sábado, 1 de agosto de 2009

Duendes de hotel


Odio todas las tareas domésticas excepto cocinar. No me gusta pasar la aspiradora, ni quitar el polvo ni mucho menos fregar los cristales o planchar. Hasta hacer la cama, que en realidad es un minuto, se me antoja una tarea más fatigosa que un duro día de trabajo. Por eso desde siempre me fascinan los hoteles. No tengo problema alguno para dormir de un tirón y con una plácida sonrisa en cualquiera de estos establecimientos. Da igual si la habitación es pequeña o grande, oscura o luminosa, para mi sola o compartida... No me importa. Soy feliz sabiendo que al regresar de noche encontraré las sábanas estiradas, la papelera vacía, el suelo brillante y las toallas limpias. Lo que no deja de sorprenderme es la delicadeza y gracia con la que algunas camareras hacen su trabajo. Ésas que se encuentran tu camisón arrugado entre las sábanas y pierden un minuto en colocarlo primorosamente como si en vez de la cama estuvieran arreglando el escaparate de una lencería.

2 comentarios:

  1. Yo siempre he soñado con trabajar en un hotel. Pero como digo, es un sueño utópico, porque tampoco me gusta hacer la cama ni colocar mesas para comensales que no conozco. Lo que me encanta de los hoteles són los pasillos. Guardan algo de mágico en sus silencios, y a la vez de misterioso. Puertas adentro, es una gozada que te hagan la cama y te traten como si fueses de la realeza, eso sí, a un módico precio.

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  2. Sinceramente soy todo lo contrario me siento fatal si me lo dan todo hecho,me encanta hacer todo lo que comentas y encima trabajar fuera de casa y ser capaz de llevarlo todo.

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