido un horror. Y no. No tanto. La verdad es que 'Conocerás al hombre de tus sueños', sin ser una maravilla de película, me ha tenido varios días dándole vueltas a la materia gris. A cómo las situaciones y las personas pueden pasar de fantásticas a insoportables en cuestión de días. A cómo nos engañamos a nosotros mismos e, incluso, a cómo los pesimistas por naturaleza a veces vemos señales positivas donde queremos verlas. Curiosa traición. En 'Conocerás al hombre de tus sueños' nadie conoce a tal hombre. Conocen a hombres y mujeres que se cruzan en sus vidas, cambiándolas, aunque quizás no de la forma que ellos esperarían. Traición esperable del destino. Volviendo a la película. Ni los momentos en los que, por alguna razón, algo te hace reír o pensar, ni las maravillosas interpretaciones de Anthony Hopkins, Josh Brolin, Naomi Watts, Gemma Jones y Lucy Punch salvan una película en la que me faltó humor y me sobró trascendencia en la mayoría de los personajes.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El fin del mundo ¿o el infierno? de McCarthy

El mundo es gris. Descorazonadoramente gris. Y está cubierto de una ceniza que se cuela hasta en el alma. Es el fin del mundo imaginado por Cormac McCarthy, que con ‘La carretera’ te mete ese mundo apocalíptico y gris en las meninges. Cada página leída se nutre de tus esperanzas. Cada palabra te come un poquito de ilusión. Cada «vale» vomitado por la boca del niño que busca el sur deja el regusto seco y amargo de un cigarro en tu bolsa de momentos felices. El lenguaje es directo y seco. No podía ser otro para esta historia en la que infierno y fin del mundo se confunden. Premio Pulitzer en 2007, 'La carretera' es una de las historias más duras que he leído nunca. Caminar sin descanso empujando un carrito de supermercado cargado con las escasas pertenencias, un niño que no conoce el gusto de los refrescos de cola, dormir al raso, el miedo constante a encontrarse con los hombres que comen hombres, la ropa grande, el agua sucia, no tener un hogar, olvidarse de lo que es el calor, saber que algún día uno de los dos acabará solo... Imposible no acabarlo un poco más gris que cuando lo empiezas.

jueves, 26 de agosto de 2010

El pecado cursi de Marian Keyes

Hoy tengo que confesar mi pecado literario: me gustan las novelas de treinteañeras al estilo Bridget Jones. Pero con dos condiciones: que no sean muy ñoñas y que tengan mucho sentido del humor con algo de mala leche. No es que lea muchas (dos al año quizás), pero las disfruto como una enana. Acabo de devorar 'La estrella más brillante', la última de Marian Keyes, que sería fantástica si no fuera por el final. Estaba preparada para unas últimas páginas en las que todo acaba bien. Todos enamorados de la persona que desde el primer capítulo se veía que les correspondía, con los problemas de trabajo solucionados, los amigos más amigos que nunca, los enemigos eliminados del mapa (elegantemente, of course), los chicos malos revolviéndose en el fango, las arpías humilladas por ellas mismas… En fin, nada fuera de lo común en estas novelas. Para lo que no estaba preparada era para el punto de ñoñería de las últimas 30 páginas. Mira que me lo veía venir, pero pensaba: "No puede ser. Seguro que esto no es". Pues sí. Era. Así que las bien entrelazadas vidas de los habitantes del 66 de la calle Star (Katie y sus tacones, que lidian con estrellas de rock; Lydia, la taxista con la lengua más afilada de Irlanda; Fionn, el hombre que prefiere las coliflores a las personas; Maeve y Matt, que disfrazan de ingenuidad sus miedos) se quedaron en nada con el horroroso y superultramegacursi final. No vuelvo a leer un libro suyo hasta que se me pase el enfado. Ea.

domingo, 22 de agosto de 2010

Oscuras viñetas para las últimas horas de Pasolini

Hay quien no entiende que tarde más en leer un cómic de 90 páginas que un libro de 700. Es bien sencillo. La imaginación de las palabras es más veloz que la curiosidad de los dibujos. Leo la viñeta y puedo estar cinco minutos escrutando todos y cada uno de sus trazos. Fijándome en los detalles. Buscando lo que lo dicen las letras. Acabada esa primera lectura vuelvo al principio, para leerlo de corrido. Así lo he hecho con 'El caso Pasolini' (gracias, Fer), una historia en la que la dureza y la sordidez traspasan el papel. Saber que fue real hace que, en ocasiones, me pareciera que algunas viñetas, en blanco y negro, estaban pintadas con los colores deslucidos de los recuerdos. El relato de Maconi sobre las últimas horas del artista italiano tensa al lector desde la primera viñeta, en la que un coche solitario en una noche oscura en la playa de Ostia ya adelanta la macabra historia que discurrirá tira tras tira. Un asesinato sin aclarar. Una muerte sin explicaciones. Un terrible final para un hombre que temía que no le comprendieran: "La muerte no consiste en no poder comunicar sino en ser ya para siempre incomprendido".

jueves, 5 de agosto de 2010

Middlesex, de los gusanos de seda a las sirenas

No podía resistirme. No sólo porque, de momento, me lanzo al vacío lector con las recomendaciones de quien me la regaló. Esa niña en blanco y negro a punto de destrozar un corazón rosa de la portada también tuvo algo que ver. No podía resistirme. Ahora no sé cómo había podido vivir hasta este momento sin conocer la historia de Callie-Cal Stephanides. Sin respirar el ambiente de la casa de Middlesex. Sin palpar la caja en la que los gusanos de seda hacen su magia. Sin ver un corsé blanco a la luz de la luna o sin oler el cloro en el que nadan sirenas y tritones esclavos de sus cuerpos. 'Middlesex' me ha dejado hueca. Han pasado los días (creo que algo más de una semana) y tengo la sensación de que ningún otro libro, ninguna otra historia, ningunas otras palabras podrán llenar el vacío al que me condenó la última de las 673 páginas del premio Pulitzer de 2002. Reconozco que al principio tenía dudas. Me encantaba la narración, pero no entendía los saltos adelante y atrás en el tiempo. Me gustaban tanto las peripecias de los abuelos del protagonista que me enfurecía cuando éste cortaba las aventuras de emigración, incesto y contrabando para plantarme frente a su presente. Pero es igual. Es solo un detalle. Una minucia. Un enfurruñamiento que se fue diluyendo página a página y que casi he olvidado, relegado al fondo del saco de los enfados por las increíbles escenas pintadas por Eugenides. A veces entrañables. A veces duras. Pero siempre bellas. El hielo rompiéndose bajo las ruedas de un coche. El amor bajo la lona de una barquita. La piscina oscura en la que nadan seres mitológicos. La puerta blindada a los espíritus…

domingo, 18 de julio de 2010

Las sombras de Lolita Palma

'El asedio' no es una novela. Es una fotografía. Muchas historias. Multitud de imágenes. Algunas vidas. 'El asedio' tiene una trama, sí, un misterio. Una búsqueda de un asesino en serie que es en realidad una excusa para todo lo demás. 'El asedio' empieza. Y termina aunque al cerrar el volumen uno ve cómo los personajes del Cádiz de 1811 se escapan de la última página, continuando sus vivencias, que ocuparían centenares de pliegos más allá del punto final. Han pasado ya algunas semanas desde que dejé en la estantería un reguero de vidas a las que sigo dando vueltas. Lolita Palma, que blinda su corazón con convenciones sociales. El capitán Lobo, el hombre que guarda todo el mar que ha visto dentro de sus ojos. Rogelio Tizón, el comisario déspota y corrupto capaz de desollarse para encontrar un asesino. Ricardo Maraña, que espera paciente en barcos y puertos la muerte que escupe en su pañuelo blanco. Hipólito Barull, que analiza las vidas de Cádiz igual que las jugadas de ajedrez. Gregorio Fumagal, el taxidermista con un fondo tan oscuro como el tinte que usa para el pelo. Lorenzo Virués, el hombre impresionante que deja de serlo cuando Lobo anda cerca. Ha pasado el tiempo y sigo preguntándome que fue de sus vidas después de la última escena pintada por Reverte. Sé que no hay más. Que sus miedos, sus pasiones, su dolor, sus vestidos, sus dudas y su tiempo se acabaron en el último punto.

lunes, 28 de junio de 2010

Y de repente me miras


Y de repente me miras. Y el mundo se arruga y corre a esconderse bajo mis pies. Me miras. Y detrás de tus gafas tus ojos no se mueven. Ni un milímetro. Hablas. No escucho. El ruido de mis pensamientos corriendo a la velocidad de la luz de una neurona a otra me convierte en sorda. Te busco un refugio. A la derecha. Un sendero por el que desviarte. A la izquierda. La excusa para desenfocarme y cambiar de plano. Pero no. Sigues ahí. Tus globos oculares encadenados a los míos. Y me rindo. Y te miro con avaricia hasta que te marchas llevándote las palabras que apenas he escuchado. Arrastrando las cadenas rotas que ya no atan ninguna retina.

martes, 1 de junio de 2010

Un entremés a destiempo

Lo confieso: tenía esperanzas en que Muriel Barbery, la francesa que me hizo sonreír melancólica con 'La elegancia del erizo', fuera otra Anna Gavalda ("Supergavalda", como la llama Cenicienta en su país de maravillas) de la que echar mano cuando el mundo se va desmoronando a mi paso. Por eso sucumbí. Por eso compré 'Rapsodia Gourmet' cuando lo vi casi sepultado entre Asensis, Revertes y Navarros. Caí a pesar de que unas palabras de la solapa (es un decir, ahora no recuerdo si era la solapa, la contraportada o la fajilla roja que lo envolvía) deberían haberme hecho sospechar. 'Rapsodia Gourmet' no es el libro que escribió Barbery después de la exitosa historia de los habitantes de la calle Grenelle. Es su primer libro. Y éste no es uno de esos casos, al menos no para mí, en los que los inicios de un novelista son tan buenos o mejores que los siguientes pasos. Las horas previas a la muerte del crítico gastronómico Pierre Arthens son un brillante ejercicio literario. No hay fallos. El vocabulario es extraordinario. Una delicia para los que somos felices entre fogones. Pero falta algo. Algo más allá de los platos y los adjetivos: coger los cuchillos y abrir el alma de Arthens, en canal, como las de las erizas Renée y Paloma.

domingo, 23 de mayo de 2010

Miedo de papel

He cerrado decenas de veces las páginas. He apagado la luz. La he encendido de nuevo y he vuelto a abrir el libro. Buscando la última palabra leida. He cerrado decenas de veces las páginas porque me daba miedo. Puedo leer a Poe o Lovecraft sola en casa en una noche de tormenta. Y no podía terminar de leer 'Fin', de David Monteagudo. Lo perdí en un avión cuando iba por la página 135 (lo siento, señor Aníbal) y ahora, un ejemplar nuevo después, creo que fue mi subconsciente el que boicoteó a mi memoria para que lo olvidara sobre la butaca mientras cogía el equipaje de mano. En 'Fin' no hay monstruos, ni asesinatos, ni sangre. Pero da miedo. Un miedo que parece absurdo porque no tiene rostro ni cuerpo ni procedencia. Un miedo terrible que se vuelve más terrible con cada vuelta que tu mente da a la historia de estos amigos que se reencuentran después de décadas en un refugio perdido en el monte donde desaparecen. Uno a uno.

viernes, 7 de mayo de 2010

Alicia, sin maravillas

 
¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? En lo mismo en que se parece 'Alicia en el país de las maravillas' a una película de Tim Burton. Pasé dos semanas resistiéndome. Los grandes carteles con grandes cabezas y ese gran 'Disney' en todos ellos me daba miedo. Mucho miedo. Más que las reinas que cortan cabezas, que los bosques con flores que regañan e incluso que los gatos que desaparecen o las orugas que convierten cualquier conversación en un ejercicio de psicoanális. Pero caí. Piqué. Y entré al cine a ver la 'Alicia en el país de las maravillas' de Tim Burton. Lo del 'de' como posesivo es un decir, ya que el señor Burton sólo dirige. Y ahí está el problema. A los dos minutos ya es más que patente que la labor del padre de Eduardo Manostijeras se limita a poner el nombre, colocar al dueto Bonham Carter-Depp y pasar por caja. Podría obviar un guión que no lleva a ningún sitio y que se pierde por el camino si la estética fuera buena. Pero tampoco. Visualmente, lo único que se salva es el magnífico vestuario de Alicia. El conejo blanco es falso, el gato de Chesire parece Garfield pasado por la tintorería de la aldea pitufa, la oruga es simplemente una oruga. Desde los primeros minutos estuve esperando el final, la batalla con el Galimatazo, el monstruo. Esperaba una bestia fantástica con la que Burton hubiera echado el resto. Pero tampoco. En lugar de eso me encontré con una lagartija con más mala leche de la habitual. Vaya, que salí del cine en un estado de shock del que me ha costado varios días recuperarme. Y es que Alicia estaba hecha para Burton. Estaba.

martes, 4 de mayo de 2010

En tus cíceros

He contado tus pestañas en los largos momentos en los que no me miras. He medido mil veces tu espalda. En centímetros. En palmos. En pulgadas. En puntos. En cíceros. Sé cómo suena tu voz porque no me hablas. Adivino cuándo vas a reír porque se te arrugan las antípodas del lagrimal y cuándo necesitas subirte las gafas porque mueves la nariz. Sé cómo hueles y a qué sabes aunque nunca te he tenido cerca. Sé perfectamente cómo acaricias por cómo empuñas el bolígrafo y la libreta, por cómo gesticulas cuando hablas por cómo abres armarios y cierras puertas, por cómo te rascas el codo cuando no sabes qué hacer, por cómo desenroscas un tapón, por cómo descorchas una botella. Conozco al milímetro la mecha de tu barba, esa que no ves porque te queda por debajo de la mandíbula. Me pierdo en las diminutas arrugas que enmarcan tus ojos cada vez que busco tu mirada. Desaparezco sin que te des cuenta en el agujero negro de tu pupila.

martes, 27 de abril de 2010

La voz de los momentos



Hay momentos que se delatan. De tan transparentes. De tan claros. Surgen y no tienen dónde esconderse. No tienes dónde esconderlos. Sabes que estarán ahí siempre, de tan acurrucados que se han quedado en un meandro de tu masa gris. Este momento suena a 'Las cosas del querer' un poco desafinadas con las manos pringadas de feta, a la gran noche de Raphael aullada a tres voces, al 'Se acabó' de María Jiménez pegada a la pantalla de un Acer, al 'Vete' de Marlango destrozando lagrimales, al 'Hope there's someone' de Anthony & the Johnsons encerrando corazones en cajitas de cerillas, al 'Breathe me' de Shia desmontando vidas. Y sobre todo este momento suena a la 'Meravigliosa creatura' de Gianna Nannini paralizando los besos al rioja.
Molti mari e fiumi
attraversero
dentro la tua terra
mi ritroverai
turbini e tempeste
io cavalchero
volero tra il fulmini
per averti...
Ese "...per averti..." del que jamás te recuperas.

A lágrima viva con los feos

 Se suponía que debía reír y acabé llorando. 'Que se mueran los feos' no es una comedia, al menos no la comedia que vende el tráiler y por la que mi madre me empujó al cine. A pesar del minuto que había visto cien veces repetido cada cinco minutos en la televisión no puse muchas pegas. Javier Cámara y Carmen Machi siempre son Javier Cámara y Carmen Machi. Y así me encontré llorando cuando se suponía que debía reír. 'Que se mueran los feos' no es la astracanada sinsentido que enlaza chascarrillo tras chascarrillo que intenta vender el tráiler. No. Hubo momentos en los que reí. Es más, hubo momentos en los que la risa, de imparable, casi se me convirtió en hipo. Pero son muchos más los momentos en los que sentí, como persona del club de los feos, cómo me deshacía por dentro. Detrás de la guasa hay dolor. El dolor de Eliseo (Javier Cámara) destrozado porque nadie ve más allá de su desagradable aspecto. El dolor de Nati (Carmen Machi) que vive de prestado una vida que estuvo a punto de perder. El dolor del tío Auxilio (Juan Diego) que debió morir hace meses. El dolor de Bego (María Pujalte) que dejó su carrera de escritora por cuidar de los niños. El dolor de Mónica (Ingrid Rubio) que quiere ser madre y no lo consigue. Ni los alegres colores del vestuario consiguieron esconderme todo eso. Así que mientras escuchaba al fondo de la sala unas carcajadas estridentes, a mí se me escapaban las lágrimas.

domingo, 11 de abril de 2010

El museo de las cosas queridas

Todavía no sé si mis retinas ansiosas de Estambul me han llevado a las páginas de Pamuk o si han sido las páginas de Pamuk las que han guiado mis próximas vacaciones a la ciudad turca. Tampoco sé, apenas unos minutos después de haber leido sus últimas páginas, si la historia de amor de los años 70 a la que se refieren las solapas de 'El museo de la inocencia' es la de Füsun (una turca demasiado moderna para la sociedad otomana) y Kemal (niño bien atenazado por las convenciones de su acomodada familia) o la del propio Pamuk (Nobel a pesar de novelista, novelista a pesar del Nobel) por la ciudad del Bósforo, su ciudad. Sólo sé que al pasar las páginas en las que conviven mujeres con el velo tradicional, jóvenes en bikini, borracheras de raki y empachos de refrescos, cada vez me parecía más maravillosa la idea de un museo personal. Una casa llena de los objetos que han significado algo en tu vida. El triciclo que nunca hubieras querido regalar a tus primos pequeños, un pendiente que se quedó sin su pareja en un momento de pasión, el libro que manchaste de café al descubrir algo en una mirada, el cinturón de un amante que no volvió, los altísimos zapatos que acabaste quitándote para alargar una noche inolvidable, la flor ya momificada que alguien que no esperabas te regaló, una servilleta de bar pintarrucheada por las amigas...

sábado, 10 de abril de 2010

En el gris de Polanski


Por un momento pensé que mataba a Polanski. Lo juro. Pensé meter las manos en la pantalla del cine, buscar su cuello y estrangularlo con el lienzo en el que en ese momento se proyectaba la noche envolviendo a Ewan McGregor (a quien me abstendré de valorar porque no soy objetiva: me gusta de cualquier manera). No podía ser que el final de 'El escritor' fuera tan simplón y que una tumba sirviera para cerrar la trama. Menos mal que en los últimos diez minutos la cosa se arregla. Bueno, tampoco se le puede pedir más a una trama de Robert Harris, entretenida y en la que los malos al final son los que cualquiera con unos cuantos capítulos de CSI y la señora Fletcher a la espalda puede imaginar desde el primer segundo en el que aparecen en la pantalla. Lo mejor de la última de Polanski, sin duda, el ambiente. Ese gris que se lo come todo y que te hace mirar con ojos suspicaces hasta las hojas recién caídas de los árboles. La playa invernal y desierta. La tormenta. El coche solitario en la bodega de un barco. Lo peor, el doblaje de Pierce Brosnan.

sábado, 27 de marzo de 2010

Las bellas asignaturas inútiles de Josep Maria Pou

Una clase con altos ventanales, suelo de madera y un viejo piano. Es una de esas cosas que me atraen desde siempre. Como las islas desiertas. Como las casas con alfombra y chimenea. Como una casita con pozo en mitad del bosque. Cada uno tiene sus cosas. Así que al alzarse el telón, encenderse las luces y ver la escenografía de 'Els nois d'història' hubiera tamborileado con los tacones en el suelo si esa cosa llamada educación (en los teatros el único ruido permitido más allá del escenario debe ser el de las risas, y no siempre) no me lo hubiera impedido. Pero taconeé y aplaudí mentalmente con muchas ganas. A los cinco minutos ya estaba completamente seducida por el profesor Héctor (Josep Maria Pou) y sus ocho alumnos de estudios generales. Una materia que se me antoja el paraíso. Literatura, música, cine, poesía. Esas "materias inútiles" que no sirven para aprobar exámenes. Como si estuviera mirando por el ojo de la cerradura, las clases que se sucedían por el escenario no me parecían ningún teatro. Alumnos que se pisan los diálogos al hablar, cuerpos nerviosos, risas y miradas incluso cuando la atención del público está en el otro lado del escenario. Quería ver 'Els nois d'història' desde hacía mucho tiempo, no sé si muchos meses o algo más de un año, desde que vi una entrevista con Pou antes del estreno de la obra, escrita por Alan Bennett. Y no me defraudó. A pesar de que eché de más algunos grados de comicidad y eché de menos algo más de crudeza aplaudí hasta que dejé de sentirme las palmas de las manos.

viernes, 12 de marzo de 2010

Mala leche en el Ejército de la Nueva Tierra

Cada vez que me acuerdo de 'Los hombres que miraban fijamente a las cabras' me asoma el colmillo derecho por la media sonrisa. Lo siento. Me gustan la mala leche con guasa, el cinismo moderado y la ironía controlada. Y la película de Grant Heslov tiene una buena dosis de las tres, además de algunos momentos en los que es imposible aguantar la carcajada. La historia, basada en un libro de Jon Ronson, ronda el absurdo. Y tengo debilidad por el absurdo. Un periodista de comarcas que decide superar su divorcio marchándose a Irak. Un militar sin ejército en una misión secreta. Una unidad especializada en lucha paranormal con tintes hippies (el Ejército de la Nueva Tierra). Lo dicho, todo muy absurdo. Pero genial. Es cierto que tiene algunos fallos de guión (parece que se han pasado con la tijera en los flashbacks), pero los actores, tanto los principales (George Clooney, Ewan McGregor y el recién oscarizado Jeff Bridges) como los secundarios me hicieron creerme este disparate.

martes, 9 de marzo de 2010

Alfombra roja y tecla retorcida

Hoy me he levantado con la tecla retorcida. Bueno, ya me acosté con la tecla retorcida, pero no tenía ganas de volver a encender el ordenador, así que como el retorcimiento de colmillo, digo de tecla, sigue intacto, me vais a permitir que vomite un poquito de bilis. Llevo dos días, desde el domingo por la noche, escuchando a expertos en moda, contertulios de tres al cuarto y otros personajillos televisivos despreciando a algunas de las candidatas (Gabourey Sidibe), ganadoras (léase Mo'Nique) e invitadas a los Oscars que deslucieron la elegancia de la alfombra por sus medidas, tan lejanas al 90-60-90. Que si iban muy azules, que si debían haber llevado manga larga, que si tendrían que haber elegido trajes más discretos... Y eso que ninguna de ellas escogió un modelito al estilo cisne muerto de Björk, que si no, estoy segura de que las queman en la hoguera. En fin, que critiquen la ropa me parece no sólo correcto, sino lo normal en estos casos, que para eso está la alfombra roja, pero que directamente digan que no comentan sus estilismo por claro, con esos cuerpos no se puede vestir bien, saca la bestia que llevo dentro. Pues eso, con la tecla retorcida.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Una feliz maraña de enredos


Tengo el pelo lleno de enredos. Intento peinarme con los dedos. Imposible. El peine de viento es implacable. Insisto con las manos. Oigo pequeños clacs cristalinos cada vez que se rompe alguna de mis escasas serpentinas de queratina. Debería dolerme, pero no. Cierro los ojos para concentrarme en los clacs, difíciles de escuchar entre el oleaje. En realidad me gusta. Y me gusta más cuando paso la lengua por los labios. Los noto salados. Tengo los bajos del patalón y una manga mojadas. No me importa, ni siquiera cuando me doy cuenta de que si arrugo la cara me tira la piel, como si fuera una máscara de sal a punto de cuartearse. Sé que es hora de irse, pero me resisto. El pelo convertido en una maraña de enredos, digno nido de pájaros carnívoros, y la piel agridulce. Como cuando era niña. Y jugaba.

domingo, 28 de febrero de 2010

El fuego que todo lo une

Un grupo de desconocidos. Árboles. Unos bancos de más de cien años. Queso. Carne asada en las brasas. Una yegua embarazada. Café de caldero. Risas. Un tronco más al fuego. De repente alguien saca un álbum de fotos antiguo. Lo coge como un tesoro de cristal y lo pone en tus manos. Imágenes de los años 40 llenas de hombres que desconocían la camiseta y llevaban sombrero y mujeres de peinados perfectos que miran conquetas a la cámara mientras pasean cogidas del brazo, como si fueran la versión ibicenca de 'Las chicas de la Cruz Roja'. Las risas provocadas por las hierbas en las que han bañado el flan suben de volumen al fondo de la sala mientras el papel de cebolla te descubre nuevos recuerdos en blanco negro de los antepasados de unos desconocidos a los que te ha unido el fuego de una chimenea en la época del aire acondicionado. De mayor, quiero una casa con chimenea.

viernes, 19 de febrero de 2010

Quiero una casa en un árbol

http://www.youtube.com/watch?v=FxFEh1HVhWs

Hace varios días que me hormiguean los tímpanos. Están impacientes. Igual que me pican las pestañas cuando espero el olor a papel nuevo y tinta caliente de algunos libros o doy calambrazos a quien me toca cuando preparo un viaje. Sé que en unos días, cuando me mude a la casa en el árbol que Leonor, Alejandro y Óscar han estado construyendo ('Life in the treehouse', el cuarto disco de Marlango sale a la venta el 2 de marzo), esta marabunta de hormigas dejará de pasearse por mis oídos. Pensé que escuchando el aperitivo de 'The long fall' se calmarían, pero eso sólo ha servido para impacientarlas todavía más. Entorno los ojos y escucho. Fuera llueve. Oigo las gotas apalizando las ventanas y me estremezco antes de tiempo al ver el reflejo de un rayo. Fuera llueve, pero yo estoy ya en la casa del árbol, ese lugar que aunque nunca tuve sólo me recuerda cosas buenas. Cierro los ojos. Mis oídos se llenan de mañanas perezosas, sonrisas de verano, el olor del primer café del día, pieles de primavera…

All we have is this free fall
You'll walk in and I'll wake up
I will wear my summer smile
And the world ends another round
Make it long and take it slow
All we have is this free fall

martes, 16 de febrero de 2010

Polillas cardiacas

 
Intento levantarme. Quitar el polvo de la mortaja y salir de nuevo al mundo de los vivos de corazón. Esos que se enamoran (o que creen que se enamoran), que recuerdan el aleteo de las mariposas en el lugar que deberían ocupar sus jugos gástricos, que permanecen frente a ti mirándote con los iris mientras las pupilas están en otro sitio, esos de los que la gente se enamora. Lo intento... Una voz pausada ...me lo propongo... Unas gafas de pasta ...de verdad... Una tímida mirada azul ...trato de mover la losa bajo la que disfruto de una sombra tan agradable como traidora... La poblada barba nueva ...apenas se mueve... Una maleta con muchos viajes ...sólo unos centímetros... Una calva futura ...un poquito más... Una sonrisa detrás de la barra ...sólo un poquito más... Tu nombre adivinado ...lo justo para ver el sol... Un txacolí ...para notar un poco de calor... Un roce al pasarme el bolígrafo ...y dejar de tiritar... Lo intento. Pero no sirve de nada. A cada milímetro que se abre mi losa veo más claro que seguiremos siendo líneas paralelas. Ni un punto en común. Unas palabras desde la distancia. Abro mi caja torácica. Ni rastro de las mariposas. Sólo hay polillas.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Sentido y prejuicio

No, no me he liado con los títulos de las obras de mi adorada Jane Austen. Es una autodefinición (para bien y para mal). Hace muchos años, en la post adolescencia, creo, leí las sus dos obras más conocidas. Llevaban tiempo ahí, a la vista, pero meterme en la Inglaterra de principios del siglo XIX me daba pereza hasta que Emma Thompson, Hugh Grant y Kate Winslet me llevaron de la mano hasta 'Sentido y sensibilidad' (o 'Juicio y sentimiento', como prefiráis). Ya entonces me gustaron las señoritas Dashwood. Pero sólo me gustaron. Lo mismo que Elizabeth y Jane Bennet de 'Orgullo y prejuicio', a las que conocí poco después y que me sirvieron para reírme a carcajadas al ver en el casi perfecto Mark Darcy de 'Bridget Jones' una versión del siglo XX del duro por fuera y tierno por dentro señor Darcy que surgió de la imaginación de Jane Austen. Hace unos meses aproveché un viaje a Londres para recuperar a las Dashwood y hace apenas un par de días que he terminado de nuevo los malentendidos amorosos y familiares de las Bennet en una preciosa edición ilustrada que me regalaron. Y todo es diferente. Doce años después de la primera lectura todo ha cambiado. Entonces no había un espejo mirándome desde las páginas recordándome mis virtudes y, sobre todo, mis defectos. Al menos yo no lo veía. Ahora abro 'Sentido y sensibilidad' y me veo en Elinor Dashwood, en su sentido común que actúa de freno para todo lo que nace más abajo del cerebro, en su preocupación por las formas, en su obsesión por la educación, su falta de coraje para recuperar lo que piensa perdido para siempre. Algo similar me ocurre con Elizabeth Bennet y cómo boicotea su felicidad intentando demostrarse a sí misma, sólo a sí misma, que la primera impresión es la buena, incluso cuando su corazón le grita desde el fondo de su caja torácica que se equivoca. Casi dos siglos me separan de las protagonistas de Jane Austen. El camafeo que adorna mi vestido es una monstrua de tela con ojos de botón y no necesito que nadie me saque a bailar en los bailes en sociedad. Vuelvo a abrir los libros. Y ahí está. Otra vez. Ese brillo en el que vuelve a aparecer mi reflejo.

lunes, 25 de enero de 2010

Norah Jones y los amores peludos

http://www.youtube.com/watch?v=Z_F5xyP6cuE

La primera vez que escuché (y hablo de escuchar bien, cuando pones un cd por primera vez y lo escuchas en penumbra con una copa de vino y mirando y remirando el libretillo) 'The Fall', el último disco de Norah Jones, no podía dejar de repetir en mi cabeza que me gustaban más los anteriores. Sin embargo, al llegar al último tema, 'Man of the hour', todo cambió. Sonreí, suspiré, reí y salí de debajo de mi vieja manta de osito cazamariposas (la primera que colocaron en mi cuna) para volver a escucharla. Una y otra vez. Hasta que me la supe de memoria. Como treinteañera recién estrenada que comparte su vida con una bestia peluda de cuatro patas no he podido evitar adoptar como himno de mi momento vital esta preciosa canción que no deja de ser una versión del popular 'cuando más conozco a los hombres más quiero a mi perro'. Y aunque no llegue a ese extremo, es verdad que estos amores peludos de cuatro patas a los que está dedicada la canción no te decepcionan, te dan un cariño incondicional (siempre que nadie les ofrezca un buen chuletón), siempre están ahí y da igual el estado y la hora a la que llegue a casa, sólo con oír las llaves en la puerta ya están contentos.
I know you'll never bring me flowers
flowers, they will only die
and though we'll never take a shower together
I know you'll never make me cry.

martes, 19 de enero de 2010

Holmes y Watson, pura química


Ansiosa estaba ya por ver el duelo Downey Junior-Law en 'Sherlock Holmes'. La habían estrenado el viernes y dos días después todavía no había pasado por el cine. Descubrí al detective creado por Conan Doyle a través de la serie de dibujos en la que todos los personajes (desde Lestrade a Moriarty) eran perros en esa preadolescencia en la que se me despertó un voraz apetito lector. Leí casi todas las aventuras del habitante del 221b de Baker Street y ya entonces caí rendida a los pies de la singular pareja formada por Holmes y Watson. Era prácticamente lo único que me interesaba de la versión de Guy Ritchie. No me importaban los neblinosos y oscuros decorados, ni las frenéticas aventuras, ni siquiera el perfecto vestuario inglés de tweed, tirantes de cuero y favorecedores sombreros. Sólo ellos dos. Holmes y Watson. El impulso y el cerebro. El genio y la lealtad. Downey Junior y Law. Ninguno de los dos podría estar mejor, pero Robert Downey Junior está insuperable. Gracioso e histriónico en su punto justo. Un gentleman con un toque del doctor House y otro del Ichabod Crane de Johnny Depp al que Jude Law da la justa réplica del amigo prudente, aventurero a la fuerza por lealtad. Miradas y medias sonrisas que traspasan la pantalla. Pura química sin ambigüedades. ¡Quién fuera Irene Adler…!

viernes, 15 de enero de 2010

Lágrimas con dos de azúcar


Desayuno en los bares. Siempre. Bueno, casi siempre. El primer café de la mañana no sabe igual en casa. Necesito la calma ajetreada de un bar. Los camareros yendo y viniendo, el murmullo de los clientes, el clinclineo de cucharas y tazas, la televisión de fondo… Tantos ruidos se mezclan para envolverme en un silencio en el que sólo estamos yo, mi libro, un café con leche con dos de azúcar y media tostada con tomate. En casa no es igual. Soy incapaz de desayunar tranquila. Una lavadora que poner. La cama por hacer. Tiempo para un barrido rápido. Un ajetreo silencioso que convierte el desayuno en un momento de estrés. Hace pocas mañanas he estado a punto llorar al ver frente a mí un café con leche, placer que parecía imposible. Bares cerrados porque era lunes. Bares cerrados por Navidad. Bares cerrados por vacaciones. Bares cerrados por defunción de la caja registradora. Una pesadilla de la que desperté en un solitario bar de carretera con un café con leche con dos de azúcar servido en vaso alto.

viernes, 8 de enero de 2010

Botas de agua y stiletto con esparadrapo

Desde que leí el texto de la carátula de 'Piedras', dirigida por Ramón Salazar, sabía que me gustaría. Hablaba de mujeres y de zapatos. Así como se iba acercando la hora marcada para la primera sesión en casa del Cinefórum del Señor Aníbal iba teniendo cada vez más ganas de descubrir la relación de las cinco protagonistas con sus zapatos. Adela (Antonia San Juan) camina por su vida con tacones anchos que espantan los sueños que no se atreve a tener. Leire (Najwa Nimri) cubre con esparadrapo las suelas de los stilettos de marca con los que reina en el pódium, un engaño que extiende sus tentáculos hasta la cama que comparte con su novio Kun. Las pantuflas que Maricarmen (Vicky Peña) no se quita jamás son la metáfora perfecta de su día a día lleno de juanetes emocionales. Isabel (Ángela Molina) se empeña en meter su pie del 38 en carísimos zapatos del 36 de la misma manera que se empecina en vivir un matrimonio que ya se le ha quedado pequeño. Anita (la fantástica Mónica Cervera) pasea a su perro Alpino por una calle, siempre la misma, con menos desniveles que las planas suelas de sus zapatillas. Madrid, que aparece preciosa en la película, es el escenario de estas historias y alguna más que, aunque tienen momentos cómicos, son tan trágicas como un niño que quiere jugar al fútbol y que sólo lleva unas botas de agua rojas.

martes, 5 de enero de 2010

Un año en papel



Hace un año que emprendí un viaje a lomos del elefante de un Nobel. Un viaje de papel y tinta que me condujo a 50 lugares sin salir de mi orejero. He estado en el singular hotel de un pueblo perdido entre montañas habitado por tenderas sospechosas y masajistas espeluznantes, he descubierto que el mundo de los muertos sigue siendo un lugar hostil para los adolescentes que no siguen la corriente y que el mundo real está lleno de Bridget Jones. He sonreído a la señora Muir y su fantasma con Javier Marías y visto el holocausto nazi con los ojos de un ratón en blanco y negro. Fui a Bruselas con el déspota de Bruno y paseé por Londres de la mano de mis siempre adoradas Jane Austen y Elinor Dashwood. Volví a huir de Jamaica (y ya van tres veces) con los niños Bas-Thornton, añoré no ser una más en la familia Durrell para compartir sus aventuras en Corfú y lo pasé realmente mal la noche que Harper Lee pinta negra y sin luces para Scout y Jem Finch. Supe lo que es pasar una noche en vela en una ciudad de Japón. Cerré un ojo al sentir en las palabras de Amélie Nothomb las arcadas que provoca que un pulpito vivo se agarre a tu lengua cuando intentas devorarlo. Superé la llorada muerte del superhéroe Donald con el sexo de cien españoles. Espantada por la Camorra huí a Suecia para meterme en la fascinante trama de Blomkvist, Salander y Berger. De vacaciones en la Costa Brava me topé con Corrales, Sakamura y sus muertos rientes y más muertos, pero serios, me encontré en una escapada a Mallorca. Anna Gavalda me presentó a un cocinero duro por fuera y tierno por dentro que me enseñó a hacer las galletas que semanas después preparé para unos niños que vivían en un castillo destartalado donde descubrí parte del secreto de la felicidad casi absoluta, esa que no consigue Jack con su corazón de reloj y que parece estar muy cerca de los vecinos de un barrio de Quebec en el que el frío modifica la trayectoria de los peces de colores. Mattia y Alice, que por más que se empeñan siguen siendo números primos, no llegarán nunca a ese barrio por el que me han dicho que han visto pasear descalza a una Cenicienta alérgica a las perdices.

sábado, 2 de enero de 2010

Enamorada de las Hula Girls


En mi videoclub (sí, sigo yendo al videoclub) a veces me miran raro. Sobre todo cuando me ofrecen casi de contrabando (aún no han tenido tiempo de ponerla en las estanterías) la última novedad que les acaba de llegar y respondo que no me interesa mientras les entrego la carátula de algún dvd que en dos años, con suerte, igual han alquilado cinco personas. No suelo hacer caso al mohín de la dependienta y salgo feliz con mi película. Algo así me pasó hace un año con 'Hula Girls'. No sé ni por qué la cogí. Supongo que buscaba algo alegre y que aquellas japonesas sonrientes y vestidas de hawaianas en la portada de la cinta de Lee Sang-il me hicieron gracia. La verdad es que me encantó. Así que una de estas tardes de fiesta he obligado a mi familia a verla, no sólo porque pensé que les gustaría si no porque a mí me apetecía repetir. Y si a primera vista fue un flechazo, a segunda vista me he enamorado de la historia de estas mujeres de un frío pueblo minero de Japón que (atención al argumento porque está basada en un hecho real) en 1965 aprenden a bailar el hula para trabajar en un parque temático sobre Hawai.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...